LA FORMACIÓN DE UN GOBIERNO NACIONAL
 El histórico salón de Independence Hall, en Filadelfia, donde los delegados firmaron
la Constitución de Estados Unidos en el verano de 1787. La Constitución es la ley suprema
de la nación. (© Robert Llewellyn) |
Las 13 colonias norteamericanas se convirtieron en los 13
Estados Unidos de América en 1783, después de su guerra
para independizarse de Gran Bretaña. Antes del final de esa
guerra, ratificaron un marco de trabajo para sus esfuerzos colectivos.
Esos Artículos de la Confederación permitieron crear una unión,
pero ésta era extremadamente informal y frágil. George Washington
la llamó “una cuerda de arena”.
No había moneda común en virtud de que cada estado
acuñaba todavía la suya. Tampoco existía una fuerza militar nacional
pues muchos estados seguían teniendo sus propios ejércitos y
armadas. Había poco control centralizado sobre la política exterior;
los estados negociaban directamente con otros países y tampoco
tenían un sistema nacional para establecer y recolectar impuestos.
 Original de la Constitución de Estados
Unidos firmada por los delegados en
Filadelfia el 17 de septiembre de 1787. (The National Archives) |
Las disputas entre Maryland y Virginia por los derechos de
navegación en el río Potomac, que era su frontera común, dieron
lugar a una conferencia de cinco estados en Annapolis, Maryland
en 1786. Alexander Hamilton, un delegado de Nueva York, dijo que
esos problemas comerciales eran parte de cuestiones económicas
y políticas más amplias. Añadió que lo que se necesitaba era un
replanteamiento de la Confederación. Él y los demás delegados
propusieron organizar una convención con ese propósito. El apoyo
de Washington, que era sin duda el hombre que inspiraba más
confianza en Estados Unidos, los ayudó a imponerse sobre quienes
pensaban que esa idea era demasiado audaz.
La reunión realizada en Filadelfia en mayo de 1787 fue notable.
Los 55 delegados elegidos para la convención tenían experiencia en
el gobierno colonial y estatal. Ellos conocían bien la historia, la ley
y la teoría política. Eran jóvenes en su mayoría, aunque en el grupo
estaba también el veterano Benjamin Franklin, quien se acercaba
al final de una extraordinaria carrera de servicio público y logros
científicos. Dos estadounidenses notables no estaban allí: Thomas
Jeff erson había ido a París como embajador de Estados Unidos
en Francia, y John Adams estaba en Londres como embajador en
Gran Bretaña.
 James Madison, cuarto presidente de Estados
Unidos, es considerado a menudo como “El
Padre de la Constitución”. (The American History Slide Collection, © Instructional Resources Corporation) |
 John Marshall, presidente de la Corte
Suprema de EE.UU. de 1801 a 1835, en un
retrato de Alonzo Chappel. (© AP Images) |
El Congreso Continental había autorizado a la convención para
que enmendara los Artículos de la Confederación. En lugar de eso,
los delegados descartaron los Artículos por considerar que no eran
adecuados para las necesidades de la nueva nación e idearon una
nueva forma de gobierno basada en la separación de los poderes
legislativo, ejecutivo y judicial. La reunión se había convertido en
una convención constitucional.
Llegar a un consenso en algunos de los detalles de una nueva
constitución sería en extremo difícil. Muchos delegados abogaban
por un gobierno nacional fuerte que limitara los derechos de los
estados. Otros argumentaban en forma igualmente convincente
a favor de un gobierno nacional débil que preservara la autoridad
estatal. Algunos delegados temían que los estadounidenses
no fueran capaces de gobernarse por sí mismos y, por lo tanto,
se oponían a las elecciones populares de cualquier tipo. Otros
pensaban que el gobierno nacional debía tener una base popular de
la mayor amplitud posible. Los representantes de estados pequeños
insistían en una representación igualitaria en la legislatura nacional.
Los de estados grandes creían que ellos merecían tener más
influencia. Los representantes de estados donde la esclavitud era
ilegal esperaban que ésta fuera proscrita. Los que venían de estados
esclavistas rechazaban cualquier intento a ese respecto. Algunos
delegados querían limitar el número de los estados de la Unión.
Otros pedían que se otorgara la condición de estado a las tierras
recién colonizadas en el Oeste.
Cada cuestión suscitó nuevas divisiones y cada una fue resuelta
por medio de un compromiso.
El texto de la Constitución no era un documento largo. Sin
embargo, sirvió de marco general para establecer el gobierno más
complejo creado hasta entonces. El gobierno nacional tendría
plenas facultades para emitir moneda, recaudar impuestos, otorgar
patentes, conducir la política exterior, mantener un ejército,
establecer oficinas de correos y declarar la guerra. Además, tendría
tres ramas iguales –un congreso, un presidente y un sistema de
tribunales– con facultades equilibradas y contrapesos para que
todas controlaran sus acciones en forma recíproca.
Los intereses económicos influyeron en el curso del debate
en torno al documento, pero lo mismo se puede decir de los
intereses estatales, sectoriales e ideológicos. Otro factor importante
fue el idealismo de los hombres que lo redactaron. Ellos estaban
convencidos de que habían ideado un gobierno que promovería la
libertad individual y la virtud pública.
El 17 de septiembre de 1787, al cabo de cuatro meses de
deliberaciones, la mayoría de los delegados firmaron la nueva
Constitución. Acordaron que ésta se convertiría en la ley suprema de
la nación cuando nueve de los 13 estados la hubieran ratificado.
El proceso de ratificación se prolongó cerca de un año. Los
opositores expresaban su temor de que un gobierno central fuerte
llegara a ser tiránico y opresivo. Los partidarios respondían que
el sistema de frenos y contrapesos impediría que eso ocurriera.
El debate hizo que surgieran dos facciones: los federalistas que
deseaban un gobierno central fuerte y apoyaban la Constitución,
y los antifederalistas que proponían una asociación informal de
estados y se oponían a la Constitución.
Aún después de que la Constitución fue ratificada, muchos
estadounidenses sentían que carecía de un elemento esencial
pues, a su juicio, no especificaba los derechos de los individuos.
Cuando el primer Congreso se reunió en la ciudad de Nueva York
en septiembre de 1789, los legisladores accedieron a agregar las
disposiciones en cuestión. Tuvieron que pasar otros dos años antes
que esas 10 enmiendas –conocidas en conjunto como la Carta de
Derechos– fueran incorporadas a la Constitución.
La primera de las 10 enmiendas garantiza la libertad de
expresión, de prensa y religiosa; y el derecho de protestar, reunirse
pacíficamente y exigir cambios. La cuarta protege contra los
registros y arrestos sin causa razonable. La quinta dispone el debido
proceso judicial en todos los casos penales. La sexta garantiza el
derecho a un juicio imparcial y expedito. Y la octava protege contra
los castigos crueles e inusuales.
Desde que la Carta de Derechos fue adoptada, hace más de 200
años, sólo 17 enmiendas más han sido agregadas a la Constitución.
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