Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos de 1933 a 1945, exhortó a todos los gobiernos a garantizar a sus ciudadanos el derecho de estar libres de las privaciones y el temor, además de la libertad de expresión y de culto.
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Aun cuando Roosevelt se vio a sí mismo dentro de la tradición de Thomas Jefferson y Abraham Lincoln a causa de su interés por los derechos políticos, la necesidad lo obligó a preocuparse por los problemas de la pobreza y las necesidades económicas fundamentales. El estallido de la guerra en Europa, en 1939, hizo que Roosevelt se apartara de los apremiantes problemas internos del país y considerara el tipo de mundo que podría surgir tras la devastación de tantos millones de seres. En enero de 1941, en el que se llegó a conocer como el discurso de las “cuatro libertades”, Roosevelt exhortó a todos los gobiernos a garantizar a sus ciudadanos
el derecho de estar libres de las privaciones y el temor, además de la libertad de expresión y de culto.
En agosto de 1941, Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill concertaron la Carta del Atlántico, que proclamó la amplia visión de un nuevo mundo de posguerra basado en la democracia, la libertad, el desarme y la cooperación internacional.
En enero de 1942, dos docenas de naciones que luchaban contra Japón y la Alemania nazi adoptaron los principios básicos de dicha carta. En ese documento se usó por primera vez el término “las Naciones Unidas”, acuñado por Roosevelt.
En diciembre de 1941, los japoneses atacaron la base naval estadounidense de Pearl Harbor, Hawai. La fiereza del ataque y el temor al espionaje asiático indujeron al gobierno de Estados Unidos a confinar a su población de origen japonés sin el debido proceso judicial. En febrero de 1942, casi 120.000 japonés-estadounidenses residentes de California fueron desalojados de sus viviendas y recluidos en 10 campos de concentración temporal, cercados con alambre de púas, para ser trasladados más tarde a “centros de reubicación”, en las afueras de poblados aislados del sudoeste. Más del 60% de esos estadounidenses de origen nipón nacieron en Estados Unidos y eran ciudadanos del país. Jamás se encontraron pruebas de espionaje. De hecho, varios japonés-estadounidenses de Hawai y de la porción continental de Estados Unidos combatieron con distinción en el frente italiano, y otros prestaron servicio en el Pacífico como intérpretes y traductores.
Si bien la exclusión de los japoneses de la costa occidental de Estados Unidos fue mantenida por la Corte Suprema del país en el caso Korematsu v. U.S. en 1944, el gobierno nacional reconoció en 1983 la injusticia de esos actos y pagó indemnización a los estadounidenses de origen japonés de aquella época que todavía vivían.
Durante toda la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt siguió teniendo un profundo interés por la paz que vendría después y por establecer instituciones internacionales eficaces, para promover los derechos humanos fundamentales de toda la humanidad, no sólo de los estadounidenses. Como dijo el filósofo político Isaiah Berlin, la visión de responsabilidad internacional de Roosevelt lo hizo un héroe “para los indigentes y los oprimidos, aun más allá de los confines del mundo de habla inglesa”.
Roosevelt nunca dejó de creer que surgiría un mundo mejor después de la guerra. “El hecho grandioso que conviene recordar es que la tendencia de la civilización siempre es ascendente”, dijo en su discurso de toma de posesión —el cuarto y último— en enero de 1945. En 1945, el año de su muerte, las Naciones Unidas y las instituciones financieras internacionales en cuya creación trabajó tanto, ya estaban en vías de convertirse en instituciones perdurables.
En contraste con los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se negaron a ser miembros de la Liga de las Naciones y adoptaron una política de aislacionismo, su participación en la conferencia de San Francisco de 1945, para construir el marco general de las Naciones Unidas, demostró al mundo que el país estaba dispuesto a desempeñar un papel clave en los asuntos internacionales.
El Movimiento de los Derechos Civiles
Los cambios forjados en Estados Unidos por Franklin Roosevelt y la Segunda Guerra Mundial ayudaron a iniciar el proceso por el cual se les reconocerían todos los beneficios de la libertad a los estadounidenses de origen africano. A pesar de la Carta de Derechos, de las enmiendas a la Constitución de Estados Unidos que les reconocían plenos derechos de ciudadanía, y de numerosas órdenes ejecutivas presidenciales, los afro-estadounidenses
seguían siendo objeto de una discriminación generalizada, flagrante y a menudo de carácter legalista.
