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Las encuestas políticas: ¿se puede prescindir de ellas?

John Zogby

La larga campaña: Elecciones 2008 en Estados Unidos

ÍNDICE
Acerca de este número
Internet está cambiando el campo de juego
La nueva tecnología electoral: ¿Problema o solución?
Votar por primera vez
Las elecciones al Congreso
El nuevo elector estadounidense
El voto femenino en Estados Unidos
La cobertura de la campaña presidencial vista desde el autobús de la prensa
Las encuestas políticas: ¿se puede prescindir de ellas?
Un nuevo comienzo
Financiación de las elecciones del año 2008 en Estados Unidos
¿Ha excedido su vida útil el Colegio Electoral?
Bibliografía (en inglés)
Recursos en la Internet (en inglés)
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Para saber mas
 

Alfonso Martínez se inscribe como votante mientras pone gasolina en Santa Fe, Nuevo México.
Alfonso Martínez se inscribe como votante mientras pone gasolina en Santa Fe, Nuevo México.
© AP Images/Jeff Geissler

A partir de la década de 1960, el incremento en el número de encuestas de opinión pública ha sido notable. En el siguiente artículo, el experto encuestador John Zogby habla sobre la importancia de las encuestas, no sólo en la medición de actitudes respecto a los candidatos que aspiran a puestos políticos sino por lo que revelan sobre la forma de pensar y sentir de los electores sobre los temas de actualidad. El autor es presidente de la compañía de encuestas Zogby International, con sede en Útica, Nueva York, y oficinas en Washington, Miami y Dubai. Su empresa ha tomado el pulso de la opinión pública en América del Norte, América Latina, Oriente Medio, Asia y Europa desde 1984.

Me gano la vida hacienda preguntas y aquí les plantearé varias: ¿Qué importancia tienen las primeras encuestas realizadas meses antes de las elecciones? ¿Hacen una predicción o son una mera lectura del termómetro social? Con todo el interés que existe sobre el calentamiento global, ¿no serán los estadounidenses (y aquellos que siguen las elecciones estadounidenses) víctimas del “uso excesivo de encuestas”; es decir, demasiadas encuestas en el dominio público? ¿Se puede prescindir de las encuestas de opinión pública? Intentaré formular respuesta a cada una de estas preguntas.

¿Qué importancia tienen las encuestas realizadas meses antes de las elecciones? ¿Hacen una predicción o son una lectura del termómetro social?

La metáfora más apta que me viene a la mente para explicar la importancia de las encuestas iniciales es la de una persona que se establece como objetivo el perder peso para noviembre de 2008. ¿Debería esa persona evitar subirse a la báscula durante meses o debería intentar medir su progreso con regularidad? La mayoría de las personas que intentan perder peso son como los profesionales y adictos de la política. Quieren información y la quieren con frecuencia. Ahora bien, la persona que está a régimen no tiene la seguridad de que alcanzará su meta para la fecha límite, pero los informes sobre su progreso, que es lo que representan las encuestas, le darán razones para poner más empeño o bien para permitirse comer de vez en cuando un pedazo de tarta de chocolate.

Las encuestas iniciales pueden proporcionar un caudal de datos que rebasan la mera información sobre el lugar que ocupan los candidatos en la competición electoral. ¿Cuáles son los temas que dominan en determinado momento? ¿Dejarán de ser cuestiones prioritarias o será necesario dedicarles atención? Las encuestas iniciales también reflejan el sentir general del público. ¿Se sienten complacidos con la dirección en la que va encaminado el país? o, como se plantea en las encuestas, “¿considera Ud. que van las cosas por el camino equivocado?” Estas son percepciones muy importantes, y las encuestas meramente añaden el elemento científico a lo que los candidatos ven y a lo que las multitudes sienten: satisfacción, resentimiento, ira, frustración, confianza y hasta desesperación.

Es importante entender que los encuestadores investigamos mucho más que sentimientos unidimensionales u opiniones fugaces sobre temas que puede que hasta los mismos votantes no entiendan. Las buenas encuestas intentan definir los valores que los electores atribuyen a cuestiones específicas. Estos valores no son efímeros. Son principios profundamente arraigados y sagrados. A menudo la gente puede sentirse en conflicto con sus propios principios rectores. El mismo votante puede opinar que la guerra en Iraq marcha mal porque causa muertes innecesarias y devastación, pero se siente igualmente preocupado porque el honor y la integridad de Estados Unidos están en juego. Incumbe a los candidatos y a sus gestores profesionales formular los símbolos y los mensajes más acertados para convencer a los votantes de que superen sus conflictos internos. Es por ello que las encuestas son valiosas para ayudar a optimizar la comunicación del mensaje y de los temas de más relieve.

