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¿Es "estadounidense" la cultura de Estados Unidos?

Richard Pells

Los desafíos de la globalización

ÍNDICE
Acerca de este número
Introducción
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Una conversación sobre la globalización
La política económica estadounidense de transformación. La relación entre el comercio, el crecimiento y el desarrollo
El nuevo lugar de trabajo. Entrevista con Daniel Pink
¿Es "estadounidense" la cultura de Estados Unidos?
Una europea reflexiona sobre la influencia de la cultura estadounidense
Fotorreportaje photo icon
Famosos en todo el mundo
Globalización, derechos humanos y democracia
La globalización de la delincuencia y el terrorismo
La conexión mundial de salud
Cuestiones mundiales de educación superior
Bibliografía (en inglés)
Recursos en la Internet (en inglés)
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Richard Pells es catedrático de Historia de la Universidad de Texas en Austin. Es autor de tres libros: Radical Visions and American Dreams: Culture and Social Thought in the Depression Years; The Liberal Mind in a Conservative Age: American Intellectuals in the 1940s and 1950s; y Not Like Us: How Europeans Have Loved, Hated, and Transformed American Culture Since World War II. En estos momentos está escribiendo otra obra que se titula From Modernism to the Movies: The Globalization of American Culture in the Twentieth Century. Ha ocupado seis cátedras Fulbright, así como cátedras en calidad de profesor visitante en universidades de Holanda, Dinamarca, Alemania, Austria, Finlandia, Brasil, Australia e Indonesia.

A student from Zimbabwe celebrating her graduation; a 24-hour Shakespeare reading event; music students of Oberlin College in Ohio

 

Desde principios del siglo XX, la gente en el exterior se ha sentido incómoda con el impacto mundial de la cultura estadounidense. En 1901, el escritor británico William Stead publicó un libro con el inquietante titulo The Americanization of the World. El nombre de la obra captó una serie de temores —en torno a la desaparición de las lenguas y tradiciones nacionales y la destrucción de la "identidad" singular de un país bajo el peso de los hábitos y estados de ánimo estadounidenses— que persisten hasta hoy.

En los últimos tiempos, la globalización ha sido el principal enemigo de académicos, periodistas y activistas políticos que detestan lo que perciben como una tendencia hacia la uniformidad cultural. Con todo, generalmente consideran que la cultura mundial y la cultura estadounidense son sinónimas e insisten en que Hollywood, McDonald y Disneylandia erradican las excentricidades regionales y locales, al diseminar imágenes y mensajes subliminales tan seductores que ahogan las voces alternativas de otros países.

A pesar de esas alegaciones, las relaciones culturales entre Estados Unidos y el resto del mundo en los últimos cien años jamás han sido unilaterales. Al contrario, Estados Unidos fue, y sigue siendo, un consumidor de influencias intelectuales y artísticas extranjeras, al igual que productor de los espectáculos y gustos del mundo.

De hecho, como país de inmigrantes desde el siglo XIX hasta el siglo XXI, Estados Unidos ha sido tanto destinatario como exportador de la cultura mundial. Efectivamente, la influencia que han ejercido los inmigrantes explica por qué la cultura de Estados Unidos ha sido tan popular durante tanto tiempo en tantos lugares. La cultura estadounidense se ha extendido por el mundo porque ha incorporado ideas y estilos extranjeros. Lo que los estadounidenses han hecho en forma más brillante que sus rivales en el exterior ha sido "re-envasar" los productos culturales que se reciben del exterior y retransmitirlos posteriormente al resto del planeta. Por ese motivo, por simplista que sea, se ha llegado a identificar la cultura mundial popular con Estados Unidos.

Después de todo, los estadounidenses no inventaron la comida rápida, ni los parques de diversiones, ni las películas cinematográficas. Antes de que hubiera una hamburguesa Big Mac hubo pescado frito con papas fritas. Antes de Disneylandia, hubo los Jardines Tívoli en Copenhague (que Walt Disney utilizó como prototipo de su primer parque de atracciones en Anaheim, California, modelo que más tarde fue reexportado a Tokio y a París). Y durante las dos primeras décadas del siglo XX, los dos principales exportadores de películas cinematográficas al resto del mundo fueron Francia e Italia.

