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Invitamos a tres expertos a un debate sobre la globalización y sus sinsabores.
El moderador de nuestro debate, James Glassman, investigador residente del Instituto Americano de Empresa, ha sido redactor, director y columnista de The Washington Post y actualmente presenta el sitio web TCSDaily.com, que se dedica a explorar la relación entre la alta tecnología y la política pública. Moisés Naím, en la actualidad jefe de redacción de la revista Foreign Policy, es economista venezolano, ex funcionario del Banco Mundial y fue ministro de Comercio e Industria de Venezuela en los años noventa. Su libro más reciente se titula Illicit: How Smugglers, Traffickers, and Copycats Are Hijacking the Global Economy. Claude Barfield, especialista en comercio, fue consultor del Representante de Comercio de Estados Unidos y es experto residente del Instituto Americano de Empresa. Es autor de la obra Free Trade, Sovereignty, Democracy: The Future of the World Trade Organization. Actualmente prepara un libro sobre China. Aunque muchos consideran la globalización un suceso reciente, nuestros expertos explican que se trata de un fenómeno que ha existido durante mucho tiempo en diversas formas, prácticamente desde que los habitantes de un país comenzaron a comerciar con los de otro. De hecho, el período comprendido entre la década de 1870 hasta la Primera Guerra Mundial, época de enormes cambios en el transporte y las comunicaciones, se consideró en su momento la edad de oro de la globalización. El amplio debate que se presenta a continuación examina también los cambios recientes en China y Europa Oriental, el futuro del Estado-nación, la falsificación y demás formas de comercio ilícito, la forma en que la globalización afecta al mundo en desarrollo, su relación con el resurgimiento del fervor religioso y el impacto de la globalización tanto en las democracias como en las dictaduras.
Glassman: Comencemos con una pregunta básica. ¿Qué es la globalización? Barfield: Bueno, cada cual tiene una definición diferente, supongo, pero creo que la definición con la que me siento más cómodo es el efecto que con el tiempo tiene la evolución de la tecnología sobre los países, sobre las sociedades. Creo que la globalización tiene como base realmente la tecnología. La globalización más estrechamente unida que experimentamos actualmente sería imposible sin los avances que se han logrado en las últimas décadas en lo que respecta a la eficiencia del transporte (la producción y entrega "justo a tiempo"), apuntalada por la revolución en las comunicaciones, que ahora permite enviar mensajes instantáneamente a individuos y organizaciones en todo el mundo. Glassman: ¿Es un fenómeno nuevo? Barfield: No. Creo que podemos remontarnos hasta la época griega. Cada vez que hay comercio entre países diferentes o sociedades diferentes se comienza a tener globalización, ya que lo que se tiene son ideas, movimientos, transacciones (comerciales) entre pueblos diferentes. Ese es el comienzo, por decirlo así, de la globalización. Ya no se trata de una comunidad humana aislada que no tiene otros contactos. Glassman: ¿Entonces usted lo define en términos de comercio? Barfield: Bueno, estoy tratando [de definirlo] en términos del contexto social así como del comercial. Los dos períodos más recientes que se han examinado son los finales del siglo XIX y principios del siglo XX, desde aproximadamente la década de 1870 hasta la Primera Guerra Mundial, cuando se experimentaron cambios en la tecnología del transporte y las comunicaciones, cuando se dio la unión de lo que podría llamarse el mundo desarrollado. Una unión sumamente estrecha, de hecho más estrecha que la que existe hoy en el mundo industrializado. Hay quienes, en retrospectiva, consideran ese período la edad de oro, por decirlo así, de la globalización. Es posible observar luego, después de 1945, una acumulación paulatina de adelantos, en los años setenta, ochenta, hasta los noventa, cuando se advierte realmente una explosión de nuevas tecnologías en cuanto a comunicación instantánea y viajes muy rápidos. Creo que