Juegos para todo
el mundo

Por David Goldiner

Thin green line

El béisbol y el baloncesto, y en menor medida el fútbol norteamericano, han capturado la imaginación de los atletas y aficionados de los deportes en todo el mundo. En las ligas profesionales y universitarias de Estados Unidos, los jugadores nacidos en el extranjero se distinguen cada vez más en estos y otros deportes como hockey sobre hielo y soccer.

South African Girls

Niñas congoleñas practican tiros al canasto en un campamento de refugiados en Zambia.
(Getty Images)

El pasado septiembre, y sobre una polvorienta cancha a las afueras de Johannesburgo, en Sudáfrica, un joven angoleño de 17 años llamado Michel Los Santos practicaba un tiro de campo tras otro. El corpulento pívot nigeriano, Kenechukwu Obi, de 15 años de edad, entre jadeos y resoplidos admitía después de recoger un rebote que sólo hacía tres meses que había tocado por vez primera un balón de baloncesto. El delgadísimo Cheikh Ahmadou Bemba Fall dijo que la mayoría de sus amigos en la ciudad portuaria senegalesa de Saint Louis juegan al baloncesto descalzos.

Estos tres jugadores formaron parte de un grupo de 100 jóvenes prometedores reunidos en el primer campamento de entrenamiento celebrado por la Asociación Nacional de Baloncesto (NBA) de Estados Unidos en el continente africano.

El jugador del equipo estelar y pívot Dikembe Mutombo, salido de la nada hace quince años en Zaire, enseñó algunos movimientos básicos a los jóvenes y les infundió ánimo con sus valiosos consejos. "Quiero que sepan que pueden llegar a otro nivel si ponen su empeño en superarse", dijo Mutombo, frecuente visitante de su país natal, ahora llamado República Democrática del Congo.

"Los partidos de la NBA son juegos de nivel mundial", dijo Mutombo, jugador de la NBA en el equipo de los Knicks de Nueva York. "Anteriormente el soccer era el más popular, pero hoy los jóvenes de cualquier país pueden reconocer, en cuestión de dos segundos, a diez jugadores de la NBA. La liga debe sentirse orgullosa de ese logro".

Alentados por sueños de fama y contratos de millones de dólares para jugar baloncesto en Estados Unidos, estos 100 jugadores viajaron desde pueblos de absoluta pobreza de Sudáfrica, desde abarrotadas ciudades de Nigeria y desde países en el borde del desierto del Sáhara.

¿Verá alguno de ellos realizarse sus sueños? Es probable que no. Sin embargo, su mera presencia en el campamento y las graderías repletas de agentes y buscadores de talentos demuestran el alcance mundial de los deportes estadounidenses. El baloncesto, el béisbol, el fútbol norteamericano y el hockey sobre hielo son industrias multimillonarias dedicadas a su propia promoción y al reclutamiento de talento nuevo en los cuatro rincones del mundo.

Una calle de dos direcciones

El fenómeno es una insólita vía cultural de dos direcciones: los juegos estadounidenses son transmitidos a todo el mundo a través de la omnipresente televisión y las conexiones de la Internet. Como consecuencia de ello, en los últimos años las estrellas del extranjero han ingresado de forma masiva y nunca antes vista en las canchas, pistas y campos de juego de las ligas profesionales y universitarias de Estados Unidos.

Jaromir Jagr, el ala plusmarquista del equipo de hockey sobre hielo de los Capitals de Washington, ha sido el primero de una invasión de jugadores talentosos de Europa Oriental y de la ex Unión Soviética. En béisbol, el bateador Sammy Sosa es sólo uno de decenas de estrellas de la República Dominicana que se destacan en el béisbol de Grandes Ligas. Por otra parte, jugadores estrellas como Ichiro Suzuki de Japón y Chan Ho Park de Corea han elevado la popularidad de este deporte en la cuenca del Pacífico.