Los afro-estadounidenses empezaron a mostrar una rebeldía cada vez mayor en los años de la posguerra. Durante la guerra, impugnaron la discriminación en los servicios militares y en la fuerza de trabajo, y lograron modestos progresos. Millones de negros salieron de las granjas del sur para ir a las ciudades del norte, con la esperanza de encontrar mejores empleos. En lugar de eso, hallaron condiciones de gran hacinamiento en los barrios bajos urbanos. Ahora los combatientes negros regresaban a la patria, dispuestos a rechazar su condición de ciudadanos de segunda, al tiempo que otros negros comenzaban a afirmar que había llegado el momento de exigir la igualdad racial.
En esa época, los negros del sur disfrutaban de pocos derechos civiles y políticos, o quizá ninguno. Más de un millón de soldados negros habían combatido en la Segunda Guerra Mundial, pero los que provenían del sur no podían votar. Los negros que intentaban registrarse como votantes se arriesgaban a una probable golpiza, a la pérdida del empleo, a la suspensión del crédito o a ser despojados de sus tierras. Todavía se perpetraban linchamientos y las leyes de discriminación seguían manteniendo
la segregación racial en tranvías, ferrocarriles, hoteles, restaurantes, hospitales, centros recreativos y también en el empleo.
El presidente Harry Truman, un demócrata, apoyó la campaña de los derechos civiles y su respuesta consistió en enviar al Congreso un programa de 10 puntos sobre ese tema. Cuando los demócratas del sur, indignados por la vigorosa posición adoptada frente a los derechos civiles, abandonaron las filas del Partido Demócrata en 1948, Truman expidió una orden ejecutiva prohibiendo la discriminación en el empleo en las oficinas federales, ordenó un tratamiento igualitario en las fuerzas armadas y designó un comité a cargo de trabajar para poner fin a la segregación en el sector militar.
Los negros optaron también por tomar la situación en sus manos. En los años siguientes a la abolición de la esclavitud, los negros formaron veintenas de organizaciones
no gubernamentales para reunirse y cabildear por los derechos que eran lo más natural para otros estadounidenses. La más fuerte de ellas fue la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP por sus siglas en inglés), fundada en 1909, donde participaban también muchas personas no negras que creían en la igualdad ante la justicia.
En el decenio siguiente a la Segunda Guerra Mundial, el abogado Thurgood Marshall, quien era a la sazón el principal asesor jurídico de la NAACP y más tarde sería el primer negro que ocuparía un cargo en la Corte Suprema de Estados Unidos, viajó por todo el país y sentó los fundamentos legales para la lucha contra la segregación racial. Sus esfuerzos culminaron con una decisión de la Corte Suprema del país en 1954 —Brown v. Junta de Educación— que proscribió la segregación de los alumnos blancos y negros en las escuelas públicas. Al año siguiente, la Corte Suprema ordenó que las juntas escolares locales empezaran a poner en práctica la decisión con “la mayor prontitud y deliberación”.
A pesar del dictamen de la Corte Suprema, los estadounidenses negros se impacientaban por la lentitud del progreso hacia la plena integración. El 1 de diciembre de 1955 se produjo un acontecimiento aparentemente insignificante en Montgomery, Alabama —que era todavía un baluarte de la segregación en el sur— que encendió la mecha del Movimiento de Derechos Civiles moderno. Una mujer afro-estadounidense llamada Rosa Parks se negó a ceder su asiento a en el autobús a un hombre blanco, en la ciudad de Montgomery, como lo exigía la ley de Alabama. La mujer fue arrestada.
Ese acto de desafío podría haber pasado inadvertido si no hubiera sido por Martin Luther King, Jr., un joven ministro bautista.
King encabezó un boicot de 382 días contra el sistema de transporte público de la ciudad, y así obligó a las autoridades a decretar la integración racial dentro del mismo.
En 1960, los estudiantes universitarios negros se sentaron ante el mostrador de un comedor segregado, en Carolina del Norte, y se negaron a levantarse. Su protesta captó la atención de los medios y dio lugar a manifestaciones similares en todo el sur. Al año siguiente, los activistas de los derechos civiles organizaron “paseos de la libertad”, en los que blancos y negros viajaban juntos en autobuses hacia las terminales segregadas del sur.
