REFLEXIONES — UNAS CUANTAS PALABRAS DE CONSUELO PARA LOS PERDEDORESPor Joseph Epstein
El autor, basándose en algunas de sus propias experiencias de su niñez, reflexiona sobre el significado que el deporte tiene en la vida de una persona y concluye que, en lo que se refiere a lecciones aprendidas, la "agonía de la derrota" supera a la "emoción de la victoria". Cuando alguien interpelaba a Don Ohlmeyer, el reconocido director del programa de televisión norteamericano Wide World of Sports, para decirle que deseaba hacerle una pregunta, Ohlmeyer lo interrumpía y le decía, "Si la pregunta se refiere a los deportes, la respuesta es dinero". Y parece que los deportes, no solamente en Norteamérica sino en todo el mundo, en las últimas décadas no tenían que ver con otra cosa que no fuera salarios asombrosos, endosos inmensamente lucrativos, contratos de televisión con cifras que uno está más acostumbrado a ver en temas de astronomía. Sin embargo, siempre creí que el deporte, en realidad, con lo que tenía que ver era con el fracaso. El deporte, el atletismo en general, es una actividad en la que hasta los grandes ganadores, los atletas legendarios, pierden finalmente, puesto que por último sus capacidades físicas los abandonan hasta el punto en que ya no pueden hacer lo que una vez hacían en una forma tan magnífica que los diferenciaba de otros mortales. El jugador de baloncesto Michael Jordan, que tal vez ha conocido mayores glorias atléticas que ningún otro deportista de su tiempo, presenta una imagen triste, para no decir trágica. En los deportes hasta los ganadores usualmente pierden, puesto que, en ellos, igual que en la vida misma, no existen demasiadas salidas fáciles.
Pero para el joven norteamericano medio, por más que el atletismo desarrolla los músculos, crea disciplina y, con alguna suerte, fortalece el carácter, al final se produce también un "après combat triste" por haber participado en los deportes. Considerado en términos estadísticos, la mayoría de los deportes parecen incorporar un factor de fracaso. A un jugador profesional de baloncesto que sólo erra una mitad de sus tiros al canasto se lo considera magnífico. Un jugador de hockey que de cada treinta y cinco tiros logra que dos de ellos lleguen a la meta, ha tenido una noche brillante. Ningún jugador profesional de béisbol ha logrado batear con éxito más de un cuarenta por ciento de las veces en más de cincuenta años. Tengo sobre mi escritorio las fotos de algunos de los miembros del equipo de fútbol norteamericano de 1955 de la escuela secundaria de Kingstree, en Carolina del Sur, que un amigo que había jugado en ese equipo me envió recientemente. Los jugadores posan en las fotografías, sus nombres, como decimos, valen casi tanto como el precio de la entrada: aquí en sus uniformes que parecen ser ligeramente anticuados están los muchachos McKenzie, Bull y Red, Roland Burgess, Needham Williamson, Jimmy Ward y (mi nombre favorito) Buddy Gamble. Mi amigo me cuenta que uno de los más heroicos de ellos terminó trabajando como cocinero de comidas rápidas, otro se dio al alcoholismo y otro tuvo un hijo que le dio muchísimos problemas. Más tarde, siendo adultos, cuando trataban de conciliar el sueño, ¿volvieron a jugar en sus mentes aquellos partidos de fútbol norteamericano de la escuela, a revivir aquellos días de gloria, luego de los cuales a muchos de ellos la vida les había ido cuesta abajo? Por cierto que muchos han llegado a vivir bien luego de carreras deportivas exitosas. Un ejemplo destacado es Bill Bradley, quien fue un gran astro del baloncesto en la Universidad de Princeton y luego con el equipo profesional de los Knickerbockers, de Nueva York, y más tarde fue senador y candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Otros han transformado su habilidad atlética en carreras profesionales discretamente impresionantes en la abogacía, la medicina y los negocios, habiendo el deporte contribuido, indudablemente, a la confianza relacionada a su ya demostrada