Bienvenidos a Estados UnidosTimothy Corrigan
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Quizás la característica más interesante de la 79 edición de los Premios de la Academia, celebrada en febrero de 2007, haya sido las varias candidaturas de tres películas mexicanas: Babel, de Alejandro González Iñárritu, Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón, y El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro. El hecho de que solamente la última de estas tres películas fuera candidata en la categoría de mejor película extranjera y que varias otras películas extranjeras aparecieran en las categorías generales -como la candidatura de Helen Mirren a mejor actriz en la producción británica La reina, y Penélope Cruz en la película española Volver- indican un alcance decididamente mundial de lo que Hollywood ha decidido homenajear. Otro hecho que apunta a esta migración extranjera a la ceremonia de los Oscar de 2007 es que Cartas de Iwo Jima, del cineasta estadounidense Clint Eastwood, candidata a la mejor película y mejor director, es ante todo una película en idioma japonés. Desde luego el mundo moderno se ha vuelto más pequeño y familiar en muchos aspectos, y el atractivo de poblaciones y lugares exóticos, como por ejemplo el paisaje de Mongolia en La historia del camello que llora (2003), procura aún satisfacer la curiosidad tradicional del público acerca de otros lugares y gentes. Pero detrás del cine cada vez más extranjero que se ve en Estados Unidos se esconden otras fuerzas más concretas.
El origen de un mercado internacional Por más inconfundible y evidente que sea la variedad de películas extranjeras este año, la complicada relación que Estados Unidos tiene con otras culturas cinematográficas no es ninguna novedad. Desde las primeras proyecciones públicas de películas en 1895 en Francia, los enfrentamientos y negociaciones entre la cultura cinematográfica estadounidense y las empresas productoras y los mercados teatrales extranjeros han constituido una dinámica clave en la historia del cine. El establecimiento, en 1908, de la Compañía de Patentes Cinematográficas bajo la dirección de Thomas Edison (inventor estadounidense de la cámara) tenía como propósito explícito limitar la distribución de películas extranjeras en Estados Unidos. Más tarde, después de la Primera Guerra Mundial y con el creciente dominio mundial de la industria cinematográfica estadounidense, la globalización de Hollywood se extendería a una economía alemana en dificultades para crear el Acuerdo con la Parufamet de 1926. Los estudios cinematográficos estadounidenses Paramount y MGM y el estudio alemán UFA no sólo acordaron permitir el acceso de Hollywood a los mercados cinematográficos alemanas, sino que también abrieron la puerta para que talentos alemanes emigraran a Estados Unidos (entre estos el director de Casablanca Michael Curtiz y la estrella sueca Greta Garbo). Después de la Segunda Guerra Mundial, a medida que aumentó la expansión cultural de Estados Unidos, los decretos de Paramount de 1948 sentaron las bases que alterarían, de manera paulatina pero profunda, la dirección de la cultura cinematográfica estadounidense y que derivarían en el actual panorama cinematográfíco internacional.
Las tendencias de posguerra en lo que atañe a la expansión mundial del mercado de Hollywood y la ubicuidad y popularidad
El Festival de Cine de Venecia, el primer festival de cine y aún hoy el más influyente, se celebró en 1932. Hoy, festivales como el de Cannes, Berlín, Toronto y Telluride (Colorado), ofrecen entre 400 y 1000 eventos en ciudades de todo el mundo, donde películas como La vida es bella (1998) de Italia y Corre Lola corre (1998) de Alemania, son lanzadas a los mercados mundiales tras ganar premios en estos festivales. Así como el primer festival de Venecia procuró promover su propia cultura y otras culturas nacionales a través del cine, los festivales de hoy actúan con frecuencia como conductos que ofrecen una comprensión de otras culturas, además de la de los cines nacionales y de Hollywood, y que se convierten en barómetros de la atención de críticos de todo el mundo y, al mismo tiempo, muchas veces atraen la financiación y distribución de películas menores y más creativas. El cine contemporáneo iraní y coreano es un buen ejemplo. Con escaso apoyo y poca popularidad en su propio país, la película El sabor de la cereza, de Abbas Kiarostami, ganadora de la Palma de Oro de Cannes en 1997, produjo una avalancha de películas iraníes contemporáneas en Europa y Estados Unidos. Después de que Old Boy, del director Park Chan-wook (2003) -un ejemplo del enorme éxito del "cine asiático extremo"- ganara numerosos premios en los festivales de Hong Kong, Cannes y Estocolmo, la película no sólo fue distribuida en los cines de arte de Estados Unidos sino que hizo que Park apareciera en la revista del diario New York Times. Gracias al reconocimiento obtenido en los festivales, las películas de Hou Hsiao-hsien (El maestro de marionetas, de 1993, y Las flores de Shanghai, de 1998) encontraron apoyo financiero y, por tanto, visibilidad en Estados Unidos. Y cuando la película brasileña de Walter Salles, Estación central (1998), fue premiada en el Festival de Cine de Sundance, su futuro en Estados Unidos se volvió de repente más prometedor.
