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Usted seguramente no tiene hambre, no tiene hambre de verdad, no tiene el tipo de hambre que hace letárgica a una persona, que le hace vulnerable a las enfermedades y que posiblemente le cause la muerte. Sin embargo, cerca de 850 millones de personas en el mundo padecen hambre y desnutrición. En 1996, los líderes que asistieron a la Cumbre Mundial sobre la Alimentación se comprometieron a reducir a la mitad, para el 2015, el número de personas que padece hambre en el mundo. Ese objetivo parece ahora improbable, incluso si los agricultores producen más que suficientes alimentos para alimentar al mundo. La revolución verde del siglo XX extendió a los países en desarrollo el acceso a los cultivos de maíz, arroz y trigo de alto rendimiento, y seguramente aplazó el hambre para muchas personas. Se desconoce si la ciencia será capaz de seguir encontrando maneras de cultivar suministros de alimentos con mayor rapidez que el crecimiento de la población. La biotecnología es una de las esperanzas del siglo XXI. Los funcionarios de organismos de gobierno y organizaciones no gubernamentales trabajan con ahínco para alimentar a las poblaciones hambrientas, utilizando el excedente mundial de alimentos, que cada vez es menor. El gobierno de Estados Unidos, que es el mayor donante de ayuda alimentaria en el mundo, primeramente trata de salvar las vidas de las personas que padecen hambre, y en segundo lugar, mejorar sus vidas para que puedan alimentarse. Existen numerosos obstáculos, entre ellos las enfermedades, los desastres naturales como las inundaciones, los desastres de origen humano como las guerras, y las malas políticas en las que influye la política de los países donantes y la de los países beneficiarios. Estos últimos afrontan obstáculos que dificultan la reducción del hambre. Para superar los obstáculos políticos, se necesita voluntad política. Los editores |
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