Justin Britt-Gibson
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Aterricé en Roma a mediados de enero de 2004. Era pleno invierno y una lluvia fría se extendía por las calles por lo que parecía una eternidad. Era la primera vez que estaba en el extranjero, y apenas sabía una palabra de italiano. Al entrar en la ciudad, una multitud de señales, carteles y banderas me indicó claramente que la barrera del idioma sería un obstáculo tremendo que superar. Recuerdo haberme extraviado el primer día y los días siguientes, haberles preguntado tontamente a los nativos, en inglés, por las direcciones de mis puntos de destino, u ordenar comida en el café local, destrozando el poco italiano que conocía. Y cómo podría olvidar la tasa de cambio – el todopoderoso euro, drenando sin misericordia mi tarjeta de débito gracias a su valor superior frente al dólar norteamericano. El asunto del café Para un norteamericano de pura sangre, adicto a las tazas tamaño gigante que sirven en los Starbucks, me llevó tiempo acostumbrarme al espresso. “¿Dónde está el resto?”, me preguntaba a menudo a mi mismo al mirar las tazas minúsculas que encerraban una pequeña inyección de cafeína. Finalmente, estaba el desayuno: croissants, panecillos dulces, rosquillas y una variedad de otras confecciones de pastelería. ¿Cómo iba a sobrevivir cuatro meses sin mis huevos, tortitas, tocino y tostadas? Comenzaba a creer que yo no estaba hecho para la vida en el extranjero, y estaría mejor pasando mi último semestre de colegio universitario en un ambiente más familiar. Sin embargo, ese mismo día, ocurrió algo milagroso… un evento que mitigaría de modo singular mi temor a la alienación y mi nostalgia del hogar. Hice amigos Desafiando, con algunos compañeros estudiantes, el tráfico humano que inundaba la Piazza del Popolo (Plaza del Pueblo), llegamos a una pequeña taberna instalada en un sótano. Un pequeño cartel escrito con tiza que flanqueaba la taberna anunciaba bebidas baratas, de modo que la opción estaba clara. Fue allí donde encontramos a los que pronto serían nuestros mejores amigos: Fabrizio, Federico, Antonello y Flavia, sentados frente a nuestra mesa, ansiosos de hacer contacto. Fabrizio, intrépidamente, arrastró su silla hasta nuestra mesa, se presentó a sí mismo y nos preguntó de dónde éramos. En cuestión de minutos, el resto del grupo de Fabrizio se le había unido. Hablamos hasta la hora de cerrar, comparando nuestras respectivas culturas, aprendiendo las diferencias al igual que las amplias similitudes. Cuando los encargados del local nos echaron, nos fuimos a la calle.
Una caminata de última hora se convirtió en una gira nocturna por Roma. Visitamos la Fontana de Trevi, una aplaudida estructura que aparece en una de mis películas favoritas, La Dolce Vita. Sentí asombro al pasear por la Plaza Navona y encontrar el bullicio nocturno de los artistas y mercaderes callejeros. Caminamos a lo largo de los muros de la Ciudad del Vaticano y nos burlamos de los guardias de seguridad que dormían cómodamente en sus vehículos durante su turno de madrugada. Finalmente, subimos por la escalinata de la Plaza de España y recibimos el regalo de una magnífica vista de toda la ciudad. Mientras contemplábamos el amanecer en lo alto de los majestuosos escalones, cualquier duda, temor o frustración que hubiera sentido ante esta nueva experiencia se disipaba. De repente, me sentí en casa en mi nuevo entorno y esperé con ansia la compañía de más noctámbulos junto a mis nuevos “hermanos” romanos. A lo largo del semestre Fabrizio y otros del grupo nos revelaron el lado real de Roma. Ningún mapa o libro de viaje podría compararse con nuestros navegantes nativos, que nos mostraban los menos conocidos lugares nocturnos de toda la ciudad. Bares hookah, discos, tabernas, cafés, los frecuentamos todos. Cuanto más explorábamos, más amigos hacía a lo largo del camino. De hecho, mis noches fuera de casa se volvieron tan comunes que mis estudios recibieron menos atención de mi parte. Pero ¿cómo se suponía que abriera los libros cuando la Italia real me llamaba desde el otro lado de las puertas de la universidad? Muy pronto me acostumbré a vivir en la Ciudad eterna. Sentí que había encontrado un nuevo hogar. Imaginen llegar a comprender que uno disfruta de los mejores días de su vida. Mi experiencia en Roma fue, y sigue siendo, difícil de superar. Me convertí en un vecino, que les indicaba direcciones a los turistas huérfanos de indicios y sostenía conversaciones en italiano. Gracias a mi actuación recíproca con mis camaradas nativos, hablaba italiano con más fluidez y frecuencia. Mis relaciones eran mis maestros informales de lengua italiana. Las noches que eran vísperas de los exámenes importantes por lo común las pasaba también con Fabrizio y Federico, que me interrogaban sobre los elementos básicos del idioma y me ofrecían atajos para llegar a una mejor comprensión de su lengua. Y entonces llegó la última semana. Con mis exámenes finales ya completados y entregados los trabajos exigidos en el semestre, pasé cinco melancólicos días diciéndole adiós a Roma y a los amigos que había hecho a lo largo del semestre. Sin su camaradería, mi vida en el extranjero no habría sido la experiencia culturalmente rica y gratificante que resultó ser. Sentí que mi experiencia en Roma, con su ritmo de vida confortable y plácido, me había conquistado. Los italianos dan prioridad a la familia y los amigos, pero mantienen un compromiso, aunque sumamente manejable, con el trabajo. Desde luego que mis amigos italianos tienen empleos, pero no parecen agotarse en el proceso como hace a menudo la gente en Estados Unidos. Tres años después, es esta dicotomía entre dos culturas en lo que continuamente lucho por equilibrar aquí en Estados Unidos – la jornada de trabajo y las obsesiones de la carrera en mi propio país y el ritmo más pausado de Roma. Tres años después del semestre que pasé en el extranjero, Roma sigue incrustada en mis pensamientos. No pasa un día sin sentirme abrumado por la tentación de abandonarlo todo y volar hasta la capital de Italia y retomar el camino allí donde lo dejé en el año 2004. Gracias a las valiosas amistades que conservo hasta hoy, si alguna vez vuelvo siempre encontraré un par de sofás. Sólo espero ofrecerles a mis amigos romanos el mismo favor cuando ellos puedan visitarme en Estados Unidos.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o políticas del gobierno de Estados Unidos. |
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