REFLEXIONES BALONCESTO CALLEJEROPor John Edgar Wideman Fragmento de su libro "Hoop Roots: Basketball, Race and Love"
Antes de que sus novelas y otros escritos literarios le dieran fama y de que resultara dos veces ganador del premio PEN/Faulkner, John Edgar Wideman era un jugador estrella de baloncesto en la Universidad de Pensilvania. Hoy, se desempeña como profesor distinguido de inglés en la Universidad de Massachusetts en Amherst. En su más reciente libro, titulado Hoop Roots, Wideman dirige su sensibilidad artística a sus orígenes en un barrio pobre de una ciudad. En su libro establece una comparación y un contraste entre sus dos grandes pasiones en la vida: escribir y jugar baloncesto. En el fragmento que se presenta a continuación, cuando Wideman habla sobre la gracia y belleza de jugar baloncesto utiliza la palabra "hoops", un término muy común en los patios de recreo urbanos de Estados Unidos para referirse al baloncesto. Wideman es uno más de una larga línea de autores estadounidenses que, generación tras generación, han examinado las lecciones de la vida y el significado de la existencia desde el punto de mira de una cancha o una pista deportiva.
De niño necesitaba el baloncesto porque mi familia era pobre y de color, vivíamos rodeados de circunstancias económicas que ninguno de nosotros sabía controlar y, si aspiraba a más, a una suerte mejor y diferente a la de otros pobres de color en Homewood (un barrio pobre de la ciudad de Pittsburgh, Pensilvania), tendría que sobresalir. Cuando era niño, pensaba en qué deseaba más de la vida. ¿Más de qué? ¿Dónde podía encontrarlo? ¿Me plantearía verdaderamente preguntas similares a éstas? Cuándo. Cómo. Por qué. Cuando pienso en el pasado, me siento bastante seguro del amor, del despertar de una pasión por el juego y ya no estoy seguro de mucho más. El acto de recordar, la acción de poner en el papel lo que creo que veo y he visto destruye la certeza. El pasado se presenta de manera variable, cambiante, como si fuera una obra en marcha como son el presente o el futuro. No hay un marcador. No hay testigos fidedignos ni demasiados testigos. Ha pasado mucho tiempo. No ha pasado el tiempo. Algo bonito del baloncesto callejero es la manera incesante y minuciosa en que guarda y define los momentos. La práctica diestra del juego exige toda tu atención. Cuando trabajas para mantenerte dentro del juego, el juego trabaja para mantenerte dentro. Ninguna de las operaciones sutiles y complejas de la mente se detienen cuando juegas, sólo están intensamente dedicadas, dirigidas a servir las demandas complejas del juego. En los momentos culminantes del juego se puede tener la imagen de uno mismo como jugador, un aspecto de tu persona que observa la actuación de otro aspecto de tu persona, pero la rapidez del juego, su continuo ir y venir no le permiten al jugador darse el gusto consciente del desdoblamiento y la reflexión que son tan comunes y quizá necesarias para escribir una autobiografía. Cualquiera que sea la ventaja que aporte esta divisibilidad se deja prontamente a un lado cuando juegas baloncesto porque existe la necesidad imperiosa de mantenerte sumamente alerta a lo que experimentas mientras juegas, a la realidad agotadora de las demandas inmediatas del juego. Tú haces la experiencia o te pega en la cara como cuando un compañero de equipo te hace ese pase inesperado del balón que debías haber anticipado. Cuando escribes una autobiografía, cuando miras hacia atrás, cuando tratas de recordar y de verte a tí mismo en algún momento en el pasado, estás jugando muchos juegos a la misma vez. Hay muchos entes, muchos conjuntos de normas que compiten por una posición. Ninguno te ofrece la unidad clarificadora y purificadora del baloncesto. La cancha de baloncesto proporciona el marco, los límites, el entretenimiento y el desafío de la acción-reacción que te obligan a concentrar tu inmensurable energía a un espacio definido, pero al parecer ilimitado. El pasado no se olvida cuando entras a la cancha a jugar. Perdura en ese Gran Momento en el que transcurren los juegos uniendo el pasado, el presente y el futuro, el tiempo que pasa mientras trabajas para hacer valer todo lo que has aprendido sobre el juego, tus instintos controlados, tus respuestas condicionadas, la experiencia acumulada de cualesquiera hayan sido los años que has jugado y observado cómo se juega el juego, un pasado que es equipaje irrelevante a menos que tengas acceso instantáneo. Los titubeos son inútiles.
