eJournal USA: Temas de la Democracia

Libertad de conciencia

Ted G. Jelen

LOS CIMIENTOS DE LA DEMOCRACIA

CONTENIDO
Acerca de este número
La libertad de prensa
La función esencial de la libertad económica en una democracia
Libertad de conciencia
La ciudadanía y el buen gobierno democrático
Acceso a la justicia: reforma judicial en Rwanda
Bibliografía (en inglés)
Recursos en Internet (en inglés)
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Ted G. Jelen
Ted G. Jelen

Este artículo examina el valor de la libertad de religión en las democracias viables. El autor afirma que las instituciones religiosas son una fuente alternativa de ideas y crítica social y constituyen un campo de formación para el civismo democrático, y expone argumentos en torno a por qué los gobiernos democráticos deben fomentar el respeto a la diversidad religiosa. Ted. G. Jelen es catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad DePaw, en Greencastle, Indiana, y de la Universidad de Nevada, en Las Vegas.

El respeto a la libertad de conciencia, que en la mayoría de los casos tiene que ver con la libertad de religión, tiene un impacto saludable en los gobiernos democráticos. Las consecuencias de la libertad de religión son generalmente positivas: 1) la religión ofrece a los gobiernos democráticos una fuente alternativa de ideas, crítica social e innovación; 2) las instituciones religiosas proporcionan experiencias y aptitudes que se pueden aplicar al civismo democrático y, 3) el respeto a las prerrogativas de las minorías religiosas puede aumentar la legitimidad de un gobierno democrático, tanto internamente como en el ámbito internacional.

LA RELIGIÓN Y EL ESTADO

En un sistema democrático saludable, el Estado y las instituciones religiosas deben conservar una respetuosa independencia. Ello no quiere decir que no debe haber contacto entre la esfera laica de la política y el espacio sagrado que ocupa la religión, puesto que hay considerable superposición entre ambos. Sin embargo, al parecer cierta autonomía funcional entre la Iglesia y el Estado deriva en beneficios notables para este último.

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Observadores como el autor y estadista francés Alexis de Tocqueville (1805-1859) y la politóloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann (1916- ) han puntualizado las tendencias conformistas de las culturas políticas democráticas. Es decir, en sociedades altamente igualitarias (tanto socialmente como jurídicamente) existe tremenda presión social para ajustarse a los dictámenes reinantes. Noelle-Neumann denomina este fenómeno "la espiral del silencio", que se asemeja mucho al concepto clásico de Tocqueville de la "tiranía de la mayoría". Los enfoques prevalecientes pueden a menudo tener un impacto excluyente en la opinión pública y las políticas oficiales.

La religión ofrece a menudo una "voz profética" al debate público. Los valores religiosos permiten que valores estables y trascendentales penetren el diálogo democrático y faculten la expresión de opiniones minoritarias. Es una función importante en regímenes en los que la opinión pública constituye la autoridad suprema, ya que la expresión de otras perspectivas con frecuencia realza el proceso de deliberación política. El hecho de que los principios religiosos se asienten en creencias que no se basan en las exigencias sociales o políticas del momento, permite que dichas creencias sirvan de fuente independiente de crítica del clima político reinante.

Como ilustración puede citarse el caso de Polonia, donde la afiliación generalizada a la Iglesia católica confirió al ciudadano polaco durante el período de dominio comunista una perspectiva diferente del mundo. Los esfuerzos del régimen comunista destinados a la socialización política no fueron particularmente eficaces y fueron resistidos por un catolicismo políticamente enérgico. De hecho, puede que la presencia del catolicismo popular hiciera posible que los polacos distinguieran entre el Estado polaco (laico y socialista) y la nación polaca (católica y democrática en potencia). En forma análoga, a principios de la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) en Estados Unidos, el debate público dejó de favorecer las políticas de desarme nuclear y de ayuda a los pobres. El Concilio Nacional de Obispos Católicos circuló cartas pastorales sobre la inmoralidad de la guerra nuclear y los imperativos morales que subyacían la ayuda a los pobres. Los recursos espirituales e intelectuales de la Iglesia estadounidense proporcionaron un contrapeso necesario al conservadurismo de la política económica y exterior durante ese periodo.

No hay, desde luego, nada especialmente novedoso en este análisis. En su obra La democracia en América, Alexis de Tocqueville identificó la religión como uno de los factores más importantes que mitigan la tiranía de la mayoría en Estados Unidos. Como fuente de valores trascendentales que contienen numerosos imperativos morales relacionados con las políticas públicas, las confesiones religiosas que no se identifican con el régimen en el poder constituyen un contrapeso importante a las tendencias conformistas de las sociedades democráticas.