El pívot Yao Ming de la China, el delantero plusmarquista Dirk Nowitzki de Alemania y Nené Hilario de Brasil han salido de equipos desconocidos para hacer actuaciones estelares en la NBA. Las mujeres corredoras han sobresalido en el atletismo colegial y las estrellas femeninas del baloncesto, animadas por la popularidad del baloncesto femenino en países como Portugal y Brasil, han elevado a categoría internacional la nueva Asociación Femenina Nacional de Baloncesto (WBNA).

"Ahora es un juego para el mundo entero", dijo el pívot serbio Vlade Divac, de los Kings de Sacramento.

Por amor al juego

Las cosas no siempre fueron así. Los buscadores de talentos y entrenadores estadounidenses eran antes solitarias figuras altruistas que, por amor al juego, ayudaban a los atletas de los países en desarrollo.

Track star Mal Whitfield

Mal Whitfield fue uno de los primeros embajadores norteamericanos de buena voluntad.
(AP/Wide World Photos)

La estrella de atletismo Mal Whitfield fue ganador de tres medallas de oro en las Olimpiadas de 1948 y 1952. En los años culminantes de la Guerra Fría, el gobierno de Estados Unidos decidió enviar a atletas de categoría internacional en misiones de buena voluntad por todo el mundo y seleccionó a Whitfield para viajar como uno de estos primeros embajadores.

Whitfield, ahora de 79 años de edad y jubilado, pasó la mayor parte de cuatro décadas viajando por todo el mundo y entrenando a jóvenes estrellas del atletismo. Incluso vivió en países como Kenia, Uganda y Egipto, en el programa Deportes América, auspiciado para ese entonces por el Servicio Informativo y Cultural de Estados Unidos. El resultado fue una cosecha de buena voluntad para Estados Unidos y un palmarés olímpico para los atletas africanos. Fue entrenador de corredores legendarios de larga distancia como Kip Keino, de Kenia, quien se llevó a casa dos medallas de oro, y de carrera de vallas, como John Akii-Bua, ganador de una de oro en 1972.

La labor de Whitfield suscitó el interés de una segunda oleada de entrenadores estadounidenses que fueron a enseñar a Africa, y a aprender de Africa, entre ellos Ron Davis, entrenador del equipo nacional de atletismo en Tanzania, Mozambique y Mauricio.

"Sé lo que significan los deportes", dijo Whitfield en una entrevista celebrada en 1996. "Todos los estadounidenses tienen un trabajo que desempeñar. Yo sólo soy un estadounidense que se siente muy orgulloso".

Los éxitos logrados, además de obtener múltiples medallas para atletas olímpicos, causaron el ingreso de atletas de países en desarrollo a las universidades estadounidenses que, por lo general, reservan varias becas para los distintos deportes, incluso hasta para los menos populares como lucha libre, esgrima y atletismo. Sin embargo, esta tendencia no hizo mella en las principales ligas profesionales de deportes, sobradamente dominadas por atletas nacidos en Estados Unidos.

El carisma de un solo jugador

No obstante, hace dos décadas el panorama empezó a cambiar. El público espectador del extranjero comenzó a sintonizar los deportes profesionales de Estados Unidos, especialmente el baloncesto, en números sin precedente. Los adolescentes compraban las camisetas con los números de los jugadores y veían hasta pasada la medianoche la transmisión de los partidos en vivo. Muy pronto comenzaron a imitar los movimientos en sus propias canchas y campos de juego.

¿Qué pasó? Dos palabras: Michael Jordan

Más que ningún otro atleta, Jordan, la superestrella de gran magnetismo y carisma de los Bulls de Chicago hizo de los deportes estadounidenses un fenómeno mundial. Su potente clavada del balón tras espectaculares saltos por el aire y su agilidad atlética convirtieron a Jordan en símbolo del sueño norteamericano en todo el mundo. Desde finales de la década del 80, Jordan puso centenares de millones de dólares en los cofres del deporte a la vez que gozaba de gran celebridad en el mundo.

