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“SOSTENEMOS QUE ESTAS VERDADES SON EVIDENTES POR SÍ MISMAS....”

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Los principios de la libertad
La Constitución de Estados Unidos
Una casa dividida
La lucha por el sufragio femenino
El Nuevo Trato
El Movimiento de los Derechos Civiles
Descontento y cambio
La guerra fría y después


Para mí, la Primera Enmienda significa... que la única forma constitucional en que nuestro gobierno puede preservarse a sí mismo consiste en dar a su pueblo la más completa libertad posible para elogiar, criticar o discutir todas las políticas gubernamentales, como lo juzgue apropiado, y expresar, si así lo desea, que hasta sus postulados más fundamentales son erróneos y deben ser modificados....

Hugo Black, juez de la Corte Suprema de Estados Unidos (1886-1971), tomado de su opinión disidente en el caso Barenblatt v. Estados Unidos, 1959


Tradicionalmente, los primeros estadounidenses no hablaban de “derechos humanos”. Sin embargo, sí hablaron de independencia y de libertades a las que asignaban un alto valor. Como súbditos británicos, estaban muy familiarizados con la continua evolución de los derechos políticos y constitucionales en Gran Bretaña.

Muchos de los primeros colonizadores llegaron al Nuevo Mundo en busca de la libertad religiosa que la Europa del siglo XVII les negaba. Massachusetts fue fundada por puritanos, Pennsylvania por cuáqueros, Maryland por católicos. Calvinistas franceses —los hugonotes— intentaron la colonización temprana de la región central del sur y más tarde se establecieron en gran número en varias colonias ubicadas más al norte. Tal parece que esos grupos tan religiosos no se aceptaron mutuamente en un principio; de hecho, algunos les impusieron su voluntad a las minorías religiosas e instituyeron religiones de Estado en la Norteamérica colonial. Sin embargo, al cabo del tiempo, las exigencias de la vida colonial fomentaron un sentimiento de tolerancia religiosa entre los grupos y, en la mayoría de los casos, la libertad de culto fue incorporada a la ley y la costumbre de las colonias.

Además de llevar su fe religiosa al Nuevo Mundo, los colonizadores norteamericanos trajeron consigo la pasión por el autogobierno. Desde antes de su desembarco en la costa de Massachusetts en 1620, los primeros colonizadores de Norteamérica, los puritanos, concertaron el “Pacto del Mayflower”, en el cual se comprometieron a acatar “leyes justas e igualitarias”, elaboradas por dirigentes elegidos por ellos mismos. La democracia de Massachusetts no era perfecta, pero a medida que más y más colonizadores llegaron a los asentamientos de la costa y poblaron el interior de la región nororiental de Estados Unidos —la que hoy se conoce como Nueva Inglaterra— surgió una tendencia a la inclusión. Ya en el siglo XVIII se había establecido firmemente el carácter democrático de Nueva Inglaterra, pues allí los habitantes de cada poblado se reunían como su propia autoridad legislativa. Entre los padres fundadores de Estados Unidos surgidos de este medio figuraron John y Samuel Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman, James Otis, Alexander Hamilton y muchos otros.

En Virginia, la más grande de las colonias del sur, cuya estructura social era muy distinta de la de Nueva Inglaterra, también había una larga tradición de participación en el gobierno local. De esta tradición surgieron George Washington, Thomas Jefferson, George Mason, James Madison y otros fundadores de Estados Unidos.

Así, cuando llegó el momento en que los colonizadores norteamericanos disolvieron los vínculos políticos que los unían a Gran Bretaña, se apegaron a un acervo de leyes y costumbres bien establecidas que reconocían la libertad de expresión, de culto religioso y de reunión, así como el derecho de petición, de ser juzgado con justicia y de participar en el gobierno de sus propios asuntos. De hecho, el menoscabo de esas libertades fue la chispa que encendió la revolución norteamericana para independizarse de Gran Bretaña.

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Los principios de la libertad
Aun cuando las primeras batallas de la Independencia de Estados Unidos tuvieron lugar en 1775, la Declaración de Independencia de las colonias americanas fue el anuncio formal de la Revolución en 1776. Su principal autor fue Thomas Jefferson, quien sería después el tercer presidente de Estados Unidos.

En la Declaración de Independencia, Jefferson creó una afirmación sucinta, pero elocuente, de los derechos humanos y la ley natural. En el segundo párrafo de la Declaración, Jefferson escribió: “Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas el hecho de que todos los hombres son creados iguales; que a todos les confiere el Creador ciertos Derechos inalienables, entre los cuales se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad... que para garantizar estos derechos, los Hombres instituyen Gobiernos cuyos justos poderes provienen del consentimiento de los gobernados....”

Como dijo acerca de la Declaración Abraham Lincoln, quien encabezó a Estados Unidos en su batalla más enconada por los derechos humanos —la Guerra Civil— más de medio siglo después, los signatarios “intentaron sencillamente declarar ese derecho, con miras a que su debido cumplimiento se llevara a efecto en la forma más expedita que permitieran las circunstancias. Su propósito fue establecer una máxima uniforme para una sociedad libre, que fuera conocida y honrada por todos, para que en todo momento se esforzaran por alcanzarla, trabajaran continuamente por su consecución y, aunque jamás se alcanzara en forma perfecta, la aproximación a la misma fuera constante y, por ende, que su influencia se difundiera y profundizara sin cesar, incrementando así la felicidad y el valor de la vida para todas las personas, de todos los colores, en todas partes”.



