LA DEMOCRACIA, DERECHO DE TODAS LAS NACIONESPor Joshua Muravchik
Nada en la Declaración de la Independencia decía que estos principios se aplicaban solamente a los estadounidenses. Por el contrario, estaban dirigidos a describir principios de gobierno justo aplicables a "todos los hombres". Esta universalidad ha sido reivindicada por el éxito con que el sistema de gobierno estadounidense ha sido absorbido por millones de inmigrantes de orígenes étnicos completamente diferentes a los de sus fundadores, así como por los esclavos emancipados del propio Estados Unidos. A medida que la nación se ha vuelto poliglota, la democracia no se ha debilitado sino que, por el contrario, ha cobrado más fuerza. Los estadounidenses que creen en nuestra propia democracia, y en las razones que los fundadores dieron para ella, también deben creer necesariamente que la gente de otros países está dotada de los mismos derechos y que los gobiernos en todas partes deberían basarse en el consentimiento de los gobernados. Desafíos a la universalidad democrática Pero esta convicción universalista, típicamente estadounidense, no le ha parecido "manifiesta" a todos. Por ejemplo, los representantes de los gobiernos asiáticos que se congregaron en Bangkok en 1993 en una reunión regional preparatoria de la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos, declararon que "todos los países... tienen el derecho de determinar sus [propios] sistemas políticos", incluso, por implicación, sistemas que no sean democráticos. Y afirmaron que los derechos humanos "deben ser considerados en el contexto de... las particularidades nacionales y regionales y los diversos antecedentes históricos, culturales y religiosos". Aunque la redacción era ampulosa, como ocurre con frecuencia en los pronunciamientos diplomáticos, el punto era claro: la democracia podría no ser buena para todos. La declaración de Bangkok prestó apoyo implícito a la idea de una "costumbre asiática" que pone al grupo por delante del individuo, y que busca el desarrollo económico a través del gobierno autoritario. Puntos análogos se han hecho algunas veces sobre pueblos de otras regiones, como por ejemplo los sistemas políticos basados en preceptos islámicos preferidos en el Oriente Medio o que los latinoamericanos encuentran alguna especie de populismo corporativo más agradable que la democracia "mecánica". También hay una segunda línea de argumentación que desafía la universalidad democrática desde una dirección diferente. Varios eruditos estadounidenses han cuestionado si los pueblos de los países pobres o que no son occidentales son capaces de gobernarse a ellos mismos. El escritor Irving Kristol lo puso así: "No soy de los que se emocionan por el éxito de la democracia en Argentina o en las Filipinas o... en Corea... Apuesto a que la democracia no sobrevive en esos países" debido a que carecen de "las precondiciones de la democracia... ciertas... tradiciones [y] actitudes culturales". El punto, en esta opinión, no es que allí haya alternativas mejores que la democracia, sino que la democracia no se podría conseguir. Como ha escrito el científico político James Q. Wilson, "la democracia y la libertad humana son buenas para todos... Pero el bien que traen sólo puede apreciarse cuando la gente está tranquila y se acepta la tolerancia". Sugiere que este no es el caso en China, Rusia, la mayor parte de Africa y el Oriente Medio o mucho de América Latina. Kristol y Wilson son conservadores, pero el mismo punto de vista ha sido adoptado también por muchos estudiosos liberales. Por ejemplo, el científico político Robert Dahl escribió: "Es un hecho desagradable, quizás incluso trágico, que en muchas partes del mundo las condiciones más favorables para el desarrollo y mantenimiento de la democracia sean inexistentes, o en el mejor de los casos sólo existan débilmente". Consideremos cada una de estas dos objeciones a la universalidad democrática. La afirmación de que cada país tiene el derecho a tener su propio sistema plantea el interrogante: ¿quién habla por el país? El economista indio Amartya Sen, que ganó el premio Nobel en 1998, dice que "la justificación de los arreglos políticos autoritarios en Asia... típicamente no ha venido de los historiadores independientes