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La encarnizada Revolución de los Estados Unidos contra Gran Bretaña (1775-1783) fue la primera guerra moderna de liberación del dominio de una potencia colonialista. El triunfo de la independencia de la Unión Americana fue interpretado por mucha gente de la época como un signo divino de que ese país y su pueblo estaban destinados a la grandeza. La victoria militar alentó también la esperanza nacionalista de cultivar una nueva gran literatura. Sin embargo, salvo por los notables textos políticos, se produjo muy poca literatura de calidad en la Revolución o poco después de ella. Las obras literarias de América recibían críticas muy severas en Inglaterra. Los estadounidenses se percataban con dolor de su excesiva dependencia de los modelos de la literatura inglesa. La búsqueda de una literatura propia se convirtió en una obsesión nacional. Como dijo el director de una revista de los Estados Unidos hacia 1816, “la dependencia es un estado de degradación lleno de desgracias; y ser dependientes de una mentalidad extranjera para lo que podríamos producir nosotros mismos agrega al crimen de la indolencia la debilidad de la estupidez”. A diferencia de las revueltas militares, las revoluciones de la cultura no se pueden imponer por la fuerza, sino tienen que germinar en la tierra de la experiencia compartida. Las revoluciones son expresiones del corazón de un pueblo; crecen poco a poco, a partir de una nueva sensibilidad y el tesoro de la experiencia. Tuvieron que acumularse 50 años de historia para que los Estados Unidos conquistaran su independencia cultural y surgiera la primera generación de grandes escritores nacionales: Washington Irving, James Fenimore Cooper, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Herman Melville, Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe, Walt Whitman y Emily Dickinson. La independencia literaria de los Estados Unidos se retrasó por su persistente identificación con Inglaterra, por el excesivo afán de imitar los modelos literarios ingleses o clásicos, y por las difíciles condiciones económicas y políticas que entorpecían la publicación de libros. A pesar de su genuino patriotismo, los escritores revolucionarios eran inevitablemente inseguros y no supieron echar raíces en su sensibilidad americana. Los autores coloniales de la generación revolucionaria nacieron en Inglaterra, llegaron a la madurez como ciudadanos ingleses y cultivaron las ideas y las modas de ese país, hasta en la forma de vestir y actuar. Sus padres, sus abuelos y todos sus amigos eran ingleses (o europeos). Para empeorar las cosas, la conciencia estadounidense de la moda literaria seguía yendo a la zaga de la inglesa y ese rezago intensificó el afán de imitación en los Estados Unidos. Después de 50 años del ocaso de su fama en Inglaterra, algunos escritores neoclásicos ingleses, como Joseph Addison, Richard Steele, Jonathan Swift, Alexander Pope, Oliver Goldsmith y Samuel Johnson, seguían siendo imitados con entusiasmo en Norteamérica. Además, los enormes retos de la edificación de la nueva nación hacían que la gente talentosa e instruida se sintiera atraída por la política, el derecho y la diplomacia. Esos quehaceres les granjeaban honores, gloria y seguridad económica. En cambio, el trabajo de escritor no era bien remunerado. Los primeros autores estadounidenses, ahora separados de Inglaterra, no tenían en realidad ni editores modernos ni público, ni la protección jurídica adecuada. La asistencia editorial, la distribución y la publicidad eran rudimentarias. Hasta 1825, la mayoría de los autores norteamericanos tenían que pagar a los impresores que publicaban sus obras. Es obvio que sólo los que disponían de tiempo libre y fortuna, como Washington Irving y el grupo Knickerbocker de Nueva York, o los poetas de Connecticut conocidos como los Ingenios de Hartford, se podían dar el lujo de cultivar su interés por la literatura. La excepción fue Benjamin Franklin, un impresor que logró publicar su obra aunque su familia era pobre. Charles Brockden Brown fue un caso más típico. Autor de interesantes romances góticos, fue