La mujer en el deportePor Claire Smith
Las niñas y las mujeres están participando más que nunca antes en todos los niveles del deporte organizado en Estados Unidos, gracias a los cambios en las actitudes públicas y a una ley federal histórica. Cuando C. Vivian Stringer vio, en las primeras etapas de lo que iba a ser una carrera que culminaría en el Salón de la Fama, que su equipo de baloncesto femenino del pequeño Colegio Universitario Estatal Cheyney de Pensilvania se clasificaría en 1982 en el primer campeonato nacional de mujeres sancionado por la Asociación Nacional de Atletismo de Colegios Universitarios (NCAA), fue como si tocara la luna. Si bien el evento era simplemente territorio nuevo y sin marcar para la NCAA, la principal organización que rige el atletismo en los colegios universitarios en Estados Unidos y que, durante años, había patrocinado cada uno de los campeonatos más destacados para hombres, se trató de algo sin precedentes en el campo de las mujeres. Incluso para los nombres más celebrados en el baloncesto femenino, los logros siempre habían ocurrido lejos del radar de los deportes principales en los colegios universitarios de varones, con sus donantes generosos y la exposición de televisión que genera ingresos. De manera que para calificar para ese primer campeonato, el equipo de Stringer primero tuvo que, bueno, llegar hasta allí. La ruta desde el sudeste rural de Pensilvania hasta el evento inaugural en Norfolk, Virginia, sede de la Universidad Old Dominion, tuvo a lo largo del camino muchas escalas para vender pasteles, rifas, hacer peticiones de donaciones y cualquier otra técnica para recaudar fondos que Stringer y el equipo del colegio universitario históricamente afronorteamericano pudieron imaginar. "Recuerdo que iba a la iglesia a pedir dinero para que pudiéramos coser una pequeña C blanca en nuestros suéteres y pudiéramos lucir bien al subir a los aviones", dijo Stringer al comentar el largo camino hacia el primer partido por el título, en el cual Cheyney State perdió ante la histórica Louisiana Tech. "Una tienda de artículos deportivos se ofreció a darnos los uniformes para que pudiéramos tener más de un conjunto. Nuestra administración pidió ayuda a las compañías locales. En el colegio se temía más el que tuviéramos éxito que el que fracasáramos, porque siempre se pensaba "Y ahora, ¿cómo vamos a pagar si pasamos a la ronda siguiente?". Vamos rápidamente ahora al año 2000. Stringer estaba entrenando su equipo actual, de la Universidad de Rutgers, en Piscataway, Nueva Jersey, que está clasificado nacionalmente. Cuando Rutgers derrotó a la Universidad de Georgia en las finales de la Conferencia Occidental de la NCAA, eso significó un tercer viaje de Stringer a los "cuatro finalistas", la rueda de partidos del campeonato que involucra a los cuatro equipos sobrevivientes. La entrenadora había aprendido para entonces que para esos equipos la forma de viajar era en primera clase en todo sentido. La prensa y las muchedumbres Para esos equipos de mujeres la vida en la cumbre, en los albores del siglo XXI, fue en todo lo que cuenta lo mejor de lo mejor. Las mujeres atletas no sólo tenían acceso al público de la televisión nacional y al financiamiento de la televisión nacional sino que también esperaban, y recibían, distinciones que en una época correspondían exclusivamente a los equipos de baloncesto masculino. Esto incluía, además de cobertura por los principales medios de prensa, autobuses especiales para los equipos, viajes en avión en vuelos contratados especialmente, alojamiento en hoteles de primera clase y, no el menor de los beneficios, un grupo constante de leales admiradores. En efecto, el destino de los "cuatro finalistas" en 2000 no era un campus universitario soñoliento sino la metropolitana Filadelfia, en Pensilvania, donde una instalación deportiva profesional nueva y reluciente, con capacidad para 20.000 espectadores, estaba lista para recibir a las mujeres atletas y a sus entusiastas fanáticos.