la política pública ciertamente puede incidir en la globalización. Si se examinan las políticas de Estados Unidos después de 1920-21 y luego aquellas posteriores al comienzo de la depresión, a principios de los años treinta, en Europa y Estados Unidos, así como en países como Argentina (país bastante avanzado en ese momento), todos estos países tenían políticas que llamaríamos autárquicas [que pretenden establecer la autosuficiencia o independencia económica]. Se retrajeron en sí mismos. Cortaron el comercio y cortaron la inversión. Glassman: De esos países "autárquicos" ¿queda alguno importante? Barfield: Se puede citar a Corea del Norte como ejemplo obvio, pero aún eso se está desintegrando. De manera que pienso que hubo sistemas autárquicos establecidos por los soviéticos en Europa Oriental con políticas internas donde realmente no había mucho comercio. Glassman: Algunas personas dicen que la globalización es una idea estadounidense, que el resto del mundo está adoptando un concepto estadounidense. ¿Es así? Barfield: Sólo en la medida en que, creo yo, Estados Unidos, dada su posición tal como evolucionó el siglo XX, estuvo siempre a la vanguardia de la tecnología. Ello fue cierto aún durante la depresión. Glassman: ¿Cuáles son los beneficios de la globalización? Barfield: Creo que los beneficios principales son la posibilidad de consumir artículos mejores y productos mejores a precios más bajos, tener mejor calidad de vida. Comienza por la economía pero no termina ahí, porque la gente tiene otras metas en su vida además de las meramente económicas. Sin embargo, creo que la globalización es un medio por el cual se pueden alcanzar esos otros fines personales y nacionales y sociales. Glassman: Moisés, en su nuevo libro Illicit: How Smugglers, Traffickers, and Copycats Are Hijacking the Global Economy, usted trata la globalización en términos de cambios no exclusivamente tecnológicos, sino políticos: "Un cambio importante, que frecuentemente trae a la mente esta ola más reciente de globalización, es la revolución en la política, tan profunda y transformadora como la de la tecnología". Díganos, esta revolución en la política ¿fue causada por la revolución en la tecnología o por la revolución en las comunicaciones? ¿Cómo sucedió? Naím: No creo que lo sepamos. Lo único que sí sabemos es que sucedió al mismo tiempo y hay razones muy buenas y sólidas para decir que cuanta más información tenga la gente mayor libertad tiene para aprender como viven otros, cosa que ha creado fuertes incentivos para que se esfuercen y luchen por la libertad. Por tanto, hay una conexión entre las nuevas tecnologías de la comunicación y el transporte y las revoluciones políticas de los años noventa, que abrieron las fronteras y crearon una oleada de democratización. Va a ser muy difícil decidir realmente en cuanto a la causalidad, pero no importa. Lo único que sabemos es que esos dos hechos coincidieron y creo que es algo muy importante. Una de las cosas que trato de hacer en este libro es desacoplar la asociación muy común entre globalización y comercio, o globalización e inversión, o globalización y economía. Creo que es de suma importancia que comprendamos que el mundo está actualmente conectado en formas que van más allá de la economía y más allá del comercio. El 11 de septiembre es un ejemplo de globalización. El atentado contra las Torres Gemelas fue impulsado por la agitación política en el otro extremo del mundo. Los terroristas dependieron de las herramientas y tecnologías de la globalización. También aprovecharon las oportunidades creadas por fronteras más abiertas debido a los cambios políticos. Barfield: Estoy de acuerdo. No estoy seguro cuáles eran las dimensiones de la revolución política. Sin embargo, tengo una advertencia y se trata de un enigma que tendremos que resolver en los próximos años, no sólo nosotros, sino todos los países. Con la globalización, la tecnología pasa a través de las fronteras y los gobiernos no tienen tanto control sobre sus pueblos como antes; con todo, el Estado-nación es todavía el foco único de la legitimidad democrática. No hay democracia por