Abraham Lincoln, 16º presidente de Estados Unidos, declaró el final de la esclavitud en todas las regiones rebeldes el 1 de enero de 1863, con la Proclamación de Emancipación.

Matthew Brady, Biblioteca del Congreso. (Para una foto ampliada - 16 Kb - haga clic en la imágen)

Si bien es cierto que la Declaración de Independencia no provocó la Revolución de Estados Unidos, esclareció la base racional para la lucha, la cual prosiguió, con ayuda de los franceses, hasta que se rindieron los británicos. El 3 de septiembre de 1783, representantes estadounidenses y británicos firmaron los artículos de paz —el Tratado de París— en el cual Gran Bretaña reconoció la independencia, libertad y soberanía de las 13 ex colonias norteamericanas que pronto se convertirían en estados.

En los primeros años de independencia, los estados norteamericanos siguieron siendo en gran parte independientes unos de otros, unidos solamente por los Artículos de la Confederación, poco específicos, que constituían la ley fundamental de la nueva nación. Esos artículos eran considerados más como un tratado entre estados iguales, unidos en busca de ventajas económicas y de seguridad militar, que como una constitución formal para gobernar al país. Esto se debió a la decisión deliberada de muchos, que temían la presencia de un gobierno central y creían que las libertades individuales estarían mejor protegidas en el nivel estatal que en el plano nacional.

El éxito de la revolución brindó a los estadounidenses la oportunidad de dar forma legal a sus ideales, tal como se expresan en la Declaración de Independencia, y remediar algunos agravios mediante las constituciones estatales. Ya en mayo de 1776, el Congreso había aprobado una resolución en la cual se recomendaba a las colonias la formación de nuevos gobiernos, “como resulte más conducente para la felicidad y seguridad de sus integrantes”. A un año de la Declaración de Independencia, sólo tres estados no habían redactado todavía su respectiva constitución.

El primer objetivo de los creadores de constituciones estatales fue garantizar aquellos derechos inalienables cuya violación impulsó a las ex colonias a romper sus vínculos con Gran Bretaña. Por eso cada constitución comenzaba con una declaración o carta de derechos. La constitución de Virginia, que fue el modelo para las demás, incluía una declaración de principios tales como la soberanía popular, la rotación en los cargos públicos y la libertad en las elecciones, además de una enumeración de libertades fundamentales: fianzas moderadas y castigos humanos, juicio expedito mediante jurado, libertad de prensa y de conciencia, y el derecho de la mayoría a reformar o cambiar al gobierno.

Otros estados prolongaron la lista de libertades. Pero las constituciones estatales tenían también limitaciones ostensibles. Las colonias al sur de Pennsylvania privaron a sus poblaciones de esclavos de sus derechos inalienables como seres humanos. Las mujeres no tenían derechos políticos. Ningún estado llegó al punto de permitir el sufragio masculino universal, e incluso en los estados que concedían el voto a todos los que pagaban impuestos, se requería que el aspirante a ocupar cargos públicos tuviera un patrimonio.

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La Constitución de Estados Unidos

No fue sino hasta 1787 cuando los representantes de los estados se reunieron en Filadelfia, Pennsylvania, para redactar la Constitución de Estados Unidos. Lo que ellos elaboraron fue un documento de compromiso y democracia representativa, que se adaptó bien a las circunstancias cambiantes por más de 200 años. Según la declaración de sus creadores en el preámbulo de esta ley básica de la nación, el documento fue escrito “para formar una Unión más perfecta, establecer la Justicia, asegurar la Tranquilidad nacional, proveer para la defensa común, fomentar el Bienestar general y garantizar las Bendiciones de la Libertad para nosotros mismos y para nuestra descendencia....”

Sin embargo, la nueva Constitución tuvo muchos opositores. Sólo aprobaron el documento después de obtener la promesa de que muy pronto se agregaría una serie de enmiendas a la mayoría de las constituciones estatales, para garantizar las libertades civiles.

Con este propósito, en 1791 se añadieron diez enmiendas a la Constitución, conocidas colectivamente como la Carta de Derechos. Esas enmiendas garantizan específicamente la libertad religiosa, de expresión y de prensa. En ellas se proclama el derecho de las personas a reunirse pacíficamente, a exigir al gobierno la reparación de agravios, a portar armas, a la protección de su persona, su casa, sus documentos y efectos personales contra registro e incautación fuera de lo razonable, al debido proceso judicial y a un juicio público y expedito por un jurado imparcial.

Desde la adopción de la Carta de Derechos, sólo 17 enmiendas adicionales se han incorporado a la Constitución. En varias de esas enmiendas se revisó la estructura y la operación del gobierno federal, pero muchas siguieron el precedente establecido por la Carta de Derechos y ampliaron las garantías y libertades individuales.

Si bien es cierto que Estados Unidos comenzaron con un conjunto de libertades y derechos bien establecidos, tuvieron que pasar casi dos siglos para que pudiera decirse que esos derechos y libertades incluían a toda su población.