sino de las propias autoridades". Debido a que esos argumentos son obviamente interesados, generalmente se los presenta en el nombre del pueblo. Nos dicen que "el pueblo chino" o "el pueblo de Singapur" o de donde quiera que sea, no quiere la democracia. Además de la ironía de esto (¿por qué, haciendo excepción de las premisas democráticas, tiene importancia lo que quiere el pueblo?), también está el interrogante de cómo podemos saber lo que quiere el pueblo a menos de que se lo preguntemos. Los gobernantes dicen con frecuencia que ellos saben lo que quieren sus súbditos, pero ¿por qué deberían aceptarse esas afirmaciones? En el sur de Estados Unidos en la década de 1950 los portavoces blancos insistían con frecuencia en que "nuestra gente de color" estaba contenta con la segregación racial. Pero una vez que se les aseguró a los negros el derecho de votar, los segregacionistas fueron repudiados completamente. En todo el mundo hubo casos numerosos en que pueblos que vivían bajo dictaduras finalmente tuvieron una posibilidad de expresar su voluntad, y los resultados nunca reivindicaron a los dictadores. Por lo general, esto ha ocurrido cuando el régimen se sentía presionado y, por lo tanto, arreglaba una elección en términos que le eran favorables con la esperanza de mantenerse en el poder. En 1977, cuando aumentaron las protestas contra el sistema de ley marcial que Indira Gandhi había impuesto en la India, ella aceptó convocar a elecciones, en la creencia de que le darían un voto de confianza. Razonó que en un país empobrecido como la India, sus promesas económicas tendrían más peso que los derechos políticos. En cambio, las elecciones la sacaron del poder y la oposición la encabezó el partido de los "intocables", los más pobres entre los pobres. En 1987, Ferdinand Marcos llamó a "elecciones rápidas" en las Filipinas, dando a la oposición poco tiempo para organizarse, pero también fue derrotado. Al año siguiente en Chile, el presidente Augusto Pinochet, que no quería arriesgarse a una elección competitiva, aceptó en cambio llamar a un plebiscito acerca de continuar su gobierno. La idea era darles a los votantes una elección entre el statu quo o un futuro desconocido, que iba a ser inseguro. No obstante, la mayoría votó "no" a la continuación de Pinochet. En 1989, el régimen polaco y la oposición acordaron celebrar elecciones semicompetitivas. Muchas bancas legislativas iban a ser disputadas, pero toda la lista de máximos funcionarios comunistas iba a presentarse sin oposición alguna, a fin de preservar su ascendencia. El pueblo, sin embargo, arruinó el esquema. Aunque no había candidatos de alternativa, la mayoría de los votantes tachó los nombres de los personajes gobernantes. Podrían ser los únicos candidatos en la historia que se presentaron sin oposición y todavía perdieron las elecciones. En 1990, mientras los regímenes dictatoriales caían en el mundo, los gobernantes militares de Birmania se enfrentaron a manifestaciones callejeras masivas. Las tropas dieron muerte a muchos manifestantes, pero finalmente los gobernantes aceptaron celebrar las primeras elecciones en ese país en casi 30 años. La Liga Nacional de la Democracia ganó más del 80 por ciento de los votos, pero, trágicamente, la oligarquía militar se ha negado a respetar los resultados. Preferencia por la democracia Podrían citarse muchos ejemplos más como esos. En contraste, ¿dónde están los ejemplos de dictadores que han ganado elecciones libres aprobando sus gobiernos? ¿Cuándo ha votado un pueblo a favor de renunciar a sus derechos democráticos? Por cierto, hay casos de gobernantes elegidos libremente que después se han negado a entregar el poder, con lo que en efecto se han convertido en dictadores, pero en ninguno de esos casos habían reconocido la intención de hacerlo cuando se presentaron como candidatos. También es cierto que antiguos comunistas han vuelto al poder a través de elecciones en varios de los estados del ex bloque soviético. Pero ninguno de esos candidatos ha propuesto restablecer el gobierno unipartidario. En cambio, han fundado sus llamados en cuestiones económicas y sociales, al tiempo que afirmaban su aceptación de los procedimientos democráticos. Los dos casos más recientes en los cuales un pueblo