 Las marismas del sur de la
Mesopotamia. El régimen de
Saddam Hussein ha destruido el 90 por ciento de este ecosistema,
único en su género. (Cortesía de la AMAR
Charitable Trust Foundation) |
(Publicado en diciembre de 2002)
El Iraq de Saddam Hussein representa una amenaza a la paz y la
seguridad del mundo porque es la encrucijada donde convergen en un
solo lugar, bajo un solo tirano, las armas de destrucción en
masa, el apoyo estatal al terrorismo, la agresión
internacional y una continua agresión a los derechos
humanos. En su discurso ante las Naciones Unidas el 12 de septiembre de
2002, dijo el presidente Bush:
La historia, la lógica y los hechos llevan a una
sola
conclusión: El régimen de Saddam Hussein es un
peligro grave y amenazante. Sugerir lo contrario es esperar contra
la realidad. Dar por sentada la buena fe de este régimen es
arriesgar las vidas de millones y la paz del mundo en una jugada
temeraria. Y este es un riesgo que no debemos correr.
La comunidad internacional ha dado ahora un paso importante para
enfrentar la amenaza que plantea Iraq, al ponerse de pie y hablar
con una sola voz a través de las Naciones Unidas para exigir
la revelación y destrucción de las armas de
destrucción masiva de Iraq, inmediata e
incondicionalmente. Además, la Resolución 1441 del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, aprobada por el voto
unánime de sus quince miembros el 8 de noviembre de 2002,
confirma que Iraq ha violado materialmente sus obligaciones y las
sigue violando. Declara también que cualquier
violación adicional tendrá graves consecuencias. Luego de la
medida tomada por el Consejo de Seguridad, dijo el
presidente Bush:
La resolución aprobada hoy le presenta al
régimen
iraquí una prueba, una prueba final. Iraq debe ahora, sin
demora ni negociaciones, desarmarse por completo, acoger
inspecciones totales y cambiar fundamentalmente la estrategia que
ha seguido durante más de una década.
Desde su derrota en la guerra del Golfo en 1991, Saddam Hussein
ha demostrado su desprecio por la comunidad internacional al
mofarse repetidamente de las demandas de las Naciones Unidas de
eliminar sus armas químicas, biológicas y nucleares.
Las demandas de las Naciones Unidas de que Bagdad cese de perseguir
a su propio pueblo, libere a los prisioneros extranjeros, devuelva
la propiedad robada y termine con la explotación ilegal del
Programa de Petróleo por Alimentos, también han sido
pasadas por alto.
El Iraq de Saddam Hussein es una catástrofe de derechos
humanos, donde miles de ciudadanos están sujetos, como
cuestión de rutina, a arresto arbitrario, tortura y
ejecución. La libertad de expresión, las
prácticas religiosas, la asociación política,
la intimidad personal y el debido proceso de ley, nada de ello
existe.
El régimen ha atacado y explotado las comunidades
religiosas en Iraq tan despiadadamente como lo ha hecho con
cualquier otro grupo que se opone a su dominio o reclama una cierta
medida de independencia. Bagdad ha llevado a cabo una
campaña brutal de arresto arbitrario prolongado y
ejecuciones sumarias contra los líderes y seguidores
religiosos de la población mayoritaria musulmana
chiíta.
Los servicios militares y de seguridad de Iraq han sido usados
para depurar étnicamente zonas enteras de Iraq, desplazando
por todo el país un estimado de 1 millón de personas,
persiguiendo brutalmente a las minorías y a aquellos que se
considera disidentes. En estos ataques, las fuerzas iraquíes
emplearon crecientemente armas químicas contra civiles
iraquíes desarmados.
Saddam Hussein ha buscado sin tregua adquirir armas
químicas, biológicas y nucleares, a pesar de los
esfuerzos de los inspectores internacionales y las sanciones
generales, y a costa del pueblo iraquí y su continuado
sufrimiento.
Iraq sigue siendo un estado patrocinador del terrorismo y ha
continuado su antigua política de darle apoyo
político y refugio a una diversidad de organizaciones
terroristas.
El régimen iraquí ha llevado a cabo también
un programa activo de adiestramiento y organización
terrorista, cuya base está, en gran parte, en torno a un
área conocida como Salman Pak. Más aún,
pruebas firmes sugieren que terroristas de al Qaida escapados de
Afganistán han encontrado refugio en Iraq.
 Un grupo de curdos iraquíes camina junto a la fosa
común y el monumento recordatorio en la ciudad de Halabja.
(Foto AP/Hasan Sarbakhshian) |
La corrupción es endémica en Iraq, un país
que funciona, en muchos sentidos, como una empresa subsidiaria de
entera propiedad de Saddam Hussein y su familia. El contrabando de
petróleo, los recargos ocultos a las ventas de
petróleo y otras manipulaciones al Programa de
Petróleo por Alimentos sancionado por las Naciones Unidas
son las fuentes principales de los ingresos ilícitos de
Saddam. Todos estos fondos ilícitos se destinan a su familia
y sus seguidores, no a mejorar el bienestar del pueblo
iraquí.
Luego de asumir el poder absoluto en 1979, Saddam Hussein
empujó a su país a dos conflictos desastrosos, la
guerra entre Iraq e Irán y la invasión de Kuwait.
Ninguno de ellos le dio al pueblo iraquí otra cosa que
sufrimientos, muertes, derrota y humillación nacional.
Estados Unidos quiere llegar a ver un futuro Iraq que sea
democrático, unificado y en paz con sus vecinos, y que se
eleve hasta convertirse en un miembro respetado de la comunidad
internacional.
Un nuevo gobierno en Iraq, sin Saddam y su círculo
represor de familia, clanes y partidarios, le daría a la
comunidad internacional una oportunidad de trabajar unida para
sanar las heridas de la última década y ayudar a los
ciudadanos iraquíes a reconstruir sus vidas sociales,
políticas y económicas. El pueblo iraquí no
merece menos.
Las lecciones de Halabja: Una
advertencia siniestra»