REFLEXIONES – POR QUE JUGAMOS EL PARTIDO

Por Roger Rosenblatt

Thin green line

"La primera vez que se batea una pelota de béisbol, la primera vez que un balón de fútbol norteamericano sale disparado en espiral, la primera vez que un muchacho o una niña son lo bastante fuertes como para lanzar el balón de baloncesto hasta el canasto -- son otros tantos ritos nacionales de iniciación"

WNBA

La estrella del baloncesto profesional Swin Cash, del equipo de la Asociación Nacional del Baloncesto Femenino, el Detroit Shock, tira y anota. (Getty Images)

Probablemente hay países donde la gente es tan loca por los deportes como en Estados Unidos, pero dudo que haya un lugar donde las características y el diseño del país sean tan evidentes en sus deportes. De muchas formas curiosas, Estados Unidos es lo que son sus deportes. El mercado libre es análogo a la competencia en una cancha, aparentemente desenfrenada y confusa pero, sin embargo, contenida por las reglas, dependiente de la iniciativa individual dentro de la estructura de una compañía (el equipo), a la vez libre y dirigida. No hay ministros de deportes, como en otros países; cada deporte es una empresa libre parcialmente ayudada por el gobierno pero, básicamente, una entidad independiente que contribuye a la escena nacional como cualquier negocio grande. Los mismos campos de juego simulan los espacios anchos y abiertos que, finalmente, se agotaron, y así fue como se levantaron las cercas. Ahora cada campo de béisbol, cada campo del fútbol estadounidense y cada cancha de baloncesto es una versión de la frontera, con el agregado de los espectadores, y cada estadio interior, coronado por una cúpula, es un recordatorio de alta tecnología de un momento en la vida y en los sueños cuando sólo el cielo era el límite.

Me concentro en los tres deportes del béisbol, el fútbol estadounidense y el baloncesto porque son autóctonos de nosotros, inventados en Estados Unidos (cualquiera que sea la deuda que el béisbol pueda tener con el criquet británico) y punto céntrico de los entusiasmos del país. El golf y el tenis tienen sus momentos; lo mismo que las pruebas atléticas de pista y campo. El boxeo actualmente tiene cada vez menos motivos para festejar; aún en la época de su auge era menos un deporte estadounidense que un ejercicio secretamente entretenedor de barbarie universal. En cambio el béisbol, el fútbol y el baloncesto son nuestros, derivados, en forma no expresada, de nuestras ambiciones e inclinaciones, reflejo de nuestros logros y nuestras pérdidas y de nuestras almas. Son tan buenos y tan malos como somos nosotros y los disfrutamos, conscientemente o no, como autos sacramentales de nuestras naturalezas contrarias, de lo mejor y lo peor en nosotros. En el fondo son nuestros romances, nuestros recobros momentáneos de la inocencia nacional. El viejo puntaje de ayer es la ilusión de renacer mañana. Cuando termina un encuentro nos sentimos exaltados o vencidos y con renuencia reingresamos a nuestras vidas menos excitantes, aunque siempre movidos por la esperanza, aguardando el próximo encuentro o el próximo año.

Sin embargo, desde el comienzo de un partido hasta su fin, Estados Unidos se ve a sí mismo interpretado por representantes que llevan zapatos con tapones, pantalonetas u hombreras. No es que tales pensamientos extravagantes surjan durante la acción. Parte de ser estadounidense es vivir sin mucha introspección. Es en la corriente subterránea de los deportes que uno siente a Estados Unidos y quizá la razón por la cual la atracción de los deportes es la vez clara (uno gana o pierde) y misteriosa (uno pierde y gana).

De los tres deportes principales, el béisbol es a la vez el de diseño más elegante y el más fácil de explicar en términos de su atractivo. Es un juego que se realiza dentro de límites estrictos y dimensiones estrictas, distancias de aquí a allí precisamente determinadas; el montículo del lanzador tiene tantos centímetros de alto; el peso de la pelota; el peso del bate; las marcas que determinan el espacio interior y exterior; lo que cuenta y lo que no cuenta, y demás. Las reglas son inquebrantables; de hecho, con muy pocas excepciones, las reglas del juego no han cambiado en un centenar de años. Esto se debe a que, al contrario de lo que sucede en el baloncesto, el béisbol no depende del tamaño de los jugadores, sino más bien de un concepto de la evolución humana según el cual la gente no cambia tanto, ciertamente no en cien años y, por tanto, debe hacer lo que puede dentro de los límites que tiene. Como lo escribió el poeta Richard Wilbur: "El poder del genio proviene de estar en una botella".

