Los negocios florecieron después de la guerra. La
producción bélica fue un gran estímulo para la
industria en el Norte y le dio prestigio e influencia
política a esa región. Además, brindó a los líderes
industriales oportunidad de adquirir experiencia
valiosa en la administración de hombres y máquinas.
Los enormes recursos naturales de la tierra
en todo el país —hierro, carbón, petróleo, oro y
plata— beneficiaron a las empresas. Con el nuevo
sistema intercontinental de ferrocarriles, inaugurado
en 1869, y el servicio de telégrafos de costa a
costa (que empezó a funcionar en 1861), la industria
tuvo acceso a los materiales, los mercados y las
comunicaciones. Además, la continua afluencia de
inmigrantes aportó una reserva de mano de obra
barata y al parecer inagotable. Entre 1860 y 1910, llegaron
a los Estados Unidos más de 23 millones de
extranjeros: alemanes, escandinavos e irlandeses en
los primeros años, y después un creciente número
de emigrantes del centro y el sur de Europa.
Jornaleros chinos, japoneses y filipinos fueron
importados bajo contrato por los dueños de fincas
agrícolas en Hawai, y de compañías ferroviarias y de
otros intereses comerciales en la costa oeste de los
Estados Unidos.
En 1860 la mayoría de los estadounidenses vivían
en granjas o pequeños poblados; en cambio, hacia
1919, la mitad de la población se concentraba en una
docena de ciudades. Entonces se presentaron los
problemas de la urbanización y la industrialización:
viviendas pobres y atestadas, ambientes antihigiénicos,
paga insuficiente (lo que se conoce como “salarios
de esclavos”), penosas condiciones de trabajo
y falta de restricciones adecuadas para las empresas.
Los sindicatos obreros crecieron y las huelgas
hicieron que toda la nación se enterara de las
penurias de los trabajadores. También los agricultores
tuvieron que luchar contra los “intereses del
dinero” del Este, es decir, los así llamados “capitalistas
ladrones”, como J.P. Morgan y John D. Rockefeller.
Sus bancos del Este ejercían un férreo control
de las hipotecas y el crédito, factores vitales para el
desarrollo y la agricultura del Oeste, al tiempo que
las compañías ferroviarias cobraban altos precios
por llevar los productos del campo a las ciudades.
Poco a poco, el granjero llegó a ser objeto de burla y
se le tildó de rústico “provinciano” o “payo”. En
cambio, el millonario se convirtió en el ideal estadounidense
del periodo siguiente a la Guerra Civil.
En 1860 había menos de 100 millonarios; en 1875, su
número ya rebasaba el millar.
Entre 1860 y 1914 los Estados Unidos se transformaron,
de una pequeña y joven ex colonia agrícola,
en un enorme país industrial moderno. Habiendo
sido una nación deudora en 1860, era el estado más
rico del mundo en 1914 y su población se había duplicado
con creces, pasando de 31 millones de habitantes
en 1860 a 76 millones en 1900. Cuando estalló
la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos ya se
habían convertido en una gran potencia mundial.
A medida que aumentó la industrialización, la
alienación se acentuó también. Las novelas típicamente
estadounidenses de esa época —Maggie: A
Girl of the Streets (Maggie, una niña de la calle) de
Stephen Crane, Martin Eden de Jack London y An
American Tragedy (Una tragedia norteamericana) de
Theodore Dreiser— describen los estragos que las
fuerzas económicas y la alienación le causan al individuo
débil o vulnerable. Los que
sobreviven, como el Huck Finn de
Twain, el Humphrey Vanderveyden de
The Sea Wolf (El lobo de mar) de
London o la oportunista Hermana
Carrie de Dreiser, sólo lo logran
mediante una fuerza interior que
implica bondad, flexibilidad y, sobre
todo, individualidad.
SAMUEL CLEMENS (MARK TWAIN) (1835-1910)
Samuel Clemens, mejor conocido
por el seudónimo Mark
Twain, creció en la ciudad fronteriza
de Hannibal, Missouri, junto al
río Mississippi. La famosa declaración
de Ernest Hemingway al decir que
toda la literatura estadounidense
proviene de un gran libro, Adventures
of Huckleberry Finn, de Twain, denota
el altísimo lugar que ocupa este autor
en la tradición. Los escritores de
principios del siglo XIX en los Estados
Unidos tendían a ser demasiado floridos,
sentimentales u ostentosos, en
parte porque aún deseaban demostrar
que eran capaces de escribir con
tanta elegancia como los ingleses. El
estilo de Twain, basado en el lenguaje
coloquial vigoroso y realista de su
tierra, dio a los escritores estadounidenses
oportunidad de revalorar su
voz nacional. Twain fue el primer
autor importante surgido del interior
del país y captó sus modismos y su
actitud iconoclasta distintiva y humorística.
Para Twain y otros escritores estadounidenses
de fines del siglo XIX, el
realismo no era sólo una técnica literaria,
sino un medio para decir la
verdad y acabar con los convencionalismos
desgastados. Por lo tanto, su
arte tenía un profundo poder liberador
y podía entrar en conflicto con
la sociedad. El ejemplo más conocido
de esta situación es Huck Finn, un
muchacho pobre que decide seguir la
voz de su conciencia y ayuda a un
esclavo negro a huir hacia la libertad,
aun cuando piensa que él mismo se
condenará e irá al infierno por infringir
la ley.