Un paso hacia una mayor inclusión consistió en expandir la franquicia más allá de los estrechos preceptos de la época, según los cuales sólo los varones blancos con propiedades podían votar u ocupar cargos públicos. A principios del siglo XIX, prácticamente todos los estados habían suprimido el requisito de tener un patrimonio como condición para votar o para ocupar cargos públicos, y la élite aristocrática que antaño gobernó al país ya había sido desplazada en gran parte por el nuevo norteamericano, el hombre forjado por sí mismo. Como lo comentó el autor francés Alexis de Tocqueville en su introducción a Democracy in America (La democracia en Estados Unidos) a mediados del siglo XIX, “cuanto más avanzo en el estudio de la sociedad estadounidense, tanto más me percato de que esa condición de igualdad es el hecho fundamental del cual parecen dimanar todos los demás”.

La expansión del sufragio dio lugar a un nuevo concepto de educación, pues los estadistas de todo el mundo percibieron la amenaza que implicaba el sufragio universal en manos de un electorado analfabeta y sin guía. Esos dirigentes tenían el respaldo de los sindicatos obreros, cuyos líderes exigían escuelas gratuitas para todos los niños, financiadas con los impuestos; poco a poco, los estados promulgaron leyes para ofrecer ese tipo de instrucción. Sin embargo, aunque el sistema de escuelas públicas se volvió muy común en todo el norte del país, la lucha por la educación pública duró muchos años en otras regiones.

La búsqueda de derechos y oportunidades de los estadounidenses atestiguó también el inicio de la organización de los trabajadores. En 1835, fuerzas laborales lograron que se redujera la antigua jornada de trabajo “de sol a sol” a un horario de 10 horas, en Filadelfia, Pennsylvania. En otras reformas de la época se abordaron los problemas de las cárceles y el cuidado de los enfermos mentales. Se hicieron esfuerzos para convertir las prisiones que hacían énfasis en el castigo, en penitenciarías donde los internos pudieran rehabilitarse, y para instituir hospitales estatales dedicados al cuidado de los enfermos mentales, a quienes antes se confinaba en miserables manicomios y prisiones.

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Una casa dividida

A pesar de la difusión de la democracia, la práctica de la esclavitud hizo mofa del concepto de la libertad y la búsqueda de la felicidad como derechos de todos los estadounidenses. La lucha por contener y a la postre derrotar a la esclavitud se prolongó tres cuartos de siglo. El primer golpe lo asestó Thomas Jefferson, a pesar de que él mismo tenía esclavos. Su Ordenanza del Noroeste, de 1787, que fue adoptada bajo los Artículos de la Confederación, proscribió la esclavitud en los territorios más septentrionales de Estados Unidos.

El comercio internacional de esclavos fue abolido en 1808 y mucha gente pensó que eso pondría fin a la esclavitud también en Estados Unidos. Sin embargo, la esperanza resultó falsa, pues en la siguiente generación la región sur del país cerró filas en torno a la institución de la esclavitud, ya que el auge de las industrias sureñas intensivas en trabajo, como las de algodón, tabaco y caña de azúcar, hizo que los esclavos fueran inmensamente lucrativos. Así, los líderes del sur se aferraron a la esclavitud y anularon todas las acciones del movimiento abolicionista, cada día más fuerte y elocuente.


Frederick Douglass fue una voz destacada a favor de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos; exigió que se extendieran todos los derechos políticos para los afro-estadounidenses.
National Archives. (Para una foto ampliada - 20 Kb - haga clic en la imágen)

En sí misma, la esclavitud era un sistema de brutalidad y coerción en el cual los azotes y la separación de las familias por la venta individual de esclavos, eran lo más común. Sin embargo, la crítica más incisiva contra la esclavitud era que, a juicio de muchos, violaba la esencia misma del derecho de todos los humanos a ser libres.

La situación empezó a cambiar con la elección de Abraham Lincoln como presidente del país en 1860. “Una casa dividida contra sí misma no puede prevalecer”, había dicho él en un discurso de su campaña para llegar al Senado en 1858. “Creo que este gobierno no podrá durar permanentemente medio esclavo y medio libre”. Lincoln asumió la presidencia el 4 de marzo de 1861, y el 12 de abril de ese año los sureños abrieron fuego contra tropas federales estacionadas en el Fuerte Sumter, en el puerto de Charleston, Carolina del Sur, iniciando así la Guerra Civil estadounidense. La lucha entre los dueños de esclavos del sur, que querían independizarse de la Unión, y los residentes del norte costó medio millón de vidas de norteamericanos antes de llegar a su fin en 1865.

Lincoln declaró el final de la esclavitud el 1 de enero de 1863, con la Proclamación de Emancipación, en la cual declaró que todos los esclavos residentes de las regiones rebeldes serían “libres para siempre”. La esclavitud quedó formalmente abolida en diciembre de 1865, mediante la Decimotercera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, la cual dispone que “ni la esclavitud ni la servidumbre involuntaria existirán en Estados Unidos o en lugar alguno sujeto a su jurisdicción, salvo como castigo por un delito del cual la persona haya sido debidamente convicta”.

