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Afrontando la realidad del hambre

Bob Bell, David Kauck, Marianne Leach y Priya Sampath


ÍNDICE
Acerca de este número
Colaborar para acabar con el hambre
Alimentar a los hambrientos mediante la biotecnología
La revolución verde
Romper el ciclo del hambre
La administración diplomática de la ayuda alimentaria de EE.UU.
Actores claves en la ayuda alimentaria
El agricultor estadounidense y la ayuda alimentaria de EE.UU.
Afrontando la realidad del hambre
La triple amenaza en el sur de África
Ayuda para los pastores de ganado en el Cuerno de África
Abordando la desnutrición infantil en zonas costeras de Bangladesh
Video en línea video feature icon
Acabar con el hambre infantil
Los niños combaten el hambrer
Recursos adicionales
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Sumo Nayak distribuye comida entre los niños reunidos con motivo del Día de la Nutrición y la Salud celebrado en Irikpal, en el estado de Chattisgarh (India).
Sumo Nayak distribuye comida entre los niños reunidos con motivo del Día de la Nutrición y la Salud celebrado en Irikpal, en el estado de Chattisgarh (India). Foto cedida por Ami Vitale/CARE

El hambre puede manifestarse de muchas maneras, pero todas ellas causan muertes y sufrimientos innecesarios, sobre todo en los países en desarrollo. Más de 850 millones de personas en el mundo padecen hambre, a pesar de que la producción mundial de alimentos alcanza para todos los habitantes. La asistencia alimentaria contribuye a paliar las situaciones críticas, pero es necesario hallar soluciones sostenibles, a largo plazo, para avanzar en el logro del objetivo internacional de reducir a la mitad el número de personas que padecen hambre.

CARE es una de las principales organizaciones humanitarias que se dedica a erradicar la pobreza en el mundo. Bob Bell es director del equipo de Coordinación de Recursos Alimentarios de esta organización; David Kauck es el principal asesor técnico de programas; Marianne Leach es directora del equipo de Relaciones Gubernamentales y Priya Sampath es analista de políticas.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que, en la actualidad, más de 850 millones de personas padecen hambre en el mundo, y de ese total 820 millones residen en países en desarrollo.

Durante los años ochenta, la cadena de noticias CNN nos presentó en vivo imágenes de millones de niños y adultos hambrientos en Etiopía para revelar al mundo occidental los rostros del hambre en los países menos desarrollados. Seguidamente, fluyeron la ayuda y la asistencia al país. Sin embargo, en los años transcurridos desde entonces, la repetida exposición al panorama de las hambrunas, las inundaciones y otras catástrofes naturales, así como la pobreza más extrema, nos ha insensibilizado de alguna manera a este fenómeno.

Efectos del hambre

La desnutrición proteíco-energética -- (DPE), o consumo insuficiente de alimentos para satisfacer las necesidades de energía y nutrientes, es la principal causa de mortalidad infantil en los países en desarrollo.

La deficiencia de micronutrientes (insuficiencia de micronutrientes esenciales tales como hierro, vitamina D y yodo) constituye una importante causa de la mortalidad infantil, atrofia el crecimiento, impide el desarrollo y el potencial de aprendizaje de millones de niños.

Es inconcebible que en el mundo actual el hambre aflija a unas mil millones de personas, a pesar de los logros alcanzados en la productividad agrícola. Ante la enormidad del problema, los participantes de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, celebrada en 1996, se comprometieron a reducir a la mitad el número de personas hambrientas en el mundo para el año 2015; compromiso que más tarde se reafirmó como uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Sin embargo, a fecha de hoy, es evidente que será imposible cumplir este objetivo, con el agravante de que el número estimado de personas desnutridas ha aumentado de 798 millones en el año 2000 a casi 852 millones en el presente año.

¿Qué es el hambre?

El hambre es un fenómeno vinculado a la inseguridad alimentaria. Según la declaración de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, la seguridad alimentaria es una condición que “existe cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin de llevar una vida activa y sana”.

El hambre es la consecuencia de la inseguridad alimentaria de personas y familias durante un período de tiempo.

El hambre afecta tanto el funcionamiento como el desarrollo normal del organismo humano, y contribuye a la propagación de enfermedades en todo el mundo, al mermar considerablemente las defensas del cuerpo humano contra las infecciones. En los casos extremos, la muerte ocurre porque las personas sufren de desnutrición causada por el hambre padecida por un largo período o porque ha sucumbido al embate de una enfermedad infecciosa.