Cultivando al público En conjunción con estas nuevas fuentes de publicidad y promoción, existe un segundo factor importante en la migración contemporánea de películas extranjeras hacia Estados Unidos, a saber: la creciente popularidad y rentabilidad a partir de 1990 del llamado nuevo cine independiente, así como la habilidad de las películas extranjeras para lograr, en cierto sentido, el éxito al abrigo de este movimiento. Fomentadas por distribuidoras (y más tarde productoras) como Miramax, las películas de Quentin Tarantino y Jim Jarmusch ofrecieron al público historias y estilos diferentes a los de muchas de las viejas fórmulas de Hollywood, y a medida que crecía ese gusto por lo excéntrico, lo distinto y lo novedoso en los años noventa, estas empresas aprendieron a buscar (normalmente a través de los festivales), a importar y, algunas veces, a redistribuir películas extranjeras orientadas a públicos particulares. Películas como Juego de lágrimas (1992) y El cartero (1994) registraron nuevos récord de taquilla para películas extranjeras en el mercado estadounidense. Juego de lágrimas sirvió de modelo para una campaña de promoción que convirtió a una película británica de moderado éxito sobre un terrorista del Ejército Republicano Irlandés en un mini-exitazo de taquilla sobre sexo y secretos. Luego del éxito de empresas como Miramax, no es de extrañar que los principales estudios cinematográficos estadounidenses hayan creado (o vuelto a crear) sus propias "unidades de películas de especialidad", tanto para descubrir como distribuir películas independientes y extranjeras. A modo de ejemplo, una de estas unidades, la Sony Pictures Classics, distribuye actualmente la película sobre artes marciales de Zhang Yimou La casa de las dagas voladoras (2004), Volver (2006) la excéntrica película española de suspense de Pedro Almodóvar, y Caché (2005), una película franco-austriaco-alemana de suspense de Michael Haneke. Otra compañía, Fox Searchlight (subsidiaria de 20th Century Fox), ofrece películas británicas de gran éxito como Quiero ser como Beckham (2002) y Diario de un escándalo (2006). Ya sea como producto o creación de estas tendencias, las películas contemporáneas son cada vez más coproducciones de una variedad de compañías internacionales, en las que cada inversión promete potencialmente una distribución más amplia en Estados Unidos y el resto del mundo. La coproducción, que por cierto no es una práctica nueva, con frecuencia ofrece a las empresas estadounidenses la participación en las películas extranjeras desde su mero comienzo y muchas veces asegura su estreno en Estados Unidos en idioma inglés. Al igual que el Acuerdo con la Parufamet de 1926, las coproducciones y las financiaciones animan a que se comparta directores, productores, técnicos y estrellas como Roberto Begnini, Ang Lee, Guillermo del Toro, Rutger Hauer, Penélope Cruz y Michael Ballhaus. Y con semejante transfertilización del personal se produce una mezcla cada vez mayor de géneros y argumentos, fácilmente reconocidos, que quizás no son exclusivamente estadounidenses, pero por lo menos son "internacionales" en un sentido que satisface los gustos estadounidenses, como Nikita, dura de matar (1990), película policial de suspense de gran acción. Esto no significa, insisto, que las recientes películas extranjeras simplemente se hayan adaptado a los géneros estadounidenses. Al contrario, igual de importancia tiene el hecho de que otros cines nacionales han ofrecido al público estadounidense nuevas historias y personajes distintos a los de Hollywood. Es difícil imaginarse la película Crash (2005), premiada con un Oscar o la recepción que le fue dada por la crítica, sin el precedente mucho más audaz de la película Amores perros (2000) de Iñárritu.
Distribución digital Un último factor particularmente contemporáneo en la acentuación del cine estadounidense es la convergencia digital de la producción y distribución de las películas. Con la revolución digital de hoy y la que se avecina en el futuro, las libertades y oportunidades que antaño ofrecía la distribución de videos para ser vistos en casa en los años setenta y ochenta se convierten ahora en nuevas oportunidades de distribución contemporánea por DVD e Internet. Mientras que la venta de videos y DVD superó hace mucho la venta de entradas de cine,
El cine indio, las películas de Bollywood, son un ejemplo especialmente interesante. Bodas y prejuicios, una versión cinematográfica india de la novela Orgullo y prejuicio de Jane Austen fue proyectada en muchas salas de cine estadounidenses en 2004, y las últimas películas de la directora india Mira Nair, entre ellas La boda del monzón (2001), se han distinguido económicamente y en lo que respecta a la crítica durante los últimos quince años. Sin embargo, es el acceso más o menos abierto y constante a una variedad potencialmente ilimitada de películas indias y otras películas extranjeras, por medio del alquiler de videos en los vecindarios y en línea, lo que asegura que se hable en Estados Unidos sobre películas extranjeras. Con servicios de suscripción como Netflix, que ofrecen una selección de películas más accesible y global, cosa que la inevitable transmisión de películas por Internet facilitará en el futuro cercano, es difícil resistir hoy la tendencia romántica y utópica de volver a considerar que, al igual que en 1895, las películas son, si no el idioma universal esperanto, tal vez un diálogo multilingüe en nuestros hogares y comunidades.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista ni la política del gobierno de Estados Unidos. |
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