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Capítulo 1:
Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776
Capítulo 2:
El origen democrático y los escritores revolucionarios, 1776-1820
Capítulo 3:
El periodo romántico, 1820-1860: Ensayistas y poetas
Capítulo 4:
El periodo romántico, 1820-1860: Ficción
Capítulo 5:
El ascenso del realismo: 1860-1914
Capítulo 6:
El Modernismo y la experimentación: 1914-1945
Capítulo 7:
Poesía estadounidense, 1945-1990: La antitradición
Capítulo 8:
Prosa estadounidense, 1945-1990: Realismo y experimentación
Capítulo 9:
Poesía contemporánea de Estados Unidos
Capítulo 10:
Literatura contemporánea de Estados Unidos
Glosario
Bibliografía (en inglés)
Derechos de autor
PUBLICACIÓN RELACIONADA
La literatura de EE.UU. en síntesis
 
(Publicado en diciembre de 2006)

El periodo romántico,
1820-1860: Ensayistas y poetas

Secciones y autores:
El trascendentalismo
   Ralph Waldo Emerson
   Henry David Thoreau
   Walt Whitman

Los poetas brahmines
   Henry Wadsworth Longfellow
   James Russell Lowell
   Oliver Wendell Holmes
Los reformadores
   John Greenleaf Whittier
   Margaret Fuller
   Emily Dickinson
Ralph Waldo Emerson
Ralph Waldo Emerson (Foto, por cortesía de National Portrait Gallery, Smithsonian Institution)
Henry David THoreau
Henry David Thoreau (© AP Images)
Walt Whitman
Walt Whitman (Foto, por cortesía de Library of Congress)
Henry Wadsworth Longfellow
Henry Wadsworth Longfellow (Foto, por cortesía de Brown Brothers)
Emily Dickinson
Emily Dickinson (Daguerrotipo, por cortesía de Harper & Bros.)

El movimiento romántico, que tuvo su origen en Alemania pero pronto se propagó a Inglaterra, Francia y más allá, llegó a Norteamérica hacia 1820, cerca de 20 años después de que William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge revolucionaron la poesía inglesa al publicar sus Lyrical Ballads (Baladas líricas). Igual que en Europa, esa visión nueva y fresca fue electrizante para los círculos artísticos e intelectuales de América. Sin embargo hubo una diferencia importante: en los Estados Unidos el romanticismo coincidió con el periodo de la expansión nacional y el descubrimiento de una voz distintivamente norteamericana. La definición de la identidad nacional y la pujanza del idealismo y la pasión del romanticismo nutrieron las obras maestras del “Renacimiento Estadounidense”.

Las ideas románticas giraban en torno del arte como inspiración, la dimensión espiritual y estética de la naturaleza y metáforas basadas en el crecimiento orgánico. Según los románticos, el arte era más adecuado que la ciencia para expresar la verdad universal. Los románticos subrayaban la importancia del arte expresivo, tanto para el individuo como para la sociedad. En su ensayo “The Poet” (“El poeta”, 1844), Ralph Waldo Emerson, tal vez el autor más influyente de la época romántica, afirma:

Porque todo hombre vive anhelando la verdad y necesita un medio de expresión, tratamos de exteriorizar nuestro doloroso secreto a través del amor, el arte, la avaricia, la política, el trabajo o el juego. El hombre es tan sólo la mitad de sí mismo: la otra mitad es la expresión.

El desarrollo del yo llegó a ser un tema importante y la conciencia de sí mismo se volvió un método fundamental. Si el yo y la naturaleza son uno solo, como dice la teoría romántica, la conciencia de sí mismo no implica un egoísta callejón sin salida, sino una vía para abrir el conocimiento hacia todo el universo. Si el yo individual es el mismo para toda la humanidad, el individuo tiene el deber moral de rectificar las desigualdades sociales y aliviar el sufrimiento humano. La idea del “yo”, que para las generaciones precedentes era sinónimo de egoísmo, tuvo una nueva definición. Se acuñaron nuevas palabras compuestas con significado positivo: “autorrealización”, “autoexpresión”, “autonomía”.

Cuando cobró importancia el yo único y subjetivo, lo mismo ocurrió con el mundo de la psicología. Se desarrollaron técnicas y efectos artísticos excepcionales para evocar los estados psicológicos de exaltación. Lo “sublime” —un efecto de belleza en un marco de grandeza (p. ej., la visión de un paisaje desde la cima de una montaña)— producía sentimientos de asombro, respeto, expansión y un poder más allá de la comprensión humana.

El romanticismo era afirmativo y resultó apropiado para la mayoría de los poetas y ensayistas creativos de los Estados Unidos. Las enormes montañas, los desiertos y los paisajes tropicales de Norteamérica eran la materialización misma de lo sublime. El espíritu romántico parecía idóneo para la democracia del país: hacía énfasis en el idealismo, reafirmaba el valor de la gente común y dirigía la mirada hacia la imaginación inspirada, al buscar sus valores éticos y estéticos. Sin duda los trascendentalistas de Nueva Inglaterra —Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y sus colegas— plantearon su nueva afirmación optimista inspirados por el movimiento romántico. El romanticismo cayó en tierra fértil en Nueva Inglaterra.

