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Capítulo 1:
Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776
Capítulo 2:
El origen democrático y los escritores revolucionarios, 1776-1820
Capítulo 3:
El periodo romántico, 1820-1860: Ensayistas y poetas
Capítulo 4:
El periodo romántico, 1820-1860: Ficción
Capítulo 5:
El ascenso del realismo: 1860-1914
Capítulo 6:
El Modernismo y la experimentación: 1914-1945
Capítulo 7:
Poesía estadounidense, 1945-1990: La antitradición
Capítulo 8:
Prosa estadounidense, 1945-1990: Realismo y experimentación
Capítulo 9:
Poesía contemporánea de Estados Unidos
Capítulo 10:
Literatura contemporánea de Estados Unidos
Glosario
Bibliografía (en inglés)
Derechos de autor
PUBLICACIÓN RELACIONADA
La literatura de EE.UU. en síntesis
 
(Publicado en diciembre de 2006)

El origen democrático y
los escritores revolucionarios, 1776-1820

Secciones y autores:
La ilustración en los Estados Unidos
   Benjamín Franklin
   Hector St. John de Crèvecoeur

El panfleto político: Thomas Paine

El Neoclasicismo

El poeta de la Revolución: Philip Freneau
Los escritores de ficción
   Charles Brockden Brown
   Washington Irving
   James Fenimore Cooper

Las mujeres y las minorías
   Phillis Wheatley
   Otras escritoras
Benjamin Franklin
Benjamin Franklin (Pintura, por cortesía de Library of Congress)
Thomas Paine
Thomas Paine (Retrato, por cortesía de Library of Congress)
James Fenimore Cooper
James Fenimore Cooper (Foto, por cortesía de Library of Congress)

La encarnizada Revolución de los Estados Unidos contra Gran Bretaña (1775-1783) fue la primera guerra moderna de liberación del dominio de una potencia colonialista. El triunfo de la independencia de la Unión Americana fue interpretado por mucha gente de la época como un signo divino de que ese país y su pueblo estaban destinados a la grandeza. La victoria militar alentó también la esperanza nacionalista de cultivar una nueva gran literatura. Sin embargo, salvo por los notables textos políticos, se produjo muy poca literatura de calidad en la Revolución o poco después de ella.

Las obras literarias de América recibían críticas muy severas en Inglaterra. Los estadounidenses se percataban con dolor de su excesiva dependencia de los modelos de la literatura inglesa. La búsqueda de una literatura propia se convirtió en una obsesión nacional. Como dijo el director de una revista de los Estados Unidos hacia 1816, “la dependencia es un estado de degradación lleno de desgracias; y ser dependientes de una mentalidad extranjera para lo que podríamos producir nosotros mismos agrega al crimen de la indolencia la debilidad de la estupidez”.

A diferencia de las revueltas militares, las revoluciones de la cultura no se pueden imponer por la fuerza, sino tienen que germinar en la tierra de la experiencia compartida. Las revoluciones son expresiones del corazón de un pueblo; crecen poco a poco, a partir de una nueva sensibilidad y el tesoro de la experiencia. Tuvieron que acumularse 50 años de historia para que los Estados Unidos conquistaran su independencia cultural y surgiera la primera generación de grandes escritores nacionales: Washington Irving, James Fenimore Cooper, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Herman Melville, Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe, Walt Whitman y Emily Dickinson. La independencia literaria de los Estados Unidos se retrasó por su persistente identificación con Inglaterra, por el excesivo afán de imitar los modelos literarios ingleses o clásicos, y por las difíciles condiciones económicas y políticas que entorpecían la publicación de libros.

A pesar de su genuino patriotismo, los escritores revolucionarios eran inevitablemente inseguros y no supieron echar raíces en su sensibilidad americana. Los autores coloniales de la generación revolucionaria nacieron en Inglaterra, llegaron a la madurez como ciudadanos ingleses y cultivaron las ideas y las modas de ese país, hasta en la forma de vestir y actuar. Sus padres, sus abuelos y todos sus amigos eran ingleses (o europeos). Para empeorar las cosas, la conciencia estadounidense de la moda literaria seguía yendo a la zaga de la inglesa y ese rezago intensificó el afán de imitación en los Estados Unidos. Después de 50 años del ocaso de su fama en Inglaterra, algunos escritores neoclásicos ingleses, como Joseph Addison, Richard Steele, Jonathan Swift, Alexander Pope, Oliver Goldsmith y Samuel Johnson, seguían siendo imitados con entusiasmo en Norteamérica.

Además, los enormes retos de la edificación de la nueva nación hacían que la gente talentosa e instruida se sintiera atraída por la política, el derecho y la diplomacia. Esos quehaceres les granjeaban honores, gloria y seguridad económica. En cambio, el trabajo de escritor no era bien remunerado. Los primeros autores estadounidenses, ahora separados de Inglaterra, no tenían en realidad ni editores modernos ni público, ni la protección jurídica adecuada. La asistencia editorial, la distribución y la publicidad eran rudimentarias.

Hasta 1825, la mayoría de los autores norteamericanos tenían que pagar a los impresores que publicaban sus obras. Es obvio que sólo los que disponían de tiempo libre y fortuna, como Washington Irving y el grupo Knickerbocker de Nueva York, o los poetas de Connecticut conocidos como los Ingenios de Hartford, se podían dar el lujo de cultivar su interés por la literatura. La excepción fue Benjamin Franklin, un impresor que logró publicar su obra aunque su familia era pobre.

