Estados Unidos: Inextricablemente ligado a países de todo el mundoWalter Russell Mead, Scott Erwin y Eitan Goldstein
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El ex secretario de Estado Henry Kissinger ha dicho que la política exterior de Estados Unidos se caracteriza por sus oscilaciones entre un idealismo de cruzada y un aislacionismo intermitente. Esta dicotomía familiar un país que alternativamente arremete contra molinos de viento o entierra cínicamente su cabeza colectiva en la arena aunque pulcra, a fin de cuentas impide ver las corrientes que por largo tiempo han orientado la política de Estados Unidos. La creencia de que los Estados Unidos están singularmente destinados a fomentar la propagación de la democracia, los mercados libres y la libertad individual ha sido un elemento permanente del encuentro de Estados Unidos con el mundo. Por supuesto, los formuladores de política han expresado opiniones discordes en cuanto a los medios de alcanzar esos objetivos o la capacidad de Estados Unidos de realizar dicho cambio. Pero los dirigentes estadounidenses de todas tendencias políticas han venido manteniendo por largo tiempo que el éxito del proyecto estadounidense depende, en gran medida, de lo que acontece en el resto del mundo. Que rivales tan enconados como los presidentes Woodrow Wilson (1913-1921) y Theodore Roosevelt (1901-1909) compartieran puntos de vista igualmente expansivos de los intereses estadounidenses en el mundo, en la creencia de que la suerte de Estados Unidos estaba inextricablemente ligada al carácter y la conducta de países de todo el mundo, pone de relieve lo generalizado de esta visión del mundo. Mientras Wilson afirmaba: "Somos participantes, querámoslo o no, de la vida del mundo… Lo que afecta a la humanidad es, inevitablemente, asunto nuestro….", la idea de Roosevelt del papel mundial de Estados Unidos no era menos transcendental: "Existe algo que es la moral internacional. Yo adopto esta postura como estadounidense… que se esfuerza lealmente por servir a los intereses de su propio país, pero que también se esfuerza por hacer lo que esté en su poder por la justicia y la decencia respecto a la humanidad en general, y que, por tanto, se siente obligado a juzgar a todos los países por su conducta en cualquier ocasión dada." Por consiguiente, es obvio que un idealismo perdurable conforma el carácter de la política exterior de Estados Unidos. Pero es sólo parte de un proceso dinámico y complejo. Debe contrarrestarse constantemente con calculados imperativos estratégicos. Roosevelt justificaba estas exigencias y las avenencias a las que habría que llegar necesariamente, con la advertencia de que "al tratar de alcanzar un noble ideal tenemos que emplear métodos prácticos; y si no lo podemos alcanzar de un salto, debemos avanzar paso a paso, razonablemente satisfechos mientras sigamos avanzando por el camino que nos hemos trazado". Así pues, más bien que como bandazos entre aislacionismo e intervención, los asuntos exteriores estadounidenses se pueden comprender mejor como reflejo de la tensión constante entre sus ideales e intereses en pugna. La diplomacia estadounidense del siglo XX es, por consiguiente, la historia de cómo los responsables de formular la política han tratado de encontrar el punto justo entre intereses nacionales e ideales absolutos. La secretaria de Estado Condoleezza Rice recientemente se refirió a este equilibrio al observar: "La política estadounidense siempre ha tenido …una vena de idealismo…No se trata simplemente de llegar a cualquier solución a mano, sino que tiene en cuenta un conjunto de principios y valores. Por tanto, la responsabilidad de todos nosotros es tomar las políticas arraigadas en estos valores y hacer que funcionen en el día a día para avanzar siempre hacia el logro de un objetivo…Es la conexión, la conexión de política operativa cotidiana entre estos ideales y los resultados de política". Rice, al definir el método del gobierno como 'idealismo práctico', ha señalado, con la misma claridad que cualquiera de sus predecesores, la clave del conflicto al que se enfrenta Estados Unidos en sus relaciones con el mundo en el siglo XX. En ocasiones críticas del siglo pasado, el conflicto entre los intereses e ideales de Estados Unidos se ha perfilado claramente. En esos momentos, la política exterior de Estados Unidos ha demostrado optimismo utópico y pragmatismo despiadado, con frecuencia simultáneamente.