el primer escritor estadounidense que trató de ganarse la vida con sus libros. Sin embargo, su breve existencia terminó en la pobreza. La falta de público era otro problema. El reducido público culto de los Estados Unidos prefería a los autores europeos más conocidos, en parte por el excesivo respeto que sentían las ex colonias por sus gobernantes de antaño. La preferencia por las obras de la Madre Patria no era del todo ilógica, tomando en cuenta la calidad inferior de la producción nacional, pero eso empeoró la situación, pues privó de público a los autores nacionales. Sólo el periodismo les ofrecía remuneración económica, pero la masa de los lectores pedía versos sin mayores exigencias y sólo ensayos breves sobre temas de actualidad, no obras largas o de tipo experimental. La causa más clara del estancamiento literario fue tal vez la falta de leyes adecuadas sobre derechos de autor. Lógicamente, los impresores estadounidenses que publicaban ediciones piratas de las obras inglesas de éxito no estaban dispuestos a pagar a un autor estadounidense por una obra desconocida. Al principio, se pensó que la reproducción no autorizada de libros extranjeros era un servicio para las colonias y una fuente de ingresos para los impresores, como Franklin, que reproducían las obras de los clásicos y los grandes libros europeos, para educar al público nacional. Los impresores de todo el país siguieron su ejemplo. Hubo casos tristemente célebres de piratería. El importante editor estadounidense Matthew Carey pagaba a un agente en Londres —una especie de espía literario— para que le enviara los nuevos libros, en pliegos aún no encuadernadas o incluso pruebas de imprenta, a bordo de veloces navíos que hacían la travesía a los Estados Unidos en un mes. Empleados de Carey se hacían a la mar e iban al encuentro de esos barcos, a su arribo al puerto, y llevaban sin dilación los textos piratas a las imprentas, donde los tipógrafos dividían el tomo en secciones y trabajaban turnos de día y de noche. Los libros ingleses objeto de piratería se reimprimían en un día y llegaban a las librerías de los Estados Unidos casi al mismo tiempo que a las de Inglaterra. Las ediciones importadas legalmente eran más caras y no podían competir con las piratas, por lo cual la falta de derechos de autor perjudicó tanto a los escritores extranjeros, como Sir Walter Scott y Charles Dickens, como a los del país. Los autores extranjeros recibían, por lo menos, el pago de sus editores originales y eran famosos. En cambio los autores estadounidenses, como James Fenimore Cooper, no sólo carecían del pago adecuado, sino tenían la pena de ver que los piratas les robaban sus obras en sus propias narices. El primer libro de Cooper que tuvo éxito, The Spy (El espía, 1821), fue reproducido ilegalmente por cuatro impresores diferentes a sólo un mes de haber salido a la luz. Es irónico que la ley de derechos de autor de 1790 —la cual permitía la piratería— haya tenido una intención nacionalista. Redactada por Noah Webster, la ley sólo protegía las obras de autores estadounidenses, pues se pensó que los ingleses debían velar por sus propios intereses. Aunque la ley era inadecuada, ninguno de los nuevos editores estaba dispuesto a impugnarla, pues les resultaba lucrativa. La piratería hundió en la miseria a la primera generación de escritores estadounidenses del periodo revolucionario; por eso no fue raro que la siguiente generación escribiera un número aún menor de obras valiosas. El auge de la piratería, en 1815, coincidió con el punto más bajo de las letras estadounidenses. A pesar de todo, la oferta abundante y barata de libros clásicos y extranjeros, que aparecieron en ediciones piratas en los primeros 50 años de la nueva nación, ayudó a educar a la población y a algunos de sus primeros grandes autores, que empezaron a surgir hacia 1825. ![]()
La Ilustración del siglo XVIII en los Estados
Unidos fue un movimiento caracterizado
por el énfasis en la racionalidad, no en la
tradición, así como en la investigación científica en
lugar de los intocables dogmas religiosos, y en el
gobierno representativo en vez de la monarquía.
