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ELECCIONES 2004
Prefacio
Los Partidos Políticos en los Estados Unidos
Por John F. Bibby
La Nominación Presidencial y la Democracia Estadounidense
Por Stephen J. Wayne
Procedimientos Electorales de los Estados Unidos
Por Michael W. Traugott
Cronología de las Elecciones de 2004
La Campaña de 2004: Entrevista con Thomas Mann
Por Paul Malamud
Las Elecciones del Congreso
Por John H. Aldrich
Las Encuestas, los Expertos y las Elecciones de 2004
Por John Zogby
El Estado de las Finanzas de Campaña
Por Joseph E. Cantor
Retratos de los Presidentes Estadounidenses
Glosario de las Elecciones
Bibliografía y Sitios en la Red
 
Elections 2004
Las Encuestas, los Expertos
y las Elecciones de 2004

Por John Zogby

Republican convention delegates support Senator Robert Dole for president, San Diego, 1996.
Los delegados de la convención republicana apoyan al senador Robert Dole para presidente, en San Diego, en 1996. (Philip Jones Griffiths/Magnum Photos)

A muchos estadounidenses les gustan las encuestas de opinión sobre política. A otros les gusta detestarlas. Los que gustan de las encuestas disfrutan el juego de la política: quién toma la delantera, quién tiene probabilidades de ganar, quién asume la posición más popular frente a la atención de la salud o la economía. Los “traficantes de la política” observan con atención los índices de rendimiento de presidentes, gobernadores y alcaldes en sus respectivas funciones. Y parece que a muchos votantes les gusta la idea de estar en contacto con otras personas de su comunidad o del país. En una época en que va en aumento el número de estadounidenses atomizados en sus cubículos de trabajo o en sus largos viajes de ida y vuelta a sus empleos, las encuestas dan al ciudadano la sensación de saber dónde se encuentra en relación con otros, como parte de una comunidad nacional.

Top: A man reads the Chicago Tribune, May 1, 1968,  announcing President Johnson's decision not to run for reelection.  Bottom: Democratic presidential candidate Eugene McCarthy speaks to students at Cleveland's Case Western Reserve University in April, 1968.
De arriba abajo: Un hombre lee en el Chicago Tribune del 1 de mayo de 1968 que el presidente Johnson ha decidido no contender por la reelección. El candidato presidencial demócrata Eugene McCarthy habla a los estudiantes de la Universidad de la Reserva Occidental Case de Cleveland, en abril de 1968. (© CORBIS; © Bettmann/CORBIS)

La profesión de encuestador es controvertida. A menudo nos acusan de sobrepasar el límite de la simple medición de fluctuaciones de la opinión pública acerca de los temas y candidatos, y de manipular a los votantes, ejercer la influencia de un gurú sobre los dóciles funcionarios elegidos y, por último, afectar la asistencia de votantes a las urnas con los resultados de las elecciones. Pero en mis dos décadas de experiencia como encuestador profesional he visto que quienes más se quejan de las encuestas son los que están mejor informados de las cifras más recientes de éstas.

Las encuestas ayer y hoy

En una época, sólo una o dos organizaciones de encuestas ocupaban el centro del escenario. Hoy, en una era de noticias al instante, Internet y los canales de noticias por cable las 24 horas, los grandes períodos sin noticias se llenan a menudo con encuestas de opinión de diversas fuentes, ya sea comisionadas para el efecto o no.

Si bien es cierto que la primera encuesta política la llevó a cabo el periódico local de Harrisburg, Pennsylvania, en 1824, no fue sino hasta la década de 1930 cuando los medios informativos empezaron a usar encuestas independientes como un elemento común de las noticias sobre campañas políticas. Las primeras y mejores encuestas políticas modernas fueron realizadas por firmas como Gallup y Roper, a las que más tarde se unieron otros nombres familiares en los Estados Unidos, como Sindlinger, Yankelovich y Harris. Además, en los años 70, las tres cadenas principales de televisión de este país incluyeron en sus operaciones de noticias sus propias encuestas de las contiendas presidenciales, y poco después también de las contiendas estatales importantes para el cargo de gobernador y para el Congreso de la nación.