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EL TRASCENDENTALISMO

El movimiento trascendentalista fue una reacción contra el racionalismo del siglo XVIII y una manifestación de la tendencia humanista general del pensamiento decimonónico. El movimiento se basó en la creencia de la unidad esencial del mundo y Dios. Se creía que el alma de cada individuo era una réplica fiel del mundo: un microcosmos del universo mismo. La doctrina de la autonomía y el individualismo se desarrolló a partir de la convicción de una plena identificación entre el alma individual y Dios.

El trascendentalismo estuvo íntimamente relacionado con Concord, una pequeña aldea de Nueva Inglaterra, 32 kilómetros al oeste de Boston. Concord fue el primer asentamiento, tierra adentro, de la Colonia de la Bahía de Massachusetts original. Rodeada de bosques, era y sigue siendo una ciudad pacífica, lo bastante cerca del mundo de las conferencias, librerías y escuelas superiores de Boston como para gozar de la alta cultura, pero lo suficientemente lejana para no perder su serenidad. Concord fue el escenario de la primera batalla de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, y el poema de Emerson dedicado a ella, “Concord Hymn” (“El himno de Concord”), contiene una de las estrofas iniciales más célebres de toda la literatura escrita en este país:

Sobre el tosco puente arqueado
   en el torrente,
La brisa de abril desplegó su
   pendón insurgente.
Aquí resistió tenaz el gran pueblo
   granjero
Y resonó el disparo que escuchó
   el mundo entero.

Concord fue la primera colonia rural de artistas y donde primero se propuso una alternativa espiritual y cultural al materialismo estadounidense. Era un sitio propicio para la conversación de altos vuelos y la vida sencilla (Emerson y Thoreau cultivaban allí sus huertos). Emerson, que se mudó a Concord en 1834, y Thoreau son los personajes que más se identifican con el poblado, pero también vivieron allí el novelista Nathaniel Hawthorne, la escritora feminista Margaret Fuller, el pedagogo (y padre de la novelista Louisa May Alcott) Bronson Alcott, y la poeta Ellery Channing. El Club Trascendental se organizó informalmente en 1836 y tuvo entre sus miembros, en distintas épocas, a Emerson, Thoreau, Fuller, Channing, Bronson Alcott, Orestes Brownson (un destacado ministro religioso), Theodore Parker (abolicionista y ministro) y muchos otros.

Los trascendentalistas publicaban una revista trimestral, The Dial, que duró cuatro años y fue dirigida primero por Margaret Fuller y después por Emerson. Sus intentos de reforma los hicieron involucrarse también con la literatura. Muchos trascendentalistas fueron abolicionistas y formaron parte de comunidades experimentales de carácter utópico, como la cercana Granja Brook (que Hawthorne describió en The Blithedale Romance [El romance de Blithedale]) y Fruitlands.

A diferencia de muchos grupos europeos, los trascendentalistas jamás publicaron un manifiesto, pues insistían en las diferencias individuales, es decir, en el punto de vista único de cada individuo. Los trascendentalistas románticos de los Estados Unidos llevaron a sus últimas consecuencias el individualismo radical. El escritor norteamericano se veía a menudo a sí mismo como un explorador solitario, al margen de la sociedad y los convencionalismos. El héroe nacional —como el capitán Ahab de Herman Melville, Huck Finn de Mark Twain o Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe— se enfrentaba al peligro o incluso a una irremisible destrucción, en su afán de encontrarse a sí mismo en un plano metafísico. Para el escritor romántico de los Estados Unidos, nada estaba resuelto de antemano. Los convencionalismos literarios y sociales, lejos de ser útiles, le parecían peligrosos. Había un enorme afán de descubrir la autenticidad literaria en la forma, el contenido y la voz: todo al mismo tiempo. En las muchas obras maestras producidas en las tres décadas anteriores a la Guerra Civil (1861-65) se percibe con claridad que los escritores estadounidenses aceptaron el reto.

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Ralph Waldo Emerson (1803-1882)

El personaje más importante de su época fue Ralph Waldo Emerson, un hombre imbuido de un sentido religioso de misión. Muchos lo acusaron de subversión contra el cristianismo, pero él explicó que “para llegar a ser un buen ministro, era preciso separarse de la Iglesia”. El discurso que pronunció en 1838 en su alma mater, la Escuela de Teología de Harvard, lo convirtió en un personaje indeseable en la institución durante 30 años. En esa ocasión, Emerson acusó a la Iglesia de actuar “como si Dios hubiera muerto” y de insistir demasiado en el dogma, sofocando así al espíritu.