Las oportunidades sólo se presentan una vez. Y si piensas en que no acertaste el tiro anterior mientras intentas hacer el siguiente, es muy probable que falles de nuevo. Y así sucesivamente, pierdes hasta que, y a menos que, vuelvas a centrar tu mente en el juego. En lo que viene ahora y después y después. El pasado es crucial, pero no en el sentido usual. Significa todo o nada dependiendo de cómo lo utilices, y de cómo lo utilizas atendiendo estricta e intensamente al devenir, al momento. Sí. Puedes sentarte y reflexionar más tarde sobre tu actuación, aprender de tus errores, quizás, o relatar historias entretenidas y transformar errores en jugadas espectaculares, pero nada de ello es jugar baloncesto. Si el baloncesto callejero es un solo y único devenir del tiempo, continuidad ininterrumpida, tiempos cargados, inmersos, presencia perpetua, el escribir es el segundo plano de la desconexión enajenada entre unos mismos entes en competencia, de voces en competencia, a menudo antagonistas, dentro del mismo escritor, voces con agendas distintas, voces que ocupan islas distintas e inconexas en el tiempo y el espacio. El escribir, ya se amolde a un conjunto tradicional de convenciones que gobiernan la relación entre escritor y lector o los experimentos dentro de esas fronteras, depende de algún tipo de secuencia narrativa o de una trama que funcione como el espinazo, así como la acción del juego captura la atención de todos en el espacio lineal del tiempo. El problema del escritor es que tiene que inventar una historia para cada narración. Una historia que interesa a una persona puede aburrir a otra. Las letras describen juegos de baloncesto que el lector nunca puede tener la certeza de que se hayan jugado. El único acceso que se tiene a ellos es a través de la creación del escritor. No se puede ir allí y no se sabe dónde ha sido, sólo hay que aceptar las palabras de otro de que sí existió. He aquí la paradoja: el baloncesto te libera para jugar al colocarte dentro de una verdadera jaula. El escribir enjaula al escritor con la ilusión de que es libre. En el juego de baloncesto te sometes por un tiempo a ciertas normas estrictas y arbitrarias, te circunscribes a ciertas decisiones. Pero una vez dentro, no hay guión, no hay trama que seguir. El escribir te permite imaginarte que estás fuera del tiempo, que generas libremente decisiones y normas, pero según relatas tu historia te va atando más y más fuerte, palabra por palabra vas siguiendo la trama que da forma a tu narración. No hay razón lógica por la que un juego de baloncesto callejero no pueda prolongarse para siempre. En cierto sentido, eso es exactamente lo que el Gran Momento, el amplio océano de vasto alcance del tiempo no lineal, le hace posible al juego. Un escrito que no desarrolle un asunto o que carezca de un final previsto o implícito da la impresión de ser amorfo, de que se va a prolongar indefinidamente y es posiblemente en ese momento en el que pierde a su lector. Afortunada y gratamente, lo imprevisible del lenguaje, su obstinada referencia a sí mismo, su capacidad misteriosa de transmutarse, de afirmar su voluntad propia no importa cuanto se luche por esclavizarlo, moldearlo y forzarlo para expresar tus deseos, el lenguaje con sus recursos inmediatos y quiméricos, y con las propiedades que mágicamente de sí emergen, a veces se acerca a la libertad del baloncesto callejero. El escritor siente lo que es ser un jugador cuando es el entorno lo que impera, cuando sus límites le regalan un viaje a destinos imprevistos, inesperados y sorprendentes, a espacios y zonas que ofrecen la oportunidad de hacer algo, de ser alguien, en algún lugar, de algún modo renovado. Pese a todo lo antes dicho, aún quiero algo más de mis letras. No porque espero algo más de lo que escribo, sólo necesito más. Quiero compartir el entusiasmo inmediato del proceso, de la invención, del juego. Es quizá por ello que enseño redacción. Necesito más de la misma manera que deseaba más cuando era niño en Homewood. Permítanme ser claro. Mientras más hablo del entonces y del ahora no lo hago meramente por placer. La búsqueda equivale a la realización propia. Significa definir nuevamente el arte que practico. En este instante presente, es querer componer y compartir un fragmento de escritura que no fallará porque no se ajusta a la noción que tiene otra persona de lo que un libro debe ser. Estamos plagados de ansiedades bien arraigadas, aun cuando por muchas razones ya tendríamos que darnos cuenta, estamos condenados porque no somos esa otra gente, la gente blanca, y estamos predestinados porque somos lo que somos, nunca seremos suficientemente buenos. Necesito escribir porque puedo aumentar la medida de lo que es posible y permitirme participar en la definición de las normas. En el campo que he elegido puede esforzarme por lograr lo que ha alcanzado Michael Jordan, la estrella de baloncesto profesional de Estados Unidos, en el baloncesto y es convertirse en la vara por la que los demás se miden. Así que el baloncesto callejero y el oficio literario, similares y diferentes, ambos tienen su punto de partida en mi deseo de sobresalir. Buscando cualidades en mí mismo dignas de ser salvadas, algo que otros puedan apreciar y recompensar, cualidades, sobre todo, de las que pueda depender para convencerme de algo, de cambiar para ser mejor o peor. El baloncesto y el escribir me intrigan porque no importa cuántas respuestas formule, cuan excelente sea mi hoja de estadísticas, el baloncesto y escribir me siguen planteando las mismas preguntas. ¿Hay alguien adentro? ¿Quién es esa persona? Si corro el riesgo y revelo al tonto que hay en mi interior, ¿valdrá la pena, me avergonzará, me desconcertará, me representará o sobresaldrá?.
John Edgar Wideman es autor de varias novelas, entre ellas Sent For You Yesterday y Philadelphia Fire, y de varios volúmenes de literatura no novelesca, incluyendo varias memorias, Brothers and Keepers, y Fatheralong: A Meditation on Fathers and Sons, Race and Society. © 2001 por John Edgar Wideman, reimpreso con autorización de The Wylie Agency, Inc.
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