Las encuestas de los medios informativos –las que se hacen a nombre de una cadena de noticias y un periódico asociado (por ejemplo, CBS y New York Times, ABC y Washington Post, NBC y Wall Street Journal)– difieren en muchos aspectos de las que se realizan en privado para candidatos y partidos políticos, y han llegado a ser una parte importante del proceso político. La diferencia clave es que las encuestas de los medios son públicas y su propósito principal es informar a los votantes cuáles son los candidatos que ocupan los primeros lugares en la arena política. En su diseño, se intenta que sean neutrales e independientes. Esta objetividad cobra especial importancia porque evita las simulaciones de los candidatos con sus propias encuestas “privadas”. Por ejemplo, en otras épocas, un candidato podía decir que sus encuestas privadas indicaban que iba al frente, aunque el sentido común mostrara otra cosa. A través de las décadas, las encuestas políticas independientes han presentado un panorama objetivo de las contiendas electorales, una evaluación de las fortalezas y debilidades de cada candidato, y un examen de los grupos demográficos que apoyan a cada uno. Gracias a las encuestas independientes, los reporteros y los editores pueden hacer evaluaciones imparciales de la marcha de una campaña.

El tipo de transparencia que se encuentra en las encuestas independientes presta un servicio útil a lectores y espectadores. No obstante, las encuestas independientes también pueden ser problemáticas. En 1996 el ex líder republicano del Senado, Bob Dole, contendió por la Casa Blanca con el presidente Bill Clinton, el demócrata en el cargo. Aunque la mayoría de las encuestas mostraron que Dole se retrasaba hasta en 25 puntos, en toda la campaña, mis encuestas para Reuters arrojaban una diferencia mucho más pequeña: tal vez del rango de 7 a 12 puntos. Sin embargo, en esa contienda, la cobertura de los medios sólo incluyó encuestas de cadenas y periódicos importantes de otras organizaciones. Así, todos los días se decía que el candidato Dole acusaba un “serio retraso hasta de 25 puntos” con respecto al presidente. Cuando se usan las encuestas más asimétricas como base de la cobertura de una campaña, eso puede sesgar gravemente los reportajes, sugerir el resultado y, a la postre, llegar a crear una profecía que provoca su propio cumplimiento. Además, eso no le facilita al candidato la tarea de recaudar fondos o de ser escuchado con imparcialidad.

¿Significa esto que las encuestas previas a la elección influyen en verdad en el número de votantes o en los resultados? En general, la respuesta breve es no. Aun cuando la cobertura de la lucha de Dole y Clinton le creó graves problemas al senador Dole, no hay pruebas concretas de que éste pudiera haber ganado la elección. Tampoco hay indicios claros de que alguno de los candidatos haya perdido alguna vez en una contienda muy reñida, sólo porque las encuestas previas a la elección señalaron que se estaba retrasando.

Sin embargo, algunos dicen que hoy se hacen demasiadas encuestas y hay una especie de “encuestitis”. Ya me referí a las cadenas que transmiten noticias por cable las 24 horas necesitan llenar grandes vacíos en su programación. Esa es una de las razones por las cuales las encuestas políticas han proliferado. La competencia misma entre los medios informativos es sin duda otro factor. En 2000 se realizaron por lo menos 14 importantes encuestas independientes en la temporada de las campañas, y sus resultados no siempre fueron consistentes. Pero los votantes no se deberían quejar, pues pueden elegir y tienen que aprender a ser buenos consumidores de encuestas, tal como lo hacen cuando compran un automóvil o una casa. Hay algunas reglas básicas que seguir en materia de encuestas, y a continuación presento mi guía de la mejor forma de examinar las encuestas.

Tamaño de la muestra y margen de error

Media employees work on their Web site at the Democratic convention, August 17, 2000, in Los Angeles.
Empleados de los medios de información trabajando en su portal de Internet, en la convención demócrata del 17 de agosto de 2000 en Los Angeles. (Getty Images)

A veces se realizan encuestas de la noche a la mañana, a raíz de algún evento importante como el discurso anual del presidente sobre el Estado de la Unión o un debate entre candidatos a un cargo público. Es muy común que esas encuestas se elaboren en una noche para su publicación inmediata al día siguiente, a partir de una muestra de sólo 500 adultos en todo el país. Si bien es cierto que esas encuestas “de un día para otro” pueden ofrecer una lectura rápida de la reacción del público, los expertos las consideran deficientes.

En primer lugar, una muestra de sólo 500 ciudadanos es demasiado pequeña para considerarla con seriedad en un país de 280 millones de habitantes. Puede ser precisa el 95 por ciento (más o menos 4,5 por ciento) de las veces, pero eso no es suficiente en realidad si se trata de una contienda presidencial o por un cargo estatal importante. Además, en mi opinión, la muestra de 500 casos no es suficiente para producir el análisis de subgrupos estadísticamente significativo que se requiere en una elección nacional o estatal importante.