Charles Brockden Brown fue un caso más típico. Autor de interesantes romances góticos, fue el primer escritor estadounidense que trató de ganarse la vida con sus libros. Sin embargo, su breve existencia terminó en la pobreza.

La falta de público era otro problema. El reducido público culto de los Estados Unidos prefería a los autores europeos más conocidos, en parte por el excesivo respeto que sentían las ex colonias por sus gobernantes de antaño. La preferencia por las obras de la Madre Patria no era del todo ilógica, tomando en cuenta la calidad inferior de la producción nacional, pero eso empeoró la situación, pues privó de público a los autores nacionales. Sólo el periodismo les ofrecía remuneración económica, pero la masa de los lectores pedía versos sin mayores exigencias y sólo ensayos breves sobre temas de actualidad, no obras largas o de tipo experimental.

La causa más clara del estancamiento literario fue tal vez la falta de leyes adecuadas sobre derechos de autor. Lógicamente, los impresores estadounidenses que publicaban ediciones piratas de las obras inglesas de éxito no estaban dispuestos a pagar a un autor estadounidense por una obra desconocida. Al principio, se pensó que la reproducción no autorizada de libros extranjeros era un servicio para las colonias y una fuente de ingresos para los impresores, como Franklin, que reproducían las obras de los clásicos y los grandes libros europeos, para educar al público nacional.

Los impresores de todo el país siguieron su ejemplo. Hubo casos tristemente célebres de piratería. El importante editor estadounidense Matthew Carey pagaba a un agente en Londres —una especie de espía literario— para que le enviara los nuevos libros, en pliegos aún no encuadernadas o incluso pruebas de imprenta, a bordo de veloces navíos que hacían la travesía a los Estados Unidos en un mes. Empleados de Carey se hacían a la mar e iban al encuentro de esos barcos, a su arribo al puerto, y llevaban sin dilación los textos piratas a las imprentas, donde los tipógrafos dividían el tomo en secciones y trabajaban turnos de día y de noche. Los libros ingleses objeto de piratería se reimprimían en un día y llegaban a las librerías de los Estados Unidos casi al mismo tiempo que a las de Inglaterra.

Las ediciones importadas legalmente eran más caras y no podían competir con las piratas, por lo cual la falta de derechos de autor perjudicó tanto a los escritores extranjeros, como Sir Walter Scott y Charles Dickens, como a los del país. Los autores extranjeros recibían, por lo menos, el pago de sus editores originales y eran famosos. En cambio los autores estadounidenses, como James Fenimore Cooper, no sólo carecían del pago adecuado, sino tenían la pena de ver que los piratas les robaban sus obras en sus propias narices. El primer libro de Cooper que tuvo éxito, The Spy (El espía, 1821), fue reproducido ilegalmente por cuatro impresores diferentes a sólo un mes de haber salido a la luz.

Es irónico que la ley de derechos de autor de 1790 —la cual permitía la piratería— haya tenido una intención nacionalista. Redactada por Noah Webster, la ley sólo protegía las obras de autores estadounidenses, pues se pensó que los ingleses debían velar por sus propios intereses.

Aunque la ley era inadecuada, ninguno de los nuevos editores estaba dispuesto a impugnarla, pues les resultaba lucrativa. La piratería hundió en la miseria a la primera generación de escritores estadounidenses del periodo revolucionario; por eso no fue raro que la siguiente generación escribiera un número aún menor de obras valiosas. El auge de la piratería, en 1815, coincidió con el punto más bajo de las letras estadounidenses. A pesar de todo, la oferta abundante y barata de libros clásicos y extranjeros, que aparecieron en ediciones piratas en los primeros 50 años de la nueva nación, ayudó a educar a la población y a algunos de sus primeros grandes autores, que empezaron a surgir hacia 1825.

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LA ILUSTRACIÓN EN LOS ESTADOS UNIDOS

La Ilustración del siglo XVIII en los Estados Unidos fue un movimiento caracterizado por el énfasis en la racionalidad, no en la tradición, así como en la investigación científica en lugar de los intocables dogmas religiosos, y en el gobierno representativo en vez de la monarquía. Los pensadores y escritores de la Ilustración estaban consagrados a los ideales de la justicia, la libertad y la igualdad, considerados como los derechos naturales del hombre.

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Benjamin Franklin (1706-1790)

Benjamin Franklin, a quien el filósofo escocés David Hume llamó “el primer gran hombre de letras” de los Estados Unidos, encarnó el ideal del racionalismo humanista de la Ilustración. Práctico, pero idealista, muy trabajador y coronado por un enorme éxito, Franklin relató las primeras etapas de su vida en su célebre Autobiography (Autobiografía). Escritor, impresor, editor, científico, filántropo y diplomático, fue el personaje civil más célebre y respetado de su época. Franklin fue el primer gran hombre forjado por sí mismo en los Estados Unidos: un demócrata pobre, nacido en una época aristocrática que él ayudó a liberalizar con su valioso ejemplo.