La obra maestra de Twain, publicada
en 1884, se desarrolla en la aldea de
St. Petersburg, junto al río Mississippi.
Hijo de un alcohólico holgazán,
Huck acaba de ser adoptado por una
familia respetable cuando su padre,
en un delirio de embriaguez, amenaza
matarlo. Temiendo por su vida, Huck
logra escapar fingiéndose muerto. Se
le une en la huida otro fugitivo, el
esclavo negro Jim, cuya dueña —la
señorita Watson— piensa venderlo
río abajo a otros amos más crueles, en
el extremo Sur. Los dos prófugos
navegan en una balsa por el majestuoso
Mississippi hasta que zozobran
al chocar con un barco de vapor; se
separan y luego se reúnen de nuevo.
Ambos viven muchas aventuras cómicas
y peligrosas que muestran la
diversidad, la generosidad y, a veces,
la cruel irracionalidad de la sociedad.
Al final se aclara que la señorita
Watson ya había liberado a Jim y una
familia respetable se hace cargo de
proteger al impetuoso Huck. Sin
embargo éste se siente cada día más
impaciente ante la sociedad civilizada
y planea su huida a “los territorios”,
es decir, a las comarcas de los indios.
El desenlace muestra al lector el polo
opuesto del mito clásico del éxito
norteamericano: un camino abierto a
la pureza de las tierras vírgenes, lejos
de la influencia moralmente corruptora
de la “civilización”. Las novelas de
James Fenimore Cooper, los himnos
de Walt Whitman al camino abierto,
The Bear (El oso) de William Faulkner
y On the Road (En el camino) de Jack
Kerouac son otros ejemplos literarios
de este tipo
Huckleberry Finn ha inspirado innumerables
interpretaciones literarias.
Está claro que la novela es un relato de muerte,
renacimiento e iniciación. El esclavo que huye, Jim,
se convierte en una figura paterna para Huck; al
decidirse a salvar a Jim, Huck crece hasta un nivel
moral muy por encima de los límites de su propia
sociedad esclavista. Las aventuras de Jim son la iniciación
de Huck en las complejidades de la naturaleza
humana y le infunden una actitud moral
valerosa.
La novela dramatiza también el ideal de la comunidad
armoniosa que anhelaba Twain: “Cuando se
navega en una balsa, lo que se desea sobre todas las
cosas es que todos se sientan satisfechos y traten a
los demás con justicia y bondad”. La balsa se hunde,
como el barco Pequod de Melville, y con ella desaparece
esa comunidad tan especial. El mundo puro y
simple de la balsa es abrumado a la postre por el
progreso —el barco de vapor—, pero la imagen
mítica del río persiste, tan vasta y cambiante como la
propia vida.
La inestable relación entre la realidad y la ilusión
es el tema característico de Twain y la base de gran
parte de su humorismo. El río magnífico y engañoso,
que cambia sin cesar, también es el rasgo
dominante de su paisaje imaginativo. En Life on the
Mississippi (La vida en el Mississippi), Twain
rememora los días de su juventud en que fue piloto
de barcos de vapor, y escribe: “Me decidí por ese oficio
para conocer la forma del río, y entre todas las
cosas esquivas e inasibles que intenté abarcar con la
mente o las manos, él fue la principal”.
El sentido moral de Twain como escritor es un eco
de su responsabilidad de llevar a puerto seguro su
nave, como todo buen piloto. El seudónimo de
Samuel Clemens, “Mark Twain”, es una expresión
que usaban los boteros del Mississippi para
referirse a una profundidad de dos brazas (3,6 metros)
de agua, es decir, la mínima necesaria para que
un barco navegara con seguridad. La seriedad de
propósito, aunada a un raro genio humorístico y de
estilo, hacen que las obras de Twain no pierdan frescura
y atractivo.
EL HUMORISMO FRONTERIZO Y EL REGIONALISMO
En Mark Twain se fusionaron dos corrientes literarias
importantes de los Estados Unidos
en el siglo XIX: el humorismo popular de la
frontera y el color local o “regionalismo”. Esas
aproximaciones literarias, afines entre sí, nacieron
en la década de 1830, pero tienen raíces mucho más
antiguas en la tradición oral de esas tierras. La narración
oral floreció en agrestes aldeas fronterizas,
a bordo de barcos fluviales, en campamentos
mineros y alrededor de las fogatas de los vaqueros,
lejos de las comodidades de la ciudad. La exageración,
los cuentos insólitos, una increíble fanfarronería
y los héroes cómicos y emprendedores animan
la literatura fronteriza. Estas formas de humorismo
se cultivaron en muchas regiones de frontera:
en el “viejo Sudoeste” (las zonas que hoy son
el Sur continental y la parte baja del Medio Oeste),
en los poblados mineros fronterizos y en la costa del
Pacífico. Cada región tuvo sus personajes pintorescos
y en torno a ellos se tejieron relatos: Mike
Fink, el pendenciero navegante del Mississippi; el
valiente ingeniero ferroviario Casey Jones; John
Henry, el afro-estadounidense héroe del acero; Paul
Bunyan, el gigante leñador del Noroeste cuya fama
fue reforzada por la publicidad; y figuras del Oeste,
como el combatiente de los indios Kit Carson y el
explorador Davy Crockett. Sus hazañas fueron idealizadas
y exaltadas hasta la exageración en baladas,
periódicos y revistas. A veces esos relatos, como los
de Kit Carson y Davy Crockett, se publicaron juntos
en libros.