capacidad de actuar calmosamente frente a las presiones. Yo no me crié en Kingstree, Carolina del Sur, sino en el norte de Chicago, Illinois, en una época en que si no se era un atleta respetablemente bueno, más valía que se fuera ingenioso o capaz de parecer simpático o útil. Nuestras vidas estaban organizadas alrededor de los deportes, y para nosotros las estaciones no se llamaban primavera, verano, otoño e invierno, sino béisbol, fútbol norteamericano, baloncesto y (para algunos) tenis o atletismo. Cuando éramos muchachos jóvenes, vivíamos en el patio de recreo de la escuela, o nos juntábamos bajo canastos colgados de las puertas de los garajes en los callejones cercanos. En casa, tan pronto como llegaba el periódico, leíamos primero las páginas de los deportes, estudiábamos los promedios de bateo del béisbol y las estadísticas de los equipos en los diferentes deportes. Los televisores empezaban a ser parte del moblaje de los hogares norteamericanos, y se veían tantos partidos y eventos deportivos como lo permitían el tiempo libre y los padres. Desde el principio, el atletismo fue excluyente y nos enseñó la lección de las limitaciones humanas. Algunos muchachos por naturaleza eran mejores que otros; siempre existió la situación triste de los muchachos que eran elegidos últimos para los juegos en el patio de recreo, a quienes se solía exiliar a la Siberia del jardín derecho en el béisbol, o a quienes se asignaba a trabajar en las minas de carbón de la línea interior del fútbol norteamericano. Los deportes le daban también a un muchacho su primera lección de que el mundo es un lugar injusto, en el que se reparten los talentos en forma desigual: que algunos muchachos pueden correr más rápidamente, lanzar la pelota con más fuerza y más lejos, saltar más alto que otros y se acabó. Una práctica inteligente muchas veces puede hacer que uno mejore en estos juegos, pero solamente hasta cierto punto. Los muchachos con dones innatos y en cada patio de recreo parecía haber uno de estos sólo raramente podían ser superados por los que adquirían sus destrezas por medio del trabajo arduo. Obviamente, no había justicia en el mundo.
Gracias a mi buena coordinación, rapidez y un fuerte sentido mímico que me permitió aprender rápidamente los movimientos de los atletas de más edad, los días de mi temprana juventud dedicados al deporte fueron los mejores. Pero mi suerte se acabó cuando llegué a mi escuela secundaria en Chicago, donde había 4.000 alumnos, y donde me di cuenta rápidamente de que no era lo suficientemente grande para competir en el fútbol norteamericano, ni lo suficientemente bueno para jugar béisbol. Jugué algo al baloncesto y en el tenis, junto con un muchacho llamado Bob Swenson, llegué a ganar el torneo de dobles de la Liga Pública de Chicago, donde la competencia era menos que feroz (los mejores jugadores, entrenados por profesionales de clubes campestres, iban a escuelas suburbanas). Durante mi adolescencia aprendí dos lecciones duras acerca de mis limitaciones atléticas. La primera fue que físicamente nunca sería del tamaño apropiado para el atletismo, sino que seguiría siendo, como hasta ahora, más bien pequeño y delgado. La segunda fue que carecía del empuje y la temeridad física que son naturales en los atletas realmente buenos. Como atleta, me sentía como un piloto kamikaze sin suficientes deseos de morir. Nunca fui cobarde, nunca "me achiqué" o "me atraganté" como decían los muchachos en ese entonces, pero si podía evitar dolores en la cancha de juego no me importaba hacerlo. Por lo tanto, lo único que me quedó como atleta fue estilo. Aprendí tiros elegantes en el tenis, un salto suave para los tiros en el baloncesto; en ambos deportes, tenía todos los movimientos apropiados. Pero el estilo puede también limitar a un atleta. Los atletas de primera categoría tienen generalmente un gran estilo pero saben abandonarlo cuando la victoria lo exige. Lo pueden hacer porque son absolutamente competitivos; desean ganar. Aquellos de nosotros