Franklin era un inmigrante de segunda generación. Su padre era un candelero (fabricante de velas) puritano que llegó a Boston, Massachusetts, en 1683 procedente de Inglaterra. La vida de Franklin ilustra en muchas formas el impacto de la Ilustración en un individuo de talento. Autodidacta y muy versado en las obras de John Locke, Shaftesbury, Joseph Addison y otros escritores de la Ilustración, Franklin aprendió de ellos a emplear la razón como guía de su vida y a romper con la tradición —sobre todo con la anticuada tradición puritana— cuando ésta era una amenaza para sus ideales.

En su juventud, Franklin aprendió por su cuenta varios idiomas, leía mucho y se ejercitaba en el arte de escribir para el público. Cuando se mudó de Boston a Filadelfia, Pennsylvania, ya tenía el nivel de educación propio de las clases altas. Poseía la capacidad de los puritanos para el análisis constante de sí mismo y el trabajo arduo y minucioso, pero también tenía un anhelo de superarse. Esas cualidades lo llevaron poco a poco a la riqueza, la respetabilidad y los honores. Ajeno al egoísmo, Franklin trató de ayudar a la gente ordinaria a alcanzar el éxito, quiso compartir sus conocimientos y creó un género que es típicamente estadounidense: el manual de superación personal.

Poor Richard's Almanack (El Almanaque del Pobre Richard), que se publicó muchos años desde 1732, le ganó a Franklin prosperidad y renombre en todas las colonias. En esa serie de almanaques anuales, útiles y estimulantes, llenos de consejos e información factual, hay varios personajes muy divertidos, como el viejo Padre Abraham y el Pobre Richard, que edifican al lector por medio de aforismos sustanciosos y memorables. En “The Way to Wealth” (“El camino a la riqueza”), publicado inicialmente en el Almanac, el Padre Abraham, “un anciano pulcro y sencillo de blanco y rizado cabello”, cita con prolijidad los adagios del Pobre Richard. “Al sabio le basta una palabra”, afirma. O bien, “Dios ayuda al que se ayuda a sí mismo”; “acostarse temprano y levantarse temprano hacen al hombre rico, sabio y sano”. El Pobre Richard es un psicólogo (“La laboriosidad paga las deudas y el desaliento las acrecienta”) y siempre aconseja trabajar con tesón (“La diligencia es la madre de la buena suerte”). No seas perezoso, nos advierte, pues “el uno que hagas hoy, valdrá dos mañana”. A veces inventa anécdotas para ilustrar sus conceptos: “un descuido pequeño puede acarrear una desgracia grande... Por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de la herradura se perdió el caballo; y por falta de caballo el jinete se perdió, fue emboscado y asesinado por su enemigo. ¡Y todo por no haber tenido el cuidado de reponer un clavo de una herradura”. Franklin fue un genio de la síntesis para ilustrar sus preceptos morales: “Con lo que se gasta en mantener un vicio podría educarse a dos niños”. “Una grieta pequeña puede hundir un gran barco”. “Los tontos organizan los festines y los sabios los disfrutan”.

La Autobiography de Franklin es, en parte, un libro de superación personal. Escrita para aleccionar a su hijo, sólo abarca los primeros años del autor. En el pasaje más famoso expone su programa científico para la superación personal. Franklin cita 13 virtudes: templanza, discreción, orden, decisión, frugalidad, laboriosidad, sinceridad, justicia, moderación, limpieza, serenidad, castidad y humildad. Diserta sobre cada una en otras tantas máximas; por ejemplo, a la templanza le corresponde ésta: “No comas hasta el hartazgo ni bebas hasta la euforia”. Como científico pragmático, Franklin puso a prueba el concepto de perfectibilidad y fue su propio sujeto de experimentación.

Para inculcar buenos hábitos, Franklin inventa una agenda calendario reutilizable, donde propone que se cultive una virtud por semana, marcando con un punto negro cada etapa de progreso. Su teoría prefiguró al conductismo, y su método sistemático de notación se anticipó a las técnicas modernas para modificar la conducta. Su plan de superación personal mezcla la fe de la Ilustración en la perfectibilidad humana y el hábito puritano del autoanálisis moral.

Franklin comprendió pronto que sus escritos podían ser el mejor medio para exponer sus ideas; por eso perfeccionó a conciencia su flexible estilo de prosa, no como un fin en sí mismo sino como una herramienta. “Escribe como el erudito y habla como el vulgo”, aconsejaba. Siendo científico, aplicó el precepto postulado por la Real Sociedad (de Ciencias) en 1667 y empleó “un modo de hablar íntimo, llano y natural, con expresiones positivas, significado claro y la mayor frescura, para acercar las cosas lo más posible a la simplicidad matemática”.

A pesar de la fama y la prosperidad, Franklin nunca perdió su sensibilidad democrática; fue un personaje importante en la convención de 1787 que redactó la Constitución de los Estados Unidos. En sus años postreros fue presidente de una asociación contra la esclavitud. Uno de sus últimos esfuerzos fue la promoción de la educación pública para todos.

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Hector St. John de Crèvecoeur (1735-1813)

Otra figura destacada de la Ilustración fue Hector St. John de Crèvecoeur, cuya obra Letters from an American Farmer (Cartas de un granjero estadounidense, 1782) inspiró en los europeos la luminosa idea de que en América hallarían oportunidades de paz, fortuna y orgullo personal. Así pues, no fue ni un norteamericano ni un granjero, sino un aristócrata francés dueño de una finca en las afueras de la ciudad de Nueva York, quien antes de la Revolución elogió con entusiasmo a las colonias por su laboriosidad, tolerancia y floreciente prosperidad, en 12 cartas que describieron a América como un paraíso agrícola. Esa visión inspiraría a Thomas Jefferson, Ralph Waldo Emerson y muchos otros escritores, hasta el presente.