Twain, Faulkner y muchos otros autores, sobre
todo del Sur, están en deuda con los humoristas
fronterizos del periodo anterior a la Guerra Civil,
como Johnson Hooper, George Washington Harris,
Augustus Longstreet, Thomas Bangs Thorpe y
Joseph Baldwin. De ellos y del folclor fronterizo de
los Estados Unidos surgió una desaforada proliferación
de nuevos vocablos cómicos en el país,
como “absquatulate” (partir), “flabbergasted” (sorprendido)
o “rampagious” (rebelde, indómito). Los
fanfarrones locales o “milanos rugientes”, que se
definían a sí mismos como seres mitad caballo y
mitad lagarto, pusieron también de relieve la energía
inagotable de la frontera. Ellos obtenían su fuerza al
enfrentarse a peligros naturales que habrían aterrorizado
a otros hombres de menor talla. “Soy todo
un ciclón”, decía uno de ellos con jactancia, “recio
como un nogal americano y rasposo como un trago
de aguardiente. Mis golpes son como un árbol que
cae, y cada manotazo abre una brecha en la multitud,
formando un claro de un acre bajo la luz del Sol”.
A Bret Harte (1836-1902) se le recuerda
por sus relatos de aventuras,
como “The Luck of Roaring Camp”
(“La suerte de Roaring Camp”) y “The
Outcasts of Poker Flat” (“Los forajidos
de Poker Flat”), que se desarrollan
en la zona minera fronteriza del
Oeste. Por haber sido el primer autor
de éxito dentro de la escuela colorista
local, Harte fue tal vez el escritor más
conocido de los Estados Unidos por
corto tiempo (tal fue el atractivo de su
versión romántica de los pistoleros
del Oeste). De estilo directo y realista,
él fue uno de los primeros escritores
que presentaron personajes
del bajo mundo —astutos tahúres,
prostitutas escandalosas y ladrones
empedernidos— en obras literarias
serias. Logró salirse con la suya (igual
que Charles Dickens en Inglaterra,
quien admiraba mucho la obra de
Harte) y demostró al final que esos
malvivientes tenían en realidad un
corazón de oro.
A varias escritoras se les recuerda
por sus espléndidas descripciones de
Nueva Inglaterra: Mary Wilkins Freeman
(1852-1930), Harriet Beecher
Stowe (1811-1996) y sobre todo Sarah
Orne Jewett (1849-1909). La originalidad
de Jewett, su aguda observación
al retratar los personajes y el ambiente
de Maine, y su estilo sensitivo
se perciben mejor en el excelente
relato “The White Heron” (“La garza
blanca”), incluido en Country of the
Pointed Firs (La tierra de los abetos
puntiagudos, 1896). El colorido local
de las obras de Harriet Beecher
Stowe, en especial The Pearl of Orr’s
Island (La perla de la isla de Orr,
1862), donde describe las humildes
comunidades de pescadores de
Maine, influyó mucho en Jewett. Las
escritoras del siglo XIX crearon su
propia red de apoyo e influencia
moral, como se percibe en sus cartas.
Las mujeres formaban la mayoría de
los lectores de obras de ficción y
muchas escribieron novelas, poemas
y obras humorísticas muy populares.
Todas las regiones del país fueron
exaltadas en obras que acusan la
influencia del color local. Algunas
expresan la protesta social, sobre
todo al final del siglo, cuando la
desigualdad y la penuria económica se
volvieron más apremiantes. La injusticia
racial y la desigualdad entre los
sexos son patentes en las obras de
varios escritores del Sur, como
George Washington Cable (1844-
1925) y Kate Chopin (1851-1904),
cuyas vigorosas novelas se desarrollan
en la Louisiana francesa y criolla,
pero trascienden el marbete del pintoresquismo
local. En The Grandissimes
(1880), Cable denuncia con
arte depurado la injusticia racial; esa
obra se adelantó a su época, como la
audaz novela The Awakening (El despertar,
1899), en la que Chopin relata
el infortunado esfuerzo de una mujer
por hallar su propia identidad a través
de la pasión. En The Awakening, una
joven casada con un hombre tolerante
y próspero, con el cual procreó
hijos hermosos, renuncia a la familia,
el dinero, la respetabilidad y, a la
postre, hasta la vida, en la búsqueda
de su realización personal. Las evocaciones
poéticas del mar, las aves
(tanto en libertad como enjauladas) y
la música, le confieren a esta novela
corta una intensidad y complejidad
insólitas.
A menudo se publica junto con The
Awakening el excelente relato “The
Yellow Wallpaper” (“El papel tapiz
amarillo”, 1892) de Charlotte Perkins
Gilman (1860-1935). Ambas obras
cayeron en el olvido por un tiempo,
pero fueron redescubiertas por autoras
feministas de crítica literaria, ya
muy avanzado el siglo XX. En la trama
de Gilman, un médico paternalista
orilla a su esposa a la locura cuando la
encierra en una habitación con el pretexto
de “curarla” de su postración
nerviosa. La mujer cautiva proyecta las
angustias de su reclusión sobre el
papel tapiz, en cuyos diseños ve rostros
de mujeres encarceladas que se
arrastran tras las rejas.
