Septiembre 11: Un Año Después


Trayecto de un patriota: el 11 de septiembre y la libertad en Estados Unidos

Por Roger Rosenblatt
Profesor de Literatura Inglesa y Redacción en Southampton College
de la Universidad de Long Island;
ensayista y colaborador de la revista Time


"Estamos, consciente o inconscientemente, en la permanente búsqueda de una expresión más noble de la existencia. Los acontecimientos del 11 de septiembre intensificaron esa búsqueda y, suceda lo que suceda, habremos cambiado, posiblemente mejorado, por habernos examinado más cuidadosamente".


Escribo este ensayo casi un mes antes del primer aniversario del 11 septiembre, en el mismo pacífico pueblo de Long Island, en Nueva York, donde miré los ataques por la televisión. Trataré de trazar el curso que, desde ese día terrible, ha fluido el pensamiento relacionado de alguna manera con el patriotismo y simplemente con la manera en que el pensamiento discurre en un país libre. El patriotismo en Estados Unidos, o en cualquier otra democracia genuina, es inestable y funciona de manera más errática que en los países donde el pensamiento individual está más controlado. Aquí un momento el amor al país es efusivo y alegre y en otro restringido y triste. Se inclina a emitir juicios morales y es a la vez sentimental, todo ello porque uno de los riesgos valiosos de la libertad es la independencia de la mente.

En los últimos días de verano mi pueblo tiene una apariencia muy similar a la que tenía poco antes del 11 de septiembre, especialmente en los días de trabajo, cuando hay menos veraneantes y las lanchas motorizadas dejan la bahía a las gaviotas. Los cormoranes se juntan en los pilotes. Los airones rondan los pantanos, de donde emana un olor fuerte y dulzón. La mayor parte del tiempo el cielo se viste con la gasa ligeramente azul de la niebla y la brisa se levanta apenas lo suficiente para estremecer la copa de los árboles, que se obscurecen más temprano en estos días, señalando la llegada de una nueva estación. Si una mañana cualquiera usted le preguntara a uno de mis vecinos cómo se siente éste le respondería, con toda sinceridad "sumamente bien", aunque después de los asesinatos ocurridos el año pasado se sabe que toda esa serenidad puede ser objetivo de la destrucción.

Cualquier cosa puede pasar. En la pieza de teatro de John Guare, titulada "Lydie Breeze", un personaje postrado dice: "Cualquier cosa puede pasar". Algunas veces este sentimiento se expresa con elocuencia, como cuando se compra un boleto para la lotería, aunque es más frecuente que vaya teñido de amargura, consecuencia de un encuentro frustrante con la realidad, que revela la impotencia para controlar la propia vida. Cualquier cosa puede pasar, cáncer, un desastre automovilístico, aviones que vuelan contra edificios.

Eso ha ocurrido, creo yo, con el pensamiento patriótico desde el 11 de septiembre. Porque es libre de hacer lo que a bien le venga, la mente estadounidense ha dado muchas vueltas, más de las que ha dado en transcurso de mi vida. Uno se las arregló con los diversos espasmos y manifestaciones de patriotismo durante las guerras de los Derechos Civiles y de los años sesenta, especialmente con respecto a Vietnam, pero nunca tantos como el año pasado. Los extremos del pensamiento, si no de las pasiones, han sido más crudos; los pensamientos dentro de los pensamientos más matizados. Además, como desde el 11 de septiembre no han ocurrido otros atentados en el país, la mente no siempre está demasiado consciente de lo que piensa sobre la situación de las cosas, así que los pensamientos sobre el país desembocan naturalmente en consideraciones sobre la familia, el perro, la cocina y todo lo que imperceptiblemente se suma para crear la vida en Estados Unidos.

En la horrible situación inmediata provocada por los ataques, el patriotismo se acorazó y al mismo tiempo vistió traje de luto. Para la mayoría de nosotros, la ira y el dolor llegaron juntos, y un sentimiento inspiró al otro. Así debe ocurrir cuando uno ha sido atacado tan brutalmente. Desde mi percha bucólica, observé a mi gente, a mi ciudad lastimada y quize devolver el golpe duramente, no sólo por venganza, aunque ese sentimiento era intenso, sino para proteger lo mío, mi país, mi casa.