Crèvecoeur fue el primer europeo que tuvo una opinión bien informada acerca de América y el carácter de sus nuevos pobladores. También fue el primero que explotó la imagen de la Unión Americana como un “crisol étnico”, en un célebre pasaje donde pregunta:

¿Quién es pues el estadounidense, este hombre nuevo? Es un europeo o el descendiente de un europeo; eso explica la extraña mezcla de sangres que no hallará usted en ningún otro país. Les podría mostrar una familia donde el abuelo es inglés, su esposa es holandesa, su hijo se casó con una francesa y tienen cuatro hijos casados con cuatro mujeres de distintas nacionalidades....Individuos de todas las naciones se funden aquí en una nueva raza de hombres, cuyo esfuerzo y posteridad cambiarán al mundo algún día.
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EL PANFLETO POLÍTICO: Thomas Paine (1737-1809)

La pasión de la literatura revolucionaria quedó plasmada en panfletos, la forma de literatura política más popular de la época. Durante la Revolución se publicaron más de 2000 panfletos. En ellos se arengaba a los patriotas y se amenazaba a los realistas; sus textos hacían las veces de obras teatrales, pues con frecuencia eran leídos en público para enardecer a los auditorios. Los soldados norteamericanos los leían en voz alta en sus campamentos, al tiempo que los realistas británicos quemaban esos panfletos en fogatas, a la vista del público.

En los tres primeros meses después de su publicación, se vendieron más de 100.000 ejemplares del panfleto de Thomas Paine titulado Common Sense (El sentido común). Todavía hoy nos emociona. “La causa de Norteamérica es, en gran medida, la causa de toda la humanidad”, escribió Paine para expresar la idea del carácter excepcional estadounidense, que aún hoy es fuerte en el país; es decir, que en cierto sentido fundamental y en virtud de que los Estados Unidos son un experimento democrático y, en teoría, están abiertos a todos los inmigrantes, su destino prefigura el destino de la humanidad entera.

Los textos políticos de una democracia debían ser muy claros para atraer a los votantes, y muchos de los fundadores del país promovieron la educación universal para tener un electorado bien informado. Un indicio de aquella vida literaria vigorosa, aunque sencilla, fue la gran proliferación de periódicos. Durante la Revolución, se leían más diarios en los Estados Unidos que en ningún otro lugar del mundo. La inmigración imponía también un estilo simple. La claridad era vital para los recién llegados cuya lengua materna no era el inglés. La versión original de la Declaración de Independencia escrita por Jefferson es clara y lógica, y su comité le hizo cambios para simplificarla aún más. Los Federalist Papers (Documentos del federalista), que apoyaban la Constitución, también contienen argumentos lúcidos y lógicos que son muy apropiados para el debate en una nación democrática.

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EL NEOCLASICISMO: LA ÉPICA, EL ESTILO BURLESCO Y LA SÁTIRA

Por desgracia, los textos “literarios” no eran tan simples y directos como los escritos políticos. Cuando la mayoría de los autores ilustrados intentaba escribir poesía, caía en la trampa del neoclasicismo elegante. La épica, en particular, ejercía una atracción fatal sobre ellos. Los patriotas literarios estadounidenses estaban convencidos de que la gran lucha de independencia de su país hallaría su expresión natural en el género épico: un poema narrativo largo y dramático, escrito en un estilo exaltado para alabar las hazañas de un héroe legendario.

Muchos escritores lo intentaron, pero ninguno tuvo éxito. Timothy Dwight (1752-1817), uno de los Ingenios de Hartford que llegó a ser rector de la Universidad Yale, es un ejemplo. Su poema épico The Conquest of Canaan (La conquista de Canaan, 1785) se basó en el relato bíblico de la lucha de José para entrar en la Tierra Prometida. En su alegoría, Dwight simbolizó como José al general Washington, comandante del ejército de la Unión Americana y más tarde primer presidente de los Estados Unidos; además, usó el mismo tipo de dísticos que Alexander Pope en sus traducciones de Homero. La épica de Dwight resultó tan aburrida como ambiciosa. Los críticos ingleses la destrozaron y ni los amigos del autor, como John Trumbull (1750-1831), mostraron entusiasmo. En las melodramáticas escenas de batalla hay tantos rayos y centellas, que Trumbull llegó a decir que para interpretar ese poema se requería un pararrayos.

No es extraño que la poesía satírica haya tenido mucho mejor suerte que el verso serio. El género épico burlesco permitió hablar a los poetas estadounidenses con su voz natural, en lugar de atraerlos con el señuelo de los sentimientos patrióticos pomposos y previsibles, y los epítetos poéticos convencionales y sin rostro tomados del bardo griego Homero y del poeta romano Virgilio, a través de los autores ingleses.

En la épica burlesca, como el humorístico M’Fingal (1776-1782) de John Trumbull, las emociones estilizadas y los giros convencionales son el material de una buena sátira, y se hace mofa de la oratoria grandilocuente de la Revolución. Sobre el modelo de Hudibras, del poeta británico Samuel Butler, su épica burlesca satiriza al conservador, M’Fingal. A veces toca temas sustanciales, como cuando habla de los reos en el cadalso:

Nadie al sentir de la cuerda el tirón
Tiene de la ley buena opinión.