EL REALISMO EN EL MEDIO
OESTE
Después de haber sido director
de la importante publicación
Atlantic Monthly por muchos
años, William Dean Howells (1837-
1920) publicó obras realistas, con
color local, de Bret Harte, Mark Twain,
George Washington Cable y otros
autores. Él fue adalid del realismo y
en sus propias novelas, como A
Modern Instance (Una ejemplo moderno,
1882), The Rise of Silas Lapham
(El ascenso de Silas Lapham, 1885) y A
Hazard of New Fortunes (Un azar de
nuevos ricos, 1890), entretejió con
gran esmero la situación local y las
emociones de los estadounidenses
ordinarios de clase media.
El amor, la ambición, el idealismo y
la tentación son las motivaciones de
sus personajes; Howells se percató
de la corrupción moral de los magnates
del mundo de la empresa en la
Edad de Oro del decenio de 1870. En
su obra The Rise of Silas Lapham, la
ironía contenida en el título expresa
esta opinión. Silas Lapham se enriquece
defraudando a un viejo socio de
su empresa; ese acto inmoral causa
una gran perturbación en su propia
familia, pero por varios años él mismo
no se da cuenta de que actuó en forma
indebida. Al final, Lapham logra su
redención moral al preferir la bancarrota
antes que aceptar un éxito contrario
a la ética. Igual que Huckleberry
Finn, Silas Lapham es un relato que
niega el éxito: el fracaso en los negocios
le permite iniciar su ascenso
moral. Hacia el final de su vida,
Howells, como Twain, participó cada
día más activamente en las causas
políticas, pues defendió los derechos
de los organizadores de sindicatos
obreros y deploró el colonialismo
estadounidense en las Filipinas.
Henry James (1843-1916)
En una ocasión, Henry James escribió
que el arte, sobre todo la literatura,
“da forma a la vida, genera interés
y define lo importante”. De todas las
obras de ficción y de crítica escritas
en su época, las de James son las que
alcanzan más alto grado de conciencia,
refinamiento y dificultad. Al lado
de Twain, a James se le suele considerar
como el novelista más grande
de la segunda mitad del siglo XIX en
los Estados Unidos.
James es célebre por su “tema internacional”,
es decir, la compleja relación
que describe entre los ingenuos
estadounidenses y los cosmopolitas
europeos. Lo que su biógrafo
Leon Edel ha llamado la primera etapa
de James, o su fase “internacional”,
abarca obras como Transatlantic
Sketches (Bosquejos trasatlánticos,
reflexiones de viaje escritas en 1875);
The American (El estadounidense,
1877); Daisy Miller (1879); y una obra
maestra, The Portrait of a Lady (El
retrato de una dama, 1881). En The
American, por ejemplo, un industrial
millonario, inteligente e idealista llamado
Christopher Newman, después
de alcanzar el éxito por su propio
esfuerzo, va a Europa en busca de una
esposa. Después de ser rechazado
por la familia de la joven porque él
carece de linaje aristocrático, encuentra
la oportunidad de vengarse;
sin embargo, al final decide no hacerlo
y así demuestra su superioridad
moral.
El segundo periodo de James fue
de tipo experimental. Exploró
nuevos temas: el feminismo y la
reforma social en The Bostonians
(Gente de Boston, 1886) y la intriga
política en The Princess Casamassima
(La princesa Casamassima, 1885).
También trató de escribir obras de
teatro, pero tuvo un embarazoso fracaso
cuando su drama Guy Domville
(1895) fue abucheado la noche de su
estreno.
En su tercera fase, la “principal”,
James volvió a abordar temas internacionales,
pero con un grado de refinamiento
y penetración psicológica
cada día mayor. La compleja y casi
mítica The Wings of the Dove (Las alas
de la paloma, 1902); The Ambassadors
(Los embajadores, 1903), que a juicio
de James era su mejor novela; y The
Golden Bowl (El tazón de oro, 1904),
pertenecen a ese periodo principal.
Así como el tema fundamental de la
obra de Twain es el contraste entre
apariencia y realidad, el interés constante
de James es la percepción. Para
James, sólo la conciencia del yo y la
clara percepción de los demás permiten
alcanzar la sabiduría y el amor
capaz de llegar al sacrificio. A medida
que James evolucionó, sus novelas
adquirieron un cariz más psicológico y
se enfocaron cada vez menos en los
hechos externos. En sus últimas
obras, los acontecimientos más importantes
son de índole psicológica;
de ordinario, momentos de intensa
iluminación en que el personaje comprende
que ha vivido ciego a la realidad.
En The Ambassadors, por ejemplo,
el idealista y envejecido Lambert
Strether descubre un amor secreto y,
al hacerlo, encuentra nueva complejidad
en su vida interior. Su estricta y
rígida moralidad se humaniza y amplía
cuando descubre la capacidad de
aceptar a los seres que han pecado.
Edith Wharton (1862-1937)
A semejanza de James, Edith Wharton
pasó parte de su infancia en Europa
y finalmente fijó su residencia
allí. Miembro de una familia rica y
prestigiosa de la sociedad de Nueva
York, fue testigo de la decadencia de
ese refinado círculo y del ascenso de
familias de nuevos ricos, salidos del
mundo de la empresa, que le resultaban
muy tediosas. Esa transformación
de la sociedad es el telón de fondo en
muchas de sus novelas.