A unos cuantos meses del final de la guerra, el Congreso empezó a elaborar un plan para la reconstrucción del sur, que fue devastado por la lucha armada. A mediados de 1866, el Congreso ya había aprobado una carta de derechos civiles y establecido una Oficina de Hombres Libertos, ambas con el fin de evitar la discriminación contra los negros a manos de las legislaturas del sur. El Congreso aprobó también la Decimocuarta Enmienda a la Constitución, la cual declara que “toda persona nacida o naturalizada en Estados Unidos y sujeta a su jurisdicción será ciudadana de este país y de los estados donde resida. Ningún estado aprobará o aplicará ley alguna que restrinja los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de Estados Unidos; ni ningún estado privará a persona alguna de su vida, su libertad o su propiedad sin el debido proceso de ley, ni negará a nadie, dentro de su jurisdicción, la protección de las leyes en un plano de igualdad”. Así se rechazaba un veredicto anterior —conocido como la decisión Dred Scott, por el nombre del esclavo negro que presentó la querella— por el cual se negaba a los esclavos el derecho de ciudadanía.

Todas las legislaturas del sur, con una sola excepción, se negaron a ratificar la enmienda. La enmienda no fue ratificada hasta 1868, cuando la ratificación de la misma se impuso como condición para que los estados del sur pudieran librarse de la presencia de un gobierno militar permanente, establecido por el Congreso en esa región.

En 1870 se agregó otra enmienda a la Constitución, esta vez para afirmar que la raza no debía ser causa de impedimento para el derecho al sufragio. La Decimoquinta Enmienda, ratificada el 30 de marzo de ese año, dispone que “ni Estados Unidos ni ningún estado de la Unión negará o coartará a los ciudadanos de Estados Unidos el derecho al voto, por razón de raza, color o condición previa de esclavitud”.

A pesar de las leyes aprobadas y los esfuerzos realizados para resolver los problemas del sur, la Reconstrucción fue un periodo de regresión en muchos aspectos. Las legislaturas estatales del sur aprobaron “códigos negros”, con miras a imponer nuevamente la servidumbre a las personas libertas. Los códigos variaban de un estado a otro, pero todos tenían disposiciones en común. A los negros se les exigía la firma de contratos anuales de trabajo y se les imponían castigos en caso de violación; los hijos dependientes estaban sujetos a aprendizaje obligatorio y a penas corporales al arbitrio de sus amos; y los vagabundos podían ser vendidos para el servicio privado si no lograban pagar cuantiosas multas. El último cuarto del siglo XIX atestiguó también una gran profusión de leyes “discriminatorias para los negros”, en los estados sureños, por las cuales éstos segregaron las escuelas públicas; prohibieron o limitaron el acceso de los negros a instalaciones públicas, como parques, restaurantes y hoteles; y negaron a la mayoría de los negros el derecho al voto, con la aplicación de impuestos electorales y exámenes arbitrarios de lectura y escritura.

En efecto, a los esclavos se les había otorgado la libertad, pero no la igualdad. Sus necesidades económicas no eran plenamente atendidas en el norte. Aun cuando la Oficina de Personas Libertas trató de proteger a los esclavos frente a la violencia, no les pudo brindar oportunidades políticas y económicas. Los negros dependían de los blancos del norte —algunos de ellos, racistas— para que los defendieran del Ku Klux Klan, una organización de hombres blancos que amenazaba a los negros y les impedía ejercer sus derechos. Sin recursos económicos, muchos negros del sur se vieron forzados a trabajar como granjeros arrendatarios en tierras pertenecientes a los que habían sido sus amos, lo cual creó un ciclo de pobreza.

Por el fracaso del periodo de la Reconstrucción, la lucha de los afro-estadounidenses por la libertad y la igualdad tuvo que ser aplazada hasta el siglo XX, en el cual resurgió como un problema nacional, no sólo del sur.

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La lucha por el sufragio femenino
Una de las voces más potentes que se alzaron en defensa de la libertad, en el siglo XIX, fue la de Frederick Douglass. Nacido como esclavo en el sur, en 1817, logró escapar al norte y después encontró los medios para comprar su libertad, es decir, la garantía de no ser devuelto al sur como un objeto de propiedad.

A pesar de que las leyes de la época prohibían que los esclavos aprendieran a leer, en cuanto Douglass logró liberarse descubrió que tenía dotes para escribir y también para hablar en público. Fundó un periódico llamado North Star para hacer campañas contra la esclavitud, escribió veintenas de artículos en revistas y periódicos, y llegó a ser uno de los portavoces de la Sociedad Antiesclavista de Massachusetts. Douglass ayudó también a crear el Ferrocarril Subterráneo, una red de rutas secretas mediante las cuales un grupo de personas, tanto negras como blancas, ayudaban a los esclavos fugitivos a llegar al norte y, por ende, a la libertad.

Si bien es cierto que Frederick Douglass fue una voz destacada a favor de la libertad para los negros estadounidenses, luchó también por los derechos humanos de todas las personas, incluso por el derecho de las mujeres al voto. Aunque menos sangrienta que la guerra contra la esclavitud, la batalla por el sufragio femenino, que comenzó en el siglo XIX y continuó hasta la primera parte del siguiente, fue un largo y penoso combate contra la estrechez de criterio, la tradición, el prejuicio y la exclusión.

En las décadas de 1830 y 1840, la mujer había desempeñado papeles importantes en varios movimientos de reforma estadounidenses, como el de la templanza (la prohibición del alcohol), la abolición (de la esclavitud) y la reforma de la educación. Aunque el trabajo que realizaban era importante, las mujeres se percataron de que no podían ni ocupar cargos de liderazgo ni cabildear vigorosamente por sus posiciones. Se esperaba que ellas estuvieran siempre en segundo plano. Para algunas, la situación se volvió intolerable.