Los pensadores y escritores de la Ilustración estaban
consagrados a los ideales de la justicia, la libertad
y la igualdad, considerados como los derechos
naturales del hombre. Franklin era un inmigrante de segunda generación. Su padre era un candelero (fabricante de velas) puritano que llegó a Boston, Massachusetts, en 1683 procedente de Inglaterra. La vida de Franklin ilustra en muchas formas el impacto de la Ilustración en un individuo de talento. Autodidacta y muy versado en las obras de John Locke, Shaftesbury, Joseph Addison y otros escritores de la Ilustración, Franklin aprendió de ellos a emplear la razón como guía de su vida y a romper con la tradición —sobre todo con la anticuada tradición puritana— cuando ésta era una amenaza para sus ideales. En su juventud, Franklin aprendió por su cuenta varios idiomas, leía mucho y se ejercitaba en el arte de escribir para el público. Cuando se mudó de Boston a Filadelfia, Pennsylvania, ya tenía el nivel de educación propio de las clases altas. Poseía la capacidad de los puritanos para el análisis constante de sí mismo y el trabajo arduo y minucioso, pero también tenía un anhelo de superarse. Esas cualidades lo llevaron poco a poco a la riqueza, la respetabilidad y los honores. Ajeno al egoísmo, Franklin trató de ayudar a la gente ordinaria a alcanzar el éxito, quiso compartir sus conocimientos y creó un género que es típicamente estadounidense: el manual de superación personal. Poor Richard's Almanack (El Almanaque del Pobre Richard), que se publicó muchos años desde 1732, le ganó a Franklin prosperidad y renombre en todas las colonias. En esa serie de almanaques anuales, útiles y estimulantes, llenos de consejos e información factual, hay varios personajes muy divertidos, como el viejo Padre Abraham y el Pobre Richard, que edifican al lector por medio de aforismos sustanciosos y memorables. En “The Way to Wealth” (“El camino a la riqueza”), publicado inicialmente en el Almanac, el Padre Abraham, “un anciano pulcro y sencillo de blanco y rizado cabello”, cita con prolijidad los adagios del Pobre Richard. “Al sabio le basta una palabra”, afirma. O bien, “Dios ayuda al que se ayuda a sí mismo”; “acostarse temprano y levantarse temprano hacen al hombre rico, sabio y sano”. El Pobre Richard es un psicólogo (“La laboriosidad paga las deudas y el desaliento las acrecienta”) y siempre aconseja trabajar con tesón (“La diligencia es la madre de la buena suerte”). No seas perezoso, nos advierte, pues “el uno que hagas hoy, valdrá dos mañana”. A veces inventa anécdotas para ilustrar sus conceptos: “un descuido pequeño puede acarrear una desgracia grande... Por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de la herradura se perdió el caballo; y por falta de caballo el jinete se perdió, fue emboscado y asesinado por su enemigo. ¡Y todo por no haber tenido el cuidado de reponer un clavo de una herradura”. Franklin fue un genio de la síntesis para ilustrar sus preceptos morales: “Con lo que se gasta en mantener un vicio podría educarse a dos niños”. “Una grieta pequeña puede hundir un gran barco”. “Los tontos organizan los festines y los sabios los disfrutan”. La Autobiography de Franklin es, en parte, un libro de superación personal. Escrita para aleccionar a su hijo, sólo abarca los primeros años del autor. En el pasaje más famoso expone su programa científico para la superación personal. Franklin cita 13 virtudes: templanza, discreción, orden, decisión, frugalidad, laboriosidad, sinceridad, justicia, moderación, limpieza, serenidad, castidad y humildad. Diserta sobre cada una en otras tantas máximas; por ejemplo, a la templanza le corresponde ésta: “No comas hasta el hartazgo ni bebas hasta la euforia”. Como científico pragmático, Franklin puso a prueba el concepto de perfectibilidad y fue su propio sujeto de experimentación. Para inculcar buenos hábitos, Franklin inventa una agenda calendario reutilizable, donde propone que se cultive una virtud por semana, marcando con un punto negro cada etapa de progreso. Su teoría prefiguró al conductismo, y su método sistemático de notación se anticipó a las técnicas modernas para modificar la conducta. Su plan de superación personal mezcla la fe de la Ilustración en la perfectibilidad humana y el hábito puritano del autoanálisis moral. Franklin comprendió pronto que sus escritos podían ser el mejor medio para exponer sus ideas; por eso perfeccionó a conciencia su flexible estilo de prosa, no como un fin en sí mismo sino como una herramienta. “Escribe como el erudito y habla como el vulgo”, aconsejaba. Siendo científico, aplicó el precepto postulado por la Real Sociedad (de Ciencias) en 1667 y empleó “un modo de hablar íntimo, llano y natural, con expresiones positivas, significado claro y la mayor frescura, para acercar las cosas lo más posible a la simplicidad matemática”. A pesar de la fama y la prosperidad, Franklin nunca perdió su sensibilidad democrática; fue un personaje importante en la convención de 1787 que redactó la Constitución de los Estados Unidos. En sus años postreros fue presidente de una asociación contra la esclavitud. Uno de sus últimos esfuerzos fue la promoción de la educación pública para todos. ![]() Crèvecoeur fue el primer europeo que tuvo una opinión bien informada acerca de América y el carácter de sus nuevos pobladores. También fue el primero que explotó la imagen de la Unión Americana como un “crisol étnico”, en un célebre pasaje donde pregunta: ¿Quién es pues el estadounidense, este hombre nuevo? Es un europeo o el descendiente de un europeo; eso explica la extraña mezcla de sangres que no hallará usted en ningún otro país. Les podría mostrar una familia donde el abuelo es inglés, su esposa es holandesa, su hijo se casó con una francesa y tienen cuatro hijos casados con cuatro mujeres de distintas nacionalidades....Individuos de todas las naciones se funden aquí en una nueva raza de hombres, cuyo esfuerzo y posteridad cambiarán al mundo algún día. ![]()
La pasión de la literatura revolucionaria
quedó plasmada en panfletos,
la forma de literatura política
más popular de la época. Durante la
Revolución se publicaron más de
2000 panfletos. En ellos se arengaba a
los patriotas y se amenazaba a los
realistas; sus textos hacían las veces
de obras teatrales, pues con frecuencia
eran leídos en público para enardecer
a los auditorios. Los soldados
norteamericanos los leían en voz alta
en sus campamentos, al tiempo que
los realistas británicos quemaban
esos panfletos en fogatas, a la vista
del público. En los tres primeros meses
después de su publicación, se
vendieron más de 100.000
ejemplares del panfleto de Thomas
Paine titulado Common Sense (El
sentido común). Todavía hoy nos
emociona. “La causa de Norteamérica
es, en gran medida, la causa de
toda la humanidad”, escribió Paine
para expresar la idea del carácter
excepcional estadounidense, que aún
hoy es fuerte en el país; es decir, que
en cierto sentido fundamental y en
virtud de que los Estados Unidos son
un experimento democrático y, en
teoría, están abiertos a todos los inmigrantes,
su destino prefigura el
destino de la humanidad entera. Los textos políticos de una democracia
debían ser muy claros para
atraer a los votantes, y muchos de los
fundadores del país promovieron la
educación universal para tener un
electorado bien informado. Un indicio
de aquella vida literaria vigorosa,
aunque sencilla, fue la gran proliferación
de periódicos. Durante la
Revolución, se leían más diarios en
los Estados Unidos que en ningún
otro lugar del mundo. La inmigración
imponía también un estilo simple. La
claridad era vital para los recién llegados
cuya lengua materna no era el
inglés. La versión original de la
Declaración de Independencia escrita
por Jefferson es clara y lógica,
y su comité le hizo cambios para
simplificarla aún más. Los Federalist
Papers (Documentos del federalista),
que apoyaban la Constitución,
también contienen argumentos lúcidos
y lógicos que son muy apropiados
para el debate en una nación
democrática.
Por desgracia, los textos “literarios”
no eran tan simples y directos
como los escritos políticos. Cuando
la mayoría de los autores ilustrados
intentaba escribir poesía, caía en la
trampa del neoclasicismo elegante.
La épica, en particular, ejercía una
atracción fatal sobre ellos. Los patriotas
literarios estadounidenses
estaban convencidos de que la gran
lucha de independencia de su país
hallaría su expresión natural en el
género épico: un poema narrativo
largo y dramático, escrito en un estilo
exaltado para alabar las hazañas
de un héroe legendario. Muchos escritores lo intentaron,
pero ninguno tuvo éxito. Timothy
Dwight (1752-1817), uno de los Ingenios
de Hartford que llegó a ser rector
de la Universidad Yale, es un
ejemplo. Su poema épico The
Conquest of Canaan (La conquista
de Canaan, 1785) se basó en el relato
bíblico de la lucha de José para
entrar en la Tierra Prometida. En su
alegoría, Dwight simbolizó como
José al general Washington, comandante
del ejército de la Unión
Americana y más tarde primer presidente de los Estados Unidos; además, usó el
mismo tipo de dísticos que Alexander Pope en sus
traducciones de Homero. La épica de Dwight
resultó tan aburrida como ambiciosa. Los críticos
ingleses la destrozaron y ni los amigos del autor,
como John Trumbull (1750-1831), mostraron entusiasmo.