Martin Luther King, Jr., siguió participando en esas actividades. Habiendo consagrado toda su vida a la no violencia, King fundó con otros ministros la Conferencia del Liderazgo Cristiano del Sur, dedicada a la lucha no violenta contra el racismo y la discriminación.
Sin embargo, en su lucha a favor de la justicia racial unió sus fuerzas con las de muchas otras organizaciones, para “lograr que Estados Unidos sean como debieran ser”, según sus propias palabras.
En el Movimiento de los Derechos Civiles hubo muchos momentos culminantes. Uno de los más memorables tuvo lugar un día de agosto de 1963, cuando más de 200.000 estadounidenses, blancos y negros, se congregaron en el monumento a Abraham Lincoln en Washington, D.C. Veintenas de oradores hablaron ante la multitud, pero King se convirtió en el hombre del día cuando dejó de lado el texto que llevaba preparado y habló con el corazón. “He tenido un sueño”, dijo. “Es un sueño profundo que se arraiga en el sueño norteamericano. He soñado que esta nación se levantará un día y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres han sido creados iguales’”.
King tuvo oportunidad de ver la aprobación de la Ley de Derechos Civiles por el Congreso de Estados Unidos en 1964, proscribiendo la discriminación en todos los transportes públicos,
y la Ley de los Derechos del Votante en 1965, que autorizó al gobierno federal a designar examinadores para el registro de votantes cuando los funcionarios locales impidieran el registro de los negros. En el año siguiente a la aprobación de esta ley, 400.000 negros se registraron en el extremo sur del país. King fue abatido por la bala de un asesino en abril de 1968, cuando visitaba la ciudad de Memphis, Tennessee, para defender los derechos de los trabajadores de sanidad en ese lugar, la mayoría de los cuales eran negros y pobres.
El objetivo primordial de King era lograr la igualdad para los afro-estadounidenses, pero comprendía que el racismo no es un problema exclusivamente estadounidense, sino de alcance mundial. “Entre los imperativos morales de nuestros tiempos”, declaró, “tenemos el reto de trabajar en todo el mundo, con una inquebrantable
determinación, para acabar con los últimos vestigios del racismo. Éste no es un fenómeno exclusivamente estadounidense. Sus garras maléficas no reconocen fronteras geográficas”.
Descontento y cambio
En el debate en torno al proyecto de ley de 1964 sobre derechos civiles, algunos legisladores tenían la esperanza de derrotar esa iniciativa proponiendo una enmienda para proscribir la discriminación por motivos de género, y no sólo de raza. Sin embargo, primero la enmienda y después el proyecto de ley fueron aprobados, lo cual dio a las mujeres el instrumento legal para el pleno ejercicio de sus derechos.
Las propias mujeres tomaron medidas para mejorar su situación.
En 1966, 28 damas con títulos profesionales fundaron la Organización Nacional de Mujeres (NOW por sus siglas en inglés), “para tomar medidas a fin de propiciar la plena participación de las mujeres estadounidenses en la corriente principal de la sociedad actual del país”. Al cabo de cuatro años, ya contaban con 15.000 miembros. NOW y otras organizaciones similares ayudaron a que las mujeres fueran cada día más conscientes de la limitación de sus oportunidades y fortalecieran su voluntad para ampliarlas.
La actividad organizada a favor de los derechos de la mujer llegó a su clímax a principios de los años 70. En 1972, el Congreso aprobó la Enmienda de la Constitución sobre la Igualdad de Derechos, cuyo texto dice: “Ni Estados Unidos ni ningún estado de la Unión negará o coartará la igualdad de derechos a causa del género”. En los años siguientes, 35 de los 38 estados necesarios
ratificaron la enmienda, pero eso no bastó para su aprobación y la enmienda expiró en 1982, cuando el movimiento a favor de la mujer quedó estancado. Aunque no han cesado los esfuerzos para proteger a las mujeres contra la discriminación a causa de su sexo, las conquistas femeninas obtenidas en la década de 1970 y en los años siguientes han establecido firmemente su sitio en todos los aspectos de la vida nacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los grupos de habla española también eran objeto de discriminación en Estados Unidos. Llegados de Cuba, Puerto Rico, México y Centroamérica, a menudo carecían de capacitación y no hablaban inglés. Algunos trabajaban como peones agrícolas y a veces eran cruelmente explotados en faenas de recolección; otros gravitaban hacia las ciudades y, como los grupos de inmigrantes que los precedieron, tropezaban con grandes dificultades
en su búsqueda de una vida mejor.