La primera “reunión de mujeres” importante tuvo lugar en 1848, en la Capilla Wesleyana de Seneca Falls, Nueva York. Nada tuvo de extraño que sus principales organizadoras estuvieran vinculadas con el movimiento abolicionista. Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott habían tratado de asistir en Londres a una reunión antiesclavista, pero fueron excluidas porque eran mujeres. Su indignación por ser tratadas así las llevó directamente a la reunión de Seneca Falls, donde 240 personas, 40 de las cuales eran hombres, se dieron cita para redactar una “carta de derechos de la mujer”, usando como modelo la Declaración de Independencia. A pesar de que el proyecto incluía una disposición a favor del derecho de la mujer al voto, la mayoría de los delegados se negaban a aprobar semejante medida, y ésta sólo fue adoptada cuando Frederick Douglass tomó la palabra en la asamblea.

A partir de entonces, la conquista de ese derecho sería el toque de llamada en todas las convenciones sobre los derechos de la mujer. Poco a poco se permitió que las mujeres hablaran en público y varios estados adoptaron leyes para autorizar a la mujer a tener propiedades a su nombre, retener sus ganancias y conservar la custodia de sus hijos en caso de divorcio.

En 1869, Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony fundaron la Asociación Nacional para el Sufragio de la Mujer y emprendieron una campaña general por una enmienda a la Constitución de Estados Unidos en la cual se reconociera el derecho de voto de la mujer. Así se forjó entre ambas una alianza de 50 años, en los cuales llegaron a ser las defensoras más francas del movimiento femenino en Estados Unidos.

Ese mismo año, el estado occidental de Wyoming fue el primero que reconoció el derecho de voto de la mujer dentro de sus fronteras. Sin embargo no fue sino hasta 1920, al ser aprobada la Decimonovena Enmienda a la Constitución, cuando se concedió el derecho al sufragio a todas las mujeres adultas del país.

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El Nuevo Trato

Otra lucha les correspondió a los trabajadores. La vida del obrero estadounidense del siglo XIX distaba mucho de ser fácil. Aun en las buenas épocas, los salarios eran bajos, los horarios muy largos y las condiciones de trabajo, peligrosas. Antes de 1874, cuando Massachusetts aprobó la primera legislación del país que limitó a 10 horas diarias la jornada máxima que podían trabajar las mujeres y los niños como obreros en las fábricas, prácticamente no existía legislación laboral en la nación. De hecho, no fue sino hasta la década de 1930 cuando el gobierno federal se involucró activamente en el asunto.

Franklin Delano Roosevelt fue elegido para ocupar la presidencia de Estados Unidos en 1932. A raíz de esa elección, el concepto de los derechos se amplió para incluir los de tipo económico y social. El programa de alivio federal directo y de seguridad económica propuesto por Roosevelt, conocido como el Nuevo Trato, contó con el apoyo de la abrumadora mayoría de los estadounidenses, quienes entonces padecían por la devastadora Gran Depresión de los años 30.

El Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley de Seguridad Social en 1935. Por esta ley se creó un sistema de seguro para los ancianos, los desempleados y los incapacitados, financiado con aportaciones del empleador y el empleado. El programa fue patrocinado, en gran parte, con un impuesto sobre los pagos a los trabajadores que tenían empleo. Aunque su origen fue modesto, la Seguridad Social es hoy uno de los programas nacionales más grandes que administra el gobierno del país, y garantiza a millones de estadounidenses un mínimo de protección económica.

En el mismo año, los trabajadores conquistaron el derecho de organizarse y negociar en forma colectiva. Después, en 1938, se estableció el salario mínimo y la jornada de trabajo semanal máxima.



Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos de 1933 a 1945, exhortó a todos los gobiernos a garantizar a sus ciudadanos el derecho de estar libres de las privaciones y el temor, además de la libertad de expresión y de culto.
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Aun cuando Roosevelt se vio a sí mismo dentro de la tradición de Thomas Jefferson y Abraham Lincoln a causa de su interés por los derechos políticos, la necesidad lo obligó a preocuparse por los problemas de la pobreza y las necesidades económicas fundamentales. El estallido de la guerra en Europa, en 1939, hizo que Roosevelt se apartara de los apremiantes problemas internos del país y considerara el tipo de mundo que podría surgir tras la devastación de tantos millones de seres. En enero de 1941, en el que se llegó a conocer como el discurso de las “cuatro libertades”, Roosevelt exhortó a todos los gobiernos a garantizar a sus ciudadanos el derecho de estar libres de las privaciones y el temor, además de la libertad de expresión y de culto.

En agosto de 1941, Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill concertaron la Carta del Atlántico, que proclamó la amplia visión de un nuevo mundo de posguerra basado en la democracia, la libertad, el desarme y la cooperación internacional. En enero de 1942, dos docenas de naciones que luchaban contra Japón y la Alemania nazi adoptaron los principios básicos de dicha carta. En ese documento se usó por primera vez el término “las Naciones Unidas”, acuñado por Roosevelt.