Pitcher for the Tampa Bay Devil Rays

El béisbol es un deporte individual.
El lanzador Tanyon Sturtz dispara la bola.
(Getty Images)

Con todo, el béisbol es, dentro de sus límites y desde todo punto de vista, un deporte individual. En otros deportes la pelota marca el puntaje. En béisbol el jugador marca el puntaje. El juego fue diseñado para enfocar a los estadounidenses en nuestras bregas individuales. El que corre hacia la primera base se propone robar la segunda. El hombre que está en segunda base se propone escurrirse detrás de aquél. El lanzador se propone sorprenderlo para sacarlo pero lanza al plato, donde el bateador trata de golpear la pelota para proteger al corredor, quien ahora decide arrancar y el hombre que está en segunda base se apresta para hacer el toque, si el receptor puede ponerse a la altura de las circunstancias y hacer un lanzamiento bajo y duro. Uno no necesita saber lo que estas cosas significan para reconocer que todas ellas ponen a prueba la habilidad de cada uno de realizar una tarea específica, de tomar una decisión personal y de improvisar.

Los aficionados se apegan a los momentos de gloria en la historia del deporte, especialmente a los nombres heroicos y a los hechos heroicos (récord y estadísticas). Estados Unidos tiene en gran aprecio a sus héroes del deporte porque el país no tiene la larga historia de Europa, Asia y Africa. A falta de un Alejandro Magno o un Carlomagno, deriva su mitología heroica de los deportes.

Willie Mays

Una de las grandes jugadas defensivas en la historia del béisbol la llevó a cabo el jardinero central de los Gigantes de Nueva York, Willie Mays, al atrapar una bola larga por encima del hombro en los bosques del estadio de Polo Grounds, en la Serie Mundial de 1954.
(© Bettmann/CORBIS)

También nos son caros los momentos sublimes del juego porque son recuerdos que preservan la juventud de todos, como parte de la continua necesidad, aunque un poco forzada, de Estados Unidos de permanecer en un verano perpetuo. La ilusión del juego es que seguirá para siempre. (El béisbol es el único deporte en el cual un equipo en gran desventaja y al que le queda sólo un bateador puede todavía ganar). En la década de 1950 uno de los grandes jugadores de este deporte, Willie Mays, de los Gigantes de Nueva York, hizo una legendaria atrapada de la pelota bateada a la parte más profunda de uno de los estadios más grandes, que se alejaba del "home" sobre su hombro. No fue solamente que Willie volvió su espalda y arrancó, fue el continente verde de césped en el que corrió y la espera para ver si alcanzaba la pelota y el olor del sudor propio y el de todos los demás que se encontraban sentados en el estadio, como puntos en un panorama puntillista de Seurat, en la concavidad tallada de un planeta que luce pálido bajo la luz del día, púrpura y esmeralda brillantes en la noche.

Philadelphia's quarterback Donovan McNabb

El fútbol norteamericano se caracteriza porque el progreso se logra centímetro a centímetro. El defensor Donovan McNabb se esfuerza por adelantar el balón.
(Getty Images)

Este juego siempre vuelve al enfrentamiento fundamental entre el lanzador y el bateador; el receptor participa como el único jugador que está de cara a sus compañeros que están en el campo y ve todo el juego; preside como un dios enmascarado en cuclillas. El papel del lanzador es más artificioso que el del bateador, pero el de éste es más humano. El lanzador juega simultáneamente a la ofensiva y a la defensiva. Se esfuerza por tentar y engañar. El bateador no sabe qué le viene. Puede terminar bateando sin golpear la pelota o verse ante una bola que pasa y, de esa manera, quedar como un tonto. Sin embargo, tiene un bate en sus manos y si todo va bien y puede lograr la hazaña más difícil en los deportes, golpear con un pesado palo redondo una esfera pequeña y dura que va a más de 145 kilómetros por hora, es entonces cuando, por un momento, frustra el destino y es suyo el poder sobre la vida. La pregunta no debe ser ¿por qué los más grandes bateadores tienen éxito en hacer contacto con la pelota sólo una de cada tres veces? Sino ¿cómo es que pueden lograr siquiera un dar un batazo?

Con todo, la juventud y la esperanza del juego constituyen sólo una mitad del béisbol y, por tanto, la mitad de su significado para nosotros. Es en la segunda parte del verano de la temporada de béisbol cuando se revela la naturaleza completa del juego. La segunda parte, no tiene el descuidado optimismo de la primera mitad. Cada año, desde agosto hasta la Serie Mundial en octubre, comienza a descender sobre el juego una sensación de mortalidad, sospecha que se intensificará para finales de septiembre, hasta llegar al conocimiento cierto de que algo que era radiante, vigoroso y rebosante de posibilidades puede llegar a su fin.

