Proteccionismo y PolíticaBruce Stokes
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El proteccionismo - los esfuerzos gubernamentales para escudar de la competencia internacional a los productores nacionales, está profundamente arraigado en las políticas de las naciones de todo el mundo. Es, a la vez, el producto de intereses especiales y un reflejo de la ansiedad que siente el público acerca del cambio. E implica un gran costo económico. La resistencia a la liberalización del comercio y sus causas políticas no son nada Nuevo. En la primera mitad del siglo XIX Gran Bretaña impuso aranceles a las importaciones concebidos para "proteger" a los agricultores y terratenientes británicos de la competencia planteada por las importaciones de granos baratos. Pero estos impuestos a las importaciones aumentaban los precios de los alimentos en las ciudades inglesas, obligando a los reacios industriales a pagar salarios más altos, de modo que sus trabajadores pudieran comer. En 1846, luego de una prolongada lucha en el Parlamento, estas "Leyes del Trigo" fueron revocadas, lo que señaló el ascenso político de la nueva clase media inglesa. Luchas similares en torno a los aranceles dominaron gran parte de la política norteamericana del siglo XIX. En la trayectoria que desembocó en la Guerra Civil Norteamericana (1861-1865), los estados industriales del norte querían aranceles elevados para proteger de la competencia europea sus intereses manufactureros en surgimiento. Los estados del sur querían aranceles bajos, debido a que importaban gran parte de lo que consumían, desde telas hasta maquinaria agrícola. Un indicio de cuán importante era este asunto: cuando Jefferson Davis, el presidente de los secesionistas Estados Confederados de América, pronunció su discurso de toma de posesión en 1861, dedicó mucho de él a la necesidad de aranceles más bajos, no a la cuestión de la esclavitud. Tres cuartos de siglo después, el proteccionismo de inspiración política fue una respuesta mundial a la Gran Depresión. Durante la campaña de las elecciones presidenciales de 1928, el candidato republicano Herbert Hoover prometió aumentar los impuestos a las importaciones agrícolas para ayudar a los agricultores norteamericanos, que habían experimentado años de declinación de los precios de los productos básicos. Una vez que la legislación que había prometido Hoover comenzó a avanzar en el Congreso, los grupos de intereses especiales del sector industrial agregaron sus propias protecciones arancelarias. La resultante Ley de Aranceles Smoot-Hawley, de junio de 1930, terminó llevando todos los aranceles estadounidenses a niveles históricamente altos. Los derechos de aduana impuestos como represalia en el extranjero pusieron al comercio mundial en una espiral descendente. Hacia 1934, el comercio mundial llegaba a sólo una tercera parte de lo que había sido en 1929.
Textiles y ropa En la era moderna, gracias a medio siglo de negociaciones de comercio mundial sobre reducción de aranceles, la protección es mucho menos extremada. Pero no es menos política. Los intereses agrícolas, industriales y de la industria de servicios todavía se resisten a la liberalización de los mercados porque quieren mantener el dominio del mercado interno y temen los precios más bajos y las innovaciones tecnológicas que ofrece la competencia extranjera. La protección ofrecida en todas partes del mundo a la industria de los textiles y la ropa en épocas recientes es un ejemplo clásico de esos intereses creados que se defienden a sí mismos de las importaciones. Las restricciones al comercio en telas y prendas de vestir surgieron por primera vez en el decenio de 1950, a medida que los países en desarrollo empezaron a competir con productores de Europa y Estados Unidos. El Acuerdo internacional Multifibras de 1974 impuso cuotas de importación y aranceles específicos a ese comercio. Esta protección les costó a los consumidores estadounidenses más de 20.000 millones de dólares anuales debido a los precios más altos de las camisas, pantalones y ropa interior. Y el Banco Mundial estimaba que cada empleo norteamericano o europeo que preservaban tales restricciones les negaba empleo a 35 trabajadores de países más pobres. Sin embargo, gracias a la influencia política de los fabricantes norteamericanos y europeos de textiles y ropa y los sindicatos que representaban a sus trabajadores, las limitaciones al comercio siguieron en pie hasta 1993, cuando los países ricos acordaron finalmente levantarlas. Pero incluso entonces, se necesitó un decenio para eliminarlas gradualmente. Así resultó que no fue sino hasta el 2005, más de medio siglo después de que se iniciara la protección, que el comercio de textiles y ropa fue liberalizado finalmente. Y aún ahora, ese comercio enfrenta algunos aranceles extremadamente altos. Proteger a los fabricantes de automóviles La protección puede afectar también productos de alto precio, como los automóviles, una industria que en varias ocasiones ha estado protegida por poderosos intereses politicos en Japón, Corea, China y Estados Unidos. En los decenios de 1970y 1980 la industria estadounidense de los automotores encaró su primer