También hay otros problemas de metodología. Una muestra obtenida en una noche implica la posibilidad de que un amplio sector representativo de la población no haya sido localizado en su hogar. A pesar de que los encuestadores suelen aplicar ponderaciones a su muestra para que refleje con más precisión la demografía de la población, los procedimientos de ponderación no siempre incluyen la compensación adecuada por los grupos que han sido gravemente subrepresentados. Por ejemplo, en una encuesta de la noche a la mañana podrían no estar bien representados los afro-estadounidenses. O bien, en otra noche, la encuesta podría contactar con demasiados afro-estadounidenses de Nebraska o Kansas, y no los suficientes de Nueva York, Mississippi o Carolina del Sur.

Otro problema muy común de las encuestas apresuradas es que pueden contactar “adultos” en general y no a “votantes probables”. La demografía de los dos grupos puede ser muy distinta. En general, las encuestas de adultos incluyen más miembros de minorías y de familias de bajos ingresos, y más trabajadores sindicalizados. En virtud de que todos esos grupos se inclinan a favor del Partido Demócrata y sus candidatos, la representación excesiva de cualquiera de ellos en una encuesta puede sesgar los resultados.

Así pues, observe el tamaño de la muestra y la composición de los grupos encuestados. En una buena encuesta nacional de los Estados Unidos se interroga a 1.000 probables votantes, por lo menos, y se informa con un margen de error de muestreo no mayor de más o menos tres puntos.

Cuando el triunfo no es un triunfo

Como la Mona Lisa o como una gran novela, hasta las encuestas más minuciosas son materia de interpretación. Así mismo, crean una serie de expectativas en los reporteros y los expertos que las leen. De esta manera, el encuestador y los expertos forman ese animal esquivo que recibe el nombre de “creencia general”. Pero ambos grupos son muy afectos a los candidatos que desafían tal sabiduría. Así, hay una rica historia de candidatos que se han elevado del “montón”, a pesar de las tendencias sugeridas por los resultados de las primeras encuestas.

Citemos por ejemplo el caso del senador Eugene McCarthy en su cruzada contra la Guerra de Vietnam y su contienda con el presidente Lyndon Johnson en 1968. A pesar de que el sentimiento antibélico iba en aumento en los Estados Unidos, nadie pensó que un senador de Minnesota poco conocido pudiera llegar a ser un serio contendiente del poderoso presidente Johnson. Pero en la cuenta de los votos de la primera elección primaria (Nueva Hampshire), McCarthy obtuvo el 41 por ciento de los sufragios frente al 49 por ciento de Johnson. A pesar de que el nombre del presidente no llegó siquiera a las papeletas electorales y tuvo que ser escrito a mano por quienes querían votar por él, los expertos estimaron que McCarthy excedió en tal medida las expectativas creadas en las encuestas previas a la elección, que ellos lo declararon vencedor. La “victoria” de McCarthy asombró al mundo político y, al cabo de dos semanas, el presidente Johnson decidió no buscar la reelección.

Una victoria similar decretada por los expertos tuvo lugar en la elección primaria demócrata de Nueva Hampshire en 1972. El senador por Dakota del Sur, George McGovern, que por corto tiempo se cubrió con el manto antibélico en 1968 y luego dirigió un movimiento de reforma en el Partido Demócrata, desafió al que era sin duda el corredor puntero para ganar la nominación presidencial, el senador Edmund Muskie. Las encuestas particulares de McGovern mostraban que él podía superar el 40 por ciento del voto en las primarias de Nueva Hampshire; por eso dijo con prudencia a los medios que se contentaría con llegar a un 35 por ciento. Cuando obtuvo el 43 por ciento frente al 48 por ciento de Muskie, la prensa (igual que en 1968) argumentó que el aspirante al cargo había “ganado” al superar las expectativas de los expertos. Como en 1968, la “victoria” le dio a McGovern lo que según los historiadores son los mayores beneficios de un triunfo en Nueva Hampshire: exposición en los medios, dinero y un buen impulso. McGovern ganó a continuación la nominación del Partido Demócrata para la presidencia, aunque luego perdió la elección general en forma abrumadora frente a Richard Nixon.

En 1976, el ex gobernador de Georgia, Jimmy Carter, fue calificado al principio como “¿Jimmy Quién?” por el personal de prensa de Washington. El 28 por ciento obtenido por Carter en Nueva Hampshire contra cinco candidatos demócratas más conocidos que él fue suficiente para impulsarlo a la categoría de corredor puntero y a la nominación final.

En suma, lo que estos tres casos nos enseñan es que las encuestas previas a la elección se pueden usar para reforzar o debilitar la posición del candidato que va en primer lugar. De hecho, las encuestas establecen normas para la cobertura de las campañas y dan una idea de la creencia general en cuanto a las expectativas de victoria.