que vive bajo un gobierno autoritario ha demostrado su preferencia por la democracia son Indonesia e Irán. Las manifestaciones estudiantiles derribaron al régimen del general Suharto en 1998, y las elecciones subsiguientes infligieron una derrota devastadora al antiguo partido gobernante, Golkar. Irán todavía tiene que celebrar elecciones completamente libres. Sólo se permite presentarse a candidatos que comprometen su apoyo al sistema islámico y son aprobados por las autoritarias clericales. No obstante, las elecciones parlamentarias de este año demostraron claramente la voluntad popular a favor de una democracia mayor. Estos elementos contienen un elemento de justicia poética, puesto que Irán e Indonesia fueron dos de los estados más activos en la conferencia de Bangkok para presentar el argumento de que los pueblos asiáticos no querían normas internacionales de democracia y de derechos humanos. Otra variante de este argumento de que algunas naciones no quieren democracia se ilustra en la siguiente cita del erudito estadounidense Howard Wiarda, especialista en América Latina: "Dudo de que América Latina quiera... una democracia al estilo de Estados Unidos". Esto lo hace sonar como si la cuestión no fuera si la democracia es un valor aplicable universalmente, sino si cada país debería tener un sistema político cortado con el mismo molde, es decir, el molde estadounidense. Esta es una premisa falsa. ¿Por qué otro país podría querer una democracia "al estilo estadounidense"? El sistema estadounidense, con sus límites y equilibrios peculiares, su poderoso Senado repartido desigualmente, su división de poderes entre los gobiernos estatales y federal, sus dos partidos dominantes, etc., surgió de la experiencia de Estados Unidos. Otras democracias tienen sistemas parlamentarios, gobiernos unitarios, elecciones multipartidarias, representación proporcional, legislaturas unicamerales y una cantidad de otras variaciones. Cuando los ocupantes aliados estaban creando la democracia en Japón después de la segunda guerra mundial, trataron brevemente de imponer un sistema federal, pero era tan ajeno a las tradiciones japonesas que no duró. Cada democracia es única y hay muchas formas institucionales posibles. Sin embargo, esto no quiere decir que todo lo que se llame democrático merezca el nombre. Durante los años muchos regímenes y movimientos revolucionarios comunistas y otros se han autodenominado "democráticos" porque afirmaban estar dedicados al bienestar del pueblo, aunque no habían sido elegidos en comicios. Pero en los últimos años de la Unión Soviética, el presidente Mikhail Gorbachev reconoció que éste no había sido un uso apropiado del término democracia. "Hoy sabemos que podríamos haber evitado muchas... dificultades si el proceso democrático se hubiera desarrollado normalmente en nuestro país", dijo. Con esto quería decir, como lo dijo, una "democracia parlamentaria, representativa". Determinación de lo que es una democracia Debido a que el término ha sido usado mal, es importante identificar las características básicas que determinan si un país es una democracia o no. Esto se reduce a tres cosas. Primero, los funcionarios principales del gobierno deben ser elegidos en comicios libres y honestos. Esto significa que cualquiera puede ser candidato y cualquiera puede votar. Desde luego, puede haber pequeñas desviaciones de esto, pero no desviaciones importantes. Sudáfrica celebraba elecciones competitivas durante el apartheid, pero los negros no podían votar. Eso no era una democracia. Irán tiene un presidente y una legislatura elegidos, pero muchos candidatos son vedados por las autoridades clericales, y todos los funcionarios elegidos están subordinados a consejos religiosos que no son elegidos. Eso no es una democracia. Segundo, debe permitirse la libertad de expresión, es decir, la libertad de hablar, de prensa, de reunión y así por el estilo. Nuevamente, las pequeñas desviaciones podrían ser de poca importancia, pero un estado como Serbia, donde los medios de comunicación en masa están en su mayor parte monopolizados por el gobierno y los pocos diarios y radiodifusores independientes están sujetos a hostigamiento físico y legal, no es una democracia aunque celebre elecciones