Como James, Wharton muestra el
contraste entre norteamericanos y
europeos. El meollo de su interés es
el abismo que separa la realidad social
y la vida interior. Con frecuencia los
personajes más sensibles se sienten
atrapados por las fuerzas sociales o
por personas insensibles. Edith Wharton
sintió en carne propia esa situación,
pues cuando era una escritora
joven sufrió una larga postración nerviosa,
en parte por el conflicto entre
sus papeles de artista y esposa.
Algunas de las mejores novelas de
Wharton son: The House of Mirth (La
casa de la alegría, 1905); The Custom
of the Country (La costumbre del
país, 1913); Summer (Verano, 1917);
The Age of Innocence (La edad de la
inocencia, 1920); y la novela corta de
hermosa factura Ethan Frome (1911).
EL NATURALISMO Y LA
LITERATURA DE DENUNCIA
Las disecciones de Wharton y
James para encontrar las ocultas
motivaciones sexuales y
financieras que impulsan a la sociedad
los vinculó con autores que, vistos
de un modo superficial, podrían parecer
muy diferentes: Stephen Crane,
Jack London, Frank Norris, Theodore
Dreiser y Upton Sinclair. Como los
novelistas cosmopolitas, pero de modo
mucho más explícito, todos esos
naturalistas emplearon el realismo
para establecer la relación entre el
individuo y la sociedad. Denunciaron a
menudo problemas sociales y se dejaron
influir por el pensamiento darviniano
y la doctrina filosófica del determinismo,
que le es afín, según la cual
el individuo es un simple peón a
merced de fuerzas económicas y
sociales ajenas a su control.
El naturalismo es, en esencia, una
expresión literaria del determinismo.
Asociado a las sombrías descripciones
realistas de la vida de la clase baja, el
determinismo niega que la religión
sea una fuerza motivadora en el mundo
y concibe al universo como una
máquina. En el siglo XVIII, los pensadores
de la Ilustración imaginaron
también al mundo como una máquina,
pero ésta era un mecanismo perfecto,
inventado por Dios y encaminado
siempre al progreso y la superación
del ser humano. En cambio, los naturalistas
conciben la sociedad como
una máquina ciega, carente de Dios y
fuera de control.
El historiador estadounidense del
siglo XIX Henry Adams planteó una
compleja teoría de la historia que
se basa en la idea de la dínamo, es
decir, la fuerza de la máquina, y el concepto
de entropía, o sea, la degradación
de esa fuerza. En lugar de progreso,
Adams previó la inevitable
decadencia de la sociedad humana.
Stephen Crane, quien era hijo de un
clérigo, expresó en la forma más
sucinta la pérdida de Dios:
Un hombre le dijo al universo:
“¡Señor, yo existo!”
“Aunque así sea”, repuso el
universo,
“Ese hecho no ha creado en mí
Ningún sentido de obligación”.
Como en el caso del romanticismo,
el naturalismo surgió primero en
Europa. Su origen suele atribuirse a
las obras de Honoré de Balzac, en la
década de 1840, y se le considera
como un movimiento literario francés
asociado a Gustave Flaubert,
Edmond y Jules Goncourt, Émile Zola
y Guy de Maupassant. Esta tendencia
expuso con audacia los aspectos peores
y más ocultos de la sociedad, y
temas tales como el divorcio, el sexo,
el adulterio, la pobreza y el crimen.
El naturalismo floreció a medida que
los estadounidenses se urbanizaron y
comprendieron la importancia de las
grandes fuerzas económicas y sociales.
En 1890 se declaró oficialmente
cerrada la frontera de la colonización.
La mayoría de los estadounidenses
vivían en ciudades y las empresas
dominaban hasta las fincas agrícolas
más remotas.
Stephen Crane (1871-1900)
Las raíces de Stephen Crane, nacido
en New Jersey, se remontaban a soldados
de la Guerra de Independencia,
clérigos, alguaciles, jueces y granjeros
que vivieron un siglo antes. Era
ante todo periodista —aunque también
escribió obras de ficción, ensayos,
poemas y piezas teatrales— y
vio la vida en su forma más cruda,
tanto en los barrios bajos como en el
campo de batalla. Sus historias cortas —sobre todo
“The Open Boat” (“La embarcación abierta”), “The
Blue Hotel” (“El hotel azul”) y “The Bride Comes to
Yellow Sky” (“La novia viene a Yellow Sky”)— son
ejemplos de esa forma literaria. Su obsesionante
novela sobre la Guerra Civil, The Red Badge of
Courage (La roja insignia del coraje), fue publicada y
muy aclamada en 1895, pero el autor apenas tuvo
tiempo para gozar de la fama pues murió a los 29
años de edad por descuidar en extremo su salud. De
hecho, Crane casi cayó en el olvido en los dos
primeros decenios del siglo XX, pero la elogiosa
biografía escrita por Thomas Beer en 1923 reavivó el
interés por su obra. A partir de entonces Crane ha
gozado de continuo éxito, como paladín del hombre
común, como realista y como simbolista.
La obra de Crane titulada Maggie: A Girl of the
Streets (Maggie: una niña de la calle, 1893),
es una de las mejores novelas naturalistas de
los Estados Unidos, aunque no fue la primera en
su género. Es la conmovedora historia de una muchacha
pobre y sensible que se ve defraudada en
todo momento por sus ignorantes y alcohólicos
padres. Enamorada y ansiosa de escapar de su violenta
vida familiar, la heroína se deja seducir por un
joven que la lleva a vivir con él, pero pronto la abandona.