La belleza del juego está en que sigue el trazado del arco de la vida estadounidense, desde la inocencia estadounidense que se desvanece para tornarse en experiencia. Hasta mediados de agosto el béisbol es un niño en pantalones cortos que grita en el césped suculento; más adelante se transforma en un veterano astuto, de cuello quemado por el sol, cuya preocupación principal es proteger el "home". En su segundo verano el béisbol es cuestión de insistir en sacar la pelota del diamante. Sadaharu Oh, el Babe Ruth del béisbol japonés, escribió una oda a su deporte en la cual ensalzó el calor del verano y previó el cambio en "la aproximación de la luz del invierno".

No es de extrañarse que el béisbol produzca más literatura excelente que cualquier otro deporte. Escritores estadounidenses, novelistas como Ernest Hemingway, John Updike, Bernard Malamud y la poetisa Marianne Moore, han visto en el juego la nación soñada. La violación de sus sueños por el país se encuentra aquí también. Como Estados Unidos mismo, el béisbol luchó contra la integración hasta que Jackie Robinson, el primer afroestadounidense de las grandes ligas, defendió todo lo que el país quería creer. Estados Unidos también resistió su propio destino autodeclarado de ser el país de todo el pueblo y entonces, cuando sí luchó por llegar a ser el país de todo el pueblo, negros, asiáticos, latinos, todo el mundo, el lugar mejoró. El béisbol mejoró también.

En el béisbol, en despliegue silencioso, se encuentra el diseño de la constitución misma de Estados Unidos. El texto básico de la constitución es el edificio principal, una estructura simétrica del siglo XVIII afianzada en los principios del siglo de las luces de la razón, el optimismo, el orden y la precaución con la emoción y la pasión. Los arquitectos de la constitución, todos ellos fundamentalmente mentes británicas del siglo de las luces, procuraron construir una casa en la que los estadounidenses pudieran vivir sin hacerla caer poniendo sus impulsos por encima de su racionalidad. Sin embargo, el problema con esa recopilación original de leyes era su excesiva estabilidad, su demasiada rigidez. Por consiguiente, a los padres de la patria se les ocurrió la idea de la Declaración de Derechos, que en términos del béisbol pueden considerarse como el estímulo de la libertad individual dentro de leyes inmutables. El béisbol es al mismo tiempo clásico y romántico. Así es Estados Unidos y tanto el país como deporte sobreviven manteniendo los dos impulsos en equilibrio.

Si el béisbol representa casi todas las cualidades del país en equilibrio, el fútbol estadounidense y el baloncesto muestran cuando esas cualidades pueden ser exageradas, demasiado acentuadas y, a menudo, deformadas. El fútbol norteamericano y el baloncesto no son juegos bellamente diseñados. Son más caóticos, más sujetos a momentos bárbaros. Con todo, debe observarse que ambos son mucho más populares que el béisbol, lo que puede indicar que los estadounidenses, habiendo establecido las reglas, están siempre tratando de romperlas.

El fútbol norteamericano, al igual el béisbol, es un juego de progreso individual dentro de ciertos límites. A diferencia del béisbol, sin embargo, el progreso individual se obtiene centímetro a centímetro, en forma cruda e indisciplinada. Implica dolor físico. El zaguero o medio zaguero que lleva el balón aguanta golpe tras de golpe a medida que avanza, quizá no más de un decímetro por la vez. A menudo se le empuja hacia atrás. Diez yardas parecen una distancia corta, sin embargo, al igual que en la guerra, con frecuencia significan la victoria o la derrota.

Man teaching boy how to shoot a basketball

Para los niños norteamericanos, los juegos empiezan a temprana edad.
(© Jeffrey W. Myers/CORBIS)

El juego a nivel del suelo lo hace la infantería; los pases, la fuerza aérea. O uno puede ver el juego de alto como función de los "oficiales" del equipo, los que lanzan y agarran el balón, en contraposición a los soldados de cara de perro que permanecen en las trincheras. Estas analogías bélicas son difícilmente una exageración. El espíritu del juego, la terminología, los uniformes mismos, con sus máscaras protectoras y sus cascos, evocan las operaciones militares. Las heridas (bajas) no son una excepción en este deporte, son parte del juego.

