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Es un mundo digital, excepto donde no lo es ... en los países subdesarrollados que no han llegado a conocer el programa de tecnología informática (TI). El Centro para la superación de la brecha digital (Center to Bridge de Digital Divide – CBDD), de la Universidad del Estado de Washington se dedica a ayudar a países a que suban al tren expreso de la TI y emprendan el viaje hacia el futuro. El centro ayuda a gente común en todas partes del mundo a aumentar su acceso y utilización de las tecnologías informáticas contemporáneas. ¿Quiénes mejor para contribuir a este esfuerzo que jóvenes que crecen en la era de la TI? A partir de 2005, el CBDD ha enviado a Ruanda grupos de jóvenes para ayudar a otros jóvenes como ellos a ganar experiencia en tecnología informática. El centro ayuda a Ruanda por medio de este programa a completar el plan Visión 2020, una política a nivel nacional que espera crear una fuerza laboral con destrezas en TI para transformar Ruanda en el centro informático de África. La iniciativa Youth 4 BIT (juventud por la tecnología informática empresarial) del CBDD ayuda a estudiantes de escuelas secundarias en África y en Estados Unidos a desarrollar destrezas para el mundo real. El programa de estudios va mucho más allá de juegos de computadora. Incluye actualización y construcción de computadoras, mantenimiento de discos duros y localización y solución de fallos. Los estudiantes ruandeses que participan en el programa aprenden también acerca de programas de diagnóstico y sistemas operativos de computadoras. Egresan de este programa con destrezas altamente demandadas para ingresar en la fuerza de trabajo de la tecnología informática en el momento mismo en que ésta comienza a expandirse en África. Los egresados transmiten también sus conocimientos de TI a otros jóvenes, trabajando en otras escuelas e instituciones juveniles en Ruanda. Estas aspiraciones e inversiones para el futuro se hacen en un país que todavía se recupera de las sangrientas heridas sufridas en el genocidio tribal de 1994 entre los tutsis y los hutus. Aquella sanguinaria lucha por el poder resultó en 800.000 muertos e hizo que dos millones de personas huyeran cruzando las fronteras. La nación se esfuerza por la reconciliación y persigue uno de los programas más ambiciosos en el continente para aumentar su capacidad en tecnología informática. Los jóvenes estadounidenses que fueron a Ruanda en calidad de instructores de la iniciativa Youth 4 BIT continuaron oyendo los ecos del trágico pasado, tal como lo ilustran los siguientes relatos. Primero habló Brian Newman, de 22 años de edad, procedente de Renton, Washington, que estudia sistemas de informática como concentración en la Universidad del Estado de Washington, relata como las conversaciones informales durante las horas del almuerzo le llevaron a comprender mejor a los demás. Luego, Leah Rommereim, de 21 años, procedente de Pasco, Washington, graduada recientemente de la Universidad de Puget Sound, relata cómo una marcha conmemorativa le enseñó lo que es el valor.
Brian: Almuerzos en Ruanda Cuando pienso en mi viaje a Ruanda, frecuentemente recuerdo los almuerzos en compañía de los estudiantes a quienes enseñaba computación. Era durante el almuerzo que teníamos tiempo para conversar e intercambiar relatos sobre nuestras familias, nuestros países y nuestras culturas. Al recordar esas conversaciones durante los almuerzos me siento abrumado pensando en cuan alegre y amistosa era esa gente en un país que ha visto tanto dolor. Me asombró que a pesar de que muchos estudiantes desean estudiar en Estados Unidos o Europa, la mayoría quisiera regresar a Ruanda después de graduarse para ayudar a reconstruir su país. Muchos de los estudiantes con quienes hemos trabajado en Ruanda se preguntaban si estaban escogiendo las materias correctas para sus estudios universitarios. Eran los mismos pensamientos que yo tenía antes de ingresar en la universidad. Oír acerca de sus familias me sonaba igual al modo en que yo hablo acerca de mi propia familia. Algunas veces, sin embargo, la conversación podía tomar un rumbo inesperado. Un día, al hablar en FAWE* (Foro de Mujeres Educadoras Africanas) con una estudiante acerca de los diferentes idiomas, le pregunté qué idioma hablaban sus padres. Me dijo entonces que sus padres murieron durante el genocidio. Al hablarme acerca de sus padres, lo hizo como si no le pareciera nada extraño que sus padres hubieran sido asesinados y que ella viviera ahora con otros miembros de su familia. Para mí no sólo fue horrendo que sus padres fueran asesinados, sino que tal cosa fuera tratada como algo común en Ruanda. El oír esos relatos acerca del genocidio nunca dejó de desconcertarme. He visitado su país, he conversado y me he reído con personas jóvenes que no parecen muy distintas a mí. Pero incluso hoy día, no puedo llegar a imaginarme lo que ellos vivieron. Antes de ir a Ruanda, creí que sería difícil conectar con los estudiantes dado que su cultura era muy diferente a la mía. Ellos experimentaron en su vida cosas que yo no podía imaginarme. Al final aprendí que en realidad no son tan diferentes a mí. Hacia finales de mi estancia allí, me di cuenta que tenía ahora un grupo de amistades nuevas en el otro lado del mundo que eran muy similares a mí. *FAWE es una de las cuatro escuelas ruandesas que participan en el programa Youth 4 BIT. Las otras son Apred Ndera, Kagarama y Lycée du Kigali.