Crecimiento de votantes hispanos

A la par, he aprendido durante las tres décadas que he ejercido como encuestador profesional que las mayorías a menudo son menos importantes en las campañas políticas que los sentimientos intensos que generan los temas de actualidad. Examinemos por un momento las cuestiones prioritarias en este momento para la elección presidencial de 2008. En un abrumador primer lugar está la guerra en Iraq. Tres de cada cinco votantes, aproximadamente, la consideran una cuestión de máxima prioridad. Si bien la oposición a la guerra en 2004 provenía mayormente de los demócratas (más del 80 por ciento) y de muchos independientes (más del 60 por ciento), el apoyo republicano para la guerra ese año fue casi tan intenso como la oposición demócrata. Por consiguiente, el presidente Bush comprobó que la guerra no le perjudicaba siempre que la vinculara al terrorismo, algo en lo que muchos votantes consideran que fue más hábil que su oponente demócrata, el senador John Kerry. Sin embargo, para 2005, no sólo se había reducido el apoyo a la guerra por parte del grupo de conservadores republicanos sino que una minoría firme de libertarios y de republicanos moderados se oponía al presidente.

La guerra contra el terrorismo es la segunda cuestión de mayor interés y nos presenta una visión reveladora de la dinámica de la opinión pública. Cuando Bush fue reelegido en 2004, fue favorecido por los votantes como la persona mejor capacitada para tratar esta cuestión, con un 67 por ciento frente al 24 por ciento de su contrincante Kerry. Para 2005, ante los ojos de los votantes, los demócratas y los republicanos estaban empatados en lo referente a su capacidad para luchar contra el terrorismo. Sin embargo, según avanzamos hacia el año 2008, los demócratas no están preparados para llevarles ventaja a los republicanos en esta cuestión porque no hay un grado intenso de apoyo entre los votantes que pueda impulsar a los demócratas hasta la victoria. Al menos de momento.

En varios de los recientes ciclos electorales, las cuestiones más polémicas han versado sobre “Dios, armas y homosexuales”. Sin embargo, es posible que los republicanos estén perdiendo su ventaja porque los votantes ahora atienden a otras cuestiones como Iraq y el cuidado de la salud, que provocan inseguridad, ira y frustración; reacciones que conllevan emociones muy intensas.

La cuestión que promete ser más polémica en 2008 es la inmigración. He aquí un caso en el que las encuestas son aleccionadoras. Los estadounidenses se oponen a la inmigración ilegal, pero consideran que es justo que se establezca el medio de obtener la ciudadanía a los que ya están en el país. Desean un control más eficaz en la frontera, pero se oponen al desembolso de cientos de millones de dólares para erigir una barrera entre Estados Unidos y México. Sin embargo, al igual que en el tema de la guerra de Iraq, la cuestión no ha sido tan influenciada ni por las mayorías que apoyan ni por las que se oponen a las diferentes medidas, sino que se nutre de la intensidad del apoyo u oposición de un grupo relativamente escaso de votantes. Los republicanos se encuentran nuevamente en una difícil posición frente a esta cuestión.

Los candidatos republicanos a la presidencia y a los escaños en el Congreso se encuentran entre las voces conservadoras que claman más enérgicamente su oposición a cualquier esfuerzo por legalizar la situación de los que están ilegalmente en el país y el número creciente de votantes hispanos marginados por los esfuerzos para construir la barrera en la frontera del sur. Si se tienen en cuenta algunas cifras, los hispanos constituyeron el 4 por ciento de los 92 millones de votantes en las elecciones de 1992, 5 por ciento de 95 millones en 1996, 6 por ciento de 105 millones en 2000 y 8,5 por ciento de 122 millones en 2004. En términos de porcentaje del electorado estadounidense, los hispanos aumentan a un ritmo más acelerado que la población general. Cuando el presidente Bush recibió el 40 por ciento del voto hispano en 2004 (un incremento de 5 puntos sobre el del año 2000), se quedó con el pedazo más grande de una tarta mucho mayor. Como consecuencia del tema de la inmigración principalmente (junto al de Iraq y la economía), la participación republicana del voto total en las elecciones legislativas de 2006 se redujo en un 28 por ciento. Los republicanos sufrieron una gran derrota. Ahora que las encuestas iniciales del ciclo electoral 2008 demuestran que los republicanos sufren la pérdida de votantes hispanos, estos afrontan una importante decisión sobre la cuestión de inmigración.

¿Se hace uso excesivo de las encuestas?

En la década de 1960, existían las organizaciones de encuestas Gallup y Harris. Para la década de 1970, las principales cadenas televisivas se habían unido a los diarios más importantes del país. Para 1992 sólo existían unas pocas organizaciones encuestadoras importantes. Estaba claro que era justificable la existencia de encuestas realizadas por medios informativos y por organizaciones independientes. Su función era realizar encuestas con credibilidad e independencia para vigilar contra el abuso de candidatos que podían confabular para tergiversar los resultados de las encuestas publicadas para el público y para los posibles contribuyentes a la campaña poniendo en conocimiento público sus versiones.