encima del Estado-nación. Puede ser que en algún momento exista, pero hay que trabajarlo con el enfoque de lo que es posible, o de lo que es legítimo que haga una nación y de lo que debe ceder. Y eso lo discutimos. Me refiero a la posición de la administración estadounidense con respecto al Tribunal Penal Internacional o a los poderes que deberíamos entregar a las Naciones Unidas o, para el caso, a la Organización Mundial de Comercio. Glassman: Mucha gente ha dicho que la globalización de la tecnología debilitaría al Estado-nación. Quizá sea un poco temprano para ver ese debilitamiento pero, ¿cree usted que sucederá? Naím: No. Y estoy de acuerdo ciertamente en que el Estado-nación es un núcleo, es el elemento central organizador del sistema internacional. Se debate mucho la cuestión del debilitamiento del Estado-nación y francamente creo que es un debate tonto. Creo que el Estado-nación va a estar con nosotros por largo tiempo. Lo que sucede es que el Estado-nación está siendo transformado por la globalización, por la política liberal inherente a las nuevas tecnologías. Además, las limitaciones del Estado-nación son más restrictivas y rígidas que en el pasado. Si se habla hoy con cualquier jefe de estado, aún con aquellos que ejercen su función en un gobierno autoritario, dirán que se ven muy limitados o más limitados que en el pasado. Glassman: ¿Qué tipo de limitaciones? ¿Es que la población tiene más contacto con el mundo exterior o es también [del] flujo de capital a los países? Naím: Abarca todo eso. Los líderes autoritarios tienen que habérselas con el mercado de valores de renta fija y los sistemas financieros internacionales que constriñen sus preferencias económicas. Tienen toda suerte de limitaciones y posibilidades comerciales. También encaran normas internacionales. No pueden torturar tan libre y abiertamente como hacían en el pasado, aunque ocurre y continúa ocurriendo. No obstante, ahora notamos un cambio interesante como consecuencia de la globalización y los cambios de los años noventa, y es que los dictadores ya no duermen tan tranquilamente como antes. Ahora los dictadores no siempre pasan del palacio presidencial a casas y mansiones en la Riviera. Pueden terminar como Milosevic en un juicio. Glassman: Me gustaría hablar de las desventajas de la globalización, ya que Claude habló antes de las ventajas, que son el crecimiento económico y el mayor acceso a nuevas ideas y, quizá, como dijo usted, más democracia, menos control por los dictadores. Su libro de hecho habla de una de esas deficiencias de la globalización. Usted dice que está convencido de que se roban y plagian cada vez más ideas y cosas. Usted comienza con una magnífica anécdota sobre la forma en que se robó en China la autobiografía de Clinton y se reescribió hasta cierto punto. ¿Es algo que debería preocuparnos realmente? ¿Es una sangría de los recursos de países que se dedican cada vez más a la producción de propiedad intelectual? Naím: Esa es una buena pregunta. Cuando uno piensa sobre los países y la explosión del comercio internacional de falsificaciones, los ejemplos que vienen a la mente son las zapatillas de deporte tremendamente caras que uno puede comprar por una fracción de su precio si son una imitación, o los elegantes bolsos de señora o los DVD de películas y música que se copian y se utilizan constantemente sin pago. Entonces la pregunta es ¿a quién realmente se le está causando el daño? Con todo, uno tiende a olvidar varias cosas. La primera es que los comercios ilícitos tienen relación entre sí y con gran frecuencia la persona que vende el bolso elegante, o sea, el vendedor callejero, se encuentra en una situación tan ilícita como el producto que vende. Probablemente fue objeto de trata desde otro país y es víctima de la explotación por redes de tratantes en personas a las que luego ponen a vender en las calles, como buhoneros, los artículos falsificados. Es el equivalente de trabajadores que trabajan en régimen de servidumbre para intentar pagar la deuda contraída con el tratante. Muy frecuentemente estos trabajadores no son voluntarios felices. A menudo, en el caso de