Muchedumbres que colmaron la capacidad del estadio acudieron para ver no sólo a Rutgers sino también a varios equipos superlativos y de renombre nacional, como los de la Universidad de Tennessee y la Universidad de Connecticut, la dinastía moderna de baloncesto que se ha tornado en algo similar a lo de los Beatles de hace una generación en lo que respecta a popularidad entre las niñas preadolescentes. Se agotaron las entradas para el evento de fin de semana de dos días de duración que se transmitió por televisión a toda la nación en el horario principal. La rueda semifinal atrajo la muchedumbre más grande en la historia de Pensilvania que jamás hubiera presenciado un partido de equipos de colegios universitarios, ya fuera de varones o de mujeres, así como un número récord de reporteros, comentaristas deportivos y otros miembros de los medios de comunicación. Retrospectivamente, Stringer ahora miembro del Salón de la Fama del Baloncesto Femenino recuerda ese fin de semana como un acontecimiento importante. "Entrar y ver ese enorme estadio repleto, ver el impacto del deporte en Filadelfia y en todas partes, es algo que una nunca hubiera soñado en 1982", dijo.
Los deportes para mujeres han cambiado espectacularmente en muchos niveles durante las décadas recientes. Por cierto, ha habido baches en el camino; uno de ellos fue la reciente desaparición de la Asociación Unida de Fútbol Soccer Femenino profesional, como resultado de bajos ingresos y declinantes ventas de entradas. Pero, a pesar de esos reveses, el crecimiento de los deportes de mujeres desde programas juveniles hasta los niveles de escuelas secundarias y colegios universitarios y de allí a las ligas y competencias profesionales sólo se puede describir como algo fenomenal. Ciertamente, leyendas del tenis como Althea Gibson y Billie Jean King nunca podrían haber imaginado el éxito, el reconocimiento mundial y los ingresos sin precedentes de las estrellas del tenis femenino de hoy como Serena y Venus Williams. Golfistas legendarias como Babe Didrikson Zaharias no podrían haber previsto la explosión de popularidad del golf femenino, con su galaxia de estrellas internacionales como Annika Sorenstam, de Suecia, y Se Ri Pak de Corea del Sur. El impulso del Título IX La espectacular inundación de atletas talentosas en los campos de deportes estadounidenses y las oportunidades que llegaron con ellas sin duda se beneficiaron del movimiento femenino de fines de la década de 1960 y la década de 1970, con su énfasis en la habilitación propia en todos los niveles. Pero el verdadero impulso vino del Título IX, la histórica legislación firmada por el entonces presidente Richard Nixon en 1972 que garantizó iguales derechos a niñas y mujeres en todos los aspectos de la educación, incluido el atletismo. A medida que los colegios y universidades comenzaron a poner en práctica la ley, surgieron asociaciones entre las mujeres atletas y las muchas instituciones que fomentan los deportes en Estados Unidos, entre ellas la NCAA, los Juegos Olímpicos y la televisión. Una vez que se abrió el mundo del atletismo aficionado a las mujeres, también se abrió la puerta a las empresas de Estados Unidos, lo cual condujo a más y más patrocinio de los deportes femeninos profesionales. Muchos discutirán si el Título IX se ha aplicado de manera apropiada o completa, y mucho menos si se ha cumplido en toda su intención. Claramente el fútbol norteamericano y el baloncesto masculino siguen siendo las fuerzas dominantes en las universidades de la nación. También se planteó el argumento de que el Título IX alentó una guerra de sexos, en vez de calmarla, con la evidencia de que la aplicación de la ley podría haber tenido un efecto perjudicial en los deportes masculinos; un estudio de la Oficina General de Contaduría en 2002 determinó que 311 equipos masculinos de lucha libre, natación y tenis fueron eliminados de los programas deportivos universitarios estadounidenses entre 1982 y 1999. Sea una cuestión controversial o no, el Título IX todavía tiene vigencia. En julio de 2003 el Departamento de Educación (DOE) de Estados Unidos emitió un informe, con base en un estudio de un año, en el que reafirmó las reglas y reglamentaciones de cumplimiento existentes del Título IX, con sólo ligeros cambios de énfasis. La evidencia reciente de la determinación, en todo Estados Unidos, de tomar seriamente el Título IX se puede encontrar en la decisión de un juez federal de Pensilvania en noviembre de 2003, al ordenar a una universidad en su jurisdicción que reinstalase su programa de gimnasia femenina. Debido a una reducción de presupuesto y a un recorte del financiamiento estatal, la Universidad de West Chester había eliminado el programa en abril de 2003 junto con el equipo masculino de lacrosse. Pero el equipo masculino era mucho más grande. Como resultado, el tribunal determinó que la universidad no había satisfecho su obligación legal de acomodar proporcionalmente a las mujeres atletas conforme al Título IX. La gimnasia ha vuelto a ser parte del panorama atlético del colegio. Las discusiones sobre los méritos y efectos tangenciales de la ley nunca se terminarán. Es un debate para mucho tiempo. Lo que no está en discusión es que el Título IX ha cambiado para siempre el panorama deportivo de Estados Unidos.
