Mis Estados Unidos: Relato de un aviadorKorey London
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Cuando estuve en la escuela primaria, recuerdo haber oído a mis maestros dar lecciones de historia acerca de personas, mayormente europeos, que deseaban venir a Estados Unidos para encontrar una vida mejor a principios del siglo XX. A aquellos que se podían comprar los pasajes y viajar a Estados Unidos se les llamaba inmigrantes. Se rumoreaba que Estados Unidos era el país de las oportunidades y que las calles estaban pavimentadas con oro. Jamás he visto una de esas calles, pero en este país ha habido siempre muchas oportunidades para quienes están dispuestos a aprovecharlas. Recuerdo también las lecciones de historia sobre la gente que fue capturada en la costa occidental de África y enviada a Estados Unidos, Sudamérica y las islas del Caribe en la trata de esclavos. Recuerdo los relatos de las terribles condiciones de vida que experimentaron los africanos durante la larga travesía hacia el Nuevo Mundo. Recuerdo también relatos sobre la crueldad que sufrieron estos africanos antes de que la institución de la esclavitud fuera abolida en Estados Unidos. Me preguntaba entonces cómo alguien podía sobrevivir esos tiempos difíciles. Pero los sobrevivieron. A veces, al observar mi propia piel negra, me pregunto si yo hubiera podido sobrevivir en esas condiciones. Luego doy gracias a Dios por no haber tenido que pasar por lo que pasaron mis antepasados. Cuando pienso en Estados Unidos, a menudo pienso en las anteriores generaciones que emigraron a este país en busca de oportunidades para mejorar sus vidas, y pienso también sobre aquellos que fueron traídos aquí como esclavos y aguantaron hasta que vinieron días mejores. Ambos grupos superaron privaciones y trabajaron para preparar a las generaciones siguientes para que aprovecharan las mejores oportunidades una vez que éstas se presentaran. Es difícil responder a la pregunta ¿qué es un estadounidense?, porque a excepción de los indígenas, todos tenemos orígenes en otros países o, al menos, nuestros antepasados. Mi familia es un buen ejemplo. Mis padres provienen de dos pequeñas islas de las Antillas, en el Caribe. Mi mamá es de Guadalupe y mi papá de San Martín. Los dos se conocieron por primera vez en San Martín, durante su adolescencia. Luego, emigraron a Estados Unidos en diferentes fechas, a finales de los años sesenta. Cuando mi madre llegó a Nueva York y se asentó allí, descubrió que mi padre ya se estaba aquí. De alguna manera, logró encontrarle y lo demás, como dicen, es historia. Mi padre se alistó en el Ejército de Estados Unidos, en el que sirvió durante veinte años. Su carrera militar permitió que nuestra familia tuviera una vida razonablemente confortable y nos permitió conocer lugares del mundo que, de lo contrario, seguramente no habríamos conocido. Mi hermano se alistó en la Fuerza Aérea cuando yo estaba aún en la secundaria y yo me alisté en la Fuerza Aérea después de mi primer año de universidad. Ahora he cumplido con mi obligación en las fuerzas armadas y estoy a punto de terminar mi carrera universitaria, que fue pagada por las fuerzas armadas. Además de la educación que estoy recibiendo, tengo varios recuerdos positivos de cuando serví a mi país en la Fuerza Aérea. He sido afortunado al haber tenido uno de los mejores cargos de la Fuerza Aérea. Mi actividad profesional en las oficinas de asuntos públicos consistía en editar los periódicos que se distribuyen en las bases militares. Mi trabajo me permitió conocer lo que hacían otros aviadores para proteger a Estados Unidos y para asegurar que habría ayuda para aquellos que la necesitaban. Una de mis experiencias más memorables fue cuando viajé a un pueblecito lejano del Círculo Ártico. Mi tarea era ayudar a un periódico de Anchorage (Alaska) con un artículo sobre el puente aéreo que iba a realizar una escuadrilla con la finalidad de hacer entrega de generadores eléctricos y otros abastecimientos a los indígenas de Alaska que vivían en la localidad. El abastecimiento era un acontecimiento anual que tenía lugar varias semanas antes de la Navidad. Lo mejor de todo fue ver lo agradecida que estaba la gente al recibir el equipo. Ayudar a ese pueblo indígena de Alaska era un día típico de trabajo para los aviadores que participaban en la actividad. Esos militares vivían los valores básicos de la Fuerza Aérea: la integridad primero, el servicio antes que uno mismo, y excelencia en todo lo que hacemos. Por ese motivo, me es difícil ver las noticias o leer los periódicos y enterarme de los soldados, marinos y aviadores estadounidenses que han perdido la vida en Iraq. Me considero un patriota estadounidense. Me alisté en las fuerzas militares para servir y proteger a mi país, y la principal razón no era para ir y matar a gente. Quise ganar dinero para mis estudios y capacitarme para una carrera profesional que no fuera militar. Ésa es la misma razón que citan muchos de mis compañeros aviadores que se alistaron en las fuerzas armadas. Cuando leo las noticias sobre los militares que han perdido sus vidas, sé que fácilmente podría haber sido yo el que regresaba en una de esas bolsas para cadáveres. Pero eso es parte del sacrificio que esta nueva generación de hombres y mujeres militares hace para que las generaciones futuras no tengan que sufrir otro desastre como el del 11 de septiembre. Ashley Moore >>>>
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos. |
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