La identidad personal en Estados Unidos: las ideas, no la etnicidadMichael Jay Friedman
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“con un estado mental de neoyorquino”. En 2000, el 35,9 por ciento de los residentes de la ciudad de Nueva York había nacido en el extranjero. En 1782 apenas seis años después de que Estados Unidos de América se proclamara nación, Benjamin Franklin redactó un ensayo con “Información para los que quieran desplazarse a América”. De la constelación de grandes figuras que Estados Unidos conoce como "padres fundadores", ninguno más genuinamente estadounidense que Franklin y por muchas razones: George Washington mantenía una distancia augusta de los demás, Tomás Jefferson era un intelectual aficionado a la lectura y John Adams era de trato difícil. Fue Franklin, el inventor pragmático, el empresario hábil y el agente impulsor del civismo, quien mejor comprendió que sus conciudadanos formaban una nación de buscavidas, como más tarde les llamaría el historiador Walter McDougal. Al interesado en emigrar a su patria, Franklin le dice: A la gente no le interesa saber del extranjero lo que es, sino ¿qué puede hacer? Y si posee un talento útil será bien acogido, y si ejercita su talento y se comporta correctamente, será bien respetado por todos quienes lo conozcan. Las declaraciones de Franklin eran resultado de su experiencia personal ya que, tan temprano como en 1750, los inmigrantes alemanes superaban en cantidad a los ciudadanos de ascendencia británica en su colonia natal de Pensilvania. A estos recién llegados se les consideraba gente trabajadora y respetuosa de las leyes. Siendo hábiles campesinos, trabajaron bien la tierra y estimularon el crecimiento económico. En 1790, cuando el Congreso estableció las normas para adoptar la ciudadanía mediante el proceso de naturalización, no exigió que se presentara evidencia sobre etnia o religión, o de alfabetización o de propiedad privada, sino una prueba de residencia durante dos años en el país, de integridad de carácter y de lealtad mediante juramento a los principios de la Constitución. Dado que la identidad estadounidense se basa en acciones y actitudes más que en una identidad racial, religiosa o étnica, como bien sabía Franklin, los estadounidenses difieren de muchos otros pueblos en la manera de definirse a sí mismos y en la que conducen sus vidas. La afiliación en la comunidad nacional, como escribió Marc Pachter, "exige sólo la decisión de convertirse en estadounidense".
La identidad colectiva del estadounidense tiene como rasgo un pluralismo que admite diferencias raciales, religiosas y étnicas. Asimismo, comprende el firme compromiso de cada ciudadano con la libertad individual, y con un gobierno representativo cuyas potestades se han definido y limitado para no violar esa libertad. ¿Crisol étnico o ensalada de razas? El concepto que el estadounidense tiene de sí mismo siempre se ha valido de una tensión fructífera entre pluralismo y asimilación. Por un lado, siempre se espera que los inmigrantes se integren al "crisol" americano, una metáfora popularizada por el dramaturgo Israel Zangwill en "El crisol", obra publicada en 1908, en la que uno de los personajes exclama: Estados Unidos es el crisol de Dios, la gran olla donde se funden y reforman todas las razas de Europa. ¡Me importa un comino sus feudos y sus venganzas! Alemanes y franceses, irlandeses e ingleses, judío y rusos, todos al crisol. Dios hace al estadounidense. No había novedad alguna en las expresiones de Zangwill, pues en fecha tan temprana como 1782, J. Hector St. John de Crèvecoeur, un inmigrante francés y perspicaz observador de la vida estadounidense, había descrito a sus nuevos compatriotas como: ... una mezcla de ingleses, escoceses, irlandeses, franceses, holandeses, alemanes y suecos ... . ¿Qué es, entonces, este nuevo hombre, el estadounidense? No es ni europeo, ni descendiente de un europeo, de ahí la extraña mezcla de sangre que no se encontrará en ningún otro país. Puedo mostrar a una familia cuyo abuelo es inglés, cuya esposa es holandesa, cuyo hijo es casado con una francesa y cuyos cuatro hijos han contraído ahora matrimonio con cuatro mujeres de diferentes naciones. Eso es un estadounidense... alguien que ha dejado atrás todos sus antiguos prejuicios y costumbres... Sin embargo, el crisol de razas ha coexistido y competido junto a otro modelo. Es el modelo de grupos sucesivos de inmigrantes que conservan parte de sus rasgos propios y enriquecen la totalidad estadounidense. En 1918, el escritor y pensador Randolph Bourne hizo un llamado para edificar una "América transnacional". Según Bourne, los colonos ingleses "no habían venido para ser asimilados en el crisol americano... Vinieron para ser libres para vivir como se les antojara... para hacer una fortuna en una tierra nueva". Los inmigrantes que llegaron más tarde, agrega el