God's Country and Mine, 1954

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"Quienquiera que desee conocer el alma y el pensamiento de Norteamérica debería aprender el béisbol, las reglas y las realidades del juego - y hacerlo viendo primero a algunos equipos de escuela secundaria o de ciudades pequeñas".

Del escritor, docente e historiador Jacques Barzun

"Michael dio significación al baloncesto en todo el mundo", dijo el columnista Bob Kravitz, del Indianapolis Star, en un artículo que le rendía homenaje a Jordan en ocasión de su retiro de las canchas la temporada pasada.

Claro está, las estrellas estadounidenses han sido desde hace tiempo iconos culturales en todo el mundo. En la música, Michael Jackson y Madonna han vendido millones de discos en todo el mundo. Actores como Eddie Murphy y Richard Gere son nombres conocidos desde Delhi hasta Dakar. Sin embargo, la amplia cobertura de los deportes de Estados Unidos ha hecho un poco más que vender camisetas, trajo un nuevo acervo de jugadores de talento al deporte.

Un día de 1995, un joven alto llamado Maybyner (Nené) Hilario miraba un partido de la NBA en el televisor de su humilde hogar en las afueras de la ciudad industrial de Sao Carlos en Brasil. El día siguiente faltó a su partido usual de soccer y se unió a un juego callejero sobre una cancha improvisada en un solar vacío y una canasta colocada sobre un auto destartalado. Hilario, ahora de 21 años de edad, clavó el balón con tal fuerza que derribó la canasta. Hoy es jugador de los Nuggets de Denver.

En otro lugar del mundo, Mwadi Mabika se sentaba durante horas a observar a los chicos jugar en la cancha polvorienta que había frente a la casa de su familia en Kinshasa, República del Congo. Los chicos importunaban a la niña de ocho años de edad diciéndole que le dejaban tirar el balón por cinco minutos si barría la arena de la cancha.

"Así que barría la cancha, pero a veces no me daban el balón", dijo Mwadi, ahora estrella del equipo Sparks de la WBNA de Los Angeles.

En un gimnasio lleno de humo en el pueblo serbio de Vrsac, un chico huesudo de 14 años de edad practicaba con un equipo nuevo seducido por la oferta de 100 dólares de paga mensual. De pronto irrumpió el sonido de las sirenas para avisar de un ataque aéreo y se oyeron las explosiones de los aviones de combate de la OTAN que iniciaban una campaña de bombardeo para obligar a los serbios a salir de la inquieta provincia de Kosovo. Los atemorizados jugadores se detuvieron y dirigieron sus miradas a su entrenador quien les gritó la orden de que siguieran jugando.

Estas historias han quedado grabadas en las listas de jugadores de equipos profesionales. En 1990, veinte atletas nacidos en el extranjero jugaron en la NBA. La temporada pasada el número ascendió a 68.

El Fútbol Norteamericano en Europa

El fútbol norteamericano ha experimentado un auge internacional, aunque en menor escala. Durante años, la Liga Nacional de Fútbol Norteamericano había reclutado como pateadores jugadores de soccer, entre ellos leyendas como Morten Anderson, de Dinamarca, el sudafricano Gary Anderson y Olindo Mare, nacido en Portugal. Sin embargo, los jugadores no nacidos en Estados Unidos siguieron siendo la excepción en un deporte bastante desconocido fuera de América del Norte.

El fútbol norteamericano ha sido potenciado por el inicio de la liga europea del deporte, que proporciona una oportunidad para que algunos novatos europeos jueguen contra talentos profesionales no tan reconocidos de Estados Unidos. Muchos de los 90 jugadores extranjeros que figuraron en lista preliminar de la NFL en esta temporada son hijos de inmigrantes de lugares como México y Africa Occidental.