Durante días todos fijaron su mirada en los cadáveres extraídos de las ruinas, en las caras ansiosas de las esposas, los esposos y los padres. Nos enteramos que teníamos lazos directos con los muertos. Asistimos a varios funerales. El prometido de una amiga de mi hija, comerciante en valores, murió en su trabajo en una de las torres del Centro Mundial de Comercio. Más de mil personas asistieron al funeral, prácticamente todas en la tercera década de su vida, aturdidas por el reconocimiento de que cualquier cosa puede ocurrir. Hora tras hora, vimos imágenes de gente abriéndose paso por entre el humo y el polvo impenetrables. Bomberos muertos. Agentes de policía muertos. Un padre cuyo hijo no había sido encontrado en las ruinas, expresando su esperanza de que él pudiera estar vagando por la ciudad, atolondrado.

Pronto algo se agregó a la ira y al dolor, algo más tranquilo y más ponderado. Uno comenzó a apreciar una cualidad que generalmente no se atribuye a los estadounidenses, la dignidad intrínseca de la gente. Mucho de lo que presenciamos durante las actividades del rescate heroico e infatigable fue la dignidad de la gente ocupada en realizar sus tareas, la dignidad inherente al trabajo. Era la dignidad del hombre común, un viejo ideal reactivado por circunstancias espantosas, pero latente siempre en Estados Unidos; en el siglo XIX representado por el "Man With the Hoe" (Hombre con el Azadón), en el siglo XX con el "G.I. Joe" (soldado raso). Por otra parte, la conmiseración que los trabajadores demostraron unos con otros, la conmiseración de la mayoría de los estadounidenses ese momento, reveló asimismo una forma más profunda de dignidad. Hubo un aprecio ritual del valor único de la vida, que renacía, literalmente, de las cenizas. Nadie que viera a quienes trabajaban en el salvamento quitarse sus cascos protectores para dar paso a los cadáveres cubiertos por la bandera podrá olvidarlo.

Ampliándose, el pensamiento patriótico luego se tornó más alerta a los acontecimientos. Uno respondía ante las decisiones gubernamentales según los términos en que se miraba al país políticamente, históricamente. Recién sucedidos los ataques, sólo quienes querían parecer intelectualmente preciosos o refractarios, le volvieron la espalda al país acongojado. Sin embargo, no poco tiempo después, cuando el Departamento de Justicia y otros comenzaron a hablar de tribunales militares, de intromisión en la relación confidencial entre abogado y cliente y de la detención de sospechosos sin haber cargos o pruebas, muchos estadounidenses se enderezaron y exclamaron "·Eh!". Uno exclamó dos veces "·Eh!" cuando se enteró que, como resultado de la Ley Patriótica USA, aprobada por el Congreso y promulgada con la firma del presidente Bush en octubre de 2001, la Agencia Federal de Investigaciones (FBI) andaba fisgoneando en las bibliotecas para controlar lo que la gente leía. Se me ocurre pensar que la destrucción de toda civilización comenzó cuando los detentores del poder controlaron lo que la gente leía.

El patriotismo demandaba deslealtad a tales iniciativas. Uno de los componentes ingeniosos de este país es que tiene la deslealtad empotrada en el sistema, deslealtad no a los principios sino a los líderes. Cuando quiera que encontramos que los líderes se desvían de los principios, de hecho nos sentimos alentados obligados a reprimirlos.

Comenzaron a decirse otras cosas también, que iban a contrapelo. Teníamos razón en nuestra guerra contra al-Qaida, arguyeron algunos, porque Dios está de nuestro lado. Por coincidencia, precisamente ese era también el pensamiento de Mohammad Atta, uno de los terroristas en los aviones usados para el ataque. Dios estaba de lado de los talibanes, y por esa razón pudieron tener éxito en su misión. Después de todo, el líder talibán, Mohammad Omar, pudo haberse preguntado qué tan íntimamente ligado estaba a Dios. El 11 de septiembre Dios estuvo de su lado. Algunas semanas más tarde, cuando Kandahar se rindió, el mullah debe haber salido en busca de una deidad más competente.