Al sufrir el rechazo de su inflexible madre,
Maggie se convierte en prostituta para sobrevivir,
pero al poco tiempo se suicida en medio de la desesperación.
A causa de la temática tan mundana que
aborda Crane en su novela y por su estilo objetivo y
científico, despojado de todo afán moralista, se
puede decir que Maggie es una obra naturalista.
Jack London (1876-1916)
Después de haber sido un trabajador pobre y
autodidacta en California, el autor naturalista Jack
London se elevó desde la pobreza hasta la fama con
la publicación de su primera colección de relatos,
The Son of the Wolf (El hijo del lobo, 1900), que en
gran parte se desarrolla en la región Klondike de
Alaska y en el Yukón de Canadá. The Call of the Wild
(El llamado de la selva, 1903), The Sea Wolf (El lobo
de mar, 1904) y otros éxitos de librería lo convirtieron
en el escritor mejor pagado de los Estados
Unidos en su época.
En la novela autobiográfica Martin Eden (1909),
London describe las tensiones internas del sueño
estadounidense tal como él las vivió, en su ascenso
meteórico de la más oscura pobreza a la riqueza y la
fama. Eden, un marino y jornalero inteligente y trabajador,
caído en la pobreza, está resuelto a ser
escritor. A la larga sus obras lo hacen rico y popular,
pero se convence de que a su amada sólo le interesan
su dinero y su fama. Su desilusión al advertir la
incapacidad de la joven para el amor lo hace perder
la fe en el género humano. También sufre la alienación
de clase, pues ya no pertenece a la clase de
los trabajadores y rechaza los valores materialistas
de los ricos a quienes tanto luchó por emular. Se
embarca entonces rumbo al Pacífico del sur y se suicida
arrojándose al mar. Como muchas de las
mejores novelas de esa época, Martin Eden es un
relato del falso éxito. Esta obra prefigura The Great
Gatsby (El gran Gatsby) de F. Scott Fitzgerald, por
sus revelaciones de la desesperación en medio de
grandes riquezas.
Theodore Dreiser (1871-1945)
An American Tragedy (Una tragedia norteamericana),
escrita por Theodore Dreiser en 1925, explora
los peligros del sueño estadounidense, como
Martin Eden de London. La novela relata en gran
detalle la vida de Clyde Griffiths, un muchacho de
voluntad débil y poca conciencia de sí mismo. Crece
en la extrema pobreza, en una familia de evangelistas
trashumantes, pero su sueño es hacer fortuna y
ser amado por bellas mujeres. Un tío rico lo acepta
como empleado en su fábrica. Cuando su novia
Roberta queda embarazada le exige a Clyde que se
case con ella. Por su parte, él se ha enamorado de
una acaudalada dama de sociedad, que para él representa
el éxito, el dinero y la aceptación social.
Clyde idea un plan para ahogar a Roberta durante un
paseo en el mar, pero en el último momento
empieza a dudar; sin embargo, la joven cae al agua en
forma accidental. Aunque él es un buen nadador, no
auxilia a la muchacha y deja que se ahogue. Cuando
Clyde es llevado ante la justicia, Dreiser narra en retrospectiva
su historia y usa magistralmente los
argumentos que presentan el fiscal y el abogado
defensor, para analizar cada uno de los pasos y
motivos que indujeron a Clyde, ese joven de modales
amables, sólida formación religiosa y buenas relaciones
familiares, a cometer el crimen.
A pesar de su estilo algo torpe, Dreiser hace
gala de una aplastante autoridad en An
American Tragedy. Su precisión en los
detalles le permite crear en el lector
la sensación irresistible de una tragedia
inexorable. La novela es un crudo
retrato de lo que pasa cuando el mito
estadounidense del éxito se torna
agrio, pero también es una historia
universal de las tensiones de la urbanización,
la modernización y la
alienación. En su trama deambulan las
fantasías románticas y peligrosas de
los desposeídos.
An American Tragedy es una reflexión
en torno a la insatisfacción, la
envidia y el desaliento que afligían a
muchas personas pobres y trabajadoras
en la competitiva sociedad estadounidense
impulsada por el éxito. A
medida que el poderío industrial del
país se agigantaba, la vida deslumbrante
de los ricos reseñada en diarios
y fotografías contrastaba fuertemente
con la monótona existencia de
los granjeros ordinarios y los obreros
en la ciudad. Los medios de comunicación
masiva los hacían alentar crecientes
expectativas y deseos imposibles
de realizar. Esos problemas, que
se presentaban en todas las naciones
en vías de modernización, dieron lugar
al periodismo de denuncia, es decir,
reportajes de investigación muy penetrantes
que exponían los problemas
sociales y daban un gran ímpetu a la
reforma social.
La gran tradición del periodismo de
investigación en los Estados Unidos
dio sus primeros pasos en este periodo,
pues fue entonces cuando varias
revistas nacionales, como McClures y
Collier’s, publicaron textos de denuncia
muy eficaces, como History of the
Standard Oil Company (Historia de la
Standard Oil Company, 1904) de Ida M.