la trata internacional de mujeres, han sido atraídas por una oportunidad, por la idea de que se les lleva de Europa oriental a Europa occidental para trabajar como empleadas domésticas, pero luego se les obliga a la prostitución y sufren explotación. Esto es un elemento enorme de ese tipo de comercio. Volviendo a las falsificaciones, uno puede bromear sobre el reloj de pulsera que cuesta 5.000 dólares y que uno compra por 20 dólares en las calles de Manhattan y no hay problema, pero hay otras cosas falsificadas que son muy peligrosas. Hay falsificaciones defectuosas de piezas de repuesto para aviones que son la causa de desastres aéreos. Hay medicamentos falsificados que en lugar de curar matan. Hay muchos aspectos diferentes en estos comercios que no son tan fáciles de tolerar como los relojes y los bolsos. Glassman: Claude, hablemos sobre algunas de las imágenes más populares de la globalización. Acabo de asistir a la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Hong Kong y había allí algunos agricultores de arroz de Corea del Sur que llamaron mucho la atención por sus manifestaciones, y su queja era que si Corea del Sur se abre al comercio del arroz perderían su empleo. No podemos hacer otra cosa que cultivar arroz, decían. No sabemos hacer ninguna otra cosa. Son gente de más edad. El arroz no cuesta mucho de todos modos. Por lo tanto, el dilema de los agricultores de arroz ¿es parte de la vertiente negativa de la globalización o es, en definitiva, realmente algo positivo? Barfield: Pienso que todos los países han incumplido con su deber de atender los aspectos negativos de la apertura de sus mercados al comercio o a la inversión, porque básicamente las políticas no son muy buenas. En lo que respecta a los agricultores surcoreanos, esa ha sido su actividad durante generaciones y nadie se ha hecho cargo de tratar de mitigar el cambio, la transición del ajuste, excepto con la eliminación natural del empleo, que es lo que esta sucediendo realmente en Corea. Creo que todos los países han incumplido. Realmente no sabemos exactamente cómo hacer ese ajuste, pero ciertamente hay una obligación moral o social de actuar por parte del país involucrado en el proceso, bien sea Corea o Estados Unidos o Gran Bretaña o los europeos. Puede darse una situación penosa. Sin embargo, hay otros matices. Cuando se observa el movimiento contra la globalización se nota una especie de romanticismo según el cual deberíamos dejar en paz a esas tribus del alto Amazonas, o a los agricultores pobres del sur de México y que, de alguna manera, es algo terrible lo que les está sucediendo, es decir, que México esté en proceso de apertura. Pero consideremos la vida que lleva esa gente. Si uno se remonta a los buenos viejos tiempos en este país, a la vida agrícola del siglo XIX, aún en nuestras granjas estadounidenses de la regiones central y del sur, eran días largos, la gente no tenía acceso a la educación, era un trabajo monótono. De manera que creo que lo importante son las preguntas que se plantean acerca de la transición, en términos de política publica. Pero al igual que indicó el otro participante, no es algo que se pueda detener. Se trata de cómo hacer el ajuste más socialmente aceptable o moralmente más aceptable. Glassman: ¿Cree usted que una forma de hacerlo aceptable, como dicen algunos, es establecer un ritmo diferente para la eliminación de barreras al comercio por parte de los países en desarrollo y del de los países industrializados? Barfield: Estados Unidos y los europeos y los países industrializados dijeron: sólo necesitamos una década o década y media para los textiles y la ropa, que son los sectores más protegidos en muchas economías. Así que a principios de los años noventa dijimos: dénos esa década. Los países en desarrollo dicen igualmente dénos esa década o década y media adicional, pero el problema que se presenta es que nadie hace nada. Así que no tengo problema con que se otorgue más tiempo, pero tiene que ser un plazo cierto, fijado en la forma más concreta posible. También hay que tener en cuenta que, con frecuencia, cuando los países en desarrollo hablan del