A muchos estadounidenses les gustan las encuestas de opinión sobre
política. A otros les gusta detestarlas. Los que gustan de las
encuestas disfrutan el juego de la política: quién toma
la delantera, quién tiene probabilidades de ganar, quién
asume la posición más popular frente a la atención
de la salud o la economía. Los “traficantes de la política”
observan con atención los índices de rendimiento de
presidentes, gobernadores y alcaldes en sus respectivas funciones. Y
parece que a muchos votantes les gusta la idea de estar en contacto
con otras personas de su comunidad o del país. En una época
en que va en aumento el número de estadounidenses atomizados
en sus cubículos de trabajo o en sus largos viajes de ida y
vuelta a sus empleos, las encuestas dan al ciudadano la sensación
de saber dónde se encuentra en relación con otros, como
parte de una comunidad nacional.
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| De
arriba abajo: Un hombre lee en el Chicago Tribune del 1 de
mayo de 1968 que el presidente Johnson ha decidido no contender por
la reelección. El candidato presidencial demócrata
Eugene McCarthy habla a los estudiantes de la Universidad de la
Reserva Occidental Case de Cleveland, en abril de 1968. (© CORBIS; © Bettmann/CORBIS) |
La profesión
de encuestador es controvertida. A menudo nos acusan de sobrepasar el
límite de la simple medición de fluctuaciones de la
opinión pública acerca de los temas y candidatos, y de
manipular a los votantes, ejercer la influencia de un gurú
sobre los dóciles funcionarios elegidos y, por último,
afectar la asistencia de votantes a las urnas con los resultados de
las elecciones. Pero en mis dos décadas de experiencia como
encuestador profesional he visto que quienes más se quejan de
las encuestas son los que están mejor informados de las cifras
más recientes de éstas.
Las encuestas ayer y hoy
En una época,
sólo una o dos organizaciones de encuestas ocupaban el centro
del escenario. Hoy, en una era de noticias al instante, Internet y
los canales de noticias por cable las 24 horas, los grandes períodos
sin noticias se llenan a menudo con encuestas de opinión de
diversas fuentes, ya sea comisionadas para el efecto o no.
Si bien es
cierto que la primera encuesta política la llevó a cabo
el periódico local de Harrisburg, Pennsylvania, en 1824, no
fue sino hasta la década de 1930 cuando los medios
informativos empezaron a usar encuestas independientes como un
elemento común de las noticias sobre campañas
políticas. Las primeras y mejores encuestas políticas
modernas fueron realizadas por firmas como Gallup y Roper, a las que
más tarde se unieron otros nombres familiares en los Estados
Unidos, como Sindlinger, Yankelovich y Harris. Además, en los
años 70, las tres cadenas principales de televisión de
este país incluyeron en sus operaciones de noticias sus
propias encuestas de las contiendas presidenciales, y poco después
también de las contiendas estatales importantes para el cargo
de gobernador y para el Congreso de la nación.
Las
encuestas de los medios informativos –las que se hacen a nombre de
una cadena de noticias y un periódico asociado (por ejemplo,
CBS y New York Times, ABC y Washington Post, NBC y Wall
Street Journal)– difieren en muchos aspectos de las que se
realizan en privado para candidatos y partidos políticos, y
han llegado a ser una parte importante del proceso político.
La diferencia clave es que las encuestas de los medios son públicas
y su propósito principal es informar a los votantes cuáles
son los candidatos que ocupan los primeros lugares en la arena
política. En su diseño, se intenta que sean neutrales e
independientes. Esta objetividad cobra especial importancia porque
evita las simulaciones de los candidatos con sus propias encuestas
“privadas”. Por ejemplo, en otras épocas, un candidato
podía decir que sus encuestas privadas indicaban que iba al
frente, aunque el sentido común mostrara otra cosa. A través
de las décadas, las encuestas políticas independientes
han presentado un panorama objetivo de las contiendas electorales,
una evaluación de las fortalezas y debilidades de cada
candidato, y un examen de los grupos demográficos que apoyan a
cada uno. Gracias a las encuestas independientes, los reporteros y
los editores pueden hacer evaluaciones imparciales de la marcha de
una campaña.
El
tipo de transparencia que se encuentra en las encuestas
independientes presta un servicio útil a lectores y
espectadores. No obstante, las encuestas independientes también
pueden ser problemáticas. En 1996 el ex líder
republicano del Senado, Bob Dole, contendió por la Casa Blanca
con el presidente Bill Clinton, el demócrata en el cargo.
