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Capítulo 1:
Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776
Capítulo 2:
El origen democrático y los escritores revolucionarios, 1776-1820
Capítulo 3:
El periodo romántico, 1820-1860: Ensayistas y poetas
Capítulo 4:
El periodo romántico, 1820-1860: Ficción
Capítulo 5:
El ascenso del realismo: 1860-1914
Capítulo 6:
El Modernismo y la experimentación: 1914-1945
Capítulo 7:
Poesía estadounidense, 1945-1990: La antitradición
Capítulo 8:
Prosa estadounidense, 1945-1990: Realismo y experimentación
Capítulo 9:
Poesía contemporánea de Estados Unidos
Capítulo 10:
Literatura contemporánea de Estados Unidos
Glosario
Bibliografía (en inglés)
Derechos de autor
PUBLICACIÓN RELACIONADA
La literatura de EE.UU. en síntesis
 
(Publicado en diciembre de 2006)

El ascenso del realismo: 1860-1914

Secciones y autores:
Samuel Clemens