La influencia del modernismo

Por tanto, no se puede situar el origen de los espectáculos internacionales de hoy solamente en los circos de P. T. Barnum o en los espectáculos de Buffalo Bill sobre el oeste americano. La nueva cultura mundial tiene también sus raíces en el ataque modernista europeo, de principios del siglo XX, contra la literatura, música, pintura y arquitectura decimonónicos, particularmente en la negativa modernista de respetar los límites tradicionales entre alta y baja cultura. El modernismo en las artes fue de improvisación, ecléctico e irreverente. Los mismos rasgos también son característicos de la cultura popular estadounidense.

Los artistas de principios del siglo XX también pusieron en tela de juicio la noción de que la cultura era un medio de mejoramiento intelectual o moral. Lo hicieron al acentuar el estilo y la elaboración artesanal a expensas de la filosofía, la religión o la ideología. Llamaron deliberadamente la atención al lenguaje en sus novelas, a lo óptico en sus lienzos, a los materiales en su arquitectura y a la estructura de la música, en lugar de sus melodías.

Si bien el modernismo fue principalmente un asunto europeo, aceleró involuntariamente el crecimiento de la cultura popular en Estados Unidos. El surrealismo, con sus asociaciones oníricas, se prestó fácilmente al juego de palabras y simbolismo psicológico de la publicidad, las viñetas y los parques de atracciones. El dadaísmo puso en ridículo el esnobismo de las instituciones culturales de la élite y reforzó un apetito ya existente (sobre todo entre el público inmigrante de Estados Unidos) por el cine de cinco centavos y el teatro de variedades, ambos de "clase baja" y mala fama. Los experimentos de Stravinsky con música no convencional y atonal dieron validez a las innovaciones rítmicas del jazz estadounidense.

El modernismo echó los cimientos de una cultura realmente nueva. Pero la nueva cultura no resultó ser ni modernista ni europea. En lugar de ello, los artistas norteamericanos transformaron un proyecto vanguardista en un fenómeno mundial.

Popurrí de cultura popular

En la cultura popular se puede ver claramente la relación recíproca entre Estados Unidos y el resto del mundo. Hay varias razones por las que la cultura estadounidense ha alcanzado tal preeminencia. Sin duda, la habilidad de los conglomerados de medios informativos estadounidenses para controlar la producción y distribución de sus productos, ha estimulado enormemente la propagación mundial de la industria del entretenimiento norteamericana. No obstante, la fuerza del capitalismo estadounidense no es la única explicación de la popularidad mundial que gozan las películas y series de televisión estadounidenses, ni siquiera es la más importante.

La efectividad del inglés como lengua de comunicación de masas ha sido esencial para la aceptación de la cultura estadounidense. A diferencia del alemán, ruso o chino, la estructura y gramática más simples del inglés, junto con su tendencia a utilizar palabras más cortas y menos abstractas y frases más concisas, son características más ventajosas para quienes componen las letras de canciones, lemas de los anuncios, leyendas de viñetas, titulares de periódicos y diálogos de cine y televisión. El inglés es, por tanto, un idioma excepcionalmente indicado para las exigencias y la propagación de la cultura popular estadounidense.

Otro factor es el cariz internacional del público estadounidense. La heterogeneidad de la población de Estados Unidos —su diversidad regional, étnica, religiosa y racial—obligó a los medios informativos a experimentar, desde principios del siglo XX, con mensajes, imágenes y argumentos que tuvieran un atractivo multicultural general. Los estudios de cine de Hollywood, las revistas de gran circulación y las cadenas de televisión tuvieron que aprender a comunicarse con diversos grupos y clases de gente en el país, lo cual les facilitó posteriormente las técnicas para atraer a un público igualmente diverso en el exterior.

