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El nuevo elector estadounidenseDaniel Gotoff
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Al acercarse la fecha de las elecciones presidenciales de 2008, el electorado de Estados Unidos se encuentra en una situación singular y tumultuosa. Los sondeos de opinión revelan que el país está empeñado en una guerra a la que se oponen la mayoría de los estadounidenses. Casi seis años después del 11 de septiembre de 2001, el temor de otro ataque terrorista todavía está presente en la conciencia pública y las perspectivas de una serie de cuestiones internas son, a los ojos de los electores, cada vez más sombrías. Esta marejada de descontento público se perfila contra un fondo de escepticismo generalizado con respecto a nuestros líderes electos, contrarrestado por un sentido de que sólo una fuerza institucional tan poderosa como el Gobierno de los EE.UU. puede ayudar al país a superar las dificultades a las que se enfrenta. Los cambios en las corrientes políticas de los últimos años ponen de relieve el hecho de que ninguno de los principales partidos políticos es capaz de captar una mayoría de gobierno. Además, por primera vez en decenios, ni el presidente ni el vicepresidente se presentan para el cargo supremo del país. En medio de esta turbulencia, el electorado estadounidense, con frecuencia reacio a cambios fundamentales, se siente ahora más inquieto ante la idea de mantener el estatus quo. Actualmente, los sondeos de opinión revelan que sólo 19 por ciento de los estadounidenses creen que el país va por buen camino, el porcentaje más bajo de los últimos diez años. (En julio de 1997, el 44 por ciento de la población opinaba que el país iba en buena dirección y sólo un 40 por ciento que estaba descarriado). Ahora nada menos que un 68 por ciento cree que el país va por mal camino. El descontento generalizado de los electores ha dado lugar a un deseo palpable de cambio en los Estados Unidos en tres frentes principales: mejor seguridad en el interior y en el extranjero, reparto de la prosperidad en cuestiones económicas nacionales y mayor rendición de cuentas del gobierno ante el pueblo al que intenta servir. Inquietud pública por el terrorismo y la seguridad Si bien el talante del electorado ha cambiado radicalmente en el curso de los últimos meses, algunas realidades políticas siguen siendo válidas en 2008. Tal vez la más sobresaliente, los ataques del 11 de septiembre de 2001 y sus secuelas siguen definiendo en alto grado nuestro tiempo y nuestra política. La inquietud instintiva de los electores ha significado que cada una de las tres elecciones federales celebradas desde el 11 de septiembre se ha basado principalmente, aunque no exclusivamente, en cuestiones de seguridad. De acuerdo con los sondeos a pie de urna en las ultimas dos elecciones, la preocupación por el terrorismo figuraba en lugar preeminente. En 2004, el 19 por ciento de los votantes citaba el terrorismo como su principal preocupación (sólo sobrepasado por la economía, citada por un 20 por ciento). De manera similar, en 2006, el 72 por ciento de los electores estadounidenses consideraba el terrorismo factor importante en su decisión de voto. Todavía en septiembre de 2006, la última vez que la cadena de noticias ABC News hizo esta pregunta, cerca de tres cuartas partes de los estadounidenses (74 por ciento) declararon estar preocupados por la posibilidad de que se produjeran más ataques terroristas graves en Estados Unidos, y un 29 por ciento de los cuales aparecían muy preocupados. Aunque la intensidad de estos temores ha disminuido ligeramente en los años siguientes al 11 de septiembre, el grado general de inquietud apenas ha cambiado. En octubre de 2001, menos de un mes después de los ataques, el 81 por ciento de los ciudadanos estaban preocupados por la posibilidad de nuevos ataques terroristas en el país, y un 41 por ciento de ellos, muy preocupados.
Creciente pesimismo con respecto a asuntos internos Si bien es verdad que Iraq y el terrorismo suelen captar los titulares, las preocupaciones de los votantes por cuestiones internas son igualmente acuciantes. De hecho, en 2006, los sondeos a pie de urna revelaron preocupaciones por la economía a la par con las provocadas por la seguridad nacional, Iraq y cuestiones éticas. Al preguntar a los encuestados por la importancia de diversas cuestiones en su decisión de voto en las elecciones parlamentarias, el 82 por ciento de los estadounidenses respondió que la economía era extremadamente importante (39 por ciento) o muy importante (43 por ciento). En comparación, el 74 por ciento señaló como importante la corrupción y la ética (41 por ciento, "extremadamente"), 67 por ciento identificó Iraq como importante (35 por ciento, "extremadamente") y un 72 por ciento consideró el terrorismo importante (39 por ciento, "extremadamente"). Desde las elecciones de 2006 las inquietudes de los electores por la economía se han intensificado. Dos terceras partes (66 por ciento) de la población estadounidense opina que la situación económica del país es sólo regular (43 por ciento) o mala (23 por ciento). Nada más que un 5 por ciento califica la economía de excelente y un 29 por ciento, de buena. Además, una mayoría del 55 por ciento de los estadounidenses cree que la economía nacional está empeorando. Otro 28 por ciento afirma que la economía no ha cambiado lo que difícilmente se puede considerar un diagnóstico optimista y sólo el 16 por ciento dice que la economía esté mejorando. Las preocupaciones de los estadounidenses por la economía han ido evolucionando con el tiempo. El empleo seguro y bien remunerado sigue siendo esencial, pero en un entorno en que los trabajadores están tropezando con crecientes dificultades para mantenerse al ritmo del alza del coste de vida, la disponibilidad de servicios de atención de salud ahora ha pasado a ser el principal motivo de preocupación económica de los votantes. Cuando se les pidió que indicasen la cuestión económica que más les preocupaba personalmente, el 29 por ciento de los votantes citó el costo en continuo aumento de la atención de salud, por encima de los