El nombre de Woodrow Wilson ha pasado a ser sinónimo del idealismo estadounidense. Su determinación de "hacer el mundo más seguro para la democracia" galvanizó al público estadounidense y, así, un país, antaño aislacionista, entró en la Primera Guerra Mundial. La campaña del antiguo profesor a favor de la autodeterminación tuvo una calurosa acogida entre los nacionalistas de todo el mundo y al propio Wilson se le llegó a considerar casi como una figura mesiánica. Un periodista del Washington Post que informaba de la revuelta de Egipto contra el dominio británico en la primavera de 1919, señaló que los nacionalistas egipcios actuaban "impulsados por los ideales wilsonianos" y observó que "mientras los alborotadores marchan y se amotinan, van gritando los preceptos de Wilson". Los nacionalistas egipcios invocaron el credo de Wilson al suplicar al Senado de los EE.UU. que apoyase la independencia de Egipto. Wilson, no obstante, rechazó sus súplicas y reiteró el apoyo de Estados Unidos al dominio británico en Egipto. Aunque el apoyo estadounidense a la libertad durante y después de la guerra, en general, no pasó de ser retórico, la doctrina de Wilson resultó ser esencial para la propagación de la democracia en el siglo XX. Sin embargo, la cruzada de Wilson estaba aunada a un obstinado realismo. Por ejemplo, si bien deploraba el duro trato que según los informes estaban sufriendo los armenios de manos de los turcos, Wilson resistió clamorosas demandas de declarar la guerra a Turquía por temor a poner en peligro la presencia de misioneros estadounidenses en el Oriente Medio. De hecho, la decisión de Estados Unidos de no enviar tropas para respaldar al naciente estado armenio a raíz de la Primera Guerra Mundial contribuyó a la rápida desaparición de Armenia. La manera de Wilson de abordar la guerra también desmentía cualquier atisbo de idealismo. Toda la fuerza de la máquina bélica de Estados Unidos tenía que entrar en juego, como declaró el presidente "fuerza sin límite ni medida". De este modo, en la actuación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial vemos una estrategia animada por una combinación de intereses estrechamente definidos y principios estadounidenses profundamente arraigados. La experiencia de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial demostraría con aún más claridad el conflicto entre los valores y las exigencias geopolíticas del país. Casi un año antes del ataque japonés contra Pearl Harbor, el presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) (1933-1945) pronunció su famosa alocución de las cuatro libertades, en la que declaraba que los seres humanos "en todas partes del mundo" tenían derecho a la libertad de expresión, la libertad de confesión, el derecho a no padecer necesidades y el derecho a no estar sujetos al miedo. Estos principios se convirtieron en un grito de guerra en Estados Unidos al hacer su entrada en la Segunda Guerra Mundial y dio al estadounidense medio un marco ideológico para la lucha. No obstante, mientras el artista Norman Rockwell inmortalizaba las cuatro libertades en una serie de ilustraciones publicadas en el The Saturday Evening Post, Roosevelt estaba negociando una asociación con el régimen totalitario de la Unión Soviética. La Rusia de José Stalin, víctima de sangrientas purgas, juicios de pantomima y hambrunas organizadas por el Estado, difícilmente podía considerarse un aliado para promover los principios propugnados por Roosevelt. En julio de 1941 Roosevelt envió a su asesor de confianza, Harry Hopkins, en un largo viaje a Rusia para evaluar el compromiso de Stalin y su viabilidad como socio estratégico. Hopkins señaló el conflicto ideológico que suponía entrar en una alianza