Una de las formas importantes en que los medios estadounidenses trascendieron con éxito las divisiones sociales internas, fronteras nacionales y barreras del idioma, fue al mezclar los diferentes estilos culturales. Los músicos y compositores estadounidenses siguieron el ejemplo de artistas modernistas como Picasso y Braque, e hicieron uso de elementos de la cultura alta y la cultura baja. Aaron Copland, George Gershwin y Leonard Bernstein incorporaron melodías populares, himnos religiosos, blues y canciones de gospel y jazz en sus sinfonías, conciertos, óperas y ballet. En efecto, durante el siglo XX una forma artística tan intrínsicamente estadounidense como el jazz se desarrolló como mezcla de música africana, caribeña, latinoamericana y modernista europea. Esta mezcolanza de formas en la cultura popular estadounidense ha aumentado su atractivo para públicos multiétnicos nacionales e internacionales, ya que incorpora sus diferentes experiencias y gustos.

La influencia europea en Hollywood

En ninguna parte la influencia extranjera es tan inconfundible como en la industria cinematográfica estadounidense. Para bien o para mal, Hollywood se convirtió en el siglo XX en la meca de la cultura popular del mundo moderno. Sin embargo, no fue nunca una meca exclusivamente estadounidense. Al igual que los centros culturales del pasado —Florencia, París, Viena—, Hollywood ha funcionado como una comunidad internacional edificada por inmigrantes emprendedores y recurriendo al talento de actores, directores, escritores, cinematógrafos, editores, compositores, diseñadores de vestuario y escenógrafos de todo el mundo.

Además, durante la mayor parte del siglo XX los cineastas estadounidenses se consideraban acólitos, hechizados por la superioridad de los directores extranjeros. Desde los años cuarenta hasta mediados de los sesenta, por ejemplo, los estadounidenses veneraban a directores como Ingmar Bergman, Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Akira Kurosawa y Satyajit Ray.

Sin embargo, una de las paradojas del cine europeo y asiático es que su éxito más grande fue producir imitaciones estadounidenses. Para los años setenta, los últimos genios —Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Robert Altman, Steven Spielberg, Woody Allen— serían estadounidenses. Éstos, a su vez, debían sus métodos de improvisación y sus inquietudes autobiográficas al neorrealismo italiano y a la nueva ola francesa. Pero el uso de estas técnicas revolucionó el cine norteamericano, e hizo que fuera aún más difícil para las industrias cinematográficas de otros continentes igualar la popularidad mundial de las películas estadounidenses.

Aun así, los directores estadounidenses han emulado siempre a artistas y cineastas extranjeros, prestando gran atención al estilo y las cualidades formales de la película, y a la necesidad de relatar visualmente la historia. Los pintores europeos de principios del siglo XX querían que su público reconociera que estaba viendo líneas y colores en un lienzo y no una reproducción del mundo natural. De la misma manera, muchas películas estadounidenses —como por ejemplo Citizen Kane con sus múltiples narradores, Annie Hall que retrata en una pantalla dividida cómo dos amantes se imaginan su relación, y Pulp Fiction con sus escenas retrospectivas y narraciones proyectadas al futuro— le recuerdan deliberadamente al público que está viendo una película y no una versión fotográfica de la realidad. Los cineastas estadounidenses han estado dispuestos a emplear (no solamente en las películas sino también en MTV) las más complejas técnicas de montaje y manejo de cámara, muchas de ellas inspiradas por directores extranjeros, para crear un collage modernista de imágenes que captara la rapidez y el atractivo de la vida en el mundo contemporáneo.

La adicción de Hollywood a la pirotecnia visual modernista es especialmente evidente en el estilo mayormente no verbal de muchos de sus intérpretes contemporáneos. Tras la revolucionaria interpretación teatral de Marlon Brando en 1947 en Un tranvía llamado deseo, y más tarde en la versión cinematográfica de 1951, el modelo de la interpretación estadounidense se convirtió en la incapacidad por expresarse claramente: una introspección sombría que no se encuentra en los héroes o heroínas simplistas y locuaces de las comedias estrafalarias y películas de gángster de los años treinta.