Tarbell, The Shame of the Cities (La
vergüenza de las ciudades, 1904) de
Lincoln Steffens y otras obras. En las
novelas de denuncia se usaron técnicas
periodísticas muy llamativas para
describir las penosas condiciones de
trabajo y la opresión. The Octopus (El
pulpo, 1901) del populista Frank
Norris sacó a la luz las injusticias de
las grandes compañías ferroviarias, y
el socialista Upton Sinclair describió
el ambiente sórdido de las plantas
empacadoras de carne de Chicago, en
The Jungle (La jungla, 1906). La utopía
inversa de Jack London titulada The
Iron Heel (El tacón de hierro, 1908)
anuncia la novela 1984 de George
Orwell, con sus augurios sobre la
guerra de clases y el poder omnímodo
del gobierno.
Otra respuesta más artística fue el
retrato realista de personajes ordinarios,
ya sea en forma individual o en
grupo, y las frustraciones de su vida
interior. La colección de relatos Main-
Travelled Roads (Los caminos más
trillados, 1891) del protegido de
William Dean Howells, Hamlin Garland
(1860-1940), es una galería de retratos
de gente ordinaria. En ella se
describe con terrible realismo la
pobreza de los granjeros del Medio
Oeste estadounidense que exigían
una reforma agraria. El título alude a
los numerosos senderos que recorrieron
los tenaces pioneros en su
marcha hacia el Oeste, y las polvorientas
calles de las aldeas que ellos mismos
fundaron.
Winesburg, Ohio, iniciada en 1916 por
Sherwood Anderson (1876-1941), es
una obra afín a Main-Travelled Roads
de Garland. Es una colección dispersa
de relatos sobre los residentes del
pueblo imaginario de Winesburg, vistos
a través de los ojos de un joven e
ingenuo reportero de prensa, George
Willard, quien al final se marcha a la
ciudad en busca de fortuna. A semejanza
de Main-Travelled Roads y otras
obras naturalistas de la época,
Winesburg, Ohio pone de relieve la
callada pobreza, soledad y desaliento
que prevalecían en los pequeños
poblados de los Estados Unidos.
Edgar Lee Masters (1868-1950)
En el cambio de siglo, Chicago se había convertido
en una gran ciudad, con arquitectura novedosa y
colecciones de arte muy cosmopolitas. En Chicago
se publicaba también Poetry, de Harriet Monroe, la
revista literaria más importante de la época.
Uno de los inquietantes poetas contemporáneos
cuyas obras aparecieron en la revista fue Edgar Lee
Masters, autor de la audaz Spoon River Anthology
(Antología de Spoon River, 1915), con su nuevo estilo
coloquial tan “ajeno a la poesía”, su franca alusión
al tema del sexo, su visión crítica de la vida provinciana
y su intensa e imaginativa percepción de la vida
interior de la gente común.
Spoon River Anthology es una colección de
retratos, escritos como epitafios de tipo coloquial
(frases labradas en las lápidas de un cementerio),
donde se resume la vida de los personajes de la
aldea como si ellos la relataran con sus propias palabras.
La obra presenta un panorama del pueblo de
un condado, desde la óptica de su camposanto: las
250 personas allí sepultadas hablan y revelan sus
secretos más profundos. Muchos de ellos eran parientes;
así pues, los miembros de unas 20 familias
nos relatan sus sueños y fracasos, en sendos monólogos
escritos en verso libre de sorprendente modernidad.
Carl Sandburg (1878-1967)
Un amigo de este autor dijo una vez: “El intento de
escribir una descripción breve de Carl Sandburg es
como tratar de retratar el Gran Cañón en una foto
instantánea en blanco y negro”. Sandburg era hijo de
un herrero ferroviario y fue poeta, historiador, biógrafo,
novelista, músico, ensayista y muchas cosas
más. Periodista de profesión, escribió una vastísima
biografía de Abraham Lincoln que es una de las
obras clásicas del siglo XX.
Para muchos, Sandburg fue el Walt Whitman de su
época, pues escribió poemas urbanos y patrióticos
expansivos y evocadores, además de rimas y baladas
de simplicidad infantil. Viajó mucho para dar a conocer
su poesía mediante lecturas y grabaciones, con
su propia voz de tono melifluo y alegre, que era una
especie de canturreo. A pesar de su fama nacional,
en el fondo no era un hombre pretencioso. Según
dijo en una ocasión, lo que esperaba de la vida era
“no estar encerrado en la cárcel,... comer con regularidad...
lograr que se publique lo que escribo...
hallar un poco de amor en mi hogar y sentir que me
tienen cierto afecto aquí y allá, en el vasto paisaje de
los Estados Unidos... [y] cantar todos los días”.
En el poema “Chicago” (1914) vemos un buen
ejemplo de su temática y de su estilo a la Whitman:
Carnicera de cerdos para el mundo entero,
Fabricante de herramientas, proveedora de
trigo;
Player with Railroads and the
Agente de ferrocarriles y el
Transporte de carga de toda la nación;
Tormentosa, bronca y pendenciera,
Es la Ciudad de los Hombros Anchos...
Vachel Lindsay (1879-1931)
Vachel Lindsay exaltó el populismo de las
pequeñas ciudades del Medio Oeste y fue el creador
de una poesía vigorosa y rítmica, hecha para declamarse
en voz alta. Su obra es un curioso eslabón
entre las formas de poesía popular o folclórica,
como los cantos evangélicos cristianos y el vodevil
(teatro popular) por una parte, y la poética modernista
más avanzada, por la otra. Con la extraordinaria
popularidad que alcanzó en su época como lector
público, Lindsay se anticipó a las lecturas de
poesía “Beat” que se organizaron después de la Segunda
Guerra Mundial y se acompañaban con música
de jazz.