atrapados por el estilo, al fin y al cabo, sólo deseamos lucir bien. Por lo tanto, mi ignominiosa carrera atlética terminó prácticamente cuando tenía dieciocho años. Por un tiempo seguí jugando al tenis, si bien cada vez con menor pasión y placer. Cuando vivía en el Sur, en Arkansas, jugué durante un par de años en la liga de baloncesto de la Asociación Cristiana de Jóvenes. En los cuarenta empecé a jugar a la pelota vasca, pero una lesión en la cadera me obligó a abandonarla. De manera que ya hace mucho que me retiré a un cómodo sillón verde, desde el cual veo más eventos deportivos que lo que es sensato para alguien que se considera un hombre culto. Como espectador de los deportes vacilo en usar la palabra aficionado he notado que no sólo simpatizo con los perdedores, sino que tiendo también a identificarme casi enteramente con ellos. En los deportes, la derrota me pareció ser más importante, tener más significado, que la victoria. Se habla comúnmente de la emoción de la victoria, la agonía de la derrota, pero pienso que para aquellos que han experimentado ambas, el recuerdo de la derrota en los deportes se mantiene más fuerte y claro. Pienso en el lanzador cuyos dedos preparan una curva, pero que dispara un globito que el bateador envía por encima de la cerca; de un joven de 19 años, que en un momento crucial de un partido de baloncesto colegial televisado en todo el país, erra dos tiros libres que resultaron en que su equipo fuera eliminado de un torneo importante; de una gimnasta de catorce años que resbala y cae de las barras fijas en los juegos olímpicos; de un jugador de tenis cuya concentración y luego su confianza en sí mismo lo abandonan frente a un adversario más débil; de un corredor, a punto de batir el récord mundial, que queda cojo apenas antes de alcanzar la meta; de un golfista que le pega a la pelota con demasiada suavidad y le erra a un hoyo que le hubiera ganado un premio de medio millón de dólares.... Uno podría aumentar esta lista casi ilimitadamente; pero, naturalmente, el caso es que en los deportes, algo pequeño, frecuentemente inesperado, puede cambiar un partido, una temporada, una profesión, una vida. A los técnicos deportivos y los que pronuncian discursos inspiradores les gusta usar el deporte como una metáfora de la vida. Se dice que en el deporte, así como en la vida, la dedicación incansable produce resultados positivos, los obstáculos están para ser superados, el deseo puede ser algunas veces más importante que el talento. De allí, sólo hace falta un pasito para llegar a la conclusión de que el deporte forma el carácter, y que el carácter es lo que siempre gana en la vida. Lo mejor que puede decirse en respuesta a esto es que sería lindo pensar así. Pero uno se pregunta si, a fin de cuentas, el fracaso en el deporte no se parece más a la vida que la victoria. Sin querer ser indebidamente lúgubre acerca de esto, hay algunos a los que por un tiempo les va mejor en la vida que a otros, pero al final todos somos perdedores: lo inesperado nos hace dar traspiés, sufrimos reveses, a pocos se nos permite cruzar o hasta llegar intactos a la meta final; el índice de mortalidad - mirabile dictu - sigue siendo un ciento por ciento y, al cabo del partido, tal como les gusta decir a los jugadores norteamericanos de fútbol estadounidense y béisbol luego de ganar un campeonato, lo más probable es que ninguno de nosotros vaya a Disney World. Por lo tanto, tres hurras por los ganadores, pero reserve un par para todos nosotros los que no ganamos, y que necesitamos aún más el aplauso.
Joseph Epstein, reconocido ensayista y autor de numerosas obras de literatura de ficción y realista, recibió recientemente del presidente George W. Bush, en una ceremonia en la Casa Blanca, una Medalla Nacional de Humanidades por sus esfuerzos en ampliar la percepción pública de las humanidades. Epstein enseña inglés y redacción en la Northwestern University de Evanston, Illinois.
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