Niños necesitadosla solución de una ONGChristopher Wakiraza
| |||||
|---|---|---|---|---|---|
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que en el mundo hay más de 246 millones de niños que trabajan. Cerca de 80 millones de ellos se encuentran en la región africana al sur del Sáhara, incluyendo mi país natal, Uganda. Aquí hay niños que trabajan en plantaciones y en el sector no estructurado, que comprende el comercio sexual. La mayoría de los niños trabajadores del sector no estructurado de Uganda viven en las calles. El profesor Mike Munene, de la Universidad Makerere en Kampala, calcula que en 1995 había en Uganda 10.000 niños callejeros. Desde entonces ese número se ha multiplicado debido a los problemas sociales y económicos del país, tales como el VIH/SIDA, la pobreza y los conflictos internos. ALI Y SSEMBI Los niños callejeros son las mayores víctimas del trabajo infantil en Uganda. Esto yo no lo comprendí bien hasta 1996. Acababa de salir de la universidad y me preparaba para el cargo de profesor. Cuando estaba en la ciudad de Kampala ese año, me ocurrió algo dramático. Vi a dos niños harapientos que tiraban piedras a un automóvil cerca de un conocido parque de estacionamiento. Me interesé tanto que decidí seguirlos. Después de un corto tiempo se detuvieron bajo un enorme árbol de mango, en la plaza de la ciudad, donde, sin nada que hacer, pasaron el tiempo como si estuvieran soñando. Me acerqué a ellos amistosamente con un saludo que uno de los niños respondió, en tanto que el otro volvió la cara enojado. El niño de actitud amistosa me dijo suavemente que su nombre era Ali y que el de más edad era Ssembi. Ambos eran niños callejeros que trabajaban la mayor parte del día y de la noche, descansando solamente cuando sus vidas no se veían amenazadas. Su jornada normal comenzaba a las 3:00 de la mañana y terminaba varios minutos después de medianoche. Ali vendía piñas por cuenta de otro vendedor, en tanto que Ssembi ayudaba en un puesto de lustrabotas en una de las calles. Estos dos niños se habían conocido en la cárcel, donde habían estado varias veces. La vida en la calle siempre ha sido insegura para los niños. Con el poco dinero que ganan no pueden darse el lujo de una comida decente. Por esta razón con mucha frecuencia se ven envueltos en delitos, lo que les ocasiona golpizas del populacho o pasar algún tiempo en la cárcel. No es sorprendente que Ali y Ssembi tuvieran en sus cuerpos numerosas cicatrices y heridas frescas. Me separé de los dos niños prometiendo verlos en algún otro momento.
Nunca me imaginé entonces que Ali y Ssembi llevarían a la fundación de un programa para combatir el trabajo infantil entre los niños callejeros. Sentía una profunda inquietud al saber que algunos seres humanos, especialmente niños, vivían una vida peor que la de los animales salvajes. Traté varias veces de convencerme de olvidar todo el episodio, pero fue en vano. Hay ciertas aspiraciones que están profundamente arraigadas en el corazón mismo del espíritu humano. No podía escapar de esta apremiante obligación. Unos pocos días después, cuando viajé a Kampala por negocios personales, el conductor del taxi me dijo que había dos niños muy desaseados que iban al parque todos los días en busca de un hombre de Entebbe. El conductor estaba convencido de que, según la descripción hecha por los niños, era yo a quien trataban de encontrar. Así que le pedí que les dijera que me reuniría con ellos el viernes de esa semana. Debido a que tenía muchas cosas que hacer, me mantuve ocupado. A medio día, cuando fui a almorzar, tuve una horrible pesadilla. LA VIDA DE UN NIÑO CALLEJERO Comencé a comparar mi comida con la basura que los dos niños, obligados a trabajar duramente, tendrían que comer. Dos mundos muy distintos aparecieron ante mí ese día. Inmediatamente decidí buscarlos en su lugar de trabajo. Encontré que Ssembi estaba otra vez en la cárcel y que Ali estaba viviendo con una pandilla peligrosa para vender drogas y combustible de aviación que algunos usan para inhalar. Había adelgazado, estaba enfermo y se sentía muy miserable. Para poder sobrevivir cada uno de los niños de la pandilla tenía que trabajar muy duro. Algunos ofrecían sexo a los adultos a cambio de comida o de una suma mísera; otros transportaban cargas pesadas, vendían