M'Fingal rebasó las 30 ediciones, se siguió imprimiendo durante medio siglo y fue admirada en Inglaterra y en los Estados Unidos. En parte, la sátira atrajo a los lectores revolucionarios porque incluyó comentarios y crítica social, en una época en que los asuntos políticos y los problemas sociales eran los temas de actualidad. La primera comedia estadounidense puesta en escena, The Contrast (El contraste, producida en 1787) de Royall Tyler (1757-1826), establece un contraste humorístico entre el coronel Manly, un oficial estadounidense, y Dimple, un imitador de las modas inglesas. Como es lógico, Dimple siempre queda en ridículo. En esa obra apareció el primer personaje yanqui: Jonathan.

Otra obra satírica, la novela Modern Chivalry (Caballería moderna), publicada en entregas entre 1792 y 1815 por Hugh Henry Brackenridge, ridiculiza en forma memorable los excesos de la época. Brackenridge (1748-1816) fue un inmigrante escocés que creció en la frontera estadounidense y se inspiró en Don Quijote para escribir su inmensa novela picaresca; en ella describe las desventuras del capitán Farrago y de su criado tonto y rudo, pero atractivamente humano, Teague O’Regan.

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EL POETA DE LA REVOLUCIÓN ESTADOUNIDENSE:
Philip Freneau (1752-1832)

El poeta Philip Freneau asimiló en sus obras las nuevas búsquedas del romanticismo europeo y logró escapar del afán de imitación y la vaga universalidad de los “Ingenios de Hartford”. La clave de su éxito y de su fracaso fue su apasionado espíritu democrático, aunado a su indómito carácter.

Los Ingenios de Hartford, de cuyo patriotismo no cabía la menor duda, reflejaban el conservadurismo de la cultura de las clases educadas en general. Freneau se propuso luchar contra esos vestigios de la vieja actitud conservadora e impugnó “los escritos de una facción aristocrática y especuladora de Hartford, que está a favor de la monarquía y de los títulos nobiliarios”. Aunque Freneau recibió una educación depurada y estaba tan familiarizado con los clásicos como cualquiera de los Ingenios de Hartford, abrazó las causas liberales y democráticas.

De origen hugonote (protestante francés radical), Freneau luchó como miliciano en la Guerra de Independencia. En 1780 fue capturado, estuvo cautivo en dos navíos británicos y cuando estaba a punto de perecer, su familia logró liberarlo. Su poema “The British Prison Ship” (“El barco cárcel británico”) es una acerba protesta contra la crueldad de los ingleses, que querían “teñir de sangre al mundo entero”. Ese poema y otros de tono revolucionario, como “Eutaw Springs” (“Manantiales Eutaw”), “American Liberty” (“La libertad americana”), “A Political Litany” (“Una letanía política”), “A Midnight Consultation” (“Una consulta a la media noche”) y “George the Third’s Soliloquy” (“El soliloquio de Jorge III”), le ganaron la fama de ser “el poeta de la Revolución de los Estados Unidos”.

En el curso de su vida, Freneau fue director de muchos diarios y siempre tuvo presente la grandiosa causa de la democracia. Con la ayuda de Thomas Jefferson fundó la National Gazette en 1791, un órgano militante y anti-federalista, y se convirtió en el primer editor de periódicos poderoso y aguerrido de los Estados Unidos, antecesor literario de William Cullen Bryant, William Lloyd Garrison y H.L. Mencken.

Como poeta y editor, Freneau siempre hizo honor a sus ideales democráticos. En sus poemas populares, publicados en periódicos para el lector término medio, exaltó asiduamente los temas nacionales. “The Virtue of Tobacco” (“La virtud del tabaco”) está dedicado a la planta autóctona, verdadero puntal de la economía del Sur, y en “The Jug of Rum” (“El jarro de ron”) exalta la bebida alcohólica de las Antillas, un producto vital para el incipiente comercio de los Estados Unidos e importante artículo de exportación del Nuevo Mundo. Los personajes más típicos del país cobran vida en “The Pilot of Hatteras” (“El piloto de Hatteras”) y en los poemas dedicados a los médicos empíricos y a los evangelistas de voz tonante.

Freneau cultivó un estilo natural y coloquial, muy apropiado para la democracia genuina, pero también supo manejar un lirismo neoclásico refinado en obras muy comentadas en antologías, como “The Wild Honey Suckle” (“La madreselva silvestre”, 1786) que evoca el aroma dulzón de ese arbusto nativo. No fue sino hasta el “Renacimiento de los Estados Unidos”, iniciado en la década de 1820, cuando la poesía norteamericana logró superar las alturas que ya había alcanzado Freneau 40 años antes.

