eJournal USA

La triple amenaza en el sur de África

Jordan Dey


ÍNDICE
Acerca de este número
Colaborar para acabar con el hambre
Alimentar a los hambrientos mediante la biotecnología
La revolución verde
Romper el ciclo del hambre
La administración diplomática de la ayuda alimentaria de EE.UU.
Actores claves en la ayuda alimentaria
El agricultor estadounidense y la ayuda alimentaria de EE.UU.
Afrontando la realidad del hambre
La triple amenaza en el sur de África
Ayuda para los pastores de ganado en el Cuerno de África
Abordando la desnutrición infantil en zonas costeras de Bangladesh
Video en línea video feature icon
Acabar con el hambre infantil
Los niños combaten el hambrer
Recursos adicionales
versión Adobe Acrobat (PDF)
 

Gente espera el reparto de maíz en un centro de distribución en Sanje (Malawi) uno de los países peor afectados por la epidemia del VIH/SIDA.
Gente espera el reparto de maíz en un centro de distribución en Sanje (Malawi) uno de los países peor afectados por la epidemia del VIH/SIDA. ©AP Images/Obed Zilwa

En el sur del continente africano, la epidemia del VIH/SIDA ha afectado a los agricultores, quienes se encuentran demasiado enfermos como para cultivar sus cosechas y producir alimentos, y ha reducido también la capacidad de los gobiernos para brindar ayuda. Los países donantes pueden incrementar la eficacia de los medicamentos que ya suministran si proporcionan alimentos para las familias afectadas.

Jordan Dey es director de relaciones estadounidenses del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas.

La región sur del continente africano, por mucho tiempo considerada el granero de África y, en fechas más recientes, una de las regiones más estables de ese continente en el plano económico y político, afronta ahora una triple amenaza: el ataque combinado del VIH/SIDA, la merma en la seguridad alimentaria y la disminución en la capacidad gubernamental y civil.

Todos los días mueren en el mundo 8.000 personas debido al VIH/SIDA. Todos los años se registran cinco millones de infecciones nuevas. Aproximadamente 40 millones de personas están infectadas con el VIH, dos tercios de ellas en el África subsahariana.

El Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) opera en Angola, Lesotho, Madagascar, Malawi, Mozambique, Namibia, Swazilandia, Zambia y Zimbabwe. La región sur del continente africano es uno de los frentes en la lucha mundial contra esta enfermedad devastadora, ya que en ella se encuentran nueve de los diez países con los porcentajes más altos de VIH/SIDA. El SIDA ha reducido la esperanza de vida a niveles medievales (35 años) en muchos países de la región. La enfermedad ha asolado duramente al sector productor, diezmando las filas de los empleados públicos, maestros, doctores, empresarios y agricultores, lo cual ha debilitado a los gobiernos, así como a la infraestructura cívica y social. Aproximadamente ocho millones de agricultores han muerto en las últimas dos décadas a causa del SIDA en el sur de África. Y según un informe reciente de Oxfam Internacional, los índices actuales de mortalidad indican que para el 2020 una quinta parte de la población activa en el sur de África habrá muerto a causa del SIDA.

Se calcula que el SIDA ha producido 3,3 millones de huérfanos en el sur de África. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) señala que la proporción de huérfanos en la población total está aumentando más rápidamente en esta región que en ninguna otra región del mundo.

La combinación de una alta prevalencia de VIH/SIDA junto con una elevada cantidad de huérfanos representa una carga para las comunidades y las familias, así como para los presupuestos gubernamentales de servicios sociales y atención de la salud, seguridad alimentaria y educación. Todas estas tendencias entrañan supuestos inquietantes para la estabilidad económica y política a largo plazo. Mientras tanto, la seguridad alimentaria de las familias ya ha sido gravemente socavada.

Aumenta la escasez de alimentos

Los países en el sur de África han hecho progresos importantes en su producción agrícola desde el año 2002, cuando la región entera estaba al borde de una de las peores crisis humanitarias que la región haya visto, con más de catorce millones de personas en necesidad de asistencia de emergencia en seis países. Se logró evitar una gran pérdida de vidas gracias a una coordinación sin precedente en la respuesta humanitaria y a la generosidad de los donantes, particularmente los Estados Unidos, la Unión Europea, Australia, Canadá, Japón y Sudáfrica.