drogas o participaban en el delito organizado. Un niño que vive en la calle está amenazado de muerte de muchas maneras. Muchos de ellos desarrollan complicaciones físicas debido al trabajo peligroso que realizan. Su crecimiento se ha detenido, sus miembros están destruidos, contraen tuberculosis y tienen heridas ulceradas aterradoras, así como problemas comunes como dolores de cabeza. Una consecuencia de todo es la apatía. La peor experiencia de un niño callejero es enfermarse. No reciben cuidado alguno y, sin embargo, tienen que sobrevivir. La mayoría no puede expresarse bien debido a las drogas. Todos dicen que no pueden hacer lo que hacen sin la influencia de las drogas. Uno de ellos me dijo que, a pesar de estar cansado, le había llevado una carga pesada a lo largo de cinco kilómetros a una señora que no le pagó. Esa noche, muy hambriento y desesperado, comió basura que encontró en una bolsa dentro de un latón de desperdicios. Las experiencias difíciles de Ali y Ssembi me llevaron a investigar la vida de los niños callejeros en Kampala y a vivir con ellos. En los meses subsiguientes, con la ayuda de Ali, comencé poco a poco a hacer contacto con muchos otros niños que trabajan en las calles. Descubrí que cada pandilla tenía una característica específica y una ubicación, llamada "depósito". Muchos niños que vivían en los depósitos no querían dormir a la intemperie, comer basura o hacer trabajos físicamente dolorosos y arduos. Se sentían frustrados. Con la ayuda de los jesuitas de Kampala se alquiló una casa para 10 niños callejeros. Diez de ellos se pasaron a la casa con las cajas de cartón en las que dormían y las bolsas de polietileno que usaban para cubrirse y protegerse del frío en las calles. Así nació Kids in Need.
NIÑOS NECESITADOS Kids in Need tiene como objetivo a los niños que viven y trabajan en las calles de Uganda. El programa identifica a los que desempeñan las peores formas de trabajo infantil y a los que tienen más probabilidad de caer en la misma situación. Actualmente KIN administra tres centros de distrito, en Kampala, Mbale y Wakiso, para suministrar a los niños callejeros orientación, educación escolar y extraescolar, atención médica y satisfacción de sus necesidades básicas. También llevamos a cabo programas de promoción encaminados a eliminar las peores formas de trabajo infantil, como medida preventiva. También hemos diseñado y distribuido carteles, camisetas, folletos y juegos en el proceso de sensibilizar, mediante capacitación y movilización locales, a las comunidades de las zonas que se espera beneficiar. A los niños que se saca de las formas peligrosas de trabajo infantil se los envía temporalmente a uno de los centros de rehabilitación. Luego pasan a realizar actividades remuneradas, antes de ser reintegrados en la sociedad. La reintegración puede tomar una de tres formas. A los niños muy jóvenes (de 12 años o menos) a menudo se los devuelve a sus familias, si están intactas. A los mayores, o los que no pueden permanecer con sus familias, se los coloca frecuentemente en un hogar de guarda con un miembro de la familia o con amigos. La última forma de reintegración hace que el niño viva independientemente. En este tipo de reintegración, el niño, que tiene 15 años o más y ha aprendido algún oficio, recibe ayuda para conseguir empleo y vivienda sencilla, generalmente un solo cuarto. La mayor parte del apoyo a la reintegración proviene del Programa Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), con financiación del Departamento del Trabajo de Estados Unidos. El apoyo para alimentos, gastos de estudio, atención médica y salarios lo otorga Terre des Hommes Holland, organización dedicada a los niños, y el organismo de cooperación para el desarrollo DKA Austria. Durante sus cerca de 10 años de existencia Kids in Need ha beneficiado a más de 800 niños de Uganda sometidos a sufrimientos, convirtiéndolos en miembros productivos de sus comunidades. Estos 800 representan un final feliz de la historia de Kids in Need. Sin embargo, con los miles de niños que viven y trabajan en las calles de Uganda, mucha de esa historia no se ha escrito todavía.
Las opiniones expresadas en este artículo no necesariamente reflejan los puntos de vista o las políticas del gobierno de Estados Unidos.
|
|||||