Aunque la mayoría de las encuestas mostraron que Dole se
retrasaba hasta en 25 puntos, en toda la campaña, mis
encuestas para Reuters arrojaban una diferencia mucho más
pequeña: tal vez del rango de 7 a 12 puntos. Sin embargo, en
esa contienda, la cobertura de los medios sólo incluyó
encuestas de cadenas y periódicos importantes de otras
organizaciones. Así, todos los días se decía que
el candidato Dole acusaba un “serio retraso hasta de 25 puntos”
con respecto al presidente. Cuando se usan las encuestas más
asimétricas como base de la cobertura de una campaña,
eso puede sesgar gravemente los reportajes, sugerir el resultado y, a
la postre, llegar a crear una profecía que provoca su propio
cumplimiento. Además, eso no le facilita al candidato la tarea
de recaudar fondos o de ser escuchado con imparcialidad.
¿Significa
esto que las encuestas previas a la elección influyen en
verdad en el número de votantes o en los resultados? En
general, la respuesta breve es no. Aun cuando la cobertura de la
lucha de Dole y Clinton le creó graves problemas al senador
Dole, no hay pruebas concretas de que éste pudiera haber
ganado la elección. Tampoco hay indicios claros de que alguno
de los candidatos haya perdido alguna vez en una contienda muy
reñida, sólo porque las encuestas previas a la elección
señalaron que se estaba retrasando.
Sin
embargo, algunos dicen que hoy se hacen demasiadas encuestas y hay
una especie de “encuestitis”. Ya me referí a las cadenas
que transmiten noticias por cable las 24 horas necesitan llenar
grandes vacíos en su programación. Esa es una de las
razones por las cuales las encuestas políticas han
proliferado. La competencia misma entre los medios informativos es
sin duda otro factor. En 2000 se realizaron por lo menos 14
importantes encuestas independientes en la temporada de las campañas,
y sus resultados no siempre fueron consistentes. Pero los votantes no
se deberían quejar, pues pueden elegir y tienen que aprender a
ser buenos consumidores de encuestas, tal como lo hacen cuando
compran un automóvil o una casa. Hay algunas reglas básicas
que seguir en materia de encuestas, y a continuación presento
mi guía de la mejor forma de examinar las encuestas.
Tamaño de la muestra y margen de error
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| Empleados de los medios de información
trabajando en su portal de Internet, en la convención
demócrata del 17 de agosto de 2000 en Los Angeles. (Getty Images) |
A
veces se realizan encuestas de la noche a la mañana, a raíz
de algún evento importante como el discurso anual del
presidente sobre el Estado de la Unión o un debate entre
candidatos a un cargo público. Es muy común que esas
encuestas se elaboren en una noche para su publicación
inmediata al día siguiente, a partir de una muestra de sólo
500 adultos en todo el país. Si bien es cierto que esas
encuestas “de un día para otro” pueden ofrecer una lectura
rápida de la reacción del público, los expertos
las consideran deficientes.
En
primer lugar, una muestra de sólo 500 ciudadanos es demasiado
pequeña para considerarla con seriedad en un país de
280 millones de habitantes. Puede ser precisa el 95 por ciento (más
o menos 4,5 por ciento) de las veces, pero eso no es suficiente en
realidad si se trata de una contienda presidencial o por un cargo
estatal importante. Además, en mi opinión, la muestra
de 500 casos no es suficiente para producir el análisis de
subgrupos estadísticamente significativo que se requiere en
una elección nacional o estatal importante.
También
hay otros problemas de metodología. Una muestra obtenida en
una noche implica la posibilidad de que un amplio sector
representativo de la población no haya sido localizado en su
hogar. A pesar de que los encuestadores suelen aplicar ponderaciones
a su muestra para que refleje con más precisión la
demografía de la población, los procedimientos de
ponderación no siempre incluyen la compensación
adecuada por los grupos que han sido gravemente subrepresentados. Por
ejemplo, en una encuesta de la noche a la mañana podrían
no estar bien representados los afro-estadounidenses. O bien, en otra
noche, la encuesta podría contactar con demasiados
afro-estadounidenses de Nebraska o Kansas, y no los suficientes de
Nueva York, Mississippi o Carolina del Sur.
Otro
problema muy común de las encuestas apresuradas es que pueden
contactar “adultos” en general y no a “votantes probables”.