En los primeros años se siguieron sentando las bases de las realizaciones futuras. El nacionalismo inspiró publicaciones de muchos géneros y condujo a una nueva valoración de las cosas del país. Noah Webster (1758-1843) compiló un American Dictionary (Diccionario estadounidense) y un importante libro de lectura y ortografía para las escuelas. A través de los años se vendieron más de 100 millones de ejemplares de su Spelling Book (Libro de ortografía). Las versiones actualizadas de los diccionarios de Webster siguen siendo hoy la norma. American Geography (Geografía de los Estados Unidos) de Jedidiah Morse, otro hito entre las obra de referencia, fomentó el conocimiento del extenso y expansivo territorio nacional. Aunque no de muy alta calidad literaria, entre los textos más interesantes de la época figuran los diarios de colonizadores y exploradores de la frontera, como Meriwether Lewis (1774- 1809) y Zebulon Pike (1779-1813), que escribieron la crónica de sus expediciones a través del territorio de Louisiana, que Thomas Jefferson compró a Napoleón en 1803.

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LOS ESCRITORES DE FICCIÓN

Los primeros escritores importantes de ficción, Charles Brockden Brown, Washington Irving y James Fenimore Cooper, se basaron en personajes, perspectivas históricas, temas de transformación y tonos nostálgicos estadounidenses. Cultivaron muchos géneros de prosa, instituyeron formas nuevas y hallaron cauces novedosos para vivir de las letras. Con ellos, la literatura estadounidense empezó a ser leída y apreciada en el país y también en el extranjero.

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Charles Brockden Brown (1771-1810)

Ya mencionado anteriormente aquí como el primer escritor profesional estadounidense, Charles Brockden Brown se inspiró en los autores ingleses Mrs. Radcliffe y English William Godwin (Radcliffe se hizo célebre por sus terroríficas novelas góticas; novelista y reformador social, Godwin fue el padre de Mary Shelley, la autora de Frankenstein y esposa del poeta inglés Percy Bysshe Shelley.)

Acicateado por la pobreza, Brown escribió con premura cuatro asombrosas novelas en dos años: Wieland (1798), Arthur Mervyn (1799), Ormond (1799) y Edgar Huntley (1799). En ellas desarrolló el género gótico estadounidense. La novela gótica era un género popular en esa época: presentaba ambientes exóticos y salvajes, una profundidad psicológica perturbadora y mucho suspenso. Los escenarios eran castillos o abadías en ruinas, fantasmas, misteriosos secretos, figuras amenazadoras y doncellas solitarias que sobreviven gracias a su ingenio y su fortaleza de espíritu. En su mejor momento, esas novelas ofrecen tremendo suspenso y sugerencias mágicas, amén de profundos sondeos del alma humana en situaciones extremas. Los críticos han dicho que la sensibilidad gótica de Brown revela su profunda ansiedad ante las inadecuadas instituciones sociales de la nueva nación.

Brown usó escenarios distintivamente norteamericanos. Siendo un hombre de ideas, dramatizó teorías científicas, desarrolló una teoría personal sobre la ficción y defendió un alto nivel literario a despecho de la pobreza en que vivía. Aunque tienen fallas, sus obras poseen un poder sombrío. Se ha llegado a considerar, cada día más, que fue el precursor de escritores románticos como Edgar Allan Poe, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne. Expresó los temores subconscientes que subyacían en el optimismo externo del periodo de la Ilustración.

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Washington Irving (1789-1859)

El menor de los 11 hijos de una acaudalada familia de comerciantes de Nueva York, Washington Irving llegó a ser embajador cultural y diplomático de su país en Europa, siguiendo los pasos de Benjamin Franklin y Nathaniel Hawthorne. Pese a su talento, tal vez no habría llegado a ser escritor profesional de tiempo completo, por falta de retribución económica, si una serie de incidentes fortuitos no lo hubieran hecho abrazar las letras como profesión. Con la ayuda de sus amigos pudo publicar su Sketch Book (Libro de apuntes, 1819-1820) en Inglaterra y los Estados Unidos al mismo tiempo, obteniendo los derechos de autor y el pago de regalías en ambos países.

The Sketch Book of Geoffrye Crayon (El libro de apuntes de Geoffrye Crayon) (el seudónimo de Irving) incluye sus dos relatos más memorables: “Rip Van Winkle” y “The Legend of Sleepy Hollow” (“La leyenda de Sleepy Hollow”). El término “apuntes” describe atinadamente el estilo de Irving: delicado, elegante y de apariencia desenfadada; y el nombre “Crayon” sugiere su habilidad como colorista y creador de efectos emotivos y tonalidades ricas y matizadas. En el Sketch Book, Irving transforma en una región mágica y fabulosa las montañas Catskill, que bordean el río Hudson, al norte de la ciudad de Nueva York.

Los lectores estadounidenses recibieron agradecidos la “historia” imaginaria de las Catskill según Irving, a pesar del hecho (desconocido para ellos) de que el autor adaptó esos relatos de una fuente alemana. Irving dio a los norteamericanos algo que necesitaban con urgencia en sus primeros años de burdo materialismo: una forma imaginativa de relacionarse con su nueva tierra.

Ningún escritor tuvo tanto éxito como Irving al humanizar la tierra, pues él le dio nombre, rostro y una serie de leyendas. La historia de “Rip Van Winkle”, quien durmió 20 años y al despertar vio que las colonias ya habían conquistado su independencia, se convirtió a la postre en folclor. El relato fue adaptado al teatro, se incorporó a la tradición oral y, poco a poco, fue aceptado como una leyenda auténticamente nacional por muchas generaciones de estadounidenses.