El hambre debilita las facultades físicas. La persistencia del hambre crónica limita la capacidad del cuerpo humano de utilizar sus energías para realizar funciones vitales, por lo que a las personas desnutridas les es difícil tener un buen desempeño escolar, encontrar un empleo y ser productivas. Los empleadores y maestros pueden considerar que estas personas son vagas o lentas, cuando la realidad es que sufren de aletargamiento, una condición que es la respuesta del organismo humano a la privación extendida de calorías y nutrientes.

El hambre, por ende, atrapa a personas y a familias en un círculo vicioso de mala salud y una disminuida capacidad de aprendizaje y de trabajo, lo que es causa y factor contribuyente de la pobreza y del índice de mortalidad. Los efectos nocivos de esta situación se extienden a las comunidades y a las economías.

El hambre generalizada socava el potencial de desarrollo de los países. La nutrición adecuada repercute directamente en el crecimiento económico, pues incrementa la productividad laboral. Un estudio realizado por la FAO durante 30 años sobre los países en desarrollo indica que si los países con elevadas tasas de desnutrición hubiesen aumentado su consumo de alimentos a un nivel más adecuado, su producción económica, o producto nacional bruto (PNB), habría aumentado en 45 por ciento. Las pérdidas en la productividad laboral que produce el hambre pueden causar una reducción per cápita de entre 6 y 10 por ciento del PNB, según informa un grupo de tareas de las Naciones Unidas sobre el hambre.

¿Por qué persiste aún el hambre?

El hambre es un tema complejo y su justa apreciación requiere antes que nada entender las razones de por qué existe, libres de percepciones erróneas y de conceptos falsos.

Mito 1: La gente pasa hambre porque no se producen suficientes alimentos. Es un problema de suministro.

Hambre crónica y hambre transitoria

El hambre crónica ocurre cuando la población no tiene acceso a suficientes alimentos durante un largo período de tiempo debido a la persistencia de la pobreza. Casi el 95 por ciento de los 820 millones de personas que padecen hambre en el mundo padecen de hambre crónica.

El hambre transitoria es una condición no permanente consecuencia de acontecimientos como los desastres naturales y los conflictos y, en menor escala, del desempleo, la enfermedad o el fallecimiento de miembros de la familia. En cualquier momento dado, decenas de millones de personas corren riesgo de padecer hambre transitoria.

Realidad: Hasta la fecha, el suministro mundial de alimentos se ha mantenido a la par del crecimiento poblacional del mundo, hecho que contradice los escenarios apocalípticos y maltusianos que dicen que el crecimiento poblacional excede el suministro de alimentos. Sin embargo, coincide con ello el hecho de que muchas regiones del mundo son incapaces de satisfacer de manera constante las necesidades alimentarias de sus habitantes a través de su producción local. Las carestías estacionales y las pérdidas periódicas de cultivos son acontecimientos comunes y no son necesariamente motivo de alarma.

Cuando una región de mercados amplios y de funcionamiento estable pierde una cosecha, los productos básicos de sus reservas o el excedente de alimentos de otras regiones fluyen normalmente hacia ese mercado para responder a la demanda y la posterior subida de precios, con lo que se alivia el déficit local de alimentos.

La probabilidad de que persistan problemas en la disponibilidad de alimentos es mayor en el caso de mercados no bien desarrollados o de funcionamiento deficiente.

En el transcurso de los pasados 150 años, las hambrunas causadas por la persistente escasez de alimentos han dejado de ser una situación común en muchos lugares del mundo. Ello se debe, en gran medida, a las mejoras en la infraestructura de transporte, la expansión de los mercados y el crecimiento continuo del comercio nacional e internacional.

En Etiopía, país asolado por la sequía, como muchos otros del Cuerno de África, el hambre afecta a millones de personas.
En Etiopía, país asolado por la sequía, como muchos otros del Cuerno de África, el hambre afecta a millones de personas. ©AP Images/Brennan Linsley

No obstante, sigue habiendo momentos y lugares en los que la disponibilidad de los alimentos puede constituir un serio problema. Hay lugares en el mundo — entre ellos, algunas regiones aisladas y de gran tamaño en el interior del continente africano— donde los obstáculos que dificultan el comercio son todavía tan insalvables que la subida de los precios no provoca el flujo adecuado de productos básicos necesarios. En estos sitios, el riesgo de que la pérdida de cosechas desate una hambruna es elevado. Con mucha frecuencia sucede que las hambrunas ocurren en lugares donde incluso hay un excedente de alimentos, pero donde algunos grupos socioeconómicos atraviesan dificultades muy serias. El término “acceso a alimentos” se refiere a la capacidad de las familias de adquirir suficientes alimentos para satisfacer sus necesidades básicas.