La demografía de los dos grupos puede ser muy distinta. En
general, las encuestas de adultos incluyen más miembros de
minorías y de familias de bajos ingresos, y más
trabajadores sindicalizados. En virtud de que todos esos grupos se
inclinan a favor del Partido Demócrata y sus candidatos, la
representación excesiva de cualquiera de ellos en una encuesta
puede sesgar los resultados.
Así
pues, observe el tamaño de la muestra y la composición
de los grupos encuestados. En una buena encuesta nacional de los
Estados Unidos se interroga a 1.000 probables votantes, por lo menos,
y se informa con un margen de error de muestreo no mayor de más
o menos tres puntos.
Cuando el triunfo no es un triunfo
Como
la Mona Lisa o como una gran novela, hasta las encuestas más
minuciosas son materia de interpretación. Así mismo,
crean una serie de expectativas en los reporteros y los expertos que
las leen. De esta manera, el encuestador y los expertos forman ese
animal esquivo que recibe el nombre de “creencia general”. Pero
ambos grupos son muy afectos a los candidatos que desafían tal
sabiduría. Así, hay una rica historia de candidatos que
se han elevado del “montón”, a pesar de las tendencias
sugeridas por los resultados de las primeras encuestas.
Citemos
por ejemplo el caso del senador Eugene McCarthy en su cruzada contra
la Guerra de Vietnam y su contienda con el presidente Lyndon Johnson
en 1968. A pesar de que el sentimiento antibélico iba en
aumento en los Estados Unidos, nadie pensó que un senador de
Minnesota poco conocido pudiera llegar a ser un serio contendiente
del poderoso presidente Johnson. Pero en la cuenta de los votos de la
primera elección primaria (Nueva Hampshire), McCarthy obtuvo
el 41 por ciento de los sufragios frente al 49 por ciento de Johnson.
A pesar de que el nombre del presidente no llegó siquiera a
las papeletas electorales y tuvo que ser escrito a mano por quienes
querían votar por él, los expertos estimaron que
McCarthy excedió en tal medida las expectativas creadas en las
encuestas previas a la elección, que ellos lo declararon
vencedor. La “victoria” de McCarthy asombró al mundo
político y, al cabo de dos semanas, el presidente Johnson
decidió no buscar la reelección.
Una
victoria similar decretada por los expertos tuvo lugar en la elección
primaria demócrata de Nueva Hampshire en 1972. El senador por
Dakota del Sur, George McGovern, que por corto tiempo se cubrió
con el manto antibélico en 1968 y luego dirigió un
movimiento de reforma en el Partido Demócrata, desafió
al que era sin duda el corredor puntero para ganar la nominación
presidencial, el senador Edmund Muskie. Las encuestas particulares de
McGovern mostraban que él podía superar el 40 por
ciento del voto en las primarias de Nueva Hampshire; por eso dijo con
prudencia a los medios que se contentaría con llegar a un 35
por ciento. Cuando obtuvo el 43 por ciento frente al 48 por ciento de
Muskie, la prensa (igual que en 1968) argumentó que el
aspirante al cargo había “ganado” al superar las
expectativas de los expertos. Como en 1968, la “victoria” le dio
a McGovern lo que según los historiadores son los mayores
beneficios de un triunfo en Nueva Hampshire: exposición en los
medios, dinero y un buen impulso. McGovern ganó a continuación
la nominación del Partido Demócrata para la
presidencia, aunque luego perdió la elección general en
forma abrumadora frente a Richard Nixon.
En
1976, el ex gobernador de Georgia, Jimmy Carter, fue calificado al
principio como “¿Jimmy Quién?” por el personal de
prensa de Washington. El 28 por ciento obtenido por Carter en Nueva
Hampshire contra cinco candidatos demócratas más
conocidos que él fue suficiente para impulsarlo a la categoría
de corredor puntero y a la nominación final.
En
suma, lo que estos tres casos nos enseñan es que las encuestas
previas a la elección se pueden usar para reforzar o debilitar
la posición del candidato que va en primer lugar. De hecho,
las encuestas establecen normas para la cobertura de las campañas
y dan una idea de la creencia general en cuanto a las expectativas de
victoria.