Irving descubrió y ayudó a satisfacer el crudo sentido histórico del país naciente. Sus muchas obras pueden interpretarse como un esforzado intento de edificar el alma de la nueva nación, recreando su historia y dándole vida en forma amena, palpitante e imaginativa. Como temática, eligió los aspectos más dramáticos de la historia estadounidense: el descubrimiento del Nuevo Mundo, el primer presidente y héroe nacional, y la exploración del Oeste. La primera de sus obras fue la chispeante sátira History of New York (Historia de Nueva York, 1809) bajo el dominio holandés, presuntamente escrita por Diedrich Knickerbocker (por eso a los amigos de Irving y a los escritores neoyorquinos de aquella época se les llama colectivamente “la Escuela Knickerbocker”)

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James Fenimore Cooper (1789-1851)

Igual que Irving, James Fenimore Cooper evocó el sentido del pasado y le dio un nombre y un espacio habitable. Sin embargo, en Cooper encontramos el poderoso mito de la edad de oro y la amargura de su pérdida. Mientras Irving y otros escritores estadounidenses anteriores y posteriores volvían los ojos hacia Europa para hurgar en sus leyendas, castillos y grandes temas, Cooper captó el mito esencial de América: su carácter intemporal como las tierras vírgenes. La historia de los Estados Unidos fue una intromisión en lo eterno; la historia europea en este continente es una nueva versión de la pérdida del Paraíso. El dominio cíclico de la naturaleza sólo se vislumbró en el acto de destruirla: la tierra virgen desaparecía ante la vista de los estadounidenses; se esfumaba como espejismo con la llegada de los pioneros. Esta es la visión trágica esencial de Cooper frente a la irónica destrucción de la naturaleza virgen, el nuevo Edén que había atraído a los colonizadores por principio de cuentas.

Por experiencia personal, Cooper escribió con gran realismo sobre la transformación de las tierras vírgenes y otros temas, como el mar y el choque entre personas de distintas culturas. Miembro de una familia de cuáqueros, creció en las lejanas tierras de su padre (hoy Cooperstown), en el centro del estado de Nueva York. Aunque la región ya era relativamente pacífica en la infancia de Cooper, había sido escenario de una masacre de los indios. El joven Fenimore Cooper creció en un ambiente casi feudal. Su padre, el juez Cooper, era terrateniente y líder. De niño, Cooper conoció a los hombres de la frontera y a los indígenas en el lago Otsego; en épocas posteriores de su vida, vio a los audaces colonizadores blancos incursionar en sus tierras.

Natty Bumppo, el célebre personaje literario de Cooper, encarna su visión del hombre de la frontera como caballero, es decir, un “aristócrata natural” al estilo Jefferson. Cooper descubrió al personaje Bumppo a principios de 1823, en su obra The Pioneers (Los pioneros). Natty es el primer hombre famoso de la frontera estadounidense, el precursor de una serie interminable de héroes vaqueros y leñadores. Es la idealización del individualista honesto, dotado de mejores cualidades que la sociedad a la cual protege. Pobre y solitario, pero de corazón puro, se alza como piedra angular de los valores éticos y prefigura al Billy Budd de Herman Melville y al Huck Finn de Mark Twain.

Basado parcialmente en la vida real del pionero estadounidense Daniel Boone —quien era cuáquero igual que Cooper— Natty Bumppo, extraordinario leñador como Boone, es un hombre pacífico que fue adoptado por una tribu india. Tanto Boone como el imaginario Bumppo aman la naturaleza y la libertad; se alejan siempre hacia el Oeste, huyendo de los colonizadores a quienes ellos mismos guiaron a las tierras vírgenes, y llegan a ser leyendas vivientes. Natty también es casto, de elevados principios y profundamente espiritual: es el caballero cristiano de los romances medievales, trasladado a los bosques vírgenes y al suelo pedregoso de Norteamérica.

La vida de Natty Bumppo es el hilo conductor que unifica las cinco novelas, conocidas en conjunto como los Leather-Stocking Tales (Cuentos de “calzas de cuero”). La serie es la mejor realización de Cooper, una vasta epopeya en prosa cuyo escenario es el continente, las tribus indias son sus personajes, y las grandes guerras y la migración al Oeste forman su trasfondo social. Las novelas reviven la época de la frontera en los Estados Unidos, de 1740 a 1804.

Las novelas de Cooper retratan las oleadas sucesivas de colonización en la frontera; las tierras vírgenes originales habitadas por los indios; la llegada de los primeros blancos como exploradores, soldados, comerciantes y aventureros; el arribo de las familias de colonizadores pobres y rudos; y, al final, la llegada de la clase media y los primeros profesionales: el juez, el médico y el banquero. Cada nueva oleada desplazaba a la anterior: los blancos desalojaron a los indios y los obligaron a retroceder al Oeste; las clases medias “civilizadas”, que construían escuelas, templos y cárceles, ahuyentaron a los individualistas fronterizos de clase baja, haciéndolos internarse más en el Oeste y desplazar, a su vez, a los indios que los habían precedido. Cooper evoca las incesantes e inevitables oleadas de colonizadores y observa tanto las ganancias como las pérdidas resultantes.