Se ha dicho que la filosofía de Emerson es contradictoria, y la verdad es que se propuso de modo deliberado no edificar un sistema intelectual lógico, porque tal sistema habría sido la negación de su creencia romántica en la intuición y la flexibilidad. En “Self-Reliance” (“Autonomía”) comenta: “Las mentes pequeñas tienen la manía de buscar una congruencia obvia”. Sin embargo, él es muy congruente en su exhortación a crear un individualismo estadounidense inspirado en la naturaleza. La mayoría de sus ideas importantes —la necesidad de crear una nueva visión nacional, la aplicación de la experiencia personal, el concepto de un Alma Superior cósmica y la doctrina de la retribución— se insinúan desde la primera obra que publicó: Nature (Naturaleza, 1836). Ese ensayo empieza así:

Nuestra época es retrospectiva; se erige sobre los sepulcros de los antepasados. Escribe biografías, relatos y ensayos de crítica. Las generaciones precedentes contemplaban frente a frente a Dios y a la naturaleza; nosotros los vemos a través de los ojos de aquella gente. ¿Por qué no hemos de disfrutar también nosotros una relación original con el universo? ¿Por qué no tener una poesía basada en el conocimiento y no en la tradición, y una religión surgida de una revelación propia y no sólo de la historia de revelaciones ajenas? Inmersos por breve tiempo en el seno de la naturaleza, cuyos torrentes de vida nos rodean y penetran, aportándonos poderes que nos incitan a la acción en magnitud proporcional a tal naturaleza, ¿por qué hemos de husmear a tientas entre los huesos resecos del pasado...? El sol brilla también hoy. Los campos no han dejado de prodigar lana y lino; hay nuevas tierras, nuevos hombres y nuevas ideas. Exijamos también nuestras propias obras, leyes y cultos.

Emerson admiraba el genio de Montaigne, el ensayista francés del siglo XVI, para los aforismos, y una vez le dijo a Bronson Alcott que quería escribir un libro como los de ese autor, “lleno de animación, poesía, cosas prácticas, teología, filosofía, anécdotas y hollín”. Emerson lamentaba que, por lo abstracto de su estilo, Alcott omitiera en sus textos “el reflejo de la luz en el sombrero de un hombre o en la cuchara de un niño”.

La visión espiritual y la expresión basada en aforismos de carácter práctico hacen que el estilo de Emerson sea delicioso; uno de los trascendentalistas de Concord hizo un símil feliz cuando dijo que escuchar sus palabras era como “subir al cielo en un columpio”. Gran parte de su lucidez espiritual la obtuvo mediante el estudio de religiones orientales, sobre todo el hinduismo, el confucianismo y el sufismo islámico. Por ejemplo, en su poema “Brahma” se apoya en fuentes hindúes para describir un orden cósmico que rebasa la limitada capacidad de percepción de los mortales:

Si el púrpura asesino cree que ha causado
   daño
Y la víctima piensa que es real su padecer,
Es porque no conocen ese sutil arcano
Que yo guardo y transito, y vuelvo a recorrer.
Lo olvidado y remoto me parece cercano;
Las sombras y la luz son una misma trama;
Los dioses extinguidos tienden a mí su mano;
Y, para mí, da igual la vergüenza o la fama.
El que intenta evadirme cae en
   honda amargura;
Soy las alas de todo el que vuela
   hacia mí;
Soy a la vez la duda y el que
   siente que duda,
Y soy también el himno que hoy
   entona el brahmín.
Codician mi destino los dioses
   poderosos
Y los Siete Sagrados en su más
   vano anhelo,
Pero tú, humilde amante del bien
   generoso,
Búscame sólo a mí y vuelve la
   espalda al cielo.

Este poema, publicado en el primer número de la revista Atlantic Monthly (1857), causó gran confusión entre los lectores que no estaban familiarizados con Brahma, la más alta divinidad hindú, el alma eterna e infinita del universo. Emerson hizo esta sugerencia para sus lectores: “Díganles que sustituyan con la palabra Jehová todas las alusiones a Brahma”.

El crítico británico Matthew Arnold dijo que los poemas de Wordsworth y los ensayos de Emerson son los textos más importantes en lengua inglesa, de todo el siglo XIX. Emerson fue un gran poeta en prosa e influyó en una larga lista de poetas estadounidenses, entre ellos Walt Whitman, Emily Dickinson, Edwin Arlington Robinson, Wallace Stevens, Hart Crane y Robert Frost. También se le reconoce el mérito de haber influido en la filosofía de John Dewey, George Santayana, Friedrich Nietzsche y William James.

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Henry David Thoreau (1817-1862)

Descendiente de franceses y escoceses, Henry David Thoreau nació en Concord y fijó su residencia en ese pequeño poblado. Nacido en el seno de una familia pobre, igual que Emerson, trabajó para pagar sus estudios hasta llegar a Harvard. Toda su vida redujo sus necesidades hasta el nivel más frugal y logró vivir con muy poco dinero, lo cual le permitió preservar su independencia. En esencia, él hizo del vivir su profesión. No era conformista y trató de vivir su vida, en todo momento, de acuerdo con sus rectos principios. Ese intento constituye el tema de muchos de sus escritos.