En su afán de divulgar la poesía,
Lindsay creó un género que él mismo
llamó “alto vodevil” e incluía música y
un ritmo vigoroso. Aunque con el criterio
de hoy se le tacharía de racista,
su célebre poema “The Congo” (El
Congo, 1914), exalta la historia de los
africanos con una mezcla de jazz,
poesía, música y cantos tribales. Al
mismo tiempo, inmortalizó a diversas
figuras del panorama de los Estados
Unidos, como Abraham Lincoln
(“Abraham Lincoln Walks at Midnight”
[“Abraham Lincoln camina a
media noche”]) y John Chapman
(“Johnny Appleseed”), mezclando a
menudo los hechos reales y el mito.
Edwin Arlington Robinson (1869-1935)
Edwin Arlington Robinson fue el
mejor poeta de las postrimerías del
siglo XIX en los Estados Unidos. Igual
que a Edgar Lee Masters, se le conoce
sobre todo por sus breves e
irónicos estudios del carácter de
individuos ordinarios. Sin embargo, a
diferencia de Masters, Robinson usa
una métrica tradicional. Como en el
poblado de Spoon River evocado por
Masters, en el pueblo imaginario de
Tilbury, creado por Robinson, las
vidas transcurren con silenciosa
desesperación.
Algunos de los monólogos dramáticos
de Robinson más conocidos
son: “Luke Havergal”
(1896), donde relata el caso de
un amante abandonado; “Miniver
Cheevy” (1910), que es el retrato de
un soñador romántico; y “Richard
Cory” (1896), la semblanza sombría
de un hombre rico que finalmente se
suicida:
Cada vez que Richard Cory iba a
la ciudad,
Lo mirábamos los transeúntes al
pasar:
De pies a cabeza lucía su
caballerosidad,
Pulcro, distinguido y de esbeltez
imperial.
Su porte era siempre tranquilo y
sereno,
Y tenía un tono humanitario al
hablar;
Sus “buenos días” eran como un
gorjeo ameno,
Y todo su ser resplandecía al
caminar.
Además era rico —sí, aún más
rico que un rey—
De admirable educación
y refinada gracia:
Todo en él se asemejaba al
metal de buena ley
Y deseábamos ser como él con
ambiciosa audacia.
Trabajábamos, esperando
la luz en vano;
Sin carne que comer,
maldecíamos el pan
con tristeza;
Y Richard Cory, una noche
tranquila de verano,
se fue a su casa y se pegó un
tiro en la cabeza.
El poema “Richard Cory” ocupa un
lugar destacado, al lado de Martin
Eden, An American Tragedy y The
Great Gatsby, como una vigorosa
advertencia contra el mito del éxito,
tan inflado a fin de cuentas, que se
propagó como una verdadera plaga
entre la población de los Estados
Unidos durante la época de los millonarios.
Las novelistas Ellen Glasgow (1873-1945) y Willa Cather
(1873-1947) exploraron la vida
de las mujeres y la presentaron en
entornos regionales evocados con
brillantez. Ninguna de ellas se propuso
abordar de un modo específico los
temas de la mujer; en sus primeras
obras casi siempre presentaron protagonistas
masculinos y no fue sino
hasta que adquirieron confianza
artística y madurez cuando se decidieron
a describir vidas de mujeres.
Sólo se las puede calificar como
“escritoras femeninas” en un sentido
descriptivo, ya que sus obras resisten
todo intento de clasificación.
Glasgow nació en Richmond, Virginia,
la antigua capital de la Confederación
del Sur. En sus novelas realistas
examina la transformación de
esa región del país, cuando su economía
rural se convirtió en industrial.
Sus obras maduras, como Virginia
(1912), se centran en la experiencia
del Sur, pero en otras novelas posteriores,
como Barren Ground (Terreno
yermo, 1925) —reconocida como su
mejor obra— presenta con tintes
dramáticos la historia de mujeres
dotadas de talento que luchan por
superar el claustrofóbico código
tradicional de la región, que le imponía
a la mujer la domesticidad, la
vida devota y la dependencia.
Cather, también nacida en Virginia,
creció en las praderas de Nebraska
en medio de inmigrantes pioneros a
los que más tarde inmortalizaría en O
Pioneers! (¡Oh pioneros!, 1913), My
Antonia (Mi Antonia, 1918) y en su
muy conocido relato “Neighbour
Rosicky” (“El vecino Rosicky”, 1928).
A través del tiempo se apartó cada día
más del materialismo de la vida moderna
y escribió sobre una visión
alternativa en el Sudoeste de los
Estados Unidos y en el pasado. En
Death Comes for the Archbishop (La
muerte viene por el arzobispo, 1927),
evoca el idealismo de dos sacerdotes
del siglo XVI que propagaron la fe
católica en el desierto de Nuevo
México. Cather exalta en sus obras
varios aspectos importantes de la
experiencia de los Estados Unidos
ajenos a la corriente principal de la
literatura: la labor de los pioneros, la
instauración de la religión y la vida
independiente de las mujeres.