El comercio y la economía como una fuerza
| ||||||
|---|---|---|---|---|---|---|
Entre todas las fuerzas que han conformado las relaciones exteriores de Estados Unidos desde su independencia, podría decirse que la búsqueda de la oportunidad económica ha sido la más fundamental. La historia tiende a enfocarse en los eventos militares espectaculares y en la política y diplomacia que los rodean, pero, desde los albores de la república, "el pabellón siguió al comercio", a medida que los estadounidenses buscaban tener acceso a los mercados mundiales. Al surgir como líder mundial en el siglo XX, Estados Unidos, mientras continuaba, por cierto, persiguiendo sus propios intereses económicos en el extranjero, recurrió a sus raíces en la Ilustración y promovió los ideales de libertad, democracia y mercados abiertos, basándose en la creencia de que "el comercio libre entre naciones libres" tendría por resultado el mejoramiento a escala mundial de la condición humana. Estados Unidos ayudó a salvar al mundo de la perspectiva racista de la Alemania nazi y de los desastres del comunismo soviético, pero las complejas exigencias del liderazgo mundial cuestionaron también la función de la economía como factor primordial en la conformación de la política exterior estadounidense. El historiador Bradford Perkins ha calificado a la lucha estadounidense por la independencia de deseo de restaurar la libertad política y económica que los británicos habían disfrutado en América del Norte durante la "desatención benévola" del poder imperial antes de 1750. La Guerra de Siete Años (1756-1763), en tanto que eliminó el poderío francés en América del Norte, llevó también al parlamento británico a recurrir a las colonias para que ayudaran a pagar las cuentas. Los impuestos decretados por un parlamento en el que las colonias no tenían representación desató la Guerra de la Independencia, a lo largo de la cual los estadounidenses siguieron velando por sus intereses económicos. La convicción en el libre comercio En 1776 cuando las colonias en rebelión necesitaron de un aliado político y militar contra Gran Bretaña el Tratado Modelo de John Adams propuso nada menos que las relaciones comerciales con Francia, en las cuales la nacionalidad de los comerciantes sería dejada de lado y los derechos de cada país al libre comercio serían plenamente respetados, incluso si uno de los asociados quería comerciar con un país con el que el otro estaba en guerra. Aunque el tratado nunca entró en vigor, atesoró la convicción, inspirada en la Ilustración, de que el comercio libre entre naciones libres crearía un mundo pacífico y próspero. Como país independiente, Estados Unidos fue en pos de la oportunidad económica en un mundo dominado todavía por feroces rivalidades imperiales europeas. La oferta de Napoleón de vender el vasto territorio de Luisiana por 15 millones de dólares, con la finalidad de financiar las propias guerras de Francia, fue un golpe de suerte extraordinario. Pero apenas unos pocos años después, Estados Unidos intentó influir, mediante la Ley del Embargo, en el conflicto que mantenían Gran Bretaña y Francia, privando a las potencias beligerantes de los beneficios del comercio con Estados Unidos, pero privando a los estadounidenses, al mismo tiempo, de esos mismos beneficios. La ley sigue siendo uno de los errores más graves en la historia de las relaciones exteriores estadounidenses, y contribuyó también a los orígenes de la Guerra de 1812, que en gran medida no concluyó en nada y terminó en un empate en 1815. Estados Unidos adoptó una postura más confiada en el mundo de la década de 1820, mientras Europa, luego de Napoleón, entraba en una era de paz relativa y gran parte de América Central y del Sur se independizaban. Con la Doctrina Monroe de 1823, Estados Unidos proclamó que el Hemisferio Occidental estaba cerrado a una ulterior colonización europea. Los europeos, sin embargo, siguieron invirtiendo en las Américas, y los recursos de América Central