La obra maestra de Thoreau, Walden or Life in the Woods (Walden o la vida en los bosques, 1854), fue el fruto de los dos años, dos meses y dos días (de 1845 a 1847) que vivió en una cabaña construida por él mismo en Walden Pond, en un predio cuyo propietario era Emerson. En Walden, Thoreau adapta deliberadamente el tiempo para que todo transcurra en un año; la esmerada estructura de la obra evoca con sutileza el paso de las estaciones. El libro está organizado también de modo que los temas más simples y mundanos se presenten primero (en la sección titulada “Economía” habla de los gastos que implica la construcción de una cabaña); al final, la obra ya ha avanzado tanto, que incluye meditaciones acerca de las estrellas.

Thoreau era amante de los libros de viaje y fue autor de varios de ellos; sin embargo, en Walden nos ofrece una obra que se opone a la idea misma de viajar, pero que en forma paradójica nos abre la frontera interior y nos incita al descubrimiento de nuestro propio ser como ningún otro libro estadounidense lo había logrado hasta entonces. En un tono tan engañosamente modesto como la vida ascética del propio Thoreau, el libro es nada menos que una guía para alcanzar el ideal clásico del bien vivir. Tanto la poesía como la filosofía de este largo poema en prosa son un desafío para que el lector examine su propia vida y la viva con autenticidad. La construcción de la cabaña, que se describe en gran detalle, es una metáfora concreta de la minuciosa edificación de un alma. El 30 de enero de 1852, Thoreau escribió en su diario una excelente explicación de por qué prefería vivir arraigado en un solo lugar: “Temo viajar mucho o visitar sitios famosos, porque eso puede conducir a una disipación total de la mente”.

El método de soledad y concentración de Thoreau nos recuerda las técnicas de meditación que se practican en Asia. Esta semejanza no es casual: como Emerson y Whitman, él recibió la influencia de la filosofía budista y la hindú. Su posesión más preciada era su biblioteca de obras clásicas asiáticas, que compartía con Emerson. Su estilo ecléctico se enriquece con los clásicos griegos y latinos, y es tan cristalino, incisivo y rico en metáforas como el de los autores metafísicos ingleses del Renacimiento tardío.

En Walden, Thoreau no sólo pone a prueba las teorías del trascendentalismo, sino reproduce la experiencia colectiva de los Estados Unidos en el siglo XIX: la vida en la frontera. Thoreau pensó que su aportación consistía en renovar el sentido de la vida silvestre en el idioma. En su diario hizo esta anotación, sin fecha, en 1851:

La literatura inglesa, desde la época de los ministriles hasta los Poetas del Lago, Chaucer y Spenser e incluso Shakespeare y Milton, no respira un aire suficientemente puro; en este sentido, no posee una vena silvestre genuina. En esencia, es una literatura amaestrada y civilizada, un simple reflejo de las de Grecia y Roma. Su selva virgen es como un bosque de cuento y su personaje más agreste es Robin Hood. En sus geniales poetas hay mucho amor a la idea de la naturaleza, pero no mucha estima por la naturaleza misma. Sus crónicas hablan de animales salvajes, pero el hombre salvaje que convivía con ellos se ha extinguido. Por esa razón fue necesario el surgimiento de los Estados Unidos.

Walden inspiró a William Butler Yeats, un apasionado nacionalista irlandés, a escribir “The Lake Isle of Innisfree” (“La isla del lago Innisfree”). Por otra parte, el ensayo de Thoreau “Civil Disobedience” (“La desobediencia civil”), donde expuso su teoría de la resistencia pasiva, basada en el imperativo de que el individuo justo no obedezca una ley injusta, fue una inspiración para el movimiento de independencia encabezado por Mahatma Gandhi en la India y también para la lucha de Martin Luther King por los derechos civiles de los norteamericanos negros en el siglo XX.

Thoreau es hoy el más atractivo de los trascendentalistas, por su conciencia ecológica, su independencia basada en la capacidad de hacer las cosas por sí mismo, su compromiso ético contra el racismo, y su teoría política de la desobediencia civil y la resistencia pacífica. Sus ideas no han perdido frescura y tanto su incisivo estilo poético como su hábito de atenta observación siguen siendo modernos.

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Walt Whitman (1819-1892)

Nacido en Long Island, Nueva York, Walt Whitman era carpintero en sus ratos libres y siempre fue un hombre del pueblo, cuyas obras brillantes y novedosas expresaron el espíritu democrático del país. Whitman fue casi enteramente autodidacta; dejó la escuela a los 11 años de edad para ir a trabajar, por lo cual no recibió la educación tradicional que indujo a la mayoría de los autores estadounidenses a imitar respetuosamente a los ingleses. En su obra Leaves of Grass (Hojas de hierba) de 1855, que reescribió y revisó toda su vida, figura el “Song of Myself” (“Canto a mí mismo”), el poema más asombroso en su originalidad que haya escrito jamás un estadounidense. El elogio entusiasta de Emerson y unas cuantas personas más a este audaz volumen ratificó la vocación poética de Whitman, aunque el libro no gozó de éxito popular.