competitivas. Tercero, debe prevalecer el imperio del derecho. Cuando una persona ha sido acusada de un delito, debería tener razón para confiar en que su caso se juzgará por sus méritos y no conforme a órdenes entregadas al juez por las autoridades políticas. De la misma manera, cuando un ciudadano es maltratado por un funcionario, debería haber algún recurso legal a través del cual buscar remedio. Por lo tanto Malaysia no puede ser considerada democrática aunque recientemente celebró una elección, porque el líder de la oposición ha sido mantenido en prisión por cargos que fueron seguramente instigados por el presidente. Vamos ahora al segundo desafío a la universalidad democrática, es decir el argumento de pensadores como Kristol, Wilson y Dahl de que la democracia, aunque deseable, está más allá de la capacidad de los pueblos pobres o que no son occidentales. Este argumento no es reciente. Un escepticismo similar se expresó hace varias décadas sobre la capacidad democrática de sociedades de las cuales ahora estamos acostumbrados a pesar que son firmemente democráticas. Por ejemplo, cuando se aproximaba el final de la segunda guerra mundial, el presidente Harry Truman comisionó un informe del principal experto del Departamento de Estado sobre Japón acerca de lo que había que hacer con ese país una vez que fuera derrotado. El experto, Joseph Grew, le dijo que "desde el punto de vista a largo plazo, lo mejor que podemos esperar es una monarquía constitucional, dado que la experiencia ha mostrado que la democracia nunca funcionaría en Japón". De la misma manera, cuando terminó la ocupación occidental de Alemania Occidental en 1952, el eminente científico político Hans Eulau hizo una gira por ese país y escribió con desesperación que "la República de Bonn parece una segunda actuación de Weimar... dando lugar a los mismos y viejos malos presagios". Eulau explicó que el problema era que "la política alemana... no está arraigada en la experiencia democrática sino en un profundo sentimentalismo". Cuando Italia se volcó al fascismo en la década de 1920, el historiador Arnold Toynbee escribió que "su repudio de la democracia (en nuestro uso convencional del término) plantea abiertamente el interrogante de si esta planta política realmente puede echar raíces permanentes en cualquier parte que no sea su suelo nativo", con lo cual se refería a Inglaterra y Estados Unidos. Pero incluso en Estados Unidos solían levantarse dudas acerca de la capacidad política de algunos de sus ciudadanos. Como el senador Strom Thurmond explicó en la Facultad de Derecho en Harvard en 1957: "Muchos negros simplemente carecen de la conciencia política suficiente... para participar en asuntos políticos y cívicos... una gran cantidad probablemente también carece de ciertas otras cualidades que son requisitos previos para depositar un voto verdaderamente inteligente". El argumento de que la democracia requiere tradiciones democráticas es circular. ¿Cómo se adquiere una tradición democrática si no es practicando la democracia? Los escépticos dirían que la respuesta es que la democracia en Occidente surgió de ciertas ideas en la tradición occidental que pueden rastrearse directamente a la antigüedad clásica. Pero Amartya Sen tiene una interesante respuesta a esto. Puntualiza que la tradición occidental contiene diversos elementos. Las raíces de la democracia se pueden rastrear a la antigua Grecia, pero los filósofos griegos también aprobaban la esclavitud. La democracia moderna se nutrió de ciertos elementos de la tradición occidental al tiempo que rechazó otros. De la misma manera, Sen enumera los elementos liberales que se pueden encontrar en el pensamiento budista, confuciano, kautilyaniano (hindú), islámico y antiguo indio, y pregunta por qué esos elementos no se pueden usar como una base cultural para la democracia en el mundo no occidental. Aunque sentimos que la cultura es un determinante importante de la política, la relación es difícil de especificar. El científico político Samuel Huntington nos ha recordado que hace unas pocas décadas todas las sociedades predominantemente confucianas eran pobres, y los científicos políticos sostenían que algo en el comportamiento inspirado por las creencias confucianas las mantenían