y del Sur presentaban también un poderoso atractivo para Estados Unidos. A medida que las compañías estadounidenses desarrollaban empresas en minería y agricultura, la política exterior estadounidense, y sus fuerzas armadas, ayudaron a asegurar que los gobiernos locales siguieran siendo amistosos con su presencia económica. Mientras tanto, la misma república creció espectacularmente, conforme los estadounidenses se desplazaron hacia el oeste, alentados por el sueño de la oportunidad económica y los ideales del "destino manifiesto". Para hacer posible esta expansión, el gobierno de Estados Unidos desplazó a los indígenas, libró una guerra con México y negoció con Gran Bretaña para ampliar las fronteras de Estados Unidos hasta la costa del Pacífico. El comercio a través del Pacífico Pero el conflicto en torno a la esclavitud limitó aún más la expansión hacia el norte o el sur, y cuando la Guerra Civil terminó en 1865, William Seward, secretario de Estado del presidente Abraham Lincoln, había desarrollado un plan de expansión adicional que se centraba menos en la expansión territorial que en la comercial. Del otro lado del Océano Pacífico había un vasto mercado potencial en Asia. Mientras Alaska, comprada a Rusia en 1867, llegó a conocerse como la Locura de Seward, su adquisición fue parte de una astuta gestión estratégica para establecer líneas comerciales seguras con el Extremo Oriente. A finales de siglo, las potencias imperiales como Gran Bretaña y Japón, le habían echado el ojo a la expansión colonial en China, pero Estados Unidos, con la esperanza de impedir un reparto de China comparable a la "rebatiña por África" en la década de 1880, promovió una política de "puertas abiertas" para preservar el acceso a ese vasto mercado potencial. Una política de puertas abiertas consiste en mantener, en un determinado territorio, iguales derechos comerciales e industriales para los ciudadanos de todos los países. En tanto que la política exterior seguía fomentando el acceso a los mercados mundiales, gran parte del fenomenal crecimiento económico de Estados Unidos luego de la Guerra Civil tuvo lugar dentro de sus fronteras. Hombres como John D. Rockefeller y Andrew Carnegie amasaron enormes fortunas personales en el petróleo y el acero, y presidieron la consolidación y expansión de estas industrias hasta transformarlas en monopolios o cuasi monopolios. La corporación, una innovación estadounidense, les permitía a las empresas asumir proporciones gigantescas, y creó las condiciones para la globalización del poder económico estadounidense en el siglo XX. Para cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Estados Unidos era una superpotencia económica, responsable de casi un tercio de la manufactura mundial, en comparación con el 15 por ciento de Alemania y el 14 por ciento de Gran Bretaña, según señala el historiador Paul Kennedy. Mientras las potencias centrales, Alemania y Austria, iban a la guerra contra las potencias aliadas, Gran Bretaña, Francia y Rusia, en el otro lado del Océano Atlántico, Estados Unidos declaró una política de neutralidad "en las ideas y los hechos". La definición de neutralidad se hizo eco del Tratado Modelo de Adams: el comercio libre no se vería afectado por circunstancias políticas. El comercio con Alemania disminuyó hasta casi desaparecer debido al bloqueo británico, que Estados Unidos no desafió, en tanto que el floreciente comercio con las potencias aliadas dejaba pequeña la pérdida del comercio con Alemania. Para 1916, el apoyo económico estadounidense a las potencias aliadas, mediante bienes industriales y servicios financieros amenazó a Alemania con la derrota en el frente occidental, a pesar de su éxito contra Rusia en el este. Desafiando la definición estadounidense de neutralidad, Alemania envió sus submarinos contra el tráfico marítimo estadounidense. Estados Unidos declaró la guerra en abril de 1917, uniéndose a las potencias aliadas para derrotar a Alemania al año siguiente.