Jóvenes de Chimoio (Mozambique) aprenden técnicas agrícolas en una de las escuelas de campo y de vida para agricultores jóvenes que la ONU opera en seis países.
Jóvenes de Chimoio (Mozambique) aprenden técnicas agrícolas en una de las escuelas de campo y de vida para agricultores jóvenes que la ONU opera en seis países. Foto cedida por CFAO/Giuseppe Bizzarri

Desde entonces, el número de personas en necesidad de ayuda alimentaria ha caído a un ritmo constante, en gran medida gracias a mejores cosechas debido a las lluvias más constantes y a una mayor disponibilidad de semillas y fertilizantes. Sin embargo, en muchas zonas de la región—particularmente en Zimbabwe, Swazilandia y Mozambique—las malas cosechas están elevando una vez más el número de personas que necesitan ayuda alimentaria de emergencia. El cálculo actual de personas necesitadas es de 4,4 millones en la región, aunque un nuevo informe sobre la seguridad alimentaria en Zimbabwe indica que esa cifra aumentará por lo menos otros dos millones debido a las malas cosechas y al empeoramiento de la crisis económica en ese país. La sequía, el alto costo de las semillas y los fertilizantes, las políticas agrarias y un acceso desparejo a los mercados, todos provocan la actual escasez de alimentos. Así como también el VIH/SIDA.

Los dirigentes políticos de países en el sur de África, al igual que en el resto del mundo, han hecho un progreso significativo en la lucha contra el VIH/SIDA. La enfermedad finalmente ha llegado al dominio público, terminando años de desmentido, vergüenza y estigma.

La promesa de 15.000 millones de dólares de la administración Bush para combatir el VIH/SIDA en el mundo en vías de desarrollo, mayormente en África, es histórica: es el compromiso más grande hacia un reto global a la salud que un gobierno haya hecho jamás. El presidente Bush propone también una extensión de cinco años con casi el doble de la financiación: 30.000 millones de dólares durante un período de cinco años, empezando en 2009. Este enorme compromiso del gobierno de Estados Unidos ha producido muchas respuestas complementarias (especialmente en el frente de los medicamentos) de los gobiernos regionales, el sector privado, incluyendo firmas farmacéuticas, y de otros donantes.

En el sur de África, se está distribuyendo poco a poco en todos los países medicamentos antirretrovirales, registrándose incluso un aumento de nueve veces el expendio de fármacos en Malawi, de 8.000 personas en enero de 2005 a más de 70.000 personas a principios de 2007. Sin embargo, todos los países en esta región del continente africano tienen mucho camino por delante para satisfacer la demanda, y millones de personas siguen sin tener acceso a los medicamentos.

Aumentar la eficacia de los medicamentos

Los donantes pueden aumentar considerablemente la eficacia de sus inversiones multimillonarias en el tratamiento del SIDA ateniéndose a una fórmula de éxito comprobada, pero a menudo ignorada: el suministro de alimentos junto con los medicamentos. El Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) y la Organización Mundial de la Salud respaldan esta estrategia. La idea también tiene el apoyo del Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del SIDA (PEPFAR), que, por ejemplo, colabora con el Programa Mundial de Alimentos en Etiopía para proporcionar alimentos, vitaminas y asesoramiento en nutrición a personas que padecen VIH/SIDA.

La lógica es sencilla: la mayoría de los medicamentos vienen con indicaciones de tomarlos antes o después de cada comida, lo cual es un régimen concebido para las regiones prósperas del mundo donde la gente raramente se preocupa de donde vendrá su próxima comida.

Pero en África, donde una de cada tres personas está desnutrida y sobrevive con un dólar al día, las personas que padecen VIH ni siquiera pueden estar seguras de que tendrán acceso diario a la comida. Los poderosos fármacos no tienen el mismo efecto en organismos agotados y estómagos vacíos.

Diversas investigaciones han demostrado que proporcionar el alimento y la nutrición correctos en el momento correcto puede tener un impacto tremendo, al ayudar a la gente a sobrevivir por más tiempo, al mantener a los niños en la escuela y fuera de la calle, y al ayudar a las familias a mantenerse unidas. Es una idea que finalmente está empezando a imponerse.

Peter Piot, director del ONUSIDA, relata a menudo una anécdota sobre la vez que se reunió con un grupo de mujeres de Malawi que padecen VIH. “Como hago siempre, les pregunté cuál era su máxima prioridad. Su respuesta fue clara y unánime: alimentos. No era la atención de la salud, no eran los medicamentos para el tratamiento, no era liberarse del estigma, sino alimentos”, dijo.

Esto no debería extrañar en un continente donde el SIDA mata a muchos más africanos que la guerra. El continente africano, donde el Programa Mundial de Alimentos realiza la mitad de sus operaciones, sufre los peores problemas de seguridad alimentaria del mundo. Ocho de cada diez agricultores en África son mujeres, en su mayoría agricultoras de subsistencia, y a las mujeres le afecta desproporcionadamente esta enfermedad.