En la Ley Nacional de Relaciones Laborales de 1935, que concretó muchas conquistas de los trabajadores del país al garantizar su derecho a organizarse y negociar en forma colectiva, los peones agrícolas fueron excluidos. Sin embargo, el ejemplo del activismo de los negros enseñó a los “hispanos” la importancia de la política de presión en una sociedad plural. César Chávez, fundador del grupo básicamente hispano Trabajadores Agrícolas Unidos, convocó a un boicot nacional de consumidores de ciertos productos agrícolas y sentó las bases de una representación que habría de lograr salarios más altos y mejores condiciones de trabajo para los migrantes. También fue en esa época cuando los hispanos se volvieron políticamente
activos, lo cual propició su asimilación a la sociedad estadounidense.
Un último grupo que se esforzó por reclamar sus derechos, en la secuela del Movimiento de los Derechos Civiles, fue el de los norteamericanos nativos. En los años 50, el gobierno federal puso en marcha un programa para desalojar a los norteamericanos nativos de sus reservaciones y enviarlos a las ciudades, donde podrían convertirse en parte integral de “la corriente principal de Estados Unidos”. En realidad, eso no sólo significó la pérdida de sus tierras, sino también que con frecuencia muchos de esos indígenas
desarraigados tuvieran grandes dificultades para adaptarse a la vida urbana.
En las décadas de 1960 y 1970, los norteamericanos nativos defendieron sus derechos con gran vigor. Una nueva generación de dirigentes acudió a las cortes para proteger lo poco que les quedaba de sus tierras tribales, o bien, para recuperar las que les habían sido arrebatadas, a menudo ilegalmente, en épocas anteriores. En uno tras otro de los estados, ellos impugnaron las violaciones a los tratados convenidos y en 1967 conquistaron la primera de las muchas victorias que reivindicaron sus derechos sobre la tierra y el agua, que por tanto tiempo les fueron negados. El Movimiento de los Indios Norteamericanos, fundado en 1968, ayudó a encauzar
fondos del gobierno hacia organizaciones controladas por los indios y ayudó a los indígenas olvidados en las ciudades.
El activismo de los indios dio resultado. Logró que otros estadounidenses cobraran mayor conciencia de las necesidades de los norteamericanos nativos, y los funcionarios de todas las ramas del gobierno tuvieron que responder a las presiones para dar por fin a los indígenas el trato igualitario tan largamente postergado.
La guerra fría y después
Desde sus inicios, la Guerra Fría impuso límites a los que aspiraban
a hacer de los derechos humanos la más alta prioridad internacional de Estados Unidos. En el fragor de su competencia con la Unión Soviética, Estados Unidos opt por aceptar la responsabilidad de contrarrestar los movimientos comunistas en el este y el centro de Europa, y también en otros lugares.
La defensa más espectacular de la libertad occidental tuvo lugar en Berlín, en junio de 1948, cuando las fuerzas de ocupación soviéticas
cerraron la ciudad que todavía luchaba por recuperarse de la devastación sufrida en la guerra. Las fuerzas estadounidenses y de los Aliados realizaron 277.000 misiones aéreas y mantuvieron viva a la ciudad hasta que los soviéticos levantaron el embargo, casi 10 meses después.
Con el advenimiento de la détente (distensión) comenzó una era de menor tensión entre los EE.UU y la URSS. Un punto culminante
de esa época fueron los Acuerdos de Helsinki. Firmados en 1975, prepararon el escenario para una lucha por la libertad y los derechos humanos que habría de culminar 14 años más tarde, en el otoño del Muro de Berlín.
Jimmy Carter fue electo presidente de Estados Unidos en noviembre de 1976. Asumió el cargo dos meses después y se comprometió
formalmente a defender los derechos humanos. En 1977 se instituyó una oficina de derechos humanos en el Departamento de Estado de Estados Unidos. Sus primeros informes sobre derechos humanos fueron expedidos ese año. Desde entonces se presentan informes cada año y ahora abarcan a todos los países; en 1995 se incluyó por vez primera al propio Estados Unidos.
Para algunos, la convicción de Carter sobre la universalidad de los derechos humanos era demasiado idealista. Sin embargo, a pesar de las diferencias ideológicas, las siguientes administraciones
presidenciales del país han hecho de los derechos humanos un precepto fundamental de la política nacional.