Brando aprendió el Método, la técnica de interpretación desarrollada originalmente en el teatro artístico moscovita de Stanislavsky, durante la Rusia prerrevolucionaria. El Método alentaba a los actores a improvisar, a evocar recuerdos de la infancia y sentimientos personales a menudo a costa de los objetivos del dramaturgo o guionista. Por ese motivo, la fuerza emotiva de la interpretación estadounidense —tal como fue demostrado por Brando y sus sucesores— radicaba frecuentemente en lo que no se decía, en la exploración de pasiones que no se pueden comunicar con palabras.

La influencia del Método, no sólo en Estados Unidos sino también en el exterior, donde quedó plasmado en los estilos de interpretación de Jean-Paul Belmondo y Marcello Mastroianni, constituye un ejemplo clásico de cómo una idea extranjera, en un principio pensada para el teatro, fue adaptada al cine durante la posguerra estadounidense y posteriormente transmitida al resto del mundo como modelo de conducta cinemática y social. De mayor importancia, la indiferencia por parte del actor que usaba la técnica del Método al lenguaje y su dependencia de peculiaridades físicas y hasta de silencios al interpretar un papel, ha permitido a públicos de todo el mundo —incluso aquellos poco versados en el idioma inglés— entender y valorar lo que veían en las películas estadounidenses.

Relaciones humanas

Por último, la cultura estadounidense no sólo ha imitado la extravagancia visual de los modernistas, sino también su tendencia a ser apolíticos y antiideológicos. La negativa a intimidar a un público con mensajes sociales explica, más que ningún otro factor, la popularidad mundial de que disfruta la industria estadounidense del entretenimiento. Las películas estadounidenses en particular se han centrado normalmente en las relaciones humanas y los sentimientos privados, y no en los problemas determinados de una época o un lugar. Presentan relatos de romance, intriga, éxito, fracaso, conflicto moral y supervivencia. Las películas más memorables de los años treinta (con la excepción de Viñas de ira) fueron comedias y musicales sobre parejas incompatibles que se enamoran, no películas de conciencia social que abordaban temas como la pobreza o el desempleo. Del mismo modo, las mejores películas sobre la Segunda Guerra Mundial (como Casablanca), o la guerra de Vietnam (como El cazador), perduran en la memoria mucho después de que haya terminado el conflicto, debido a que exploran las emociones más íntimas de sus personajes en lugar de insistir en los acontecimientos que pregonan los titulares.

Son estos dilemas intensamente personales con los que la gente lucha en todas partes. Por eso el público europeo, asiático y latinoamericano acudió en tropel a ver Titanic, igual que hicieron en su día con Lo que el viento se llevó, no porque esas películas celebraran valores estadounidenses, sino porque la gente en todas partes podía ver reflejada parte de su propia vida en esos relatos de amor y pérdida.

La cultura popular estadounidense a menudo ha sido ordinaria y entremetida, tal como se han quejado siempre sus críticos, pero nunca le ha resultado demasiado extraña al público extranjero. Y, en el mejor de los casos, ha transformado lo que recibía de otros lugares en una cultura que todos, en todas partes, podían aceptar—una cultura que para millones de personas de todo el mundo es emocionalmente y, en ocasiones, artísticamente convincente.

Por lo tanto, a pesar del resurgimiento del antiamericanismo —no sólo en Oriente Medio sino también en Europa y América Latina— es importante reconocer que las películas, series de televisión y parques de atracciones estadounidenses son menos "imperialistas" que cosmopolitas. A la postre, la cultura popular estadounidense no ha transformado al mundo para convertirlo en una réplica de Estados Unidos. Más bien, la dependencia estadounidense de las culturas extranjeras ha hecho de Estados Unidos una réplica del mundo.

Los desafíos de la globalización

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.

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