llamado trato especial y diferencial se refieren a que se les permita ser atormentados por sus monopolios nacionales, sus industrias ineficientes por un período más largo. Así que no se les está haciendo un gran favor. Glassman: Además de ese comercio ilícito de artículos falsificados, ¿tiene la globalización alguna otra desventaja? Naím: Tiene consecuencias negativas y algunas de las consecuencias ya pueden verse. Hay una sensación generalizada de inquietud en la población. Mucha de su resistencia se debe a la sensación de que sucede algo grande, cambios que son sumamente profundos en el modo de vida de la gente, en el que las compañías pueden o no sobrevivir. Sectores completos se redefinen. Acabamos de tener en este país, en Estados Unidos, este último año, un debate furibundo sobre la subcontratación del empleo al extranjero, sobre la idea de utilizar empleados en Asia, en India, para hacer el trabajo que se hacía aquí, y se podía detectar enorme ansiedad que iba más allá de la pérdida de empleos. Si se mide la pérdida de empleo ocasionada por la subcontratación al exterior, son cifras muy pequeñas. Este gran debate haría pensar que se trata de cientos de miles de estadounidenses que han perdido su empleo, pero ese no es el caso. Así que hay una ansiedad general en cuanto a la globalización porque existe la sensación de que hay cambios en curso que nos conciernen a todos y no sabemos, a fin de cuentas, hasta qué punto nuestras familias, nuestras compañías, nuestras comunidades terminarán siendo afectadas o no adversamente. Glassman: Siempre he tenido la impresión de que la globalización es un ejemplo de un fenómeno cuyos beneficios son muy extendidos y cuyos costos son muy pocos y perjudican a industrias determinadas (la industria estadounidense del calzado y la industria del arroz coreana), que son quienes están gritando y vociferando, pero usted se refiere a algo especial, a una ansiedad extendida. ¿Eso se basa en hechos? Naím: El mejor ejemplo es el que ha dado usted de los agricultores de arroz surcoreanos, porque me pregunto ¿dónde estaban los consumidores de arroz en esas reuniones? Desde luego que hay toda una generación de agricultores de arroz surcoreanos que sufrirán por lo que pasará con las reglas del comercio internacional del arroz. Sin embargo, mucha más gente se beneficiará de la apertura del comercio y la eliminación de los subsidios, los subsidios que distorsionan el comercio de arroz. Estos son los consumidores que no están representados allí porque cada uno de ellos se va a beneficiar muy poco, a menudo de una manera imperceptible, en tanto que los agricultores coreanos van a ser golpeados ya mismo en forma considerable. De tal manera que es más fácil movilizarlos y organizarlos. Su punto es que si, esto está sucediendo, pero que hay algo más generalizado. Y creo que todavía estamos tratando de adaptarnos a un mundo nuevo donde las ideologías tradicionales del pasado, como por ejemplo el socialismo o el tipo de comunismo de la Unión Soviética, fueron un ancla para el modo de pensar de mucha gente acerca del mundo y de interpretar los cambios, un mundo en que había dos superpotencias que se equilibraban mutuamente. Ahora hay solamente una y cada día recibimos noticias de cambios que no sabemos cómo interpretar, desde la clonación, pasando por lo que nos trae la Internet, el comercio ilícito y la guerra en Iraq hasta los terroristas suicidas que están dispuestos a matar y morir. Barfield: Sin embargo, eso no es cierto solamente en las sociedades cerradas; ocurre también en Estados Unidos. Somos una sociedad que tradicionalmente ha sido móvil, que ha aceptado ideas nuevas y [que ha tenido] una habilidad para hacerlo mucho más amplia que otras sociedades. No obstante, creo que si trascendemos la economía, se vive hoy una sensación de que existen muchas fuerzas fuera de nuestro control. Me refiero al individuo, no al gobierno. Y tiene su origen en cualquier cosa, desde la biotecnología hasta el extraordinario impacto de la revolución de la información. Creo que los jóvenes aceptan muchas de estas cosas y las comprenden. Saben cómo vivir con