¡Baloncesto femenino profesional! Un ejemplo asombroso es la Asociación Nacional de Baloncesto Femenino (WNBA). Existe con un brillo y atractivo que las niñas no podrían haber imaginado hace 30 años, en ciudades de las grandes ligas y en estadios ultramodernos. Las miembros del bicampeón mundial Los Angeles Sparks, el equipo femenino de esa ciudad, acumulan tanto "tiempo de espectáculo", como les gusta decir a sus jugadoras en cualquier día en el elegante Centro Staples del área céntrica, como los hombres que juegan para los Lakers, el equipo de la Asociación nacional de Baloncesto (NBA) que patrocina a las Sparks. "Cuando una entra al Madison Square Garden para ver Liberty de Nueva York, da un paso atrás y exclama `¡Esto es baloncesto femenino profesional!'", dice Stringer, del equipo de Nueva York de la WNBA. "Hay algunas cosas que simplemente no podía haber imaginado". Aunque el Título IX haya permitido el efecto de goteo, también desató una cascada de oportunidad en los campos de juego en los que las niñas ahora hacen algo más que observar o animar a los equipos. Las estadísticas hablan con fuerza: según la Women's Sports Foundation (Fundación de Deportes de Mujeres), grupo de fomento sin fines de lucro, antes de que entrase en vigencia el Título IX sólo una de cada 27 niñas participaban en deportes a nivel de escuela secundaria. La fundación ahora ha llevado esa cifra a una de cada tres niñas. Y a medida que las adolescentes avanzaban, también lo hacía su interés en los deportes. Las estadísticas del DOE muestran que en la actualidad hay unas 150.000 mujeres jóvenes que participan en deportes a nivel universitario, cinco veces las 32.000 que se calcula que lo hacían en los colegios universitarios en 1972. Detrás de la miríada de estadísticas hay innegables historias de éxito. Por ejemplo, fue el remo no el baloncesto, el fútbol soccer o el sóftbol lo que primero impulsó a las mujeres a una condición sin precedentes a nivel de la NCAA. En enero de 1996 la NCAA elevó su división de remo femenino a la condición de campeonato, pero no hizo lo mismo con los hombres. Esa decisión significó no solamente que la NCAA estaba de acuerdo con financiar el campeonato nacional del deporte, sino también que el remo que históricamente había tenido fuerte participación tanto de hombres como de mujeres sólo tenía sanción de la NCAA y condición de campeonato para sus tripulaciones femeninas. Nikki Franke es prueba viviente de los éxitos silenciosos que tienen importancia por su efecto duradero. Franke, ex atleta olímpica y durante mucho tiempo entrenadora del renombrado programa de esgrima de la Universidad Temple de Filadelfia, atribuye el crecimiento de su equipo femenino directamente al Título IX. En 1972, el año en que entró en vigencia el Título IX, la universidad elevó la esgrima del nivel de club a nivel de deporte por equipo de mujeres. "En esa época no había becas, pero ellas tenían un equipo", dice Franke. "Así es como comenzó todo". Observa que en la actualidad, con toda la clase y despliegue que ha logrado su escuadra, hay atletas que no fueron reclutadas, muchachas sin historial de competencia a nivel de escuela secundaria. Y son aceptadas, al igual que se los acepta en los equipos de varones. "Si una mujer quiere trabajar duro y aprender, trabajaremos con ella", dice Franke. Desafíos continuos Pero los desafíos persisten. El sexo sigue siendo una cuestión en las filas de los entrenadores. El hecho de querer ser como los hombres en algunas cosas ha significado entregar la dirección de los deportes femeninos a los hombres. Sí, Franke puede señalar una cadena interminable de éxitos. Puede también apuntar a un legado solitario. Hasta 2002 Franke era una de apenas tres mujeres que actuaban como jefas de entrenamiento de los 10 equipos de esgrima mejor clasificados. "Lo que me gustaría es ver la participación de muchas más mujeres, más entrenadoras en todos los niveles", dice Stringer. "Necesitamos alentar a más mujeres". El deporte femenino en Estados Unidos también necesita más mujeres como consumidoras, para hacer valer todo el peso de poder adquisitivo, particularmente en un momento