reto importante de parte de la competencia extranjera, a medida que los fabricantes japoneses entraban con decisión en el Mercado norteamericano. Según fue creciendo la porción japonesa del mercado de Estados Unidos, los Tres Grandes de la industria estadounidense de fabricación de automóviles - Ford, Chrysler y General Motors - convencieron al gobierno federal de que impusiera un límite a la cantidad de automóviles que Japón podía enviar a Estados Unidos. En 1981 la administración Reagan acordó imponer ese límite, a pesar de la filosofía de libre mercado que sustentaba el presidente Reagan, debido a que las industrias de automóviles y sus partes eran empleadores importantes en Estados Unidos. Más aún, ese empleo se concentraba mayormente en varios estados políticamente decisivos - Michigan, Ohio e Illinois - que ejercían considerable influencia en el Congreso y en las elecciones presidenciales. El límite anual a las importaciones tuvo el efecto perverso de estimular a las compañías de automóviles japonesas a cambiar la mezcla de productos que despachaban a Estados Unidos, enviando más modelos de alto precio, que rendían mayores beneficios, y menos automóviles más pequeños y más baratos. Se estima que, en su punto máximo de principios del decenio de 1980, la cuota transfería 5.000 millones de dólares anuales en beneficios adicionales a los fabricantes japoneses, que podían vender a sobreprecio sus automóviles de cuota limitada. A pesar de esta protección, la industria estadounidense del automóvil siguió perdiendo una porción de su Mercado frente a los fabricantes japoneses, debido a que Toyota, Nissan y Honda saltaron simplemente por encima de las barreras comerciales y empezaron a fabricar automóviles en Estados Unidos. Norteamérica no es la única que impone políticas proteccionistas como resultado de la influencia política. En Corea del Sur, por ejemplo, los fabricantes de automóviles de Japón, Europa y Estados Unidos vendieron en el 2005 sólo 30.000 autos, apenas el 3,3 por ciento del mercado coreano. El mismo año, los fabricantes coreanos vendieron en el extranjero más de 1,5 millón de vehículos. La combinación de un arancel del 8 por ciento y los impuestos sobre el tamaño del motor añaden alrededor de 9.000 dólares al precio de lista de un auto importado de 30.000 dólares. Aún más, hasta fecha reciente el gobierno coreano revisaba la declaración de impuestos de cualquiera que compraba un automóvil extranjero, una manera segura de desalentar la compra de una marca extranjera.
La capacidad de los intereses especiales de influir en la política comercial, y si se les permite seguir ejerciendo tal influencia, lo pueden explicar mejor las estructuras constitucionales sobre las cuales se formulan esas políticas comerciales, el cambiante equilibrio político-económico dentro de las sociedades modernas y la evolución de la opinión pública acerca de los temas comerciales mundiales. Los intereses especiales pueden a menudo manipular los sistemas políticos porque reflejan realidades económicas y políticas que ya no existen. En Estados Unidos los miembros de la Cámara de Representantes representan a personas. Hay aproximadamente un miembro por cada 650.000 ciudadanos. Los miembros del Senado representan tierra. Hay dos senadores por estado, cualquiera que sea su población. Este arreglo refleja una transacción hecha en el siglo XVIII, en el momento en que se redactaba la Constitución de Estados Unidos, para equilibrar los intereses de los estados grandes y pequeños. En el siglo XXI, su efecto ha sido darles a los intereses agrícolas una influencia desproporcionada en el Senado de Estados Unidos, lo que refuerza el apoyo a los subsidios agrícolas norteamericanos, que pueden distorsionar el comercio. Pero Norteamérica no está sola en este sesgo constitucional hacia el proteccionismo. Aunque los agricultores activos componen menos del 4 por ciento del electorado francés, su elevada participación electoral les permite depositar el 8 por ciento de los votos en las elecciones nacionales. Y el sistema electoral francés les da a los agricultores una probabilidad desproporcionada de convertirse en funcionarios elegidos. Más de un tercio de los alcaldes franceses son agricultores en actividad o retirados. Y puesto que los miembros del Senado francés son elegidos indirectamente por los concejos, no es de sorprender que los agricultores estén excesivamente representados en la cámara alta. La disparidad entre el porcentaje de agricultores en el Senado y la proporción de agricultores en la población en general se ha casi duplicado en los últimos 40 años. Y la naturaleza del sistema francés de elecciones presidenciales le hace difícil a un candidato presidencial pasar por alto los intereses de los agricultores. Un sistema de elecciones de segunda ronda, en el que los dos candidatos que han obtenido más votos van a una segunda elección, le da a los agricultores - que, abrumadoramente, pertenecen a partidos de la derecha política - gran influencia en la elección del candidato conservador. En 1988, por ejemplo, los agricultores representaron cerca de uno de cada cuatro votos que obtuvo Jacques Chirac, el