"El fanático", decía Dooley, personaje de Finley Peter Dunne, "es un hombre que hace lo que considera que el Señor haría, si supiese los antecedentes del caso"1. La razón original de nuestra separación entre Iglesia y Estado no fue sólo para evitar una religión estatal, sino para prevenir las consecuencias de una religión estatal, la más nefasta de las cuales es la presunción de que Dios está de nuestro lado. Claro que nos gustaría creer que Dios está de nuestro lado, porque los terroristas están errados y nosotros tenemos la razón, y cualquier deidad que valga la pena lo puede ver. Sin embargo, es mucho mejor y más saludable para el país no pretender que sabemos en qué anda Dios. Estados Unidos es el país más religioso en el mundo industrializado y la razón puede estar quizá en que vemos la religión esencialmente como propiedad privada.

De esa manera la mentalidad patriota se hizo susceptible a sus inclinaciones más desastrosas. En octubre y noviembre era fácil ver en cada musulmán un tirador de bombas, que esta vez no debía ser recluido en un campo de internamiento, aunque ciertamente debía ser vigilado. Lo bueno es que hubo muy pocos casos de hostigamiento. Fue totalmente admirable que el presidente Bush reaccionara inmediatamente y nos recordara que los estadounidenses de origen árabe son, en efecto, estadounidenses. Lo malo fue que comenzáramos a pensar categóricamente. Uno usaba el eufemismo: "creación de un perfil racial". ¿Qué tal es esto como prueba de patriotismo? El país se forma con todos los que dejamos entrar y algunos de los invitados querían liquidarnos. ¿Realmente hablábamos en serio cuando decíamos que respetábamos todas las tradiciones y creencias? Adquirimos conciencia, como lo hemos en el pasado, de los terrores de las puertas abiertas; nosotros, el producto agradecido de las puertas abiertas.

Los pensamientos como éstos y otros más no eran concretos ni disciplinados; simplemente surgían según el momento. La mente estadounidense no es diferente cuando aborda el patriotismo que cuando considera un candidato político, una cerveza o el sabor de un helado. Sigue a la corriente, es la corriente. A esta mezcla se sumó que el país se reía de sí mismo: los cómicos de la televisión tuvieron un festín con las singularidades verbales del presidente, como aquella de "ellos me maldesestimaron"; la perpetua y deliberada confusión en el país del respeto y la mofa; nuestra actitud de tomar todo y nada en serio, que llegó a incluir chistes sobre Osama ben Laden. Si uno se molestara en pensar en ello (¿y quién lo hizo?), también vería que burlarse de sí mismo es parte del patriotismo; la carcajada como componente de la libertad de expresión.

En esta combinación también estuvo la tendencia de Estados Unidos de ir a la deriva. Aún en situaciones de emergencia y amenaza, la mente se halla a sí misma buscando una salida, quizá porque la vida en general es lo suficientemente buena como para permitir tal deriva, o porque soñar es una tradición nacional; después de todo el comienzo del país fue un sueño. La gente en otros lugares presume que porque somos una nación cuya actitud es de poder hacerlo todo, también queremos hacerlo todo, pero nosotros sabemos que no es así. Con todo y la reputación que tenemos de estar muy al tanto de todo lo que sucede, los estadounidenses hacemos más paseos mentales de los que se nos reconoce. Todos nuestros héroes fueron importantes paseadores, Huck, Holden, Rip2, y algunos de la realidad también, como Jefferson, Franklin y Edison. Vivimos del planeta tanto como fuera del planeta. Cuando era niño la maestra me sorprendía ensimismado mirando por la ventana y me hacía la pregunta estridente y predecible: "¿Roger, te importaría regresar al grupo?", y yo pensaba, "la verdad, es que no".