elevados impuestos (24 por ciento), una jubilación segura (16 por ciento), la pérdida del empleo (11 por ciento), o gastos como guardería infantil y matrículas escolares (10 por ciento). Los estadounidenses, que definen una atención de salud asequible como uno de los pilares del ideal americano, ahora ven en los costos en alza de la atención a la salud una amenaza directa a la capacidad de sus familias para mantenerse en la clase media y realizar ese ideal. Los electores también opinan que los costos de la atención de salud son un grave impedimento al establecimiento de su propio negocio, revelación importante en una sociedad basada en la iniciativa privada, en la que un 48 por ciento es justamente a eso a lo que aspira. Además, dado que los trabajadores estadounidenses se ven obligados por las fuerzas de la globalización a competir con trabajadores mal remunerados de otros países que no protegen sus derechos fundamentales, ven con creciente escepticismo los beneficios de este régimen comercial. Nada menos que un 65 por ciento de los estadounidenses opina que el creciente comercio entre Estados Unidos y otros países perjudica, en su mayor parte, a los trabajadores estadounidenses. Un hecho que pone de relieve el cambio de actitudes que se ha producido en los últimos diez años, cuando una mayoría de 56 por ciento veía en el aumento del comercio sobre todo una bonanza para las empresas estadounidenses, es que ahora la mitad de los estadounidenses (50 por ciento) opina que el comercio está, en su mayor parte, perjudicando a dichas empresas. Aún más significativa es la sensación que se está extendiendo entre el público en general de que la clase media ya no participa en la prosperidad del país, sino que está perdiendo terreno, mientras que una reducida clase selecta está recogiendo beneficios descomunales. Los sondeos a pie de urna revelan esta erosión de la fe de los electores en el ideal americano en el siglo XXI. Nada menos que la mitad de los votantes afirmó que tenía lo justo para mantenerse a flote, mientras que otro 17 por ciento admitió estarse quedando atrás. Menos de la tercera parte de los votantes (31 por ciento) reconoció que su situación financiera estaba mejorando. Todavía más sorprendente es el pesimismo que se ha apoderado de los estadounidenses en cuanto al futuro de sus hijos. Una pluralidad del 40 por ciento expresó que cree que la vida de la próxima generación de estadounidenses será peor que la de ahora, el 28 por ciento opinó más o menos lo mismo, y sólo un 30 por ciento expresó confianza en que la vida de la próxima generación de estadounidenses sería mejor que la de la generación actual. En 2008, los votantes de EE.UU. elegirán al candidato que les ofrezca más confianza de garantizar la promesa del sueño americano, es decir, prosperidad económica compartida y la posibilidad de que los trabajadores puedan brindar mejores oportunidades a sus hijos.
El creciente deseo de cambio y la rendición de cuentas El cúmulo de inquietudes públicas en torno a cuestiones internas y externas está estimulando un apetito de reforma fundamental del gobierno de Estados Unidos. Las elecciones de 2006 fueron en muchos aspectos un clamor público por un mayor rendimiento de cuentas. Tres cuartas partes de los votantes señalaron la corrupción y la ética como factores importantes en su voto en las elecciones parlamentarias, y con considerable intensidad (41 por ciento "extremadamente importantes"). Aunque la guerra del Iraq explica en parte los bajos índices de aprobación que está recibiendo la gestión del presidente, no explica por qué al nuevo Congreso, controlado por el partido de oposición, también le tienen en tan baja estima los votantes. El índice de aprobación del presidente Bush se sitúa justo en un 31 por ciento, y el del Congreso, un 21 por ciento, es todavía más crítico. En resumen, el público está exigiendo un cambio y responsabilizando a todos los que ocupan cargos electivos de efectuar dicho cambio. A saber, una mayoría del 56 por ciento de los estadounidenses está ahora de acuerdo en que "el gobierno federal necesita transformarse es decir someterse a cambios importantes y fundamentales". Exactamente un 34 por ciento cree que "el gobierno federal necesita pequeños cambios, pero no transformarse", y sólo un 3 por ciento opina que "el gobierno federal no necesita cambio alguno". Pese a la erosión de la confianza en el gobierno, más de la mitad de los estadounidenses desea que la institución desempeñe un papel más importante en la búsqueda de soluciones a los problemas que aquejan al país. Cincuenta y dos por ciento coincide en que "el gobierno debe hacer más por resolver los problemas y atender a las necesidades de la población", frente al 40 por ciento que opina que "el gobierno está haciendo demasiadas cosas que sería preferible dejar que las empresas y los particulares manejaran". Cabe señalar que estas cifras reflejan prácticamente la imagen inversa del sentir de hace cerca de diez años (41 por ciento "el gobierno debería hacer más", frente al 51 por ciento "el gobierno está haciendo demasiado"). Para concluir, el votante estadounidense está, en efecto, cambiando: volviéndose más escéptico, más preocupado y menos seguro. Al mismo tiempo, mantiene una actitud de cautelosa confianza en el futuro. Los electores están buscando un líder con la habilidad demostrada de reconocer y resolver los problemas a los que se enfrentan los Estados Unidos en el siglo XXI y asegurar así la posición del país en el mundo. Frente a esta inclinación a favor de una mano firme y con experiencia, existe un profundo deseo por un líder que represente el cambio que ahora exige una abrumadora mayoría de los estadounidenses. El candidato que sepa reconciliar de manera convincente estas dimensiones de liderazgo, en apariencia contradictorias, es el candidato que ganará la presidencia en 2008 , y con ello, los medios de transformar al país tanto a los ojos de sus ciudadanos como, igualmente importante, a los ojos del mundo.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o políticas del gobierno de Estados Unidos. |
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