en que las mujeres han aumentado geométricamente su presencia como asalariadas en el país. La caída de la Asociación Unida de Fútbol Soccer Femenino (WUSA), con sus atletas estelares, se debió a la incapacidad de crear apoyo y patrocinio empresarial en un momento en que la economía estadounidense declinaba. Su desaparición fue una desilusión amarga. "Es frustrante", dijo Lynn Morgan, ex ejecutiva de WUSA, cuando se cerró la asociación. "Una pone tanto esfuerzo y tanta inversión, pero las agujas de mueven tan lentamente. Una ve el potencial, pero, simplemente, no puede dar el gran salto para llegar hasta allí". Lo que queda, en las filas de las ligas profesionales, es la WNBA de 14 equipos en asociación con la NBA, apoyada apasionadamente por el comisionado de la NBA David Stern. No obstante, también tiene que aumentar sus ingresos o podría correr una suerte similar. Más allá del campo de juego Para contrarrestar estos desafíos, sin embargo, hay otros éxitos, fuera del propio campo de juego. Los cronistas y comentaristas deportivos de radio y televisión solían ser hombres solamente. Pero ese ya no es el caso. Ahora hay mujeres que hacen los comentarios y los anuncios en las transmisiones de tenis y de golf en Estados Unidos, y también proveen extensos comentarios adicionales de aspectos interesantes en los partidos de fútbol norteamericano y de baloncesto. No están allí como adorno, sino que son periodistas serias. Durante un tiempo, en las décadas de 1970 y de 1980, las mujeres lucharon contra grandes obstáculos para que se les permitiera entrar a los vestuarios de los deportistas junto con sus colegas varones para hacer entrevistas después de los partidos. Siguieron existiendo reglas diferentes. Como observó a mediados de la década de 1990 Chris Berman, periodista de la cadena de cable ESPN, él podía pronunciar mal un nombre sin que hubiera consecuencias, pero si esto le ocurría a una mujer, las consecuencias eran serias. "Con razón o sin razón, algunos televidentes considerarían a las periodistas mujeres culpables hasta que se probara su inocencia, y a los varones inocentes hasta que se probara que eran culpables", dijo. Pero, gradualmente, las críticas y las reglas diferentes se han reducido. Cuando esta reportera fue expulsada físicamente del vestuario del equipo (profesional) de los Padres de San Diego durante la Serie del Campeonato de la Liga Nacional en 1984, la respuesta de diversos bastiones, dominados por los hombres, fue inmensamente medicinal, para no decir útil. La Asociación de Periodistas de Béisbol de Estados Unidos protestó fuertemente contra la política de los Padres ante la oficina del comisionado de béisbol, no porque una mujer hubiera sido expulsada del vestuario, sino porque se había expulsado a una periodista de béisbol. Dentro de un mes de haber asumido como comisionado de béisbol, Peter Ueberroth abrió las puertas del béisbol profesional a todos los reporteros acreditados oficialmente, sin consideración de sexo, de la misma manera en que se las habían abierto previamente en la NBA y en la Liga Nacional de Hockey. Al final, la Liga Nacional de Fútbol Norteamericano siguió el ejemplo, poniendo fin a la lucha que había comenzado hacía mucho tiempo en los tribunales y en los pasillos fríos y oscuros de los estadios deportivos en todo el país. No obstante la importancia que tuvo la decisión de Ueberroth, lo que siempre recordaré más es la acción del primera base de los Padres, Steve Garvey, quien me siguió fuera del vestuario el día en que me expulsaron para asegurar que yo por lo menos tendría una entrevista para mi informe sobre el partido. "Me quedaré todo el tiempo que haga falta", dijo Garvey en un intento por calmar la situación. "Pero tú tienes que tranquilizarte. Tú tienes que cumplir una tarea". Dos días después, Garvey fue más detallado: "Tú tenías una tarea que cumplir, y todo el derecho a hacerlo". Con esas palabras, Garvey resumió no solamente la lucha, sino también la razón continua para librarla. Claire Smith es editora deportiva adjunta del Philadelphia Inquirer en Filadelfia, Pensilvania.
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