Left to right: Republicans in Texas gather to watch the first televised debate between Al Gore and George W. Bush in 2000.   A Los Angeles woman fills out an exit poll after voting in primary elections.
De izquierda a derecha: Los republicanos de Texas se reúnen para presenciar el primer debate de Al Gore y George W. Bush, transmitido por televisión en 2000. Una mujer de Los Angeles responde una encuesta de salida después de votar en las elecciones primarias. (Bob Daemmrich/The Image Works)

Encuestas de salida

Las encuestas de salida han sido un elemento importante en todas las elecciones nacionales y estatales de los Estados Unidos desde los años 70. Se puede decir también que hoy en día son las encuestas más controvertidas porque con ellas se intenta predecir quién ganará las elecciones, colocándose en la puerta de salida de los centros de votación para entrevistar a los que acaban de votar. Las encuestas de salida adquirieron muy mala fama en la elección presidencial de 2000, cuando fueron mal empleadas por las cadenas de televisión para hacer no una, sino dos proyecciones incorrectas de quién había sido favorecido por los votantes en Florida como el ganador.

Sin embargo, si las encuestas de salida se usan en forma adecuada son un instrumento vital para los encuestadores, la prensa y los académicos. Al margen de su utilidad para hacer predicciones tempranas de quién ganará en la noche de la elección, aportan detalles a expertos y científicos políticos sobre la forma en que ciertos grupos demográficos específicos han votado y las razones que aducen para haberlo hecho de ese modo. También ayudan a los encuestadores a desarrollar modelos de concurrencia a las urnas para elecciones futuras, es decir, les da una idea de cuántas personas de cada grupo demográfico cabe esperar que acudan a votar en una elección. Esto es vital para asegurarse de que las muestras de futuros votantes que usen para los fines de sus políticas sean representativas.

George W. Bush appears on TV talk show, Hardball with Chris Matthews
George W. Bush appears on TV talk show, Meet the Press
Arriba: El candidato George W. Bush se presenta en el programa de entrevistas por TV “Hardball with Chris Matthews”, durante su campaña presidencial. Abajo: George W. Bush en el programa análogo de TV “Meet the Press”. (© Brooks Kraft/CORBIS; Courtesy Meet The Press )

Sin embargo, las encuestas de salida se tornan problemáticas cuando se usan para proyectar quién será el ganador. Por más eficaz que sea el proceso de muestreo empleado en una encuesta de salida, sigue siendo un muestreo y esto significa que hay un margen de error por ese concepto. Esto es menos importante si la elección termina en una victoria abrumadora, pero en elecciones muy reñidas, un margen de error de uno o dos puntos es muy grande. Tomando como base las encuestas previas a la elección y las encuestas de salida el día de la elección del 2000, las cadenas de televisión no disponían de ningún medio legítimo para saber si George W. Bush o Al Gore habían ganado el estado de Florida, antes que todos los votos fueran contados. La presión de obtener esa proyección primero contó más que la presión de obtener una proyección correcta.

Esta opinión puede parecer rara viniendo de un encuestador profesional, pero creo que el desastre de las encuestas de salida en noviembre de 2000 fue una buena lección que debemos aprender. La verdad es que no necesitamos saber quién ganó una elección antes que los resultados reales sean entregados. Lo más conveniente para el proceso de las elecciones será que las encuestas de salida se usen durante toda la velada del día de la elección, pero sólo para explicar quiénes votaron y las razones que tuvieron para hacerlo así.

¿Está en crisis la industria de las encuestas?

Se habla mucho en estos días de un descenso en los índices de respuesta a las encuestas. Cuando empecé a ejercer esta profesión, los índices de respuesta promediaban 65 por ciento, es decir, que por cada tres personas que respondían al teléfono, dos accedían a responder la encuesta. Hoy, los índices de respuesta promedio son de casi 30 por ciento y tienden a ser mucho más bajos en ciertas áreas metropolitanas. Por esta razón, algunos expertos están dispuestos a declarar que las encuestas han muerto. Es difícil que esto sea cierto. Los bajos índices de respuesta se deben a que hoy se requiere más tiempo para completar una encuesta, pero aún es posible conseguir buenas muestras. A pesar de lo mucho que se han comentado las fallas de algunas firmas de encuestas –entre ellas la mía– en elecciones importantes, el hecho es que, en general, todavía todos podemos obtener resultados dentro de los márgenes del error de muestreo. Creo que el hecho de tener expectativas razonables en cuanto a lo que las encuestas pueden y no pueden hacer, combinado con un sano escepticismo del consumidor de información política, constituye el mejor enfoque que podemos adoptar ahora que todos nos preparamos para otro importante año de elecciones en 2004.


El encuestador John Zogby es presidente y director general de Zogby International, una firma de encuestas que él mismo fundó en 1984. Su empresa ha realizado encuestas para Reuters y para NBC televisión, entre otros medios informativos.

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