Leaves of Grass, una obra visionaria que exalta a toda la creación, fue inspirada en gran parte por los escritos de Emerson, sobre todo por su ensayo “The Poet” (“El poeta”), donde auguró el surgimiento de un poeta vigoroso, universal y de corazón generoso, que sería sin duda como el propio Whitman. Su forma novedosa en verso libre, sin rima, su exaltación franca de la sexualidad, su vibrante sensibilidad democrática y su desmesurada afirmación romántica de que el poeta mismo es un solo ser con el poema, el universo y el lector, cambiaron para siempre el rumbo de la poesía estadounidense.

Leaves of Grass es una obra tan vasta, vigorosa y natural como el continente americano; fue el poema épico que muchas generaciones de críticos habían estado esperando, aun sin reconocerlo, en los Estados Unidos. Un movimiento incesante bulle a través del “Canto a mí mismo”, como una música inquieta:

Mis amarras y lastres me abandonan...
Abarco serranías, mis palmas cubren
   continentes
Camino a pie junto a mi visión.

El poema está pletórico de imágenes y sonidos concretos. Las aves de Whitman no son los convencionales “espíritus alados” de la poesía. Su “garza real de copete amarillo se acerca por la noche a la orilla de la ciénaga y se alimenta de pequeños cangrejos”. Whitman parece proyectarse en todo lo que ve o imagina. Él es un hombre masa, “viajando a todos los puertos en busca del trueque y la aventura, / Apresurándose con la muchedumbre moderna, tan voluble y ansioso como otro cualquiera”. Sin embargo también es el individuo que sufre, “La madre de antaño, condenada como bruja y quemada en leña seca a la vista de sus hijos....Soy el esclavo perseguido y me retuerzo al sentir las mordeduras de los perros....Soy el bombero aplastado, con los huesos del pecho quebrados....”

Más que ningún otro escritor, Whitman inventó el mito de la Norteamérica democrática. “Entre todas las naciones que han vivido alguna vez sobre la Tierra, los norteamericanos son quizá los que poseen la naturaleza más plenamente poética. Los Estados Unidos son, en esencia, el más grande de los poemas”. Cuando Whitman escribió esto, trastocó con audacia la opinión general de que los estadounidenses eran demasiado impetuosos y bisoños para ser poéticos. Él inventó una Norteamérica intemporal, de imaginación libérrima, habitada por el espíritu precursor de todas las naciones. El novelista y poeta británico D.H. Lawrence lo llamó con acierto: el poeta del “camino abierto”.

La grandeza de Whitman es patente en muchos de sus poemas, entre ellos “Crossing Brooklyn Ferry” (“La travesía en el transbordador de Brooklyn”), “Out of the Cradle Endlessly Rocking” (“De la cuna que se mece sin cesar”) y “When Lilacs Last in the Dooryard Bloom’d” (“Cuando no se marchitan las lilas del jardín”), una conmovedora elegía a la muerte de Abraham Lincoln. Otro trabajo muy importante es su largo ensayo Democratic Vistas (Paisajes democráticos, 1871), escrito en medio del desbocado materialismo que el industrialismo de la “Edad de Oro” trajo consigo. En este ensayo, Whitman critica con razón a los Estados Unidos al decir que su “poderosa riqueza y su industria multifacética” encubren un soterrado “Sáhara, árido y monótono” del alma. Él exhorta a crear un nuevo tipo de literatura que infunda nueva vida a la población del país (“El libro no necesita constituuirse como el todo, pero el lector sí lo necesita”). No obstante, a fin de cuentas, la obra que más contribuyó a la inmortalidad de Whitman fue su “Song of Myself” (“Canto a mí mismo”). En ese trabajo, el autor coloca al yo romántico en el centro de la conciencia del poema:

Me celebro y me canto a mí mismo,
y lo que digo de mí lo digo también de ti,
pues cada átomo de mi ser
   también a ti te pertenece.

La voz de Whitman todavía electriza a los lectores modernos, con su proclamación de la unidad y la fuerza vital de toda la creación. Él fue un extraordinario innovador. De su obra surge el poema como autobiografía, el norteamericano término medio como bardo y el lector como creador, y a él se le debe el descubrimiento de la forma “experimental” u orgánica, que no ha dejado de ser contemporánea.

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LOS POETAS BRAHMINES

En su época, los “Brahmines de Boston” (como llegó a llamarse a la clase de los patricios educados en Harvard) fueron la cantera de los árbitros literarios más respetados y realmente cultos de los Estados Unidos. La vida de esos eruditos se enmarcaba en una cómoda pauta de opulencia y ocio, pero estaba regida por la firme ética del trabajo, propia de Nueva Inglaterra, y por el respeto al conocimiento.