Las familias adquieren alimentos mediante la combinación de producción, compra o transferencia social no comercial (entre familiares y amigos, o de algún tipo de prestación social). Las unidades familiares de escasos recursos económicos afrontan el hambre cuando su producción de alimentos, sus ahorros, ingresos y prestaciones no alcanzan para satisfacer sus necesidades alimentarias. Entre las circunstancias que con mayor probabilidad agravan el problema de acceso a alimentos figuran:

  • La pérdida de bienes productivos
  • Los salarios bajos
  • Los cambios en los precios de los productos básicos que socavan el poder adquisitivo de los pobres
Los análisis sobre el “acceso a alimentos” centran su atención en la capacidad productiva o el poder adquisitivo de las familias de bajos recursos económicos. También hacen examen de la relación entre la desigualdad de ingresos y la distribución del hambre.

Otro aspecto crítico del hambre es la “utilización” o uso biológico de los alimentos mismos. ¿Proporcionan los alimentos el nivel adecuado de energía y de otros nutrientes esenciales? ¿Hay agua potable disponible? ¿Existen las condiciones sanitarias adecuadas para prevenir enfermedades y propiciar que el cuerpo absorba la energía y los nutrientes que imparten los alimentos? Y, por ultimo, ¿cuáles son los conocimientos, creencias y prácticas de las personas que consumen los alimentos? A algunas personas se les imposibilita aportar recursos suficientes a la unidad familiar debido a su género, edad u otros factores determinantes de su cultura que contribuyen a la extensión del hambre.

Por ultimo, la “vulnerabilidad” también desempeña una función. La vulnerabilidad es la probabilidad de que la seguridad alimentaria de una unidad familiar se vea afectada por una catástrofe natural o por el efecto cumulativo de una serie de impactos sobre la capacidad de sustento de una persona o de una familia. El nivel de vulnerabilidad depende de la probabilidad de estos sucesos y de la capacidad de la unidad familiar de hacer frente a la situación, de su resistencia para tolerar y adaptarse a los eventos.

Las familias necesitan ser capaces de afrontar un desastre natural y de poder recuperarse para mantener su seguridad alimentaria.

Diferencias regionales en el nivel y las tendencias del hambre

Aunque ha aumentado el número total de personas que padecen hambre en el mundo, a algunas regiones les va mejor que a otras:

  • Se ha logrado progreso considerable en América Latina, Asia Oriental y muchos lugares del sudeste asiático. Son regiones que han experimentado un crecimiento macroeconómico sostenible.
  • Se han registrado reveses significativos en Oriente Medio, el norte de África y particularmente en el África subsahariana.
  • En el África subsahariana, el hambre es cada vez más generalizada y persistente, siendo ya una tercera parte de su población la que sufre de hambre crónica.
  • La mayoría de la gente desnutrida proviene de pequeñas fincas y familias sin tierras que viven en zonas rurales y trabajan en pequeñas parcelas de tierras aisladas y marginadas.
  • Mito 2: Las personas que padecen hambre necesitan alimentarse, luego la asistencia alimentaria es la solución.

    Realidad: La asistencia alimentaria no es una solución ni universal, ni de largo plazo.

    Por más de medio siglo, el pueblo estadounidense ha respondido generosamente a las necesidades de poblaciones hambrientas en todo el mundo, mayormente a través del programa de Alimentos para la Paz de la Ley Pública 480. Este programa proporciona envíos de ayuda alimentaria como principal fuente de asistencia en respuesta a situaciones urgentes de escasez de alimentos y hambre crónica. No cabe duda de que el programa, en su presente forma, ha salvado la vida a millones de personas.

    Pese a ello, el número cada vez mayor de personas desnutridas nos confirma que el hambre en el mundo no se puede paliar única y sosteniblemente con la dotación de asistencia alimentaria.

    La afiliación de CARE con los programas de distribución de alimentos data de hace bastante tiempo, lo que justifica que esta organización se sienta orgullosa de la asistencia que ofrece a poblaciones pobres, vulnerables y afectadas por crisis en todo el mundo, a través de programas de asistencia alimentaria. Sin embargo, los actuales programas y políticas son deficientes. En primer lugar, se observa que durante la mayor parte del tiempo se ha utilizado entre un 70 y un 75 por ciento de la asistencia humanitaria de Estados Unidos para atender situaciones de emergencia o de crisis humanitarias. Si bien la asistencia alimentaria para casos de emergencia es de vital importancia en tiempos de crisis, no elimina las causas del hambre crónica ni la probabilidad de que se produzcan más casos de esta índole.

    Segundo, para atender el problema del hambre crónica, y no los casos de emergencia, se requiere asistencia sostenible a largo plazo, lo cual es difícil de proporcionar en virtud de los actuales programas y políticas.