Desde la época colonial
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Los deportes en equipo fueron una manifestación temprana de la vida en las colonias norteamericanas. Los precursores de nuestro actual béisbol y fútbol soccer gozaron de mucha popularidad entre los colonos durante la primera parte del siglo XVIII, décadas antes de la Declaración de Independencia en 1776, y ya para mediados del siglo se habían adoptado las normas y los reglamentos que regulan estos deportes en la actualidad.

El fútbol norteamericano y el baloncesto llegaron un poco más tarde.

El fútbol norteamericano remonta su origen a los juegos que entretenían a la antigua Grecia y a la Inglaterra medieval. En Estados Unidos, muchos historiadores señalan su procedencia de un juego que se practicaba con equipos de 25 hombres en las universidades de Rutgers y Princeton en Nueva Jersey allá para el año 1869. Las autoridades del fútbol norteamericano eliminaron muchos de sus aspectos más bruscos a instancias del presidente Teodoro Roosevelt (1901-09) y con el tiempo se redujo el equipo a 11 jugadores, número que se mantiene como norma del juego en la actualidad.

El baloncesto es un deporte netamente estadounidense. En 1891, James Naismith, instructor de educación física en lo que es hoy Springfield College en Springfield, Massachusetts, recibió instrucciones de su jefe de que inventara un juego que se pudiera practicar bajo techo durante los fríos meses de invierno. Naismith tomó dos cestas de melocotones y las clavó en las barandillas opuestas de la galería superior del gimnasio de la escuela. Organizó dos equipos de nueve hombres, les entregó un balón de fútbol soccer y les indicó que el objeto del juego era colocar el balón dentro de la canasta del campo contrario. Naismith bautizó este juego con el nombre de baloncesto. Hoy, la versión moderna de este juego se practica en casi todos los países del mundo.

El fútbol soccer es un deporte que siempre se ha practicado, al igual que el lacrosse -- legado de los indios norteamericanos --, aunque en menor grado que los tres principales deportes. Sin embargo, en los últimos años el fútbol soccer ha experimentado un alza en popularidad. Unos 3,9 millones de jóvenes de ambos sexos practican este deporte, mayormente en ligas suburbanas que han producido jugadores y jugadoras de categoría internacional. El lacrosse, que antes se jugaba mayormente en los estados a lo largo de la costa nordeste de Estados Unidos, ahora se ha extendido por todo el país.

Las competiciones individuales han seguido el ritmo del crecimiento de los deportes de equipo. Las competiciones de tiro al blanco y pesca eran parte de la experiencia colonial, como también lo eran el boxeo, las carreras a pie y a caballo. En décadas recientes ha aparecido una amplia variedad de actividades y competiciones de deportes que no temen a los desafíos, como son la tablavela, el ciclismo de montaña y la escala deportiva, conocidos en conjunto por el nombre de deportes extremados.

Los padres de Adewale Ogunleye, oriundos de Nigeria, intentaron alejarle del fútbol norteamericano debido a los golpes duros, los cascos y protectores. "Les parecía bárbaro", indicó Ogunleye hace poco. Pero, como había crecido en la ciudad de Nueva York, se mantuvo fiel al deporte y es ahora delantero defensivo estrella de los Dolphins de Miami.

Antonio Rodríguez, quien intenta ser fichado por el equipo de los Texans de Houston, dijo que sus amigos mexicanos no le creían cuando les dijo que estaba jugando fútbol norteamericano en la universidad. "Pensaban que se trataba de soccer", dijo Rodríguez.

En cuanto al hockey sobre hielo, el principal obstáculo a jugar en Estados Unidos siempre ha respondido a motivos políticos. El deporte ha tenido la ventaja de ser inmensamente popular en Europa oriental y del norte, y en la ex Unión Soviética. Sin embargo, durante décadas, los gobiernos comunistas impedían que sus jugadores estrellas salieran del país o firmaran contratos como profesionales.

"No permitían que la gente pensara libremente o actuara como quería", dijo Vyacheslav Fetisov, héroe olímpico de la Unión Soviética. "Querían control sobre la gente. . . . Daba miedo".