sus teléfonos celulares y toda clase de computadoras, etcétera. Con todo, son aún más conscientes de que se trata de algo aparte, especialmente cuando la tecnología realmente confunde, aún a ellos. Glassman: ¿Las cosas están realmente fuera de control de la gente más de lo normal, o es que sabemos más sobre lo que pasa en el mundo, comparado con lo que sabíamos antes? En otras palabras, traigo a colación otra vez el papel de las comunicaciones, que en general puede tener efectos beneficiosos, pero que también produce mucha ansiedad. Por ejemplo, hemos visto que crece el número de catástrofes naturales pero, de hecho, muchos científicos creen que en realidad no están aumentando, sino que da la casualidad de que nos enteramos más de lo que pasa. Barfield: Creo que es una mezcla de ambos. La gente habla, conocemos esas historias, de principios y mediados del siglo XIX, de que cuando la gente vio un tren por primera vez sintió pánico, o cuando se adquirió el primer radio y se podía uno transportar más allá del propio condado o ciudad de Estados Unidos. Creo, se me ocurre, que es el alcance de los cambios que vienen de todas las direcciones y de varias disciplinas, tanto de la tecnología como de las ciencias. Glassman: Moisés, ¿existe una relación entre la globalización y el aumento del fervor religioso, que algunos llaman fundamentalismo, y que vemos no sólo en el mundo musulmán sino en otras religiones? Naím: Lo vemos en Estados Unidos, sin lugar a duda. El resultado es un movimiento hacia mayor religiosidad y prácticas religiosas más formalizadas y aún una mayor presencia de interpretaciones fundamentalistas de la religión en la vida diaria y hasta en la política. Creo que en el fondo de su pregunta hay una fuerte hipótesis y es que a medida que cambia el mundo, bien sea como consecuencia de la globalización o la revolución de la información, que a medida que nos afectan los cambios que ustedes dos han planteado, la gente busca un ancla. Lo que pasa es que la posibilidad de prever ha disminuido. Antes, la gente podía creer que su vida sería más o menos como la de sus vecinos y sus padres. Ahora lo que piensa es que pueden suceder muchas cosas en su vida, muchas cosas maravillosas, pero también algunas muy terribles que harán que su vida y la de su familia no se parezca a la de sus vecinos o sus padres o hermanos o hermanas. Así que con esa sensación de inseguridad, de ansiedad por la dirección que tomará todo esto, la gente tiene la necesidad de agarrarse a algo y pienso que hay una posibilidad muy fuerte de hacerlo por medio de la religión. Eso sucede en algunos países. En otros países la religión ha reemplazado la esperanza de prosperidad como forma de pensar. En gran parte de Oriente Medio, como sabemos, el desempeño económico, aún en los países ricos, es funesto y si se combina eso con la realidad demográfica, donde hay mucha gente muy joven que esencialmente no tiene esperanza alguna, no tiene esperanza de una política mejor o de participar en la vida pública y política del país, no tiene esperanza de prosperar realmente o de adquirir más bienes materiales, entonces la religión resulta una opción muy interesante. A menudo es la única opción en cuanto a dedicar la vida a una causa, a una idea, a una esperanza o a un sentimiento, un fervor religioso. Barfield: Sin embargo, lo que es realmente fascinante, creo yo, es que el Oriente Medio ciertamente tiene que estar en primer plano y ocupar el centro. Quiero decir, no más piensen en lo que está pasando. Hemos hablado de las vidas desarraigadas y alteradas. Piensen en lo que dice una persona joven, digamos en los años sesenta, o setenta u ochenta en China. Y ahora piensen en la generación que se avecina, digamos los adolescentes en China actualmente. Algunos de los jóvenes que trabajan en mi institución, jóvenes chinos, están convencidos de que habrá alguna forma de democracia. Son pragmáticos, tienen estudios de administración de empresas, no son soñadores y, con todo, esa transición va a ser muy difícil. Glassman: Permítanme plantear una pregunta, que es casi un tópico, pero me gustaría saber la respuesta. La