Con todo, el fútbol estadounidense refleja nuestras actitudes contrarias frente a la guerra. Generalmente, los estadounidenses son en extremo renuentes a tomar parte en una guerra, aunque nuestros líderes no lo sean. Simplemente, queremos ganar y salir de la situación tan pronto como sea posible. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ocupaba el 27mo. puesto entre los países del mundo en cuanto a armamentos. Para finales de la guerra ocupábamos el primer puesto, con el segundo puesto perdido en la distancia. Sin embargo, sólo participamos para destruir a los bandidos y acabar de una vez con el asunto. Por tanto, el fútbol norteamericano la guerra en su estado ideal, la guerra en una caja. Se juega en cuatro tiempos. Puede agregarse un quinto en caso de empate y terminar en "muerte repentina" pero, a menos que algo extraordinario ocurra, ningún guerrero muere.

No sólo los jugadores parecen guerreros, los aficionados enrojecen de furia. Los estadounidenses fanáticos del fútbol norteamericanos pueden no ser tan letales como los hinchas del otro fútbol, el soccer; sin embargo, todos los domingos los aficionados se visten como antiguos guerreros célticos con sus caras pintadas y sus cuerpos semidesnudos en pleno invierno.

Aquí no es un deporte de la clase alta. El fútbol estadounidense lo fue solamente en las universidades de la Ivy League en los años veinte y treinta. Actualmente el juego profesional pertenece en gran parte a la clase trabajadora. Es una expresión del estadounidense que trabaja con las manos, que gana sus avances con gran dificultad y a un gran costo. Al juego no le faltan sus finezas; requirió cierto talento inventar un balón cuya forma permite tanto un puntapié como un pase con la mano. Básicamente, sin embargo, este es un juego de gruñidos y de huesos rotos y de planes de batalla (agruparse para planear una jugada) que puede terminar mal. Incluso tiene la falta de claridad de las guerras. Una jugada puede tener lugar pero no es oficial hasta que el árbitro dice que lo es. Las banderas que indican sanciones aparecen tarde, una jugada puede invalidarse, suspenderse y toda la emoción de un triunfo aparente puede ser desinflada por un juicio exterior, desde una perspectiva diferente.

Donde el fútbol norteamericano es expresión esencial de Estados Unidos, sin embargo, es en el papel de la defensa. Mi hijo Carl, ex escritor deportivo de The Washington Post, me señaló que a diferencia de cualquier otro deporte, el fútbol estadounidense depende casi completamente de la habilidad de un solo individuo. En otros juegos de equipo la ausencia de una estrella puede compensarse, pero en el fútbol la defensa es todo. Es el líder estadounidense, el héroe, el general, que no puede ser reemplazado por el trabajo de un equipo. Representa la iniciativa individual y la autoridad individual. Exactamente como el presidente, el jefe ejecutivo del territorio nacional, tiene más poder que los que se encuentran en otras ramas del gobierno que supuestamente lo mantienen refrenado, la defensa es el presidente del juego. Los aficionados lo adoran o ridiculizan con la misma energía emocional que tratan a los presidentes estadounidenses.

En cuanto a la defensa misma, tiene que ser lo que el individuo estadounidense debe ser para tener éxito, a la vez imaginativo y estable, y debe saber cuándo ser uno u otro. Si los juegos que orquesta son demasiado alocados, improvisados con demasiada frecuencia, fracasa. Si son demasiado predecibles, fracasa. Todos los matices del individualismo estadounidense recaen sobre sus hombros y, al mismo tiempo, demuestra y pone a prueba el sistema en el que el empresario individual cuenta para todo y en exceso.

La estructura del baloncesto, el juego menos bien concebido de nuestro trío, depende casi completamente del tamaño de los jugadores y, por consiguiente, del individuo. Al través de los años las dimensiones de la cancha han cambiado porque los jugadores eran cada vez más grandes y altos; se cambiaron las líneas; las reglas sobre meter el balón en el canasto cambiaron; y se revirtió el cambio por la misma razón. Los tiempos son diferentes para profesionales y para los equipos universitarios, así como lo es el tiempo permitido para ensayar el tiro. Algunas otras reglas son diferentes también. El juego de baloncesto comienza en el individuo y con el virtuosismo humano y termina en ellos. Así que, de cierta manera, es el deporte más espectacularmente estadounidense en su énfasis en la libertad.