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| De izquierda a derecha: Los republicanos de Texas se reúnen
para presenciar el primer debate de Al Gore y George W. Bush,
transmitido por televisión en 2000. Una mujer de Los Angeles
responde una encuesta de salida después de votar en las
elecciones primarias. (Bob Daemmrich/The Image Works) |
Encuestas de salida
Las
encuestas de salida han sido un elemento importante en todas las
elecciones nacionales y estatales de los Estados Unidos desde los
años 70. Se puede decir también que hoy en día
son las encuestas más controvertidas porque con ellas se
intenta predecir quién ganará las elecciones,
colocándose en la puerta de salida de los centros de votación
para entrevistar a los que acaban de votar. Las encuestas de salida
adquirieron muy mala fama en la elección presidencial de 2000,
cuando fueron mal empleadas por las cadenas de televisión para
hacer no una, sino dos proyecciones incorrectas de quién había
sido favorecido por los votantes en Florida como el ganador.
Sin
embargo, si las encuestas de salida se usan en forma adecuada son un
instrumento vital para los encuestadores, la prensa y los académicos.
Al margen de su utilidad para hacer predicciones tempranas de quién
ganará en la noche de la elección, aportan detalles a
expertos y científicos políticos sobre la forma en que
ciertos grupos demográficos específicos han votado y
las razones que aducen para haberlo hecho de ese modo. También
ayudan a los encuestadores a desarrollar modelos de concurrencia a
las urnas para elecciones futuras, es decir, les da una idea de
cuántas personas de cada grupo demográfico cabe esperar
que acudan a votar en una elección. Esto es vital para
asegurarse de que las muestras de futuros votantes que usen para los
fines de sus políticas sean representativas.
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| Arriba: El candidato George W. Bush se presenta en el programa
de entrevistas por TV “Hardball with Chris Matthews”, durante su
campaña presidencial. Abajo: George
W. Bush en el programa análogo de TV
“Meet the Press”. (© Brooks Kraft/CORBIS; Courtesy Meet The Press ) |
Sin
embargo, las encuestas de salida se tornan problemáticas
cuando se usan para proyectar quién será el ganador.
Por más eficaz que sea el proceso de muestreo empleado en una
encuesta de salida, sigue siendo un muestreo y esto significa que hay
un margen de error por ese concepto. Esto es menos importante si la
elección termina en una victoria abrumadora, pero en
elecciones muy reñidas, un margen de error de uno o dos puntos
es muy grande. Tomando como base las encuestas previas a la elección
y las encuestas de salida el día de la elección del
2000, las cadenas de televisión no disponían de ningún
medio legítimo para saber si George W. Bush o Al Gore habían
ganado el estado de Florida, antes que todos los votos fueran
contados. La presión de obtener esa proyección primero
contó más que la presión de obtener una
proyección correcta.
Esta
opinión puede parecer rara viniendo de un encuestador
profesional, pero creo que el desastre de las encuestas de salida en
noviembre de 2000 fue una buena lección que debemos aprender.
La verdad es que no necesitamos saber quién ganó una
elección antes que los resultados reales sean entregados. Lo
más conveniente para el proceso de las elecciones será
que las encuestas de salida se usen durante toda la velada del día
de la elección, pero sólo para explicar quiénes
votaron y las razones que tuvieron para hacerlo así.
¿Está en crisis la industria de las encuestas?
Se
habla mucho en estos días de un descenso en los índices
de respuesta a las encuestas. Cuando empecé a ejercer esta
profesión, los índices de respuesta promediaban 65 por
ciento, es decir, que por cada tres personas que respondían al
teléfono, dos accedían a responder la encuesta. Hoy,
los índices de respuesta promedio son de casi 30 por ciento y
tienden a ser mucho más bajos en ciertas áreas
metropolitanas. Por esta razón, algunos expertos están
dispuestos a declarar que las encuestas han muerto. Es difícil
que esto sea cierto. Los bajos índices de respuesta se deben a
que hoy se requiere más tiempo para completar una encuesta,
pero aún es posible conseguir buenas muestras.
A
pesar de lo mucho que se han comentado las fallas de algunas firmas
de encuestas –entre ellas la mía– en elecciones
importantes, el hecho es que, en general, todavía todos
podemos obtener resultados dentro de los márgenes del error de
muestreo. Creo que el hecho de tener expectativas razonables en
cuanto a lo que las encuestas pueden y no pueden hacer, combinado con
un sano escepticismo del consumidor de información política,
constituye el mejor enfoque que podemos adoptar ahora que todos nos
preparamos para otro importante año de elecciones en 2004.