    Los programas en marcha tienen múltiples objetivos de política y plazos cortos de cumplimiento que, frecuentemente, han impedido la utilización de los métodos más apropiados y eficaces en función de los costos, y a menudo no han llegado a sus destinatarios más necesitados. Por ejemplo, los programas agrícolas diseñados para incrementar la productividad y los ingresos rurales muchas veces no llegan a las unidades familiares de jornaleros o minifundistas, que suelen ser las más vulnerables. Además, la mayoría de las intervenciones son fragmentadas y emprendidas de forma aislada por diversos organismos, cada uno con sus propias corrientes de financiación, plazos de tiempo e informes requeridos. Tal fragmentación dispersa la eficacia general de estos programas.

    El hambre crónica y el hambre resultante de una situación crítica son problemas diferentes que requieren soluciones diferentes. El hambre crónica y el hambre resultante de una situación crítica son problemas diferentes que requieren soluciones diferentes. La asistencia alimentaria fue la respuesta a la sequía de 2006 en el norte de Kenya, donde un niño mira el contenido de un saco de alimentos. ©AP Images

    Desafíos incipientes, perspectivas

    No obstante la disponibilidad adecuada del suministro de alimentos en el mundo, hay a la vista problemas que se interponen a su continua suficiencia.

    Los expertos opinan que la dependencia de la Revolución Verde en los productos tecnológicos y químicos ha causado una mayor erosión del suelo y contaminación del agua subterránea y agua de superficie, y ha producido serios problemas ambientales y de salud pública, lo que pone en duda la sostenibilidad de la revolución.

    Además, varios países en desarrollo ya sufren los efectos del cambio climático. Los cambios en los patrones meteorológicos, la precipitación reducida, la alteración de las corrientes fluviales y la creciente desertificación son todos factores que, según las proyecciones, afectarán notablemente la producción de alimentos.

    Coincide con lo anterior, la creciente demanda de cultivos alimentarios para biocombustibles que se prevé amenazará la seguridad alimentaria del mundo al elevar los precios de la producción de cereales y socavar el poder adquisitivo de las familias pobres.

    Si se cumplen los pronósticos sobre el cambio climático y el uso aumentado de cultivos para biocombustibles, es probable se registren aumentos notables en la incidencia del hambre crónica.

    Una mejor opción

    La organización CARE considera que es momento de refundir los métodos usuales de abordar el hambre para atender plena y sensatamente el hambre crónica.

    La reducción del hambre crónica requerirá programas destinados a la población más pobre y vulnerable, y la provisión de apoyo antes de que se produzcan las crisis. Los programas deberán utilizar métodos que atiendan no sólo los requerimientos básicos de las personas hambrientas, sino que también se concentren en las causas sociales, económicas, medioambientales y políticas que subyacen el hambre.

    La lucha contra las causas del hambre requiere esfuerzos sostenidos y masivos que superan la capacidad de un solo país o de un solo donante. Los organismos donantes deberán trabajar en coordinación con los gobiernos nacionales y proporcionarles apoyo para establecer y financiar de forma adecuada las políticas, estrategias y planes nacionales, en lugar de emprender proyectos en solitario.

    Es imprescindible que cambie el énfasis de los actuales programas del gobierno de Estados Unidos. Se deberán establecer estrategias plurianuales e integradas, y comprometer fondos para varios años no sujetos a las limitaciones de una asignación anual. La atención a los aspectos complicados del hambre requiere el compromiso fijo y de largo plazo de los recursos necesarios.

    Más importante aún, los profesionales requieren mayor flexibilidad en los programas para que les sea posible optar por los métodos más apropiados y eficaces en función de los costos cuando se produce una situación que afecta la seguridad alimentaria. Ello equivale a disponer de la libertad de actuar para atender las causas subyacentes del hambre. Para ello se requerirá que los programas inviertan en educación, salud, apoyo a medios de sustento y protección de bienes. Significa también que los programas, cuando son convenientes y se han establecido después de un análisis bien informado, utilicen recursos tales como asistencia alimentaria importada, alimentos adquiridos local o regionalmente, y opciones de transferencia de efectivo (vales, sellos para la compra de alimentos y cobro en efectivo por trabajo) como parte de una respuesta más amplia.

    Estos elementos se deberán integrar a un plan para reducir de forma progresiva y constante, el número de personas que viven en crisis o con riesgo de padecer hambre, y para aumentar el número de personas que acceden de forma segura y sostenible a alimentos para atender sus requerimientos de nutrición. Sólo entonces comenzaremos la lenta y larga marcha hacia la erradicación del hambre y de sus causas para asegurar que ningún niño se vaya con hambre a la cama.

    Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.

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