En las melodramáticas escenas de batalla
hay tantos rayos y centellas, que Trumbull llegó a
decir que para interpretar ese poema se requería
un pararrayos. No es extraño que la poesía satírica haya
tenido mucho mejor suerte que el verso
serio. El género épico burlesco permitió
hablar a los poetas estadounidenses con su voz
natural, en lugar de atraerlos con el señuelo de los
sentimientos patrióticos pomposos y previsibles, y
los epítetos poéticos convencionales y sin rostro
tomados del bardo griego Homero y del poeta
romano Virgilio, a través de los autores ingleses. En la épica burlesca, como el humorístico
M’Fingal (1776-1782) de John Trumbull, las emociones
estilizadas y los giros convencionales son el
material de una buena sátira, y se hace mofa de la
oratoria grandilocuente de la Revolución. Sobre el
modelo de Hudibras, del poeta británico Samuel
Butler, su épica burlesca satiriza al conservador,
M’Fingal. A veces toca temas sustanciales, como
cuando habla de los reos en el cadalso: M'Fingal rebasó las 30 ediciones, se siguió
imprimiendo durante medio siglo y fue admirada
en Inglaterra y en los Estados Unidos. En parte, la
sátira atrajo a los lectores revolucionarios porque
incluyó comentarios y crítica social, en una época
en que los asuntos políticos y los problemas
sociales eran los temas de actualidad. La primera
comedia estadounidense puesta en escena, The
Contrast (El contraste, producida en 1787) de
Royall Tyler (1757-1826), establece un contraste
humorístico entre el coronel Manly, un oficial estadounidense,
y Dimple, un imitador de las modas
inglesas. Como es lógico, Dimple siempre queda
en ridículo. En esa obra apareció el primer personaje
yanqui: Jonathan. Otra obra satírica, la novela Modern Chivalry
(Caballería moderna), publicada en entregas entre
1792 y 1815 por Hugh Henry Brackenridge, ridiculiza
en forma memorable los excesos de la época.
Brackenridge (1748-1816) fue un inmigrante escocés
que creció en la frontera estadounidense y se
inspiró en Don Quijote para escribir su inmensa
novela picaresca; en ella describe las desventuras
del capitán Farrago y de su criado tonto y rudo,
pero atractivamente humano, Teague O’Regan.
El poeta Philip Freneau asimiló en sus obras las
nuevas búsquedas del romanticismo europeo y
logró escapar del afán de imitación y la vaga universalidad
de los “Ingenios de Hartford”. La clave de
su éxito y de su fracaso fue su apasionado espíritu
democrático, aunado a su indómito carácter. Los Ingenios de Hartford, de cuyo patriotismo
no cabía la menor duda, reflejaban el conservadurismo
de la cultura de las clases educadas en
general. Freneau se propuso luchar contra esos
vestigios de la vieja actitud conservadora e impugnó
“los escritos de una facción aristocrática y
especuladora de Hartford, que está a favor de la
monarquía y de los títulos nobiliarios”. Aunque
Freneau recibió una educación depurada y estaba
tan familiarizado con los clásicos como cualquiera
de los Ingenios de Hartford, abrazó las causas liberales
y democráticas. De origen hugonote (protestante francés radical),
Freneau luchó como miliciano en la Guerra de
Independencia. En 1780 fue capturado, estuvo cautivo
en dos navíos británicos y cuando estaba a
punto de perecer, su familia logró liberarlo. Su
poema “The British Prison Ship” (“El barco cárcel
británico”) es una acerba protesta contra la crueldad
de los ingleses, que querían “teñir de sangre al
mundo entero”. Ese poema y otros de tono revolucionario,
como “Eutaw Springs” (“Manantiales
Eutaw”), “American Liberty” (“La libertad americana”),
“A Political Litany” (“Una letanía política”),
“A Midnight Consultation” (“Una consulta a la
media noche”) y “George the Third’s Soliloquy”
(“El soliloquio de Jorge III”), le ganaron la fama de
ser “el poeta de la Revolución de los Estados
Unidos”. En el curso de su vida, Freneau fue
director de muchos diarios y siempre
tuvo presente la grandiosa causa
de la democracia. Con la ayuda de
Thomas Jefferson fundó la National
Gazette en 1791, un órgano militante
y anti-federalista, y se convirtió en el
primer editor de periódicos poderoso
y aguerrido de los Estados Unidos,
antecesor literario de William
Cullen Bryant, William Lloyd Garrison
y H.L. Mencken. Como poeta y editor, Freneau
siempre hizo honor a sus ideales
democráticos. En sus poemas populares,
publicados en periódicos para
el lector término medio, exaltó asiduamente
los temas nacionales.