Las novelas de Cooper revelan la profunda tensión entre el individuo solitario y la sociedad, la naturaleza y la cultura, la espiritualidad y la religión organizada. En sus obras, el mundo natural y los indios son esencialmente buenos (como el ámbito altamente civilizado que se asocia a sus personajes más cultos). En cambio, los personajes término medio suelen ser sospechosos, sobre todo los colonizadores blancos pobres y ambiciosos que carecen de educación o refinamiento para apreciar la naturaleza o la cultura. Igual que Kipling, E.M. Forster, Melville y otros sensibles observadores de las relaciones entre culturas muy diferentes, Cooper fue un relativista cultural. Él supo entender que ninguna cultura es poseedora del monopolio de la virtud o el refinamiento.

A diferencia de Irving, Cooper aceptó la situación estadounidense. La aproximación de Irving al ambiente de Norteamérica fue la ordinaria entre los europeos, pues importó las leyendas, la cultura y la historia de Europa y las adaptó al nuevo entorno. Cooper llevó el proceso un paso más adelante. Creó escenarios estadounidenses y tanto personajes como temas nuevos, típicamente autóctonos. Cooper fue el primer autor que hizo sonar la recurrente nota trágica de la ficción norteamericana.

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LAS MUJERES Y LAS MINORÍAS

Adiferencia del periodo colonial, que produjo escritoras dignas de mención, la época revolucionaria no favoreció el cultivo de las letras entre las mujeres y las minorías, a pesar de la proliferación de escuelas, revistas, periódicos y clubes literarios. Algunas mujeres de la época colonial, como Anne Bradstreet, Anne Hutchinson, Ann Cotton y Sarah Kemble Knight, tuvieron una considerable influencia social y literaria, a despecho de aquel medio tan primitivo y lleno de peligros: de las 18 mujeres que llegaron en el barco Mayflower en 1620, sólo cuatro lograron sobrevivir al primer año. Cuando toda persona físicamente apta tenía un lugar y la situación era inestable, el talento innato podía expresarse. Pero al formalizarse las instituciones culturales de la nueva república, las mujeres y las minorías fueron excluidas gradualmente de ellas.

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Phillis Wheatley (c. 1753-1784)

Ante la inclemencia de la vida en los albores de los Estados Unidos, es irónico que algunos de los mejores poemas de la época hayan sido escritos por una esclava negra realmente excepcional. La primera escritora negra importante del país, Phillis Wheatley, nació en África y fue llevada a Boston, Massachusetts a los siete años de edad, cuando el piadoso y opulento sastre John Wheatley la compró para que acompañara a su esposa. Los Wheatley reconocieron la notable inteligencia de la niña y Phillis aprendió a leer y escribir con la ayuda de Mary, la hija de la pareja.

Los temas poéticos de Wheatley son religiosos y su estilo es neoclásico, como el de Philip Freneau. Entre sus poemas más conocidos figuran “To S.M., a Young African Painter, on Seeing His Works” (“Al joven pintor africano S.M., al contemplar sus obras”), que es un elogio y un estímulo a otro negro talentoso, y un breve poema donde pone de manifiesto su intensa sensibilidad religiosa a través del filtro de la experiencia de su conversión al cristianismo. Este poema inquieta a algunos críticos contemporáneos: a los blancos porque lo juzgan convencional, y a los negros porque no es una protesta contra la inmoralidad intrínseca de la esclavitud. La verdad es que esta obra es una expresión sincera, pues impugna el racismo de los blancos y reafirma la igualdad espiritual. De hecho, ningún poeta abordó con confianza esos temas en sus versos antes que Wheatley, como lo hizo en “On Being Brought from Africa to America” (“De la experiencia de ser llevado de África a América”):

La misericordia me trajo de tierra pagana
Para mostrar a mi alma profana
Que hay un Dios y un Salvador.
Antes no conocía ni ansiaba la redención.
Hay quienes ven a nuestra negra raza con
   oprobio:
“Su color es un tinte del demonio”.
Mas recordad cristianos que los negros,
oscuros como Caín,
Ya redimidos, al cortejo de los ángeles se
unirán al fin.
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Otras escritoras

Eruditas feministas han redescubierto a varias excelentes escritoras del periodo revolucionario. Susanna Rowson (c. 1762-1824) fue una de las primeras novelistas profesionales de los EUA. Una de sus siete novelas fue Charlotte Temple (1791), una historia de seducción que tuvo gran éxito de librería. Rowson aborda los temas del feminismo y la abolición de la esclavitud, y habla con respeto de los indios norteamericanos.

Otra novelista por largo tiempo olvidada es Hannah Foster (1758-1840), cuya exitosa novela The Coquette (La seductora, 1797) relata la historia de una muchacha atrapada entre la virtud y la tentación. Rechazada por su novio, un frío clérigo, es seducida y abandonada, tiene un hijo y muere en la soledad.

Judith Sargent Murray (1751-1820) publicó sus obras con un seudónimo masculino para asegurarse de que serían tomadas en serio. Mercy Otis Warren (1728-1814) fue poeta, historiadora, dramaturga, autora satírica y patriota. Organizó reuniones prerrevolucionarias en su casa, denostó a los británicos en sus obras teatrales y escribió la única historia radical de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, en su época.

El epistolario entre mujeres como Mercy Otis Warren y Abigail Adams, y las cartas en general son documentos importantes de aquel periodo. Por ejemplo, Abigail Adams le escribió en 1776 a su esposo, John Adams (quien más tarde sería el segundo presidente de los Estados Unidos), instándolo a luchar por el debido reconocimiento de la independencia de las mujeres en la futura constitución del país.
 

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