globalización (definámosla en términos económicos como una economía más abierta, una economía más orientada al mercado) ¿lleva naturalmente a la democracia? Naím: Creo que es demasiado temprano para decirlo. No sabemos. Glassman: ¿No sólo en China sino en todas partes? Naím: En todas partes. No sabemos. Recuerde que hemos tenido oleadas de globalización a lo largo de la historia. Esta no es la primera vez que el mundo experimenta una integración muy intensa de economías diferentes. Esta comenzó con gran velocidad en los años noventa. Una vez más se trata de la revolución de la información aunada a la caída de la Unión Soviética, la apertura de los países que antes estaban cerrados. Sucede en este momento y tiene lugar a una velocidad y en formas que todavía no comprendemos completamente. En algunas regiones la globalización ha creado condiciones mejores para la democracia, en otras la globalización obstaculiza la democracia. Glassman: ¿Dónde obstaculiza la democracia? Naím: Tengo en mente, por ejemplo, los países petroleros donde la globalización ha creado mercados muy grandes. El precio del petróleo es actualmente muy alto, en gran parte debido a lo que sucede en China y a que la economía mundial está creciendo de forma bastante considerable. Ello crea una corriente de ingresos para los gobiernos autoritarios y esos ingresos muy elevados impiden las reformas económicas y democráticas. Barfield: No discrepo, pero pienso que lo desafortunado para ellos es que tienen este recurso único, de manera que las fuerzas de la globalización no los afecta tanto. Glassman: Yo creo que el problema más grande es que ese recurso único pertenece y lo controla el gobierno. Barfield: Bueno, eso es verdad, pero la cuestión es que esos países petroleros no tienen que bregar como tuvieron que hacer en Brasil, Argentina o Chile, por ejemplo. En toda esta cuestión, para volver a su pregunta original sobre si la globalización deriva naturalmente en la democracia, la respuesta es no. Sin embargo, ésta es una lucha que se libra en los círculos intelectuales (creo que el libro del señor Naím trata este tema) entre realistas y los llamados internacionalistas liberales. En el instituto donde trabajo ocurre que los que trabajan en seguridad y diplomacia dicen que los economistas, o la gente partidaria de la globalización, insiste en decir que llevará a la democracia. Fíjese en los chinos, no parece haber sucedido. Estoy de acuerdo. No creo que haya una progresión natural. Sin embargo, también es cierto que con la globalización e incluso a pesar de que el gobierno chino puede controlar en parte la Internet y otras fuentes de información, es imposible controlar hoy la población en cuanto a la información que recibe, es imposible encerrarla herméticamente, como se podía hacer en Europa Oriental, en Hungría y en Checoslovaquia en los años cincuenta y sesenta, o en China en los años sesenta. También uno se da cuenta de que los chinos permiten que sus estudiantes viajen por todo el mundo. Si se es un gobierno autoritario eso quiere decir que ha desencadenado fuerzas que a la postre no podrá controlar. Ahora bien, si producirá o no democracia, no lo sé, pero es indudablemente cierto que va a ser inquietante para cualquier gobierno que se encuentre en el poder. Glassman: ¿Está usted de acuerdo? Naím: Si, estoy totalmente de acuerdo. Recordemos por un momento que actualmente la mayoría de la humanidad vive en regímenes no democráticos. Es normal. Un ser humano normal hoy es una persona que no consume tres comidas al día, que no recibe información de fuentes independientes, si es que la recibe. Un tercio de la humanidad no tiene teléfono y nunca ha hecho una llamada telefónica y la mayoría de la humanidad no vive en democracias. La mayoría de los niños del mundo no asiste a la escuela. La mayoría de la gente en el mundo no tiene un trabajo remunerado convencional. Barfield: Con todo, creo que necesitamos ser cuidadosos. Creo que se tendría que decir que hay pueblos que viven en estados democráticos de algún tipo, más que en cualquier otro momento en la historia de la humanidad. Glassman: Ceo que en realidad