El SIDA y las familias

La alimentación es también un enorme problema para las familias afectadas por el SIDA, puesto que la enfermedad socava la capacidad de producción de alimentos y la seguridad en el entorno familiar.

Estudios realizados en África y en otras partes revelan que el SIDA tiene efectos devastadores en las familias rurales. A menudo, el padre es el primero en enfermarse, y cuando ocurre esto la familia quizás tiene que vender las herramientas agrícolas y los animales para pagar por su cuidado, lo que con frecuencia resulta en el rápido empobrecimiento de familias que de por sí ya son pobres. De enfermarse también la madre, es posible que los hijos deban afrontar las abrumadoras responsabilidades de trabajar la granja y hacerse cargo de sus padres, así como de sí mismos.

Con menos millones de agricultores activos, los países disponen de menos alimentos. Debilitados, los agricultores seropositivos que aún están en condiciones de trabajar no son tan productivos, y además son menos capaces de ganar dinero fuera de la granja. Al ganar menos, no pueden permitirse la compra de fertilizantes y de otros insumos agrícolas. Las cosechas se achican más, los agricultores son absorbidos en una despiadada caída en espiral y venden todos sus bienes, y poco a poco se hunden en la pobreza. Poco después, sus familias padecen hambre.

En el sur de África, hasta un 70 por ciento de los agricultores han sufrido pérdidas de trabajo por causa del VIH/SIDA. Conforme los trabajadores agrícolas se ven afectados por la enfermedad, tienden a sembrar menos hectáreas y menos cultivos que emplean mucha mano de obra. En Malawi, el 26 por ciento de las familias con un miembro crónicamente enfermo cambió la variedad de sus cultivos, y el 23 por ciento dejó de cultivar la tierra. Y en Zimbabwe, la producción del maíz disminuyó en 67 por ciento entre las familias en que hubo una muerte relacionada con el SIDA.

Programas de asistencia

Los medicamentos antirretrovirales pueden contribuir a mitigar esta situación desesperada cuando se hace uso de ellos junto con una alimentación y nutrición adecuadas. El SIDA no es una batalla que se gana solo con medicamentos: se necesitan programas de asistencia integrados.

Una táctica prometedora en la lucha contra el SIDA y la inseguridad alimentaria en el sur de África es un proyecto administrado por el Programa Mundial de Alimentos y la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) denominado Escuelas de campo y de vida para agricultores jóvenes, actualmente en operación en seis países. Cientos de huérfanos y otros niños vulnerables de edades entre los 12 y 17 años son inscritos por períodos de un año en clases que les enseñan técnicas agrícolas tradicionales y modernas, así como conocimientos críticos para la vida. Las clases incluyen también información sobre el VIH/SIDA. Si bien la falta de financiación ha impedido la expansión necesaria de estos programas, los mismos forman parte de las estructuras sociales esenciales que se necesitarán para que África pueda combatir una epidemia que se anticipa que dejará huérfanos a 20 millones de niños para el 2010.

Considérese la historia de Benedicte, un agricultor africano seropositivo y padre de dos hijos varones. Cuando Benedicte, de 46 años, se inscribió inicialmente en un programa de medicamentos que contaba con la ayuda del Programa Mundial de Alimentos, llegó en una camilla para recoger sus primeras raciones. Poco después de recibir con regularidad medicamentos y alimentos, Benedicte pudo venir en bicicleta a recoger sus bolsas de maíz y frijoles. Hoy, trabaja nuevamente en sus cultivos. La combinación de alimentos y tratamiento hizo que él –y su familia– estuvieran nuevamente en condiciones de arreglárselas solos.

Benedicte representa la esperanza de las comunidades más azotadas por el VIH/SIDA y por la inseguridad alimentaria. Con un apoyo bien dirigido que incluya medicamentos y buena nutrición, las personas que padecen VIH/SIDA pueden volver a valerse por sí solas y afrontar este terrible azote. Al asegurar que el programa de lucha contra el SIDA incluya alimentación y una buena nutrición, se aumentará al máximo el impacto de la enorme inversión que ha realizado el gobierno de Estados Unidos en la lucha contra el SIDA en África.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos.

Principio de página


       La Oficina de Programas de Información Internacional produce y mantiene este sitio.
       La inclusión de otras direcciones de Internet no debe interpretarse como una aprobación de las opiniones contenidas en las mismas.