En una época puritana anterior, los Brahmines de Boston habrían sido ministros religiosos, pero en el siglo XIX llegaron a ser catedráticos, con frecuencia en Harvard. Algunos fueron embajadores en una etapa posterior de su vida o recibieron títulos honoríficos de instituciones europeas. Casi todos habían viajado a Europa o estudiaron allí; por eso estaban familiarizados con las ideas y la literatura de Gran Bretaña, Alemania y Francia, y a menudo también con las de Italia y España. De clase alta por su origen, pero con inclinaciones democráticas, los poetas brahmines difundieron a todas las regiones del país sus refinados puntos de vista, de orientación europea, dictando conferencias públicas en los 3000 liceos (centros para la oratoria) y escribiendo en las páginas de dos revistas muy respetadas de Boston: la North American Review y la Atlantic Monthly.

En las obras de los poetas brahmines se fundieron las tradiciones de Norteamérica con las de Europa y se intentó crear continuidad en una experiencia atlántica compartida. Esos poetas eruditos trataron de educar y elevar a la población en general, dotando de una dimensión europea a la literatura de los Estados Unidos. Irónicamente, el resultado general fue conservador. Con su insistencia en las formas y las cosas de Europa, retardaron la gestación de una conciencia nacional propia. Aunque tenían las mejores intenciones, su formación conservadora los hizo ciegos a las audaces innovaciones de Thoreau, Whitman (con quien se negaron a alternar en sociedad) y Edgar Allan Poe (el cual llegó a ser considerado, hasta por Emerson, como “el hombre de las rimas pueriles”). Ellos fueron los pilares de lo que se conocía como “la tradición gentil”, contra la cual habrían de luchar tres generaciones de autores estadounidenses realistas. En parte por su influencia benigna, pero debilitante, tuvieron que pasar casi 100 años para que se empezara a reconocer en los Estados Unidos el genio distintivamente nacional de Whitman, Melville, Thoreau y Poe.

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Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882)

Los poetas brahmines de Boston más importantes fueron Henry Wadsworth Longfellow, Oliver Wendell Holmes y James Russell Lowell. El primero de ellos, profesor de lenguas modernas en Harvard, fue el poeta estadounidense más conocido en su época. A él se debió el carácter nebuloso, ajeno a la historia, del legendario sentido del pasado que amalgamó las tradiciones de los Estados Unidos con las de Europa. Escribió tres largos poemas narrativos en los que popularizó leyendas nativas con métrica europea: “Evangeline” (1847), “The Song of Hiawatha” (“La canción de Hiawatha”, 1855) y “The Courtship of Miles Standish” (“El cortejo de Miles Standish”, 1858).

También fue autor de varios libros de texto sobre lenguas modernas y de un libro de viajes titulado Outre-Mer (Más allá del mar), donde relata leyendas de otros países, siguiendo la pauta del Sketch- Book (Libro de apuntes) de Irving. Si bien es cierto que los convencionalismos, los recursos fáciles y el sentimentalismo les restan mérito a los poemas largos, sus cautivadoras obras líricas, como “The Jewish Cemetery at Newport” (“El cementerio judío de Newport”, 1854), “My Lost Youth” (“Mi juventud perdida”, 1855) y “The Tide Rises, The Tide Falls” (“La marea sube, la marea baja”, 1880), se leen todavía con placer.

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James Russell Lowell (1819-1891)

James Russell Lowell, quien ocupó la cátedra de lenguas modernas en Harvard cuando se retiró Longfellow, es el Matthew Arnold de la literatura estadounidense. Aunque al principio cultivó la poesía, poco a poco perdió su vena poética y, a la postre, llegó a ser un crítico y mentor muy respetado. Como director del Atlantic y uno de los directores de la North American Review, su opinión gozó de enorme influencia. La obra de Lowell titulada A Fable for Critics (Una fábula para críticos, 1848), es una descripción divertida y certera de los escritores de los Estados Unidos, como se aprecia en este comentario: “Aquí viene Poe con su cuervo; y, como Barnaby Rudge, / está hecho de tres quintas partes de genio y dos quintas partes de puro embuste”.

Por influencia de su esposa, Lowell llegó a ser un reformador liberal, abolicionista y defensor del sufragio de la mujer y de las leyes para proscribir el trabajo de los niños en las fábricas. En su Biglow Papers, First Series (Documentos de Biglow, primera serie, 1847-1848) creó a Hosea Biglow, un poeta aldeano astuto y rústico que aboga por la reforma en un lenguaje poético dialectal. Ya antes Benjamin Franklin y Phillip Freneau habían usado personajes aldeanos inteligentes como portavoces de su comentario social. Lowell escribe dentro de la misma tónica y vincula la tradición del “carácter” colonial con el nuevo realismo y regionalismo basado en el dialecto que floreció en la década de 1850 y llegó a su clímax con Mark Twain.