conservador que ganó la primera ronda. No es sorprendente que Chirac haya sido considerado, a menudo, una criatura de la agricultura organizada. Estas peculiaridades del sistema político francés les permiten a otras industrias poderosas, de base regional, tales como las textiles y electrónicos, ejercer una presión similar. Esto contribuye a la debilidad del Patronat - la principal asociación gremial de la industria francesa - y silencia en práctica la oposición al cabildeo agrícola y a las fuerzas del proteccionismo. De modo similar, en la Asamblea Nacional de Corea del Sur, los votantes rurales están "representados en exceso" en una proporción de tres a uno. Esta influencia desproporcionada de los votantes agrícolas ha conducido a aranceles más altos sobre las importaciones de alimentos, forzando a los consumidores coreanos a pagar algunos de los precios más altos del mundo para la carne vacuna, las frutas y las hortalizas. En Japón la experiencia, sin embargo, da a entender que los cambios de los arreglos constitucionales puede transformar las políticas que impulsan el proteccionismo. Hasta 1980, la distribución de distritos electorales en la Dieta japonesa reflejaba la distribución poblacional en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, cuando sólo una de cada tres personas vivía en áreas urbanas, mientras que dos de cada tres lo hacían en áreas rurales. Pero para el decenio de 1980, tres cuartas partes de la población japonesa vivía en ciudades. Como resultado, se necesitaban cinco veces más votos urbanos que votos rurales para elegir un miembro de la Dieta. Un arancel del 700 por ciento sobre el arroz y uno de los sectores agrícolas más protegidos del mundo fueron subproductos de esta influencia rural. Pero, en 1994 la reforma electoral estrechó radicalmente en Japón las diferencias en la representación legislativa de los sectores rurales y urbanos. Este cambio en el equilibrio del poder del voto llevó al Partido Democrático Liberal, que había dominado la política japonesa luego de la Segunda Guerra Mundial, a transformarse a sí mismo de un partido de base rural en un partido urbano y suburbano, con nuevas prioridades políticas. Los subsidios del gobierno japonés han sido desviados de los agricultores a los residentes urbanos y, si bien Japón está lejos de ser una economía abierta, ahora importa mucho más que nunca antes.
Ambivalencia del Público Las políticas comerciales también se ven movidas por la profunda ambivalencia del público en relación con el comercio internacional En principio, la gente de todo el mundo piensa que la mundialización es buena para sus familias y sus países. En 25 de las 44 naciones encuestadas en el 2002 por el Proyecto Pew de Actitudes Mundiales, mayorías de por lo menos el 60 por ciento pensaban que la mundialización era algo bueno. Los africanos, que viven en el continente más pobre, eran los más optimistas. Siete de cada diez de los que contestaron en Uganda dijeron que un mayor comercio internacional era bueno para su nación. Alrededor de dos tercios de los nigerianos estuvieron de acuerdo. Entre tanto, más de la mitad de los vietnamitas, cuya economía es la segunda de Asia por la velocidad de su crecimiento, pensaba que la internacionalización había sido buena. Un estudio más reciente del German Marshall Fund encontró en Europa y en Estados Unidos ambivalencia respecto del comercio. Siete de cada diez norteamericanos estaban a favor del comercio internacional en el 2006, un aumento en relación con las dos terceras partes en el 2005. Y todavía más europeos, tres de cada cuatro - en lugar de dos de cada tres apoyaban el comercio. Pero más de la mitad de los franceses y cerca de una tercera parte de los norteamericanos no estaban a favor de un comercio más libre. Y la mitad de los alemanes y tres quintas alemanes y tres quintas partes de los norteamericanos y los franceses pensaban que el comercio más libre cuesta más empleos que los que crea. En general, parecería que los norteamericanos y europeos son librecambistas en principio y proteccionistas en la práctica. Las mismas personas apoyan el libre comercio como concepto filosófico y, también, por ejemplo, apoyan los aranceles a las importaciones de acero, si esos aranceles protegen los empleos locales. El aspecto trágico del proteccionismo es el costo económico que le impone a las economías nacionales, especialmente a las pobres. Estudios recientes del Banco Mundial concluyen que la eliminación de las barreras proteccionistas en los países en desarrollo ha aumentado el crecimiento entre 1,2 y 2,6 por ciento. Aun más, la liberalización del comercio ha sido seguida por la aceleración de la inversión y las exportaciones de bienes y servicios. A pesar de estos beneficios económicos, las raíces políticas del proteccionismo y su larga historia sugieren que las barreras al comercio seguirán siendo, durante un cierto tiempo, un obstáculo al bienestar económico, y que con el proteccionismo habrá que bregar políticamente, si es que ha de ser superado.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o políticas del gobierno de Estados Unidos. |
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