Nuestras abstracciones están relacionadas con nuestro deseo de ser de afuera, aún después del 11 de septiembre, cuando supimos que teníamos que hacer un esfuerzo común en dirección a un centro. Nuestro temperamento, de acuerdo con nuestra historia, sólo nos permite hacer un esfuerzo común por un tiempo. Luego nos impulsamos hacia afuera. Uno de los extraños encantos de nuestro país es que la mayoría de nosotros no sólo nos sentimos que estamos fuera de las cosas, sino que escasamente conocemos a alguien que piense que está en las cosas. Si ha de creerse a los candidatos presidenciales, ninguno de ellos ha puesto pie en Washington. A los ex congresistas y ex senadores seguramente los llevaban alrededor de la ciudad, por la carretera de circunvalación de Washington emitiendo sus votos desde sus automóviles. A Washington se le conoce como la ciudad de los que están adentro. Ser parte de los que están adentro es no sólo estar donde reside el poder, como el término lo implica, sino estar equivocado en su perspectiva o ser un estafador. Ser de fuera es una forma de alabarse a sí mismo; sólo los mejores pueden hacerlo. Guerra o no guerra, permanecimos tan aparte de los sucesos como fuimos parte de ellos.

El amor al país en una democracia produce una sopa rara. Se es libre de amar a Estados Unidos mucho o poquito, de amarlo o dejarlo, o de no amarlo en absoluto. Uno está increíblemente agradecido, especialmente en tiempos llenos de tensión, por la Primera Enmienda, por la Constitución que insistió en la posibilidad de crear enmiendas, por permitir que se digan todas esas cosas que no queremos que se digan. Hace algunos años, un chiflado lanzador de reelevo de un equipo de la liga mayor de béisbol se quejó porque no podía aguantar viajar en los trenes subterráneos de Nueva York junto a todas esas madres sostenidas por la beneficencia social, por esos afeminados y esos inmigrantes. La gente reclamó: "No puede decir eso". La belleza de nuestro sistema es que puede decir eso, y cosas peores, puede pararse sobre la bandera si quiere, y nos será odioso saberlo y verlo pero lo aceptaremos. La Primera Enmienda fue creada para todos, en cierta manera especialmente para los necios.

Puede pasar cualquier cosa. Esa es la lección del 11 de septiembre. ¿Dónde estaba usted el 11 de septiembre? Más precisamente ¿dónde estuvo el 10 de septiembre? Los giros repentinos de la vida, como los de la mente libre, permanecen fuera de nuestro control. El patriotismo mismo, en el país libre, está fuera de control, hay en él ira, dolor, comprensión, aprecio mutuo, crítica, desconfianza en sí mismo, diversión, desvío hacia el ensueño e independencia individual. Lo que puede pasarle a una nación puede pasarle a un estado de ánimo, particularmente en un país creado de un estado de ánimo. Si hasta ahora vamos aprendiendo algo, es que la libertad es más difícil y complicada de lo que nunca habíamos imaginado.

Ya para abril y mayo el país a duras penas pensaba en Afganistán o en Osama, hacía meses que no lo veíamos ni en video. No se trataba del 1984 de Orwell; no teníamos la carga de un gobierno capaz de excitar nuestra hostilidad falsamente. No era que hubiéramos olvidado nuestra necesidad de sentirnos seguros o incluso nuestro deseo de aplicar un castigo, sino que estos pensamientos se habían sumergido en otras cosas que afectaban nuestras vidas, y en otras noticias. Para entonces Israel había llegado a ser el objetivo principal de los terroristas y el antisemitismo europeo se alzaba como un muerto con vida. Algunas grandes empresas resultaron ser ladronas, destructoras de vidas. La bolsa se hundía como piedra. Los jugadores de béisbol y los dueños de los equipos estaban a punto de sabotear la temporada debido a su codicia.

¿Dónde estábamos en nuestro propio país? ¿Dónde estábamos en relación con el resto del mundo? No nos gusta pensar demasiado en el resto del mundo. A los grandes negocios les gusta considerar al mundo como un gran cliente. No obstante, para el resto de nosotros, el mundo ancho y grande ha llegado a ser simplemente el lugar donde las inundaciones y los terremotos suceden lejos, especialmente desde que Rusia se transformó mágicamente de amenaza en (cierto tipo de) amigo. Si hubiéramos sido más conscientes del mundo musulmán, nos dijo la gente, habríamos podido anticipar el 11 de septiembre, si no impedirlo. Si fuéramos más conscientes de nuestros enemigos en el mundo, se nos dijo, podríamos sacarlos de la pobreza y de su ignorancia sobre nosotros: de lo maravillosos que somos, cuando se nos conoce, lo decentes, lo justos y lo juguetones.