el número de democracias se ha triplicado en los últimos 30 años, aunque la mayoría de los pueblos no vive en democracias si contamos a China como un país no democrático, como lo haría el grueso de la gente. Hablemos ahora sobre la dirección en la que se dirige la globalización. Hemos tenido períodos en la historia en los que hubo globalización, pero se paró en seco durante un período de tiempo bastante largo, durante por lo menos cuarenta o cincuenta años. ¿Es posible que eso se repita? ¿La globalización ha llegado para quedarse o es un fenómeno cíclico? Lo que me preocupa en concreto es que en el mundo en desarrollo estamos hablando de mucha gente que realmente no se ha sumado al proceso de globalización. ¿Se puede hacer algo al respecto? Barfield: Pienso que si se observan los países en desarrollo y olvídese de lo que dicen los políticos y de lo que firman, o de lo que los jefes de estado firmaron en las conversaciones de comercio en Hong Kong. Tomemos a Asia Oriental o incluso a América Latina y regresemos a la pregunta. Se niegan a adherirse a tratados que aseguran los derechos del inversor o las inversiones, pero no obstante han abierto de par en par sus fronteras. Lo que hay que tener en cuenta es que, en lo que se refiere al comercio, solamente la cantidad de aperturas voluntarias del mercado (olvídese de las negociaciones), ha sido enorme en casi todas las regiones, salvo quizá en África u Oriente Medio. Lo que hizo Argentina y lo que ha hecho Indonesia en materia de inversión durante los últimos veinte años es mucho más de lo que habrían puesto en papel, pero está sucediendo. Es decir, están convencidos. Entienden que ése es el camino a seguir, pero les enerva la posibilidad de ser llevados ante la Organización Mundial de Comercio o alguna otra organización internacional y que se les diga: 'ustedes tienen que hacer esto'. Quieren poder abrirse de par en par al extranjero, a la General Motors o a General Electric, pero no quieren que alguien les diga que tienen que tener las mismas normas que tienen en sus empresas autónomas allá en Brasil o Chile o México. Glassman: No obstante, en general ¿usted ve con optimismo el mundo en desarrollo, así como el resto del mundo? Barfield: Sí. Naím: Una vez más, si se toma la definición de la globalización y se imbuye fuertemente de comercio e inversión, entonces es verdad. Los ciclos comerciales pueden tener altibajos y podemos tener un estímulo del proteccionismo. Glassman: A propósito, ¿cree que está sucediendo en la actualidad? Naím: No. Creo que el comercio es muy fuerte y libre. El comercio internacional crece todos los años y ha venido creciendo más que el PIB mundial. De manera que sí, hay toda una gama de obstáculos al comercio y hay toda clase de subsidios y distorsiones, pero el comercio se mueve. Tomemos una definición más amplia de la globalización que incluya no sólo el comercio y la inversión y comparémosla con el siglo XIX. Cuando se inventó el telégrafo hubo ese furor de comunicación en todo el mundo. Sin embargo, el telégrafo lo utilizaban mayormente las instituciones. En cambio, la Internet la usan los adolescentes que se reúnen con adolescentes de ideas similares en todo el mundo. Hay toda clase de grupos del mismo parecer, grupos de interés, gente que comparte intereses, pasiones, tecnologías, aficiones, que se reúnen a través de las fronteras y crean comunidades virtuales que tienen toda clase de actividades y habilidades y desarrollan todo tipo de dinámicas políticas nuevas. Eso es irreversible porque, como dijo el señor Barfield, se puede controlar la Internet, pero hay límites en cuanto al grado de control que se puede ejercer. Así que se ha levantado la liebre. La gente está organizándose. Tenemos más - esto es globalización más individual de lo que hemos visto en la historia. Las anteriores oleadas de globalización fueron institucionales y comerciales, los protagonistas eran las sociedades mercantiles. Hoy se vive la globalización del individuo y ésa es una diferencia muy importante.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
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