pobres. Desde entonces las sociedades confucianas han experimentado un crecimiento económico más rápido de lo que jamás hayan tenido las sociedades cristianas e islámicas. Ahora los científicos políticos están tratando de comprender qué es lo que hay en las creencias confucianas que genera riqueza. ¿Es deseable la democracia universal? La réplica más contundente a quienes dudan de la capacidad democrática de los pueblos pobres o no occidentales es la experiencia de las décadas recientes. Según el registro más autorizado, que es el "estudio anual de libertad" conducido por la organización privada Freedom House, el año pasado 120 de los 192 países del mundo tenían gobiernos elegidos democráticamente. Esto representa el 62,5 por ciento de los países y abarca el 58,2 por ciento de la población mundial. Había 20 democracias electorales en Africa y 14 en Asia, sin contar los pequeños estados insulares de la región de Asia y el Pacífico, entre los cuales había otras 11 democracias. Es innecesario decir que estas democracias no occidentales incluyen un gran número de países pobres. Desde luego, es verdad que la pobreza, el analfabetismo y las tensiones sociales hacen más difícil la práctica de la democracia. Bien podría ser que algunas de las democracias incipientes que Freedom House contó este año reviertan a una dictadura, de la misma manera en que la mayoría de los estados europeos lograron la democracia a través de episodios de progreso y regresión y no todo de una vez. Pero el peso de la experiencia histórica indica que los obstáculos sociales y culturales no son insuperables. Considerando que la primera y muy imperfecta democracia fue creada en 1776 y que ahora, 224 años después, hay 120 democracias, lo verdaderamente asombroso es lo lejos que se ha propagado la democracia, no lo limitada que es. Si todo esto concurre a mostrar que la democracia universal es realmente posible, ¿es deseable? Yo creo que lo es. Primero, hará un mundo más pacífico. Las democracias no se hacen la guerra entre ellas. Mucha investigación se ha dedicado a esta observación desde que fue puntualizada por primera vez hace 10 o 15 años, y hoy se mantiene, en las palabras de un gran erudito, "como lo más próximo que tenemos a una ley empírica en las relaciones internacionales". Hay desacuerdo acerca de si las democracias son más pacíficas per se o sólo más pacíficas hacia otras democracias. Pero de cualquier manera, si el mundo se hiciera más democrático, la guerra sería menos común. Además de esta "paz democrática", Sen ha adelantado otra premisa acerca de las democracias a la que nadie ha mostrado todavía un ejemplo que muestre que está equivocada. Dice que ninguna democracia ha sufrido jamás una hambruna o una calamidad comparable. Dice que la razón de esto es que las hambrunas se pueden prevenir. En los sistemas políticos eso incluye los mecanismos de "reacción" que son inherentes en una democracia; los gobiernos son alertados cuando se están creando las condiciones para una hambruna y actúan para aliviarlas antes de que alcancen proporciones desastrosas. Estas son fuertes razones instrumentales en favor de la democracia. Pero para mí, quizás porque soy estadounidense, la razón más importante no es instrumental. Creo que cada adulto debería tener voz en su gobierno, si lo desea. Esto es parte de mi noción de la dignidad humana, ya sea que los gobiernos democráticos tomen decisiones prudentes o no. Los individuos no siempre toman decisiones prudentes en sus vidas privadas, por ejemplo, al escoger una carrera o una esposa. Pero creo que es mejor que ellos sean libres de tomar sus propias decisiones y de cometer sus propios errores, en vez de que otros controlen sus vidas. En mi opinión, lo mismo se aplica a la arena pública. No puedo probar que tengo razón. Esta no es una premisa que pueda probarse, sino una cuestión de valores básicos. No obstante, a juzgar por la propagación de la democracia en el mundo, estos valores son compartidos por mucha gente cuyas experiencias son completamente diferentes de las mías. ---------- NOTA: Las opiniones expresadas en este artículo corresponden al autor y no necesariamente reflejan la postura oficial del gobierno de Estados Unidos.
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