|
Castle Dale es un pueblo pequeño en la parte central de Utah. La granja de mi abuelo se encuentra unos pocos kilómetros al norte. Allí me crié. Castle Dale tiene alrededor de 2.000 habitantes y más o menos la misma cantidad de cabezas de ganado. Las tareas diarias incluían ordeñar una vaca, dar de comer a las gallinas, partir leña e ir a los campos para regar. Mi abuelo me hacía cargar una pala cuando todavía esa herramienta era más alta que yo. Así era el trabajo y nosotros aprendíamos a hacerlo desde que éramos muy jóvenes. La gente de este pueblo pequeño sabía lo que hacíamos y también nos cuidaban. Yo era alto, muy alto cuando aún era un niño de muy corta edad. Esto causaba toda clase de problemas y oportunidades. Recuerdo cuando cumplí cuatro años y fuimos a un parque de diversiones. Llegamos a un juego de autitos chocadores y todos pudieron entrar a los autos menos yo. Dijeron que tenía demasiada edad. Recuerdo haberme sentido mal porque el empleado no me creía. Yo no mentía. Mis padres me enseñaron a no mentir. Me senté y comencé a llorar, mirando a mis amigos mientras andaban en los autitos. Finalmente mi madre se dio cuenta de lo que ocurría y explicó la situación. Yo no tenía demasiada edad, sino que simplemente era más alto que otros chicos de mi edad. Después de eso pude andar en los autitos con mis amigos. Después de eso y hasta que estuve en la escuela secundaria siempre llevamos con nosotros mi certificado de nacimiento a todas partes. Mi altura inusitada hacía que la gente mirase, hiciera preguntas, se riese, bromeara y algunas veces me desafiara a pelear. Cuando yo era chico, era blanco de burlas incansablemente. Yo sabía que no era justo, pero así era. Por suerte, desde que era muy pequeño me enseñaron una lección muy importante. Que yo importo y que soy importante. Nadie me podía quitar eso nunca. Dios me ama sin importarle nada. Y si todos en todo el mundo me odiasen, Dios no lo hacía. Sabía eso entonces y lo sé ahora. Sólo eso me ayudó a través de las frustraciones y aflicciones de la vida normal. Cuando estaba en el primer año de la escuela secundaria me di cuenta de algo más que me ayudó a sobrellevar las cosas. La mayor parte de las burlas y del hostigamiento provenían de uno o dos lugares: personas celosas o ignorantes. Yo no podía cambiar la manera como eran, pero sí podía cambiar lo que yo sentía. Yo no me iba a sentir mal debido a su ignorancia o a sus celos. ¡No valía la pena! El haberme dado cuenta de esto no los detuvo a ellos ni cambió el hecho de que esos comentarios me dolían. Sin embargo, me dio una manera de comprender a estas personas y tratar con sus actitudes de un modo que estaba bien conmigo. Estas cosas todavía ocurren hoy día. Probablemente seguirán ocurriendo por el resto de mi vida. Siempre mediré 2,29 metros. Yo no lo cambiaría por nada. La gente siempre me seguirá mirando, porque no todos los días se ve a alguien tan alto. Eso lo aprendí a una edad temprana y ¡ahora trato de enseñarles a mis propios hijos que ellos son importantes! Ellos importan, y lo que es más importante, Dios los ama. Ese es el mensaje que les doy a ustedes. No importa su raza, religión, origen étnico o circunstancias… ¡Dios los ama!
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o las políticas del gobierno de Estados Unidos.
|
||