La integración racial necesitó mucho menos tiempo en el baloncesto que en los otros dos deportes estadounidenses importantes, ya que en sus principios llegó a ser un juego de los barrios dilapidados del centro de las ciudades y era muy popular entre los afroestadounidenses. Con todo, el placer de ver un juego de baloncesto proviene de las cualidades del juego separadas de las cuestiones de raza. Aquí hay un contexto en el que literalmente la movilidad ascendente se demuestra en competencia abierta. Negros o blancos, los mejores jugadores hacen los mejores pases, bloquean la mayoría de los tiros, logran la mayoría de los puntos.

El juego, simulando otras estructuras estadounidenses, tanto empresariales como gubernamentales, también demuestra cuán delicado es el equilibrio entre el juego del individuo y el del equipo. Jugadores extraordinarios del pasado como Oscar Robertson, Walt Frazier y Hill Russell mostraron que la esencia del baloncesto era el trabajo en equipo; la victoria requería buscar al jugador en la mejor posición para pasarle el balón. Un equipo ganador era un equipo desinteresado. En años recientes la mayoría de los equipos profesionales han abandonado ese concepto en favor del talento excepcional del individuo, quien es, algunas veces, un exhibicionista. Con todo, se ha probado en general que si el individuo deja atrás al resto del equipo, todos pierden.

Happy To Be Here, 1981

Hairline rule

"Mi padre me enseñó también cómo lanzar desde el hombro - un movimiento parejo, no exagerado, con un giro rápido de la muñeca para darle vida a la pelota. Creo que se puede decir algo acerca del carácter de un hombre viendo cómo lanza la pelota, y agradezco todo lo que mi padre hizo para hacer de mí un hombre honesto. Hoy, años más tarde, lanzo bien, pero sigo sintiéndome tímido frente a un tiro alto y preferiría se lo lanzaran a algún otro jugador."

Del ensayista y humorista Garrison Keillor

El profundo atractivo del baloncesto en Estados Unidos yace en el hecho de que los niños más pobres pueden llegar a hacerse ricos y de que hay algún misterio en la forma en que lo hacen. Ni el béisbol ni el fútbol estadounidense crean el entusiasmo especial y exagerado de este juego en el que se puede hacer que el cuerpo humano haga cosas sobrenaturales, que retan la fuerza de gravedad elegantemente. La fe en el misterio es parte del aspecto ridículamente hermoso del sueño estadounidense, que cree en realidad que lo imposible es posible.

Esta creencia se encuentra en el fondo de los deportes en Estados Unidos. Comienza pronto en la vida jugando con un balón de fútbol o con niños que juegan al baloncesto en el patio de recreo. La primera vez que se pega a la pelota con el bate, la primera vez que se tira con efecto un balón de fútbol, la primera vez que un niño o una niña tienen la fuerza suficiente para elevar el balón de manera que caiga dentro del cesto, son ritos que marcan sucesos importantes en la vida de uno. De cierta manera indican la forma en que uno llega a ser estadounidense, se haya nacido aquí o no.

Desde luego, lo que es una gran ilusión puede también echarse a perder. El negocio con los deportes puede disminuir su noción de juego. Los conflictos entre los propietarios rapaces de equipos y los jugadores rapaces pueden dejar en el abandono a los aficionados. Los aficionados mismos pueden conducirse tan monstruosamente que envenenan el juego. En las escuelas, el profesionalismo ha dominado a tal punto el deporte organizado que los niños ya están un poco aburridos de los juegos cuando llegan a la secundaria. Al igual que los deportes, Estados Unidos fue concebido dentro de la fantasía de la perfección humana. Cuando esa fantasía choca con la realidad de las limitaciones humanas, la desilusión puede dejar un sabor amargo.

Con todo, la fantasía persiste, en cuanto a los deportes y las naciones. Estados Unidos sólo tiene éxito en el mundo, y como país, cuando se acerca a sus propias ambiciones declaradas, cuando desea vivamente lograr su forma más pura. Lo mismo es cierto de sus deportes. Ambas empresas cuentan con que el individuo alcance la cima y eleve a otros consigo, hacia una igualdad más alta y la victoria para todos. Esta es la razón por la que jugamos limpio.

Roger Rosenblatt

(Mario Ruiz/Time Life Pictures/Getty Images)

Roger Rosenblatt es periodista, escritor, dramaturgo y profesor. Como ensayista de la revista Time ha recibido numerosos honores del periodismo escrito, incluso dos premios George Polk, así como premios del Club de la Prensa Extrajera y del Colegio de Abogados de Estados Unidos. Los ensayos que presenta en la red de televisión pública de Estados Unidos le han merecido los prestigiosos premios Peabody y Emma. Es autor, más recientemente, de Where we Stand: 30 Reasons for Loving Our Country" y "Rules for Aging: A Wry and Witty Guide to Life.

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