“The Virtue of Tobacco” (“La virtud
del tabaco”) está dedicado a la planta
autóctona, verdadero puntal de la
economía del Sur, y en “The Jug of
Rum” (“El jarro de ron”) exalta la
bebida alcohólica de las Antillas, un
producto vital para el incipiente comercio
de los Estados Unidos e
importante artículo de exportación
del Nuevo Mundo. Los personajes
más típicos del país cobran vida en
“The Pilot of Hatteras” (“El piloto de
Hatteras”) y en los poemas dedicados
a los médicos empíricos y a los
evangelistas de voz tonante. Freneau cultivó un estilo natural y
coloquial, muy apropiado para la
democracia genuina, pero también
supo manejar un lirismo neoclásico
refinado en obras muy comentadas
en antologías, como “The Wild Honey
Suckle” (“La madreselva silvestre”,
1786) que evoca el aroma dulzón de
ese arbusto nativo. No fue sino hasta
el “Renacimiento de los Estados
Unidos”, iniciado en la década de
1820, cuando la poesía norteamericana
logró superar las alturas que ya
había alcanzado Freneau 40 años
antes. En los primeros años se siguieron
sentando las bases de las realizaciones
futuras. El nacionalismo inspiró
publicaciones de muchos géneros
y condujo a una nueva valoración
de las cosas del país. Noah Webster
(1758-1843) compiló un American
Dictionary (Diccionario estadounidense)
y un importante libro de lectura
y ortografía para las escuelas. A
través de los años se vendieron más
de 100 millones de ejemplares de su
Spelling Book (Libro de ortografía).
Las versiones actualizadas de los
diccionarios de Webster siguen siendo
hoy la norma. American Geography
(Geografía de los Estados
Unidos) de Jedidiah Morse, otro hito
entre las obra de referencia, fomentó
el conocimiento del extenso y
expansivo territorio nacional. Aunque
no de muy alta calidad literaria,
entre los textos más interesantes de
la época figuran los diarios de colonizadores
y exploradores de la frontera,
como Meriwether Lewis (1774-
1809) y Zebulon Pike (1779-1813),
que escribieron la crónica de sus
expediciones a través del territorio
de Louisiana, que Thomas Jefferson
compró a Napoleón en 1803.
Los primeros escritores importantes
de ficción, Charles
Brockden Brown, Washington
Irving y James Fenimore Cooper, se
basaron en personajes, perspectivas
históricas, temas de transformación
y tonos nostálgicos estadounidenses.
Cultivaron muchos géneros de
prosa, instituyeron formas nuevas y
hallaron cauces novedosos para vivir
de las letras. Con ellos, la literatura
estadounidense empezó a ser leída y
apreciada en el país y también en el
extranjero. Acicateado por la pobreza, Brown escribió con premura cuatro asombrosas novelas en dos años: Wieland (1798), Arthur Mervyn (1799), Ormond (1799) y Edgar Huntley (1799). En ellas desarrolló el género gótico estadounidense. La novela gótica era un género popular en esa época: presentaba ambientes exóticos y salvajes, una profundidad psicológica perturbadora y mucho suspenso. Los escenarios eran castillos o abadías en ruinas, fantasmas, misteriosos secretos, figuras amenazadoras y doncellas solitarias que sobreviven gracias a su ingenio y su fortaleza de espíritu. En su mejor momento, esas novelas ofrecen tremendo suspenso y sugerencias mágicas, amén de profundos sondeos del alma humana en situaciones extremas. Los críticos han dicho que la sensibilidad gótica de Brown revela su profunda ansiedad ante las inadecuadas instituciones sociales de la nueva nación. Brown usó escenarios distintivamente norteamericanos. Siendo un hombre de ideas, dramatizó teorías científicas, desarrolló una teoría personal sobre la ficción y defendió un alto nivel literario a despecho de la pobreza en que vivía. Aunque tienen fallas, sus obras poseen un poder sombrío. Se ha llegado a considerar, cada día más, que fue el precursor de escritores románticos como Edgar Allan Poe, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne. Expresó los temores subconscientes que subyacían en el optimismo externo del periodo de la Ilustración. ![]() The Sketch Book of Geoffrye Crayon (El libro de apuntes de Geoffrye Crayon) (el seudónimo de Irving) incluye sus dos relatos más memorables: “Rip Van Winkle” y “The Legend of Sleepy Hollow” (“La leyenda de Sleepy Hollow”). El término “apuntes” describe atinadamente el estilo de Irving: delicado, elegante y de apariencia desenfadada; y el nombre “Crayon” sugiere su habilidad como colorista y creador de efectos emotivos y tonalidades ricas y matizadas. En el Sketch Book, Irving transforma en una región mágica y fabulosa las montañas Catskill, que bordean el río Hudson, al norte de la ciudad de Nueva York. Los lectores estadounidenses recibieron agradecidos la “historia” imaginaria de las