con la Unión Soviética; la visita había puesto de relieve "la diferencia entre democracia y dictadura", informó a Roosevelt. En respuesta, el presidente concedió mil millones de dólares en ayuda a la Unión Soviética, como adelanto de lo que sería una corriente masiva de dádivas estadounidenses, y autorizó la producción de una serie de películas de propaganda para su proyección en los Estados Unidos, en las que se presentaba a Stalin como una persona decente y se justificaban los excesos violentos de la Unión Soviética. El deseo de Roosevelt de mantener la alianza de Estados Unidos y la Unión Soviética obligó al presidente a buscar soluciones intermedias en el compromiso que había contraído de apoyar la autodeterminación en el extranjero. Al considerar el eclipse de los valores tradicionales estadounidenses en aras de intereses estratégicos, el presidente George W. Bush se lamentaba de que la diplomacia de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial tratara de "sacrificar la libertad en nombre de la estabilidad". El hecho de que Roosevelt abrazara a la Unión Soviética no significa que se arrojaran por la borda los ideales estadounidenses. Aunque FDR había alineado a Estados Unidos con un régimen brutal, también aprovechó la oportunidad para avanzar la causa de la democracia y la autodeterminación al sentar las bases de un orden internacional en consonancia con los ideales estadounidenses. Para gran decepción de sus aliados europeos, FDR era un enemigo declarado del imperialismo y trató de hacer a británicos y franceses abandonar sus remotas colonias. En una cena con el dirigente de Marruecos, durante la Conferencia de Casablanca de 1943, Roosevelt ofreció su apoyo a la independencia marroquí en presencia de Churchill que, sentado frente a él, escuchaba encolerizado y temeroso por el futuro de las colonias británicas. Además, Roosevelt denunció el dominio británico en África Occidental y el gobierno francés en Indochina como incompatibles con los objetivos bélicos declarados de los aliados. Roosevelt aspiraba, asimismo, a rectificar los errores del decepcionante armisticio de la Primera Guerra Mundial. Concibió una organización internacional que asegurase realmente la seguridad colectiva y evitase las perspectivas de otra conflagración mundial. Aunque el establecimiento de las Naciones Unidas le correspondería a su sucesor, la estructura original de la organización reflejaba en alto grado el ideal de FDR. Así pues, durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos demostró un sentido práctico al aliarse con una dictadura represiva y mantener, al mismo tiempo, el compromiso estratégico para promover los valores estadounidenses. Inmediatamente después del implausible ascenso de Harry Truman a la presidencia, a la muerte de FDR en 1945, el antiguo camisero se vio obligado a enfrentarse a enormes dificultades. Para empezar, Truman tenía poco en que parecerse a su distinguido y aristocrático predecesor. Producto de las asperezas del aparato político y autodidacta, Truman, al igual que Roosevelt antes que él, adoptó una política caracterizada por una amalgama de intereses e ideales nacionales. El mismo año que Truman ordenó la destrucción sin precedentes de las ciudades japonesas Hiroshima y Nagasaki, aclamó la Carta de las Naciones Unidas como "una causa profunda de agradecimiento a Dios todopoderoso". El sincero respaldo del presidente a una organización "resuelta a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra", visto contra el fondo de la "guerra inmisericorde" de Estados Unidos contra Japón, ilustra la conjunción de noble idealismo y realismo despiadado que caracterizó a la política exterior de Estados Unidos en el siglo XX.