PROTECCIÓN DE LA DIVERSIDAD RELIGIOSA

Los gobiernos democráticos deben proteger y fomentar la diversidad religiosa. La presencia de numerosas confesiones religiosas aumenta su potencial para ejercer la crítica social y política en al menos tres maneras.

El valor más obvio que aporta la diversidad religiosa al discurso democrático, es la presencia de múltiples voces, lo cual permite considerar diferentes perspectivas en la deliberación pública. Por ejemplo, en el Brasil contemporáneo la Iglesia católica (sobre todo las parroquias locales), es una fuente de crítica social de las causas estructurales de la desigualdad (nos referimos a la "teología de la liberación"), en tanto que un movimiento cada vez mayor de protestantismo evangélico ha servido para centrar nuevamente la atención en la moral y la vida familiar.

En segundo lugar, la diversidad religiosa tiene un impacto positivo en las creencias, la participación y la afiliación religiosas. Los sociólogos expertos en religión han indicado que, en un ambiente religioso competitivo, los grupos confesionales tienen fuertes incentivos para hacer atractivas sus respectivas confesiones a miembros y miembros en potencia. En tales condiciones, la participación religiosa es generalmente más alta que en ámbitos donde una confesión religiosa tiene el monopolio. Por ejemplo, la participación religiosa es generalmente más alta en Estados Unidos que en los países escandinavos que cuentan con iglesias establecidas. De igual manera, en el período posterior a la era comunista en Polonia, país predominantemente católico, la concurrencia a la iglesia y otras medidas de participación religiosa disminuyó notablemente.

¿Por qué debe importarnos esto? Porque la documentación de investigación indica que la participación en organizaciones religiosas es fuente importante de capital social y de conocimientos y aptitudes que facilitan la participación en la democracia. En las iglesias, las personas aprenden a trabajar juntas para lograr metas comunes, para mediar conflictos sociales en forma constructiva y para escoger entre bienes sociales antagónicos. Todas esas capacidades son importantes para el desarrollo del ciudadano democrático. De hecho, algunos estudios indican que en Estados Unidos la socialización religiosa es la única fuente confiable de capital social para ciudadanos que de otro modo se verían marginados. Por tanto, la religión, al igual que otras instituciones de la sociedad civil, representa una fuente importante de formación ciudadana. En medios religiosamente diversos, es probable que más personas se valgan de las oportunidades de aprendizaje que ofrecen las instituciones religiosas.

Por último, la diversidad religiosa puede reducir posibles conflictos políticos de origen religioso. En sociedades que tienen más de una confesión religiosa dominante, los ciudadanos pueden atribuir características negativas a sus homólogos de las otras confesiones, aumentando así la posibilidad de conflictos intensos y violentos. A diferencia de ello, en un entorno más pluralista ninguna confesión atrae una mayoría, lo cual obliga a los ciudadanos religiosos que participan en la política a hacer concesiones para lograr objetivos políticos parciales.

Por ejemplo, en Estados Unidos algunos grupos de creyentes han criticado las políticas oficiales de cuestiones morales o de estilo de vida. Sin embargo, su eficacia se ha visto limitada, entre otras cosas, por las diferencias teológicas dentro de sus respectivas confesiones. Por consiguiente, las polémicas internas sobre cuestiones como el modernismo, la evolución, la experiencia religiosa y la interpretación de la doctrina, han impedido en gran medida el establecimiento de coaliciones políticas monolíticas. En resumen, la diversidad doctrinal que presenta internamente la religión que practica la mayoría de los estadounidenses (es decir, el cristianismo), así como la tradición de respeto por otras religiones, entre ellas el judaísmo y el islamismo, hacen improbable que un solo grupo religioso llegue a dominar el debate político en Estados Unidos.

LOS DERECHOS DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS

Las confesiones religiosas a menudo afirman verdades sobre realidades absolutas, como por ejemplo la naturaleza de la realidad, el propósito de la existencia humana y la presencia de la maldad en el mundo. Por lo general, semejantes afirmaciones no son ni verificables ni refutables y, por tanto, no están sujetas a negociaciones directas o concesiones recíprocas. Se deduce entonces que las personas o instituciones que ostentan el poder político (esto es, las mayorías populares en las democracias), tienen a menudo la tentación de reprimir versiones alternativas de las verdades religiosas, o de limitar considerablemente las prerrogativas de las minorías religiosas. Hay por lo menos dos razones por las que los líderes políticos de gobiernos democráticos deben resistir esa tentación y respetar al máximo los derechos de las minorías religiosas.