Catskill según Irving, a pesar del hecho (desconocido para ellos) de que el autor adaptó esos relatos de una fuente alemana. Irving dio a los norteamericanos algo que necesitaban con urgencia en sus primeros años de burdo materialismo: una forma imaginativa de relacionarse con su nueva tierra. Ningún escritor tuvo tanto éxito como Irving al humanizar la tierra, pues él le dio nombre, rostro y una serie de leyendas. La historia de “Rip Van Winkle”, quien durmió 20 años y al despertar vio que las colonias ya habían conquistado su independencia, se convirtió a la postre en folclor. El relato fue adaptado al teatro, se incorporó a la tradición oral y, poco a poco, fue aceptado como una leyenda auténticamente nacional por muchas generaciones de estadounidenses. Irving descubrió y ayudó a satisfacer el crudo sentido histórico del país naciente. Sus muchas obras pueden interpretarse como un esforzado intento de edificar el alma de la nueva nación, recreando su historia y dándole vida en forma amena, palpitante e imaginativa. Como temática, eligió los aspectos más dramáticos de la historia estadounidense: el descubrimiento del Nuevo Mundo, el primer presidente y héroe nacional, y la exploración del Oeste. La primera de sus obras fue la chispeante sátira History of New York (Historia de Nueva York, 1809) bajo el dominio holandés, presuntamente escrita por Diedrich Knickerbocker (por eso a los amigos de Irving y a los escritores neoyorquinos de aquella época se les llama colectivamente “la Escuela Knickerbocker”) ![]() Por experiencia personal, Cooper escribió con gran realismo sobre la transformación de las tierras vírgenes y otros temas, como el mar y el choque entre personas de distintas culturas. Miembro de una familia de cuáqueros, creció en las lejanas tierras de su padre (hoy Cooperstown), en el centro del estado de Nueva York. Aunque la región ya era relativamente pacífica en la infancia de Cooper, había sido escenario de una masacre de los indios. El joven Fenimore Cooper creció en un ambiente casi feudal. Su padre, el juez Cooper, era terrateniente y líder. De niño, Cooper conoció a los hombres de la frontera y a los indígenas en el lago Otsego; en épocas posteriores de su vida, vio a los audaces colonizadores blancos incursionar en sus tierras. Natty Bumppo, el célebre personaje literario de Cooper, encarna su visión del hombre de la frontera como caballero, es decir, un “aristócrata natural” al estilo Jefferson. Cooper descubrió al personaje Bumppo a principios de 1823, en su obra The Pioneers (Los pioneros). Natty es el primer hombre famoso de la frontera estadounidense, el precursor de una serie interminable de héroes vaqueros y leñadores. Es la idealización del individualista honesto, dotado de mejores cualidades que la sociedad a la cual protege. Pobre y solitario, pero de corazón puro, se alza como piedra angular de los valores éticos y prefigura al Billy Budd de Herman Melville y al Huck Finn de Mark Twain. Basado parcialmente en la vida real del pionero estadounidense Daniel Boone —quien era cuáquero igual que Cooper— Natty Bumppo, extraordinario leñador como Boone, es un hombre pacífico que fue adoptado por una tribu india. Tanto Boone como el imaginario Bumppo aman la naturaleza y la libertad; se alejan siempre hacia el Oeste, huyendo de los colonizadores a quienes ellos mismos guiaron a las tierras vírgenes, y llegan a ser leyendas vivientes. Natty también es casto, de elevados principios y profundamente espiritual: es el caballero cristiano de los romances medievales, trasladado a los bosques vírgenes y al suelo pedregoso de Norteamérica. La vida de Natty Bumppo es el hilo conductor que unifica las cinco novelas, conocidas en conjunto como los Leather-Stocking Tales (Cuentos de “calzas de cuero”). La serie es la mejor realización de Cooper, una vasta epopeya en prosa cuyo escenario es el continente, las tribus indias son sus personajes, y las grandes guerras y la migración al Oeste forman su trasfondo social. Las novelas reviven la época de la frontera en los Estados Unidos, de 1740 a 1804. Las novelas de Cooper retratan las oleadas sucesivas de colonización en la frontera; las tierras vírgenes originales habitadas por los indios; la llegada de los primeros blancos como exploradores, soldados, comerciantes y aventureros; el arribo de las familias de colonizadores pobres y rudos; y, al final, la llegada de la clase media y los primeros profesionales: el juez, el médico y el banquero. Cada nueva oleada desplazaba a la anterior: los blancos desalojaron a los indios y los obligaron a retroceder al Oeste; las clases medias “civilizadas”, que construían escuelas, templos y cárceles, ahuyentaron