Leah: La marcha conmemorativa En la temporada de lluvias muchos caminos en Ruanda se inundan. Se cubren de lodo, y el lodo se seca y los caminos se llenan de baches. Un sábado por la mañana viajábamos a los saltos en uno de esos caminos rumbo a una pequeña iglesia para participar con estudiantes de Kigali en una marcha conmemorativa del genocidio. Mis amistades ruandesas me contaron que esa iglesia había sido uno de los lugares donde se les ofrecía protección a los refugiados, y luego en cambio se les asesinaba. El lugar está impregnado del recuerdo de la muerte, pero así mismo florece en él la vida. Una vez llegados todos los estudiantes, fue impresionante. Algunos vestían uniformes escolares, otros llevaban camisas con los nombres de sus héroes: Mahatma Ghandi, Nelson Mandela y Martin Luther King. Algunos vestían ropas de calle regulares y se parecían a los estudiantes que uno ve en cualquier parte. Mi blancura despertaba un interés constante por parte de los otros estudiantes. Yo me destacaba como algo insólito. Esto me hacía sentir como una intrusa, pero una vez que una de mis amistades ruandesas me presentaba a otros, ese sentimiento desaparecía. Yo ya no era alguien que se encontraba allí para observar solamente, sino que estaba allí para participar. Ello cambió la forma en que los demás se dirigían a mí: no como alguien a quien mirar, sino alguien con quien relacionarse. La marcha comenzó con una fanfarria tocada por la banda nacional, y marchamos por las calles de Kigali en lo que fue todo un espectáculo ese sábado por la mañana. Marchamos rumbo al Museo Conmemorativo del Genocidio. En la ruta conocí a muchos estudiantes de diferentes antecedentes, rostros y sonrisas. Hablamos acerca de películas, música, el sistema educativo en Ruanda, y lo que deseábamos hacer de nuestras vidas. Fue muy similar a las conversaciones que he tenido con mis amigos en el estado de Washington en Estados Unidos. Al llegar al monumento conmemorativo, el ánimo se tornó sombrío. Nos reunimos alrededor de las sepulturas de nuevos muertos hallados. Las obras de reconstrucción que se realizan en la ciudad exponen cada vez más cadáveres de víctimas del genocidio, y enterrarlas de modo apropiado se ha convertido en una parte del proceso de la reconstrucción. Mirando por encima de las tumbas y viendo a mis nuevas amistades, traté de imaginarme cómo hubiera sido criarme en una sociedad en la que casi la mitad de la población fue asesinada. Muchos de los estudiantes se mudaron con sus padres a otros países durante el genocidio. Otros se quedaron, y perdieron uno, o ambos padres, así como numerosos familiares y amistades. Esta gente inteligente, talentosa y extraordinaria ha sufrido muchísimo, y ese sábado por la mañana, mantenían su dignidad. Fue un honor para mí ser aceptada en su comunidad y considerada una amiga.
Las opiniones expresadas por Brian Newman y Leah Rommereim no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos. Nota del editor: el CBDD auspició un diálogo electrónico acerca del viaje de Brian y Leah a Ruanda en 2006. Se puede leer, en inglés, en http://cbdd.typepad.com/bit/. Brian publicó un relato fotográfico electrónico del viaje, que puede verse en http://picasaweb.google.com/achievingslacker/Rwanda. |
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