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Oliver Wendell Holmes (1809-1894)

De los tres brahmines más conocidos, el célebre médico y profesor de anatomía y fisiología en Harvard, Oliver Wendell Holmes, es el más difícil de clasificar porque su obra se caracteriza por una refrescante versatilidad. Su catálogo incluye colecciones de ensayos humorísticos (p. ej., The Autocrat of the Breakfast-Table) [El autócrata de la mesa del desayuno, 1858]), novelas (Elsie Venner, 1861), biografías (Ralph Waldo Emerson, 1885) y versos que lo mismo pueden ser desenfadados (“The Deacon’s Masterpiece, or, The Wonderful One-Hoss Shay” [“La obra maestra del diácono o el maravilloso calesín de una plaza”]), que filosóficos (“The Chambered Nautilus” [“El Nautilus ajustado”]) o incluso fervientemente patrióticos (“Old Ironsides” [“Los viejos guerreros”]).

Nacido en Cambridge, Massachusetts, el suburbio de Boston que es sede de Harvard, Holmes fue hijo de un prominente ministro religioso de la localidad. Su madre era descendiente de la poeta Anne Bradstreet. En su época —y después aún más— él simbolizó el ingenio, la inteligencia y un atractivo que no era el del descubridor o de quien abre nuevos rumbos, sino el del intérprete ejemplar de todas las cosas, desde la sociedad y el idioma, hasta la medicina y la naturaleza humana.

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LOS REFORMADORES

El dinamismo intelectual resplandecía en Nueva Inglaterra en los años que precedieron a la Guerra Civil. Algunas estrellas que hoy tienen más brillo que la famosa constelación de los brahmines, vieron opacada su luz en su propia época a causa de la pobreza o por un mero accidente de género o de raza. Los lectores modernos valoran cada día más la obra del abolicionista John Greenleaf Whittier y los trabajos de la feminista y reformadora social Margaret Fuller.

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John Greenleaf Whittier (1807-1892)

El poeta más activo de ese periodo, John Greenleaf Whittier, tenía antecedentes muy similares a los de Walt Whitman. Nació y creció en una modesta granja de cuáqueros en Massachusetts, recibió poca educación formal y trabajó como periodista. Por varias décadas, antes de alcanzar la fama, fue un enconado enemigo de la esclavitud. Hoy se le respeta por sus poemas abolicionistas, como “Ichabod”, y a veces se encuentra en su poesía un ejemplo temprano del realismo regional.

Las precisas imágenes de Whittier, sus sencillas construcciones y sus dísticos en cuartetas al estilo de la balada tienen la textura simple y terrosa de Robert Burns. En su mejor obra, el largo poema “Snow Bound” (“Sitiados por la nieve”), el poeta recrea en forma vívida la imagen de sus familiares y amigos ya difuntos, reflejada en el recuerdo infantil de una amena reunión en torno a un ardiente fogón, durante una de las terribles tormentas de nieve que azotan a Nueva Inglaterra. Este sencillo poema religioso, intensamente personal, compuesto después de la larga pesadilla de la Guerra Civil, es una elegía en honor de los caídos y un himno a la reparación. En él se afirma la eternidad del espíritu, el poder intemporal del amor en el recuerdo, y la belleza sin merma de la naturaleza a pesar de las violentas tormentas políticas del exterior.

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Margaret Fuller (1810-1850)

La extraordinaria ensayista Margaret Fuller nació y creció en Cambridge, Massachusetts. De origen humilde, fue educada por su padre en su propia casa (en esa época no se permitía que las mujeres estudiaran en Harvard) y llegó a ser una niña prodigio en literatura clásica y moderna. Sentía una pasión especial por la literatura romántica alemana, sobre todo la de Goethe, de quien fue traductora.

Ella fue la primera periodista profesional digna de mención en los Estados Unidos; escribió reseñas de libros y reportajes importantes sobre temas sociales, como el maltrato que recibían las mujeres en las cárceles y los manicomios. Algunos de esos ensayos fueron incluidos en su libro Papers on Literature and Art (Documentos sobre literatura y arte, 1846). Su obra más importante, Woman in the Nineteenth Century (La mujer en el siglo XIX), fue escrita el año anterior. Este trabajo salió a la luz inicialmente en la revista trascendentalista The Dial, que la autora dirigió de 1840 a 1842.

La obra de Fuller titulada Woman in the Nineteenth Century es la más antigua, vigorosa y exhaustiva exploración del papel de la mujer en la sociedad de los Estados Unidos. Mediante la aplicación frecuente de principios democráticos y trascendentales, Fuller hace un cuidadoso análisis de las sutiles y múltiples causas de la discriminación sexual y sus efectos nocivos, y sugiere medidas constructivas a este respecto. Muchas de sus ideas nos sorprenden por su modernidad. Insiste en la importancia de la “autonomía”, de la cual carecen las mujeres porque “se les enseña que deben recibir los buenos principios del exterior y no se les induce a desarrollarlos desde el interior de sí mismas”.