John Zogby, encuestador internacional, se dirige al público en la Ciudad de Oklahoma, Oklahoma, y habla sobre la importancia del voto hispano en las elecciones de 2008.
John Zogby, encuestador internacional, se dirige al público en la Ciudad de Oklahoma, Oklahoma, y habla sobre la importancia del voto hispano en las elecciones de 2008.
© AP Images

Con la llegada de las nuevas cadenas de noticias por cable y de otros medios de comunicación, se observa una proliferación de encuestas públicas. En 2006 había al menos dos docenas de encuestas independientes de dominio público y la cifra va en aumento. Por lo tanto, cabe preguntarse si no será excesivo el número de fuentes informativas y encuestas. Hasta la fecha, los estadounidenses parecen estar complacidos con ambas cosas: más opciones de noticias y encuestas adicionales. Los estadounidenses quieren sentirse conectados para saber si sus puntos de vista coinciden con la mayoría o si están al margen de las corrientes principales, y para observar cómo le va a su candidato ante un público más amplio; es decir, más allá de su propio mundillo de amigos, peluqueros, barberos, del mercado donde compra, de su familia y de su vecindario.

No obstante, el número mayor de encuestas trae consigo más responsabilidades para los encuestadores, el público y los medios de comunicación. Los que somos profesionales en este campo tenemos la obligación de recordar a los estadounidenses lo que las encuestas son capaces de hacer o no. Con frecuencia oímos una vez se publican los resultados de nuestras encuestas que son “predicciones”, cuando en realidad sólo estamos presentando una instantánea de un momento determinado, haciendo una lectura del termómetro social, trazando el progreso en una escala gráfica. Cualquier cosa puede ocurrir entre el momento en que se hizo la encuesta y el día de los comicios, aun cuando se haga la encuesta la víspera de las elecciones.

Por otra parte, las encuestas tampoco son perfectas. No interrogamos a cada persona de un total preseleccionado de la población, sino que tomamos una muestra representativa de la población. Por lo tanto, se integra a la encuesta un margen de error (aunque hay otros factores que pueden causar errores). Muchos de nosotros operamos dentro de un margen de error de “más o menos tres” en las encuestas nacionales, por lo que es posible una variación de seis puntos. Si el Candidato A recibe un 53 por ciento de los votos en esa encuesta y el Candidato B obtiene un 47 por ciento, significa que el porcentaje de A puede llegar a ser 56 por ciento o ser tan bajo como un 50 por ciento, en tanto que el de B puede ser tan alto como del 50 por ciento o tan bajo como de un 44 por ciento. En otras palabras, los candidatos podrían empatar. Podemos proyectar si la elección será reñida o no, pero no vaticinamos resultados, a menos que sea a través de corazonadas o el análisis de nuestras cifras, y eso sólo se hace como el fin de entretener y no de predecir.

Es necesario que el público mire las encuestas con un escepticismo sano. Son herramientas muy útiles para entender la dinámica de las elecciones, así que no hay que pasarlas por alto, y por lo general, el producto de nuestra labor es muy exacto. Sin embargo, en 2000 cuando mis encuestas (y las de la cadena de noticias CBS) daban un pequeño margen de victoria al entonces vicepresidente Al Gore en el voto popular y varias otras encuestas daban una ventaja de dos o tres puntos al entonces gobernador George W. Bush, lo que nuestras proyecciones indicaban era prácticamente lo mismo.

Por ultimo, los medios informativos — en particular la radio y la televisión — deberán explicar mejor lo que es un error de muestra, cuestionar la formulación de las interrogantes y otras fuentes que posiblemente limiten las encuestas, en tanto que informan sobre los resultados en su justo contexto, por ejemplo, sobre las actividades de campaña, discursos y otros factores que puedan haber incidido en los resultados en el momento de hacerse la encuesta.

¿Podemos prescindir de las encuestas?

Pues, verdaderamente, yo no. Al parecer tampoco les es posible a los políticos profesionales ni a los observadores políticos. Las encuestas realizan la importante función de revelar los más íntimos pensamientos, sentimientos, prejuicios, principios y comportamiento del ámbito político. Después de todos estos años he aprendido que cada estadounidense puede estar mal informado, sentirse indiferente o sencillamente estar equivocado, pero el pueblo estadounidense siempre está suficientemente enterado y casi nunca equivocado cuando responde a encuestas o, en todo caso, cuando emite su voto.

La larga campaña: Elecciones 2008 en Estados Unidos

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o políticas del gobierno de Estados Unidos.

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