autor, no se sometieron a un tipo de americanización homogénea, de carácter "insípido e incoloro", sino que hicieron su contribución particular a un gran total. La balanza del crisol de razas y de los ideales transnacionales se inclina a favor de uno u otro según el momento y las circunstancias, pero ninguno de los dos modelos ha logrado la dominación total. Sin embargo, no cabe duda de que el estadounidense sí ha asimilado un concepto de sí mismo que da cabida a toda la gama de razas, credos y colores. Obsérvese, por ejemplo, a los soldados estadounidenses en las películas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial. Era un cliché de Hollywood presentar en cada pelotón a un granjero de Iowa, un judío de Brooklyn, un polaco de las fábricas de Chicago, un leñador de las Apalaches y otros diversos ejemplos del género masculino estadounidense de mediados de siglo XX. Al principio, los hombres se esfuerzan por zanjar sus diferencias, pero al final de la película todos se han integrado como estadounidenses. La vida real era más complicada, y no sólo por el hecho de que el soldado afrodescendiente cumpliera su servicio militar en una unidad segregada. Aun así, el cine presentaba una identidad estadounidense en la que creían o querían creer los ciudadanos estadounidenses. Individualismo y Tolerancia Si bien no hay duda de que la identidad estadounidense incluye todo tipo de personas, también es cierto que propicia una gran diversidad de oportunidades para inventarse o reinventarse. Los estadounidenses siempre han despreciado los intentos para sacar partido de la "cuna de nacimiento", como es la herencia de una gran fortuna o el legado de una posición social. El Artículo Primero de la Constitución de Estados Unidos prohíbe al gobierno conceder títulos de nobleza, y los que adoptan una actitud de superioridad frente a sus compatriotas suelen ser objeto de escarnio o peor por "darse aires de grandeza". Los estadounidenses respetan al hombre o a la mujer "que se ha hecho a sí mismo/a", especialmente si han superado grandes adversidades para alcanzar el éxito. A finales del siglo XIX, Horatio Alger, considerado por la Enciclopedia Británica como el escritor de probable mayor influencia en la sociedad de su generación, plasmó esta idea en muchas de sus novelas de transición de la pobreza a la riqueza, en la que niños limpiabotas u otros niños callejeros alcanzaban fama y riqueza a fuerza de ambición, talento y determinación. En Estados Unidos, cada persona elabora su propia definición del éxito. Para algunos puede ser la riqueza financiera, y son muchos los desertores de la universidad que desde el garaje de la casa de sus padres albergan la esperanza de fundar el próximo Google, Microsoft o Apple Computer. Otros valoran más las satisfacciones que obtienen en el terreno de los deportes, de la composición musical o de la creación artística, o de la educación de los hijos en el calor del hogar de una familia. Dado que los estadounidenses no aceptan limitaciones, su identidad nacional ni es, ni puede ser restringida por el color de la piel, por el linaje o por el lugar donde rinde culto.
Los estadounidenses son de diversas creencias políticas, llevan modos distintos de vida (a veces demasiado distintos) e insisten en disfrutar de amplias libertades individuales, pero con un sorprendente grado de tolerancia mutua. Una clave de ello es su forma representativa de gobierno: ningún ciudadano concuerda con cada decisión adoptada por el gobierno de Estados Unidos, pero todos saben que pueden dar marcha atrás a las políticas públicas si convencen a sus compatriotas de votar por un cambio en la siguiente elección. Otra clave de la tolerancia mutua son las poderosas garantías que protegen los derechos de todos los estadounidenses contra los abusos de poder del gobierno. No habían acabado de ratificar la Constitución de Estados Unidos, cuando ya los estadounidenses exigían y obtuvieron una Carta de Derechos: diez enmiendas constitucionales que garantizan sus derechos básicos. No existe una sola imagen de lo que significa un estadounidense "típico". Desde los padres fundadores que llevaban pelucas empolvadas hasta el campeón de golf Tiger Woods, de ascendencia multirracial, los estadounidenses comparten una identidad común basada en la libertad, pero siempre consecuente con el respeto de la libertad de los demás, de vivir tal como opten vivir. Los resultados pueden dejarnos perplejos, intrigados o hasta servirnos de inspiración. La estrella más famosa de la música hip-hop de Camboya vive en el sur de California (un jemer-estadounidense que utiliza el nombre "praCh"). A Walt Whitman, la figura más cercana a un poeta nacional de Estados Unidos, no le hubiese sorprendido ese detalle porque ya dijo, al escribir sobre su paIs: "soy inmenso, contengo multitudes".
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