A fin de cuentas, Fuller no fue tanto una feminista, sino más bien una activista y una reformadora que se consagró a la causa de la libertad creativa del ser humano y la dignidad para todos:

...Seamos prudentes y no le pongamos trabas al alma....Dejemos que surja nuestra propia energía creativa....Permitamos que ésta adopte la forma que desee, y no la atemos a la tradición del pasado que dicta cómo deben ser el hombre o la mujer, el negro o el blanco.
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Emily Dickinson (1830-1886)

En cierto modo, Emily Dickinson es un eslabón entre su época y la sensibilidad literaria del cambio de siglo. Animada de un individualismo radical, nació y pasó toda su vida en Amherst, Massachusetts, un pequeño poblado calvinista. Nunca se casó y tuvo una vida fuera de lo común en la que no hubo grandes sucesos externos, pero estuvo llena de intensidad interna. Amaba la naturaleza y halló la más rica fuente de inspiración en las aves y otros animales, las plantas y el ciclo de las estaciones en la campiña de Nueva Inglaterra.

Dickinson pasó la última etapa de su vida en la más completa reclusión, a causa de su extremada sensibilidad y tal vez también para dedicar todo su tiempo a escribir (en ciertos periodos componía casi un poema diario). También se dedicó a las tareas propias de un ama de casa, pues atendía a su padre, un eminente abogado de Amherst que llegó a ser miembro del Congreso.

Dickinson no leía mucho, pero conocía a fondo la Biblia, así como las obras de Shakespeare y los textos de la mitología clásica. Esos fueron sus verdaderos maestros, pues no cabe duda de que ella fue la figura más solitaria de toda la literatura de su época. El hecho de que esa aldeana tímida y retraída, que rara vez publicó sus obras y era casi desconocida, haya creado algunos de los poemas más grandiosos del siglo XIX en los Estados Unidos ha fascinado al público desde la década de 1950, cuando su obra fue redescubierta.

El estilo de Dickinson, terso y a menudo rico en imágenes, es aún más moderno e innovador que el de Whitman. Ella nunca usa dos palabras si basta una; además, combina las cosas concretas con las ideas abstractas en un estilo compacto, casi proverbial. Sus mejores poemas no tienen paja; en muchos de ellos se burla del sentimentalismo en boga y algunos rayan en lo herético. A veces hace gala de una lucidez existencial aterradora. Igual que Poe, exploró con frecuencia las regiones oscuras y ocultas de la mente, y escribió muchas cosas sobre la muerte y la tumba. Sin embargo también exaltó a los seres sencillos, como una flor o una abeja. Era muy inteligente y solía evocar la angustiosa paradoja de los límites de la conciencia humana atrapada en el tiempo. Tenía un excelente sentido del humor y tanto en el repertorio de sus temas como en el tratamiento de los mismos se percibe una asombrosa amplitud. En sus poemas, que en general se conocen por el número que les asignó Thomas H. Johnson en la edición oficial de su obra, en 1955, se percibe un empleo caprichoso de las mayúsculas y un gran acopio de guiones.

A semejanza de Thoreau, esta autora no era conformista; a menudo invertía el significado de las palabras y las frases, y sabía usar la paradoja con gran eficacia. Un fragmento del 435:

El exceso de Locura es la sensatez
   más cercana a lo divino —
Para un Ojo sagaz —
El Exceso de Sensatez es la peor Locura —
Aquí, como en Todo,
El Acuerdo de la Mayoría se impone —
Asiente y dirán que estás cuerdo —
Disiente y te creerán peligroso
y te sujetarán con cadenas —

Su ingenio brilla en el siguiente poema (288), en el que se burla de la ambición y la vida pública:

Yo soy Nadie. ¿Quién eres tú?
¿Tú —eres Nadie— También?
Entonces, ¿somos tal para cual?
¡No lo digas! Ellos lo divulgarían —¡tú lo sabes!
¡Qué terrible —es ser— Alguien!
¡Cuán público —como una Rana —
Es tener que repetir tu nombre —todo el mes
   de junio —
Frente a una Caterva de admiradores.

Los 1775 poemas de Dickinson siguen intrigando a los críticos, y éstos a menudo no llegan a un acuerdo en torno a sus méritos. Algunos destacan su aspecto místico; otros su sensibilidad ante la naturaleza; y muchos ponen de relieve su extraño y exótico atractivo. El crítico R.P. Blackmur ha dicho que la poesía de Dickinson nos hace sentir a veces como si “un gato se nos acercara hablando en inglés”. Sus poemas pulcros, claros y bien cincelados ocupan un lugar entre los más fascinadores y desafiantes de toda la literatura de los Estados Unidos.
 

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