Imperio sin lágrimas La Primera Guerra Mundial despedazó a Europa, pero Nueva York había reemplazado a Londres como capital financiera del mundo y la economía de Estados Unidos estaba en auge mientras luchaban sus rivales al otro lado del Atlántico. La perspectiva del presidente Woodrow Wilson de un mundo pacífico, democrático y que comerciaba libremente, desafió el viejo orden de los imperios europeos antagónicos, pero fracasó en medio de la política de posguerra, tanto en Estados Unidos como en el extranjero. El historiador Warren Cohen ha argumentado que, entre las guerras mundiales, Estados Unidos optó, en cambio, por una política exterior de "imperio sin lágrimas": el dominio de los mercados mundiales con un mínimo absoluto de compromisos militares y políticos. En la década de 1930 los políticos aislacionistas consideraban la intervención en una guerra como un error impulsado por los fabricantes de armas, codiciosos de las ganancias del comercio en tiempos de guerra, y el Congreso de Estados Unidos aprobó una serie de leyes de neutralidad para asegurar que el comercio no llevaría al país a la guerra otra vez. El "imperio sin lágrimas" recordaba los días despreocupados de la prosperidad colonial bajo la mirada no muy vigilante de Gran Bretaña. Pero la desatención benévola no daría resultado en un mundo que extremistas militares de Alemania y Japón aspiraban a dominar. A finales del siglo XVIII, el presidente George Washington le había advertido a la naciente república que se mantuviera apartada de los imperios europeos beligerantes, pero ahora Estados Unidos tenía el poderío, arraigado en la fuerza económica, para asegurar que los aspirantes a imperios no desafiarían sus intereses mundiales. A pesar del persistente aislacionismo en el país, el presidente Franklin Roosevelt anunció en enero de 1939 el mayor presupuesto de defensa que se hubiera aprobado jamás en tiempos de paz. En marzo de 1941, meses antes del ataque japonés en Pearl Harbor, Estados Unidos comprometió su poderío económico al aplastamiento de las potencias del Eje, con la Ley de Préstamo y Arriendo. Para el verano, los submarinos alemanes desafiaban una vez más los intereses estadounidenses en una guerra no declarada en el Atlántico. La aparición de las superpotencias La extraña alianza de Estados Unidos, el imperio Británico y la Unión Soviética derrotó a las potencias del eje en 1945. Los soviéticos contaron con los recursos humanos y la determinación necesarios para rechazar la invasión más masiva de la historia y aplastar a las fuerzas armadas alemanas; Estados Unidos movilizó exitosamente sus abrumadores recursos humanos y económicos para ganar, en dos continentes diferentes, la mayor guerra de la historia. A medida que Europa declinaba, estos dos países se convirtieron en las dos superpotencias del mundo. Pero las superpotencias representaban también sistemas económicos y políticos opuestos, y el desarrollo, en ambos lados, de armas nucleares inmensamente destructivas le dieron a la lucha posterior durante la Guerra Fría una dimensión apocalíptica, de todo o nada. La amenaza soviética garantizó que Estados Unidos no abandonara una función mundial política y militar. La economía siguió siendo crucial. En una de las iniciativas verdaderamente brillantes de la historia de las relaciones exteriores estadounidenses, Estados Unidos proporcionó, entre 1948 y 1951, a través del Plan Marshall12.000 millones de dólares en ayuda a las economías europeas. Estados Unidos prestó ayuda a países desesperadamente necesitados y los ayudó a rechazar el comunismo, pero el crecimiento económico fenomenal que resultó en Europa Occidental impulsó también el comercio mundial, haciendo que este acto de generosidad fuera también una inversión extremadamente perspicaz. En su condición de guardián del mercado mundial, Estados Unidos fomentó generalmente políticas de libre comercio para apoyar a éste, aunque los estadounidenses y su gobierno no eran totalmente inmunes a la atracción del proteccionismo. No obstante, en general la política de la Guerra Fría cobró vida propia. Aunque la lucha tenía por objeto preservar un sistema económico mundial, creó una presencia militar estadounidense a escala mundial y lo que el presidente Eisenhower denominó un complejo militar-industrial para apoyarla. Por ejemplo, la política de contención definió a Vietnam como una fila de fichas de dominó cuya caída ante el comunismo desataría una reacción en cadena en el sudeste asiático. A un costo enorme, tanto económico como humano, Estados Unidos trató en vano de construir un estado vietnamita no comunista. Los retos de la Guerra Fría ejercieron también una presión económica enorme sobre la Unión Soviética y sus aliados, y al final el sistema comunista no pudo generar la riqueza necesaria para sostener la competición, y mucho menos asegurarle a su propio pueblo los derechos humanos fundamentales, un ambiente saludable o un nivel de vida razonable. Con el colapso del comunismo a finales de los años ochenta, Estados Unidos surgió como la única superpotencia, y el sistema capitalista, más regulado que en los días de los capitanes de industria inescrupulosos, pero todavía con sus deficiencias y víctimas, prevaleció. El fin de esa lucha no provocó el "fin de la historia", tal como había propuestos el pensador estratégico Francis Fukuyama, sino un mundo contemporáneo cuyas ingobernables complejidades desafían una vez más a los estadounidenses a definir sus intereses políticos y económicos en un contexto mundial, y a estudiar el pasado para lidiar racionalmente con el presente y ofrecer una perspectiva para el futuro.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
|
||||||