Con todo, cuando el patriotismo biseca esos intensos deseos, los diluye. Ya que desde el 11 de septiembre por cada momento de introspección triste había dos en los que uno pensaba: al diablo con el resto del mundo. ¿Por qué debemos disculparnos por existir? ¿Si hemos cometido desaciertos calamitosos en nuestra historia internacional, son peores que los de los países que rechinan los dientes en nuestra dirección? ¿Qué otro país en la historia, nos gustaría saber, ha hecho tanto bien por el resto del planeta hambriento, pobre y destruido por las guerras? Nos gustaría señalar que fuimos a Bosnia sin ningún otro propósito que hacer que hacer lo que se debe. Esto es algo que los estados musulmanes podrían recordar cuando vituperan el Gran Satanás.

En síntesis, nuestra sensibilidad a las condiciones y actitudes del mundo más allá del nuestro probablemente no hizo nada para unirnos más a él, excepto en una forma más ilusoria y diluida. Estados Unidos, determinamos, apropiadamente desde mi punto de vista, no hizo nada para merecer esos ataques violentos contra nuestro pueblo. Si la educación puede ayudar en el futuro, ciertamente eduquémonos todos. Con todo, ese era un asunto diferente a las decisiones insensatas de los fanáticos.

¿Me habría creído capaz de reacciones tan fuertes antes del 11 de septiembre? No lo sé. Cualquier cosa puede pasar. Las pruebas que impusieron esos sucesos al patriotismo del individuo son las pruebas que la mente libre acepta cada día. Durante muchos días no he pensado en absoluto en el 11 de septiembre, o en al-Qaida o Irak, o que estábamos en estado de guerra o de emergencia. Si algo ha permanecido constante desde ese día, es la imagen del sufrimiento. La esposa del periodista ejecutado Danny Pearl, los padres de Nathan Ross Chapman, el primer soldado estadounidense muerto por fuego enemigo a principios de enero; su noble sumisión a la peor noticia que uno puede recibir, eso permanece conmigo.

Gran parte del patriotismo en Estados Unidos se concentra en detalles manejables. Amo a mi familia. Amo a mi pueblo. Los sentimientos de mayor envergadura cambian, se amplían, se desvían, van y vienen. Lo que tenemos en este país, más importante que la riqueza y el poder, es un tipo especial de inestabilidad. Estamos, consciente o inconscientemente, en la permanente búsqueda de una expresión más noble de la existencia. Los acontecimientos del 11 de septiembre intensificaron esa búsqueda y, suceda lo que suceda, habremos cambiado, posiblemente mejorado, por habernos examinado más cuidadosamente.

En estos atardeceres de fines de agosto los rayos coagulados del sol llamean con más insistencia antes de esconderse. Los cercos de seto entran en la sombra más temprano y muestran el comienzo de su decadencia. No lejos de aquí los arroyuelos se funden en la bahía, que avanza cautelosamente por un canal, donde los pescadores se sientan en pilotes a esperar lo mejor; luego la bahía se extiende para formar una bahía más grande y terminar en el Atlántico. Estoy en alguna parte. Nuestro país está en alguna parte. Estamos seguros de que significamos algo que vale la pena para nosotros mismos y para otros, que tenemos buenas razones para sobrevivir y triunfar, y buscaremos más.


1 Martin Dooley, propietario de un bar, personaje ficticio creado por Finley Peter Dunne, un periodista de Chicago. A finales del siglo XIX Dooley, con su marcado acento del inmigrante irlandés (escrito fonéticamente en las columnas de Dunne), inyectaba perspicacia, ironía y humor en sus discusiones ficticias con sus clientes irlandeses inmigrantes sobre temas políticos y sociales estadounidenses.texto

2 Huck Finn, personaje principal de la novela de Mark Twain Las Aventuras de Huckleberry Finn; Holden Caulfield, personaje central de la novela de J. D. Salinger The Catcher in the Rye y Rip Van Winkle, personaje del cuento de Washington Irving Rip Van Wincle: A Posthummous Writing of Diedrich Knickerbocker.texto


Roger Rosenblatt es autor de Where We Stand: 30 Reasons for Loving Our Country.

Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no necesariamente reflejan los puntos de vista o las políticas del gobierno de Estados Unidos.

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