a los individualistas fronterizos de clase baja, haciéndolos internarse más en el Oeste y desplazar, a su vez, a los indios que los habían precedido. Cooper evoca las incesantes e inevitables oleadas de colonizadores y observa tanto las ganancias como las pérdidas resultantes. Las novelas de Cooper revelan la profunda tensión entre el individuo solitario y la sociedad, la naturaleza y la cultura, la espiritualidad y la religión organizada. En sus obras, el mundo natural y los indios son esencialmente buenos (como el ámbito altamente civilizado que se asocia a sus personajes más cultos). En cambio, los personajes término medio suelen ser sospechosos, sobre todo los colonizadores blancos pobres y ambiciosos que carecen de educación o refinamiento para apreciar la naturaleza o la cultura. Igual que Kipling, E.M. Forster, Melville y otros sensibles observadores de las relaciones entre culturas muy diferentes, Cooper fue un relativista cultural. Él supo entender que ninguna cultura es poseedora del monopolio de la virtud o el refinamiento. A diferencia de Irving, Cooper aceptó la situación estadounidense. La aproximación de Irving al ambiente de Norteamérica fue la ordinaria entre los europeos, pues importó las leyendas, la cultura y la historia de Europa y las adaptó al nuevo entorno. Cooper llevó el proceso un paso más adelante. Creó escenarios estadounidenses y tanto personajes como temas nuevos, típicamente autóctonos. Cooper fue el primer autor que hizo sonar la recurrente nota trágica de la ficción norteamericana. ![]()
Adiferencia del periodo colonial,
que produjo escritoras dignas
de mención, la época revolucionaria
no favoreció el cultivo de las
letras entre las mujeres y las minorías,
a pesar de la proliferación de
escuelas, revistas, periódicos y clubes
literarios. Algunas mujeres de la
época colonial, como Anne Bradstreet,
Anne Hutchinson, Ann Cotton
y Sarah Kemble Knight, tuvieron una
considerable influencia social y
literaria, a despecho de aquel medio tan primitivo
y lleno de peligros: de las 18 mujeres que llegaron
en el barco Mayflower en 1620, sólo cuatro lograron
sobrevivir al primer año. Cuando toda persona
físicamente apta tenía un lugar y la situación era
inestable, el talento innato podía expresarse. Pero
al formalizarse las instituciones culturales de la
nueva república, las mujeres y las minorías fueron
excluidas gradualmente de ellas. Los temas poéticos de Wheatley son religiosos y su estilo es neoclásico, como el de Philip Freneau. Entre sus poemas más conocidos figuran “To S.M., a Young African Painter, on Seeing His Works” (“Al joven pintor africano S.M., al contemplar sus obras”), que es un elogio y un estímulo a otro negro talentoso, y un breve poema donde pone de manifiesto su intensa sensibilidad religiosa a través del filtro de la experiencia de su conversión al cristianismo. Este poema inquieta a algunos críticos contemporáneos: a los blancos porque lo juzgan convencional, y a los negros porque no es una protesta contra la inmoralidad intrínseca de la esclavitud. La verdad es que esta obra es una expresión sincera, pues impugna el racismo de los blancos y reafirma la igualdad espiritual. De hecho, ningún poeta abordó con confianza esos temas en sus versos antes que Wheatley, como lo hizo en “On Being Brought from Africa to America” (“De la experiencia de ser llevado de África a América”): La misericordia me trajo de tierra pagana ![]() Otra novelista por largo tiempo olvidada es Hannah Foster (1758-1840), cuya exitosa novela The Coquette (La seductora, 1797) relata la historia de una muchacha atrapada entre la virtud y la tentación. Rechazada por su novio, un frío clérigo, es seducida y abandonada, tiene un hijo y muere en la soledad. Judith Sargent Murray (1751-1820) publicó sus obras con un seudónimo masculino para asegurarse de que serían tomadas en serio. Mercy Otis Warren (1728-1814) fue poeta, historiadora, dramaturga, autora satírica y patriota. Organizó reuniones prerrevolucionarias en su casa, denostó a los británicos en sus obras teatrales y escribió la única historia radical de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, en su época. El epistolario entre mujeres como Mercy Otis
Warren y Abigail Adams, y las cartas en general son
documentos importantes de aquel periodo. Por
ejemplo, Abigail Adams le escribió en 1776 a su
esposo, John Adams (quien más tarde sería el segundo
presidente de los Estados Unidos), instándolo
a luchar por el debido reconocimiento de la
independencia de las mujeres en la futura constitución
del país.
El periodo romántico, 1820-1860: Ensayistas y poetas >>>> |
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