En diciembre de 1941, los japoneses atacaron la base naval estadounidense de Pearl Harbor, Hawai. La fiereza del ataque y el temor al espionaje asiático indujeron al gobierno de Estados Unidos a confinar a su población de origen japonés sin el debido proceso judicial. En febrero de 1942, casi 120.000 japonés-estadounidenses residentes de California fueron desalojados de sus viviendas y recluidos en 10 campos de concentración temporal, cercados con alambre de púas, para ser trasladados más tarde a “centros de reubicación”, en las afueras de poblados aislados del sudoeste. Más del 60% de esos estadounidenses de origen nipón nacieron en Estados Unidos y eran ciudadanos del país. Jamás se encontraron pruebas de espionaje. De hecho, varios japonés-estadounidenses de Hawai y de la porción continental de Estados Unidos combatieron con distinción en el frente italiano, y otros prestaron servicio en el Pacífico como intérpretes y traductores. Si bien la exclusión de los japoneses de la costa occidental de Estados Unidos fue mantenida por la Corte Suprema del país en el caso Korematsu v. U.S. en 1944, el gobierno nacional reconoció en 1983 la injusticia de esos actos y pagó indemnización a los estadounidenses de origen japonés de aquella época que todavía vivían.

Durante toda la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt siguió teniendo un profundo interés por la paz que vendría después y por establecer instituciones internacionales eficaces, para promover los derechos humanos fundamentales de toda la humanidad, no sólo de los estadounidenses. Como dijo el filósofo político Isaiah Berlin, la visión de responsabilidad internacional de Roosevelt lo hizo un héroe “para los indigentes y los oprimidos, aun más allá de los confines del mundo de habla inglesa”.

Roosevelt nunca dejó de creer que surgiría un mundo mejor después de la guerra. “El hecho grandioso que conviene recordar es que la tendencia de la civilización siempre es ascendente”, dijo en su discurso de toma de posesión —el cuarto y último— en enero de 1945. En 1945, el año de su muerte, las Naciones Unidas y las instituciones financieras internacionales en cuya creación trabajó tanto, ya estaban en vías de convertirse en instituciones perdurables. En contraste con los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se negaron a ser miembros de la Liga de las Naciones y adoptaron una política de aislacionismo, su participación en la conferencia de San Francisco de 1945, para construir el marco general de las Naciones Unidas, demostró al mundo que el país estaba dispuesto a desempeñar un papel clave en los asuntos internacionales.

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El Movimiento de los Derechos Civiles

Los cambios forjados en Estados Unidos por Franklin Roosevelt y la Segunda Guerra Mundial ayudaron a iniciar el proceso por el cual se les reconocerían todos los beneficios de la libertad a los estadounidenses de origen africano. A pesar de la Carta de Derechos, de las enmiendas a la Constitución de Estados Unidos que les reconocían plenos derechos de ciudadanía, y de numerosas órdenes ejecutivas presidenciales, los afro-estadounidenses seguían siendo objeto de una discriminación generalizada, flagrante y a menudo de carácter legalista.

Los afro-estadounidenses empezaron a mostrar una rebeldía cada vez mayor en los años de la posguerra. Durante la guerra, impugnaron la discriminación en los servicios militares y en la fuerza de trabajo, y lograron modestos progresos. Millones de negros salieron de las granjas del sur para ir a las ciudades del norte, con la esperanza de encontrar mejores empleos. En lugar de eso, hallaron condiciones de gran hacinamiento en los barrios bajos urbanos. Ahora los combatientes negros regresaban a la patria, dispuestos a rechazar su condición de ciudadanos de segunda, al tiempo que otros negros comenzaban a afirmar que había llegado el momento de exigir la igualdad racial.

En esa época, los negros del sur disfrutaban de pocos derechos civiles y políticos, o quizá ninguno. Más de un millón de soldados negros habían combatido en la Segunda Guerra Mundial, pero los que provenían del sur no podían votar. Los negros que intentaban registrarse como votantes se arriesgaban a una probable golpiza, a la pérdida del empleo, a la suspensión del crédito o a ser despojados de sus tierras. Todavía se perpetraban linchamientos y las leyes de discriminación seguían manteniendo la segregación racial en tranvías, ferrocarriles, hoteles, restaurantes, hospitales, centros recreativos y también en el empleo.

El presidente Harry Truman, un demócrata, apoyó la campaña de los derechos civiles y su respuesta consistió en enviar al Congreso un programa de 10 puntos sobre ese tema. Cuando los demócratas del sur, indignados por la vigorosa posición adoptada frente a los derechos civiles, abandonaron las filas del Partido Demócrata en 1948, Truman expidió una orden ejecutiva prohibiendo la discriminación en el empleo en las oficinas federales, ordenó un tratamiento igualitario en las fuerzas armadas y designó un comité a cargo de trabajar para poner fin a la segregación en el sector militar.

Los negros optaron también por tomar la situación en sus manos. En los años siguientes a la abolición de la esclavitud, los negros formaron veintenas de organizaciones no gubernamentales para reunirse y cabildear por los derechos que eran lo más natural para otros estadounidenses. La más fuerte de ellas fue la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP por sus siglas en inglés), fundada en 1909, donde participaban también muchas personas no negras que creían en la igualdad ante la justicia.