Primero, cuando los miembros de religiones minoritarias (que pueden que sean marginadas social o teológicamente) disfrutan de la libertad religiosa, se evita el problema de equiparar la ciudadanía plena con la pertenencia a una confesión religiosa determinada. Por ejemplo, si una persona puede ser plenamente estadounidense sin ser cristiana, o plenamente israelí sin ser judía, las confesiones religiosas que queden fuera del modelo culturalmente dominante no encaran el problema de lealtades compartidas. Si no se establece un vínculo entre nacionalidad y pertenencia a una confesión religiosa determinada, los creyentes de confesiones minoritarias estarán probablemente más dispuestos a acatar las leyes y a participar plenamente en la vida política del país. Dicho de otra manera, es probable que la libertad de religión aumente la legitimidad del gobierno ante los miembros de minorías religiosas.

La cuestión de legitimidad es de especial importancia para los regímenes democráticos, puesto que la democracia es un sistema persuasivo que tiene como condición la conformidad y participación activa de sus gobernados. Es decir, los gobiernos democráticos alcanzan la legitimidad al persuadir a los ciudadanos de su derecho y capacidad para gobernar. Los gobiernos democráticos exigen también la participación activa de los ciudadanos, en lugar de la conformidad pasiva, y podría sostenerse que es más difícil lograr dicha participación cuando a determinados miembros de la comunidad se les priva de las condiciones fundamentales del ejercicio de su identidad.

Una segunda razón por la que se debe respetar los derechos de las minorías religiosas es el aspecto internacional. La capacidad de los gobiernos para participar en relaciones complejas con otros estados, se ve a menudo limitada por la percepción de discriminación religiosa por parte de los gobiernos de esos estados. Visto de otra manera, un gobierno que discrimina contra determinadas minorías religiosas con frecuencia se ve en desventaja en sus relaciones con otros estados en los que esa determinada confesión goza de mayor resonancia política.

Por ejemplo, a principios del decenio de 1970, la habilidad del presidente estadounidense, Richard Nixon, para lograr la distensión con la Unión Soviética, se veía limitada por la percepción de muchos estadounidenses (inclusive muchos congresistas) de que la URSS discriminaba contra los judíos. La "enmienda Jackson" (propuesta por el senador Henry Jackson) tuvo por objeto limitar el comercio entre Estados Unidos y la Unión Soviética y condicionarlo a la mejora en este último país del respeto por los derechos humanos. Está claro que el camino a la distensión habría sido considerablemente más fácil si no hubiera existido una idea generalizada de que la Unión Soviética era un país antisemita. Más recientemente, las supuestas restricciones que se han impuesto a algunos misioneros cristianos ha hecho más difícil para el presidente George W. Bush establecer relaciones de colaboración con estados como Jordania, Egipto, China y Corea del Norte. Los miembros de la Iglesia evangélica estadounidense representan un componente importante de la coalición republicana del presidente, y es difícil políticamente para cualquier presidente adoptar una posición diplomática antagónica a las preferencias de un electorado clave.

En forma análoga, en un viaje reciente a Pakistán advertí que mi credibilidad en calidad de representante de Estados Unidos estaba comprometida por la convicción, generalizada, de que en el periodo posterior al 11 de septiembre el gobierno estadounidense y el pueblo estadounidense están, de alguna manera, en "contra del islamismo". Encontré públicos de estudiantes universitarios que se negaban a escuchar mi defensa del principio de libertad de religión, mientras no abordara, a su satisfacción, la cuestión de que los musulmanes que viven en Estados Unidos no son víctimas de la discriminación legal a manos del gobierno. Al otro lado del Atlántico, la tentativa de Francia de bloquear la tendencia divisoria de las religiones, al prohibir a las niñas musulmanas el uso de pañoletas para cubrirse la cabeza y a los niños judíos el de yarmulkas (o casquetes) en las escuelas públicas, puede haber causado la disminución del prestigio nacional de Francia en Oriente Medio y en otras partes. En los Países Bajos, la percepción de antiislamismo de algunas películas ha dado lugar a violencia política por motivos religiosos.

En todos estos casos la percepción de discriminación religiosa es al menos igual de importante que la realidad. En gran medida, el éxito de la diplomacia depende de la buena voluntad entre naciones soberanas. La convicción de ciudadanos de determinados países de que en otros países a sus codevotos se les trata como ciudadanos inferiores, puede hacer problemático el logro de dicha buena voluntad.

CONCLUSIÓN

Un clima religioso enérgico, variado y pluralista contribuye a una sociedad democrática viable. Aunque no se debe exagerar la importancia de la religión en la política democrática, la religión puede servir como fuente para la crítica política, la formación cívica y la legitimidad política.

LOS CIMIENTOS DE LA DEMOCRACIA

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.

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