El cambiar hace bienIlan Stavans
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¿Cuántas palabras tiene el idioma inglés? Según el Oxford English Dictionary (OED) la cifra asciende a más de 600.000. Claro está que de esta cantidad sólo somos capaces de retener una fracción. ¿Cuántas palabras recordamos exactamente? Depende de a quién le hagamos la pregunta porque, a lo largo de su vida, el vocabulario de una persona registra notables transformaciones: desde los primeros balbuceos de niño, siguiendo por el repertorio de la jerga adolescente hasta las expresiones del adulto adecuadas a los diferentes contextos (casa, oficina, entre amigos, etc.) En realidad, el conjunto de palabras nunca se mantiene fijo. No es sólo que nuestro desarrollo como persona está en constante evolución, sino que el lenguaje tampoco es estático. El OED, como inventario histórico de palabras, sigue aumentando y, hoy contiene más vocablos que nunca antes. Sin embargo, una elevada cantidad de palabras llamadas “voces” son arcaicas y en creciente desuso. Todo ello indica que, el carácter duradero del lenguaje se debate en constante pugna con la cualidad efímera del mismo. Las lenguas muertas son las únicas estáticas. Tómese como ejemplo el arameo. En la actualidad su uso se limita a estudiosos de la historia o la religión. Por consiguiente, no es necesario crear equivalentes en ese idioma de términos como “fax,” “moneda débil” y “esteroides.” Su léxico es estable. No es este el caso de muchas lenguas modernas (como el chino mandarín, inglés, español, francés, ruso y árabe) que se encuentran en estado variable. Para poder sobrevivir, estos idiomas se mantienen en perpetuo contacto con otras importando extranjerismos y, a la misma vez, exportando su base de datos. Las grandes oleadas de migración en el mundo moderno, sumadas a la tecnología instantánea que hemos creado (televisión, radio, cine e Internet), fomentan la fertilización cruzada de la comunicación verbal. ¿Cuántos vocablos alemanes hay en el idioma inglés? ¿Cuántos anglicismos son de uso aceptado en el español? La respuesta es: muchísimos. La tensión entre lo efímero y lo duradero es la clave de la vida: no se puede alterar un idioma a tal punto que desaparezca su base, pero la base no es por sí sola lo que le imparte vitalidad a un idioma.
También es cierto que hay algunos idiomas que son más versátiles que otros. Yo nací en México y algo que me impresionó, a poco de emigrar a Estados Unidos en 1985 (a la ciudad de Nueva York para ser más exacto), fue el ingenio del idioma inglés estadounidense. Un simple recorrido en el tren subterráneo me ponía en contacto con decenas de lenguas diferentes. El denominador común era el deseo de todos de dominar el idioma inglés. Sin embargo, esa aspiración chocaba con la ubicuidad de las lenguas que la gente traía de su lugar de origen. El resultado era una mezcolanza, una mezcla a lo Babel. En otras palabras, no importaba a donde fuera, el inglés que escuchaba era impuro, contaminado y siempre en interacción con otros códigos de comunicación. Al igual que yo, millones de inmigrantes aprenden el inglés en la calle. Es posible que algunos accedan a la escolarización formal, pero aun ellos no están inmunes al efecto penetrante de la cultura popular. Y la cultura popular no obedece cánones estrictos. Le complace su carácter discordante, impredecible y caótico. Por consiguiente, entender cómo funciona un idioma en ese medio equivale apreciar su comportamiento libre. En mi biblioteca privada guardo una colección de diccionarios. La mayoría de ellos son monolíngües. Varios son históricos. Algunos los he clasificado por sus coordenadas nacionales o geográficas: léxico de español en Argentina, inglés del suroeste de Estados Unidos y francés de Québec. Otros los he organizado en torno a una disciplina: medicina, deportes y publicidad. Además, tengo diccionarios bilingües y plurilíngües, como son mis dos tomos de hebreo-griego-latín. Tenerlos cerca me sirve de inspiración porque contienen los elementos básicos de toda la poesía escrita desde la Biblia, Homero, Dante y Shakespeare, hasta Emily Dickinson, Allen Ginsberg y Derek Walcott – aunque estén todos dispersos, naturalmente. Para mí son los poetas los “descubridores” del lenguaje, de un nuevo orden que es muy diferente a lo que les ha precedido. Los diccionarios son una herramienta esencial que ayuda a la cohesión de un idioma. Son manuales de uso y fuentes de saber. Son también una reserva de memoria sobre el uso de las palabras por los hablantes que nos precedieron. Son también instrumentos de coerción. En tiempos de represión política, los regímenes tiranos los utilizan para demostrar su uso indebido por los rebeldes; es decir, su apropiación indebida de la herencia colectiva. Lo que me parece más atractivo en los diccionarios, y a la vez frustrante, es su ineficacia. Por su propia naturaleza, sus aspiraciones nunca son cumplidas. En el momento en que sale a luz pública una nueva edición encuadernada del OED, su contenido ya es anticuado. Quedan fuera los miles de términos acuñados por la gente a partir del envío del manuscrito a la imprenta. Es por ello que, como el mito de Sísifo, sus creadores tienen que dedicarse inmediata, incesante e interminablemente a la misma tarea. Sin embargo, su éxito nunca será total porque intentan lo imposible: delimitar el lenguaje, hacerlo manejable. Y, por su naturaleza, una lengua viva es bulliciosa e inagotable su energía.
En un párrafo anterior mencioné la inmigración. En el caso del inglés de Estados Unidos como entendía perfectamente el periodista estadounidense H.L. Mencken su ingeniosidad obedece a la presencia vigorizante de inmigrantes oriundos de todos los rincones del mundo. Si el país cumple sus funciones como debe, los inmigrantes no tardarán en adquirir las suficientes destrezas lingüísticas que harán posible su integración al mosaico social. Sin embargo, su asimilación nunca funciona como vía de un solo sentido. Según los inmigrantes se hacen ciudadanos estadounidenses, así también su presencia transforma el país. Este intercambio se puede reconocer, sobre todo, en el idioma. De la misma manera que los irlandeses, escandinavos y judíos aprendieron a hablar el inglés con fluidez, así también el idioma del país adoptó las voces, las expresiones, las normas sintácticas y otras destrezas verbales que los recién llegados trajeron consigo. Y el resto de la población dio su acogida a estos nuevos elementos. Luego, no me sorprende descubrir, como he comprobado a menudo, que una considerable cantidad de lexicógrafos proviene de familias inmigrantes. Sus padres fueron los primeros aprendices del inglés. Por consiguiente, en el contexto nacional era frecuente el debate sobre las palabras. Esta palabra, ¿por qué se deletrea así? ¿Cómo se la pronuncia? ¿Cuáles son sus raíces etimológicas? La experiencia me ha enseñado que los inmigrantes son conversos. Dado que han llegado del extranjero para aprender el idioma inglés, lo asumen con mucha determinación y estudian sus normas con un empeño que no es igualado por los angloparlantes. De modo que, a la pregunta de que cuántas palabras hay en el idioma inglés, la respuesta que recomiendo es: nunca las suficientes.
Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista o políticas del gobierno de Estados Unidos. |
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