Todo cambió cuando la Cortina de Hierro comenzó a venirse abajo a finales de la década del 80, con lo que se puso en marcha una estampida de jugadores de Rusia. Fetisov, el primero en salir del país, ganó dos veces la Copa Stanley con los Red Wings de Detroit. Tras él llegó el brillante anotador Pavel Bure y Sergei Zubov, jugador atacante, que se pasó su niñez jugando al hockey sobre los estanques congelados de Moscú.

"Sabía que existía la NHL (Liga Nacional de Hockey), pero nunca se me ocurrió jugar con ellos", dijo Zubov. "No pensábamos en ello". En la actualidad, más de 60 jugadores de la NHL provienen de la ex Unión Soviética.

A los rusos siguió la llegada de Jagr, que creció ordeñando vacas en su granja de la República Checa y escogió como su número el 68 en homenaje a la resistencia de su país a la invasión soviética de 1968. Jagr dice que su número "tiene que ver con la historia checa".

La latinoamericanización del béisbol

El béisbol estadounidense no tuvo que cruzar el Atlántico para encontrar una rica fuente de talento nuevo. Estaban a la vista de todos en los cañaverales y solares deteriorados de ciudades de países latinoamericanos como Venezuela, Panamá y, especialmente, la República Dominicana.

Durante décadas, era escaso el flujo de jugadores latinoamericanos - como el mexicano Fernando Valenzuela y el magistral lanzador de bola curva, el dominicano Juan Marichal - que demostraba a los aficionados del béisbol la energía y el talento que había al sur de la frontera. En la última década se ha abierto la espita y ahora más de la cuarta parte de todos los jugadores de béisbol de Grandes Ligas ha nacido fuera de Estados Unidos.

Sin embargo, no fue necesario que las transmisiones televisivas o las conexiones cibernéticas les enseñaran cómo jugar pelota a los jóvenes dominicanos como el bateador Sammy Sosa o el lanzador Pedro Martínez. El béisbol ha sido el deporte favorito de la isla desde que arribara a sus playas hace más de un siglo.

La niñez de Sosa transcurrió vendiendo naranjas o lustrando zapatos en las calles de San Pedro de Macorís, una ciudad portuaria y fanática del béisbol localizada a las afueras de la capital, Santo Domingo. Su reñida lucha con Mark McGwire para batir en 1998 el récord de jonrones en una sola temporada – resultó victorioso McGwire – abrió los ojos al talento ilimitado y no aprovechado de la República Dominicana. En la actualidad, casi todos los equipos de Grandes Ligas tienen su propia academia de entrenamiento en la isla y están en busca de nuevas estrellas en Venezuela, Panamá y otros países de Centroamérica.

Cuba, con el mejor caudal de talento, podría ser una fuente más abundante de talento pero el gobierno comunista de Fidel Castro todavía impide la salida de sus estrellas. El Lejano Oriente es también un nuevo mercado en potencia, a juzgar por los jugadores estelares japoneses y hasta coreanos que llegan a Estados Unidos para dar pruebas de su competencia.

Todos los datos estadísticos y tendencias de largo plazo significan poco para Los Santos, el joven angoleño que ha demostrado lo que vale en el campamento de la NBA en Sudáfrica. En un continente donde las zapatillas deportivas y los balones son todo un lujo, Los Santos se considera afortunado de jugar en una liga con entrenadores y en canchas pavimentadas de Luanda, la capital del país asolado por la guerra. Como muchos otros millones de jóvenes en todo el mundo, considera que su talento le da la oportunidad de competir, aunque con poca probabilidad, para ser una de esas historias de éxito de Estados Unidos en las que se pasa de la pobreza a la riqueza.

"Quiero ir a la universidad", dijo Los Santos con una sonrisa. "Luego quiero fama y fortuna".

David Goldiner es redactor y reportero del New York Daily News.

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