Truman, tal vez más que cualquier otro presidente estadounidense del siglo, supo conciliar los intereses e ideales del país. El Plan Marshall, ingente programa de socorro para la agobiada Europa de la posguerra, dio nueva vida a las moribundas economías del continente, al mismo tiempo que opuso resistencia al avance comunista. La insistencia del programa en la libre empresa provocó la eliminación de las barreras económicas en Europa, lo que dio lugar a una rápida recuperación y contribuyó a sentar las bases de la integración europea. Elogiado por Winston Churchill como "el acto más magnánimo de la historia", el Plan Marshall, de manera providencial, aunque sólo temporalmente, reconcilió la tensión entre las limitaciones estratégicas estadounidenses y sus valores profundamente arraigados. Durante los decenios siguientes de la Guerra Fría, los formuladores de política de Estados Unidos rara vez consiguieron aunar principios y consideraciones prácticas, y, con más frecuencia, se impuso el realismo cerebral. La desaparición de la Unión Soviética y el aparente triunfo de la democracia liberal no auguraron el fin del conflicto entre los intereses e ideales de Estados Unidos. Las relaciones del país con China en el decenio de 1990 demostraron la permanencia de esta ineludible tensión. El presidente Bill Clinton (1993-2001) asumió el poder en un momento difícil en las relaciones sino-estadounideses, después de la venta en 1992 de aviones de combate F-16 a Taiwán por la primera administración [George H.W.] Bush. Las sanciones por la matanza en la Plaza de Tiananmen y el clamor de miembros de su propio partido a favor de una política más dura contra las continuas violaciones de los derechos humanos en China agravaron más las relaciones y, en 1993, obligaron al presidente a firmar un decreto ejecutivo por el que se condicionaba la renovación de la condición de país más favorecido de China a la situación de los derechos humanos en aquel país. Con asistencia del Dalai Lama y Chai Ling, uno de los dirigentes del levantamiento de Tiananmen, en la ceremonia de firma, el jefe de la mayoría en el Senado George Mitchell exclamó triunfalmente: "Por primera vez desde los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen, ya hace cerca de cuatro años, tenemos un presidente que está dispuesto a actuar a favor de un cambio positivo". Este noble idealismo pronto sucumbió, víctima de una confluencia de factores intereses comerciales de Estados Unidos en China, presiones del Pentágono en vista de la amenaza de crisis por los ensayos nucleares de Corea del Norte y una serie de agrias confrontaciones públicas con Pekín que indujo a Clinton a dar marcha atrás a su política comercial respecto a China. Con la justificación de que los ideales del país estarían mejor servidos con la integración de China en la economía mundial, el presidente adoptó una política de acercamiento y, en mayo de 1994, eliminó la vinculación de los derechos humanos de dicho país de su condición comercial. El secretario del Tesoro Robert Rubin justificó este cambio de política con el argumento de que redundaba en el interés de Estados Unidos "contribuir a acelerar la integración de la economía china en la economía mundial… Que quede bien claro: tenemos serios desacuerdos con China en derechos humanos, libertad religiosa y asuntos económicos y de seguridad… La cuestión es cuál es la mejor forma de promover nuestros intereses y creencias. Estimamos que el acercamiento es el medio más probable de avanzar en todas las dificultades que tenemos con China". En el otoño de 1996, el presidente Clinton inició una campaña que duró tres años para conseguir la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio. La entrada de China en la economía mundial generalmente considerada como el mayor triunfo de política exterior de Clinton no fue fácil y constituyó otro ejemplo de ideales e intereses estadounidenses en pugna. El discurso del presidente George W. Bush con motivo de su segunda investidura demostró hasta qué grado la pertinaz tensión entre ideales e intereses había definido la política del país. Al proclamar: "Los intereses vitales de Estados Unidos y nuestras más profundas creencias son ahora uno", el presidente se propone armonizar efectivamente fuerzas contrarias. Pero el conflicto entre valores e imperativos estratégicos no siempre se puede resolver tan fácilmente; no obstante la retórica presidencial, aliados claves de Estados Unidos como Pakistán y Arabia Saudita suelen gobernar a contrapelo de la ética estadounidense. Al igual que en el pasado, mantener un equilibrio entre intereses vitales y fidelidad a los ideales patrios seguirá siendo la tarea principal de los dirigentes estadounidenses en el siglo XXI.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
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