En el decenio siguiente a la Segunda Guerra Mundial, el abogado Thurgood Marshall, quien era a la sazón el principal asesor jurídico de la NAACP y más tarde sería el primer negro que ocuparía un cargo en la Corte Suprema de Estados Unidos, viajó por todo el país y sentó los fundamentos legales para la lucha contra la segregación racial. Sus esfuerzos culminaron con una decisión de la Corte Suprema del país en 1954 —Brown v. Junta de Educación— que proscribió la segregación de los alumnos blancos y negros en las escuelas públicas. Al año siguiente, la Corte Suprema ordenó que las juntas escolares locales empezaran a poner en práctica la decisión con “la mayor prontitud y deliberación”.

A pesar del dictamen de la Corte Suprema, los estadounidenses negros se impacientaban por la lentitud del progreso hacia la plena integración. El 1 de diciembre de 1955 se produjo un acontecimiento aparentemente insignificante en Montgomery, Alabama —que era todavía un baluarte de la segregación en el sur— que encendió la mecha del Movimiento de Derechos Civiles moderno. Una mujer afro-estadounidense llamada Rosa Parks se negó a ceder su asiento a en el autobús a un hombre blanco, en la ciudad de Montgomery, como lo exigía la ley de Alabama. La mujer fue arrestada.

Ese acto de desafío podría haber pasado inadvertido si no hubiera sido por Martin Luther King, Jr., un joven ministro bautista. King encabezó un boicot de 382 días contra el sistema de transporte público de la ciudad, y así obligó a las autoridades a decretar la integración racial dentro del mismo.

En 1960, los estudiantes universitarios negros se sentaron ante el mostrador de un comedor segregado, en Carolina del Norte, y se negaron a levantarse. Su protesta captó la atención de los medios y dio lugar a manifestaciones similares en todo el sur. Al año siguiente, los activistas de los derechos civiles organizaron “paseos de la libertad”, en los que blancos y negros viajaban juntos en autobuses hacia las terminales segregadas del sur.

Martin Luther King, Jr., siguió participando en esas actividades. Habiendo consagrado toda su vida a la no violencia, King fundó con otros ministros la Conferencia del Liderazgo Cristiano del Sur, dedicada a la lucha no violenta contra el racismo y la discriminación. Sin embargo, en su lucha a favor de la justicia racial unió sus fuerzas con las de muchas otras organizaciones, para “lograr que Estados Unidos sean como debieran ser”, según sus propias palabras.

En el Movimiento de los Derechos Civiles hubo muchos momentos culminantes. Uno de los más memorables tuvo lugar un día de agosto de 1963, cuando más de 200.000 estadounidenses, blancos y negros, se congregaron en el monumento a Abraham Lincoln en Washington, D.C. Veintenas de oradores hablaron ante la multitud, pero King se convirtió en el hombre del día cuando dejó de lado el texto que llevaba preparado y habló con el corazón. “He tenido un sueño”, dijo. “Es un sueño profundo que se arraiga en el sueño norteamericano. He soñado que esta nación se levantará un día y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres han sido creados iguales’”.

King tuvo oportunidad de ver la aprobación de la Ley de Derechos Civiles por el Congreso de Estados Unidos en 1964, proscribiendo la discriminación en todos los transportes públicos, y la Ley de los Derechos del Votante en 1965, que autorizó al gobierno federal a designar examinadores para el registro de votantes cuando los funcionarios locales impidieran el registro de los negros. En el año siguiente a la aprobación de esta ley, 400.000 negros se registraron en el extremo sur del país. King fue abatido por la bala de un asesino en abril de 1968, cuando visitaba la ciudad de Memphis, Tennessee, para defender los derechos de los trabajadores de sanidad en ese lugar, la mayoría de los cuales eran negros y pobres.

El objetivo primordial de King era lograr la igualdad para los afro-estadounidenses, pero comprendía que el racismo no es un problema exclusivamente estadounidense, sino de alcance mundial. “Entre los imperativos morales de nuestros tiempos”, declaró, “tenemos el reto de trabajar en todo el mundo, con una inquebrantable determinación, para acabar con los últimos vestigios del racismo. Éste no es un fenómeno exclusivamente estadounidense. Sus garras maléficas no reconocen fronteras geográficas”.

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Descontento y cambio

En el debate en torno al proyecto de ley de 1964 sobre derechos civiles, algunos legisladores tenían la esperanza de derrotar esa iniciativa proponiendo una enmienda para proscribir la discriminación por motivos de género, y no sólo de raza. Sin embargo, primero la enmienda y después el proyecto de ley fueron aprobados, lo cual dio a las mujeres el instrumento legal para el pleno ejercicio de sus derechos.

Las propias mujeres tomaron medidas para mejorar su situación. En 1966, 28 damas con títulos profesionales fundaron la Organización Nacional de Mujeres (NOW por sus siglas en inglés), “para tomar medidas a fin de propiciar la plena participación de las mujeres estadounidenses en la corriente principal de la sociedad actual del país”. Al cabo de cuatro años, ya contaban con 15.000 miembros. NOW y otras organizaciones similares ayudaron a que las mujeres fueran cada día más conscientes de la limitación de sus oportunidades y fortalecieran su voluntad para ampliarlas.

La actividad organizada a favor de los derechos de la mujer llegó a su clímax a principios de los años 70. En 1972, el Congreso aprobó la Enmienda de la Constitución sobre la Igualdad de Derechos, cuyo texto dice: “Ni Estados Unidos ni ningún estado de la Unión negará o coartará la igualdad de derechos a causa del género”. En los años siguientes, 35 de los 38 estados necesarios ratificaron la enmienda, pero eso no bastó para su aprobación y la enmienda expiró en 1982, cuando el movimiento a favor de la mujer quedó estancado. Aunque no han cesado los esfuerzos para proteger a las mujeres contra la discriminación a causa de su sexo, las conquistas femeninas obtenidas en la década de 1970 y en los años siguientes han establecido firmemente su sitio en todos los aspectos de la vida nacional.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los grupos de habla española también eran objeto de discriminación en Estados Unidos. Llegados de Cuba, Puerto Rico, México y Centroamérica, a menudo carecían de capacitación y no hablaban inglés. Algunos trabajaban como peones agrícolas y a veces eran cruelmente explotados en faenas de recolección; otros gravitaban hacia las ciudades y, como los grupos de inmigrantes que los precedieron, tropezaban con grandes dificultades en su búsqueda de una vida mejor.

En la Ley Nacional de Relaciones Laborales de 1935, que concretó muchas conquistas de los trabajadores del país al garantizar su derecho a organizarse y negociar en forma colectiva, los peones agrícolas fueron excluidos. Sin embargo, el ejemplo del activismo de los negros enseñó a los “hispanos” la importancia de la política de presión en una sociedad plural. César Chávez, fundador del grupo básicamente hispano Trabajadores Agrícolas Unidos, convocó a un boicot nacional de consumidores de ciertos productos agrícolas y sentó las bases de una representación que habría de lograr salarios más altos y mejores condiciones de trabajo para los migrantes. También fue en esa época cuando los hispanos se volvieron políticamente activos, lo cual propició su asimilación a la sociedad estadounidense.

Un último grupo que se esforzó por reclamar sus derechos, en la secuela del Movimiento de los Derechos Civiles, fue el de los norteamericanos nativos. En los años 50, el gobierno federal puso en marcha un programa para desalojar a los norteamericanos nativos de sus reservaciones y enviarlos a las ciudades, donde podrían convertirse en parte integral de “la corriente principal de Estados Unidos”. En realidad, eso no sólo significó la pérdida de sus tierras, sino también que con frecuencia muchos de esos indígenas desarraigados tuvieran grandes dificultades para adaptarse a la vida urbana.

En las décadas de 1960 y 1970, los norteamericanos nativos defendieron sus derechos con gran vigor. Una nueva generación de dirigentes acudió a las cortes para proteger lo poco que les quedaba de sus tierras tribales, o bien, para recuperar las que les habían sido arrebatadas, a menudo ilegalmente, en épocas anteriores. En uno tras otro de los estados, ellos impugnaron las violaciones a los tratados convenidos y en 1967 conquistaron la primera de las muchas victorias que reivindicaron sus derechos sobre la tierra y el agua, que por tanto tiempo les fueron negados. El Movimiento de los Indios Norteamericanos, fundado en 1968, ayudó a encauzar fondos del gobierno hacia organizaciones controladas por los indios y ayudó a los indígenas olvidados en las ciudades.

El activismo de los indios dio resultado. Logró que otros estadounidenses cobraran mayor conciencia de las necesidades de los norteamericanos nativos, y los funcionarios de todas las ramas del gobierno tuvieron que responder a las presiones para dar por fin a los indígenas el trato igualitario tan largamente postergado.

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La guerra fría y después

Desde sus inicios, la Guerra Fría impuso límites a los que aspiraban a hacer de los derechos humanos la más alta prioridad internacional de Estados Unidos. En el fragor de su competencia con la Unión Soviética, Estados Unidos opt por aceptar la responsabilidad de contrarrestar los movimientos comunistas en el este y el centro de Europa, y también en otros lugares.

La defensa más espectacular de la libertad occidental tuvo lugar en Berlín, en junio de 1948, cuando las fuerzas de ocupación soviéticas cerraron la ciudad que todavía luchaba por recuperarse de la devastación sufrida en la guerra. Las fuerzas estadounidenses y de los Aliados realizaron 277.000 misiones aéreas y mantuvieron viva a la ciudad hasta que los soviéticos levantaron el embargo, casi 10 meses después.

Con el advenimiento de la détente (distensión) comenzó una era de menor tensión entre los EE.UU y la URSS. Un punto culminante de esa época fueron los Acuerdos de Helsinki. Firmados en 1975, prepararon el escenario para una lucha por la libertad y los derechos humanos que habría de culminar 14 años más tarde, en el otoño del Muro de Berlín.

Jimmy Carter fue electo presidente de Estados Unidos en noviembre de 1976. Asumió el cargo dos meses después y se comprometió formalmente a defender los derechos humanos. En 1977 se instituyó una oficina de derechos humanos en el Departamento de Estado de Estados Unidos. Sus primeros informes sobre derechos humanos fueron expedidos ese año. Desde entonces se presentan informes cada año y ahora abarcan a todos los países; en 1995 se incluyó por vez primera al propio Estados Unidos.

Para algunos, la convicción de Carter sobre la universalidad de los derechos humanos era demasiado idealista. Sin embargo, a pesar de las diferencias ideológicas, las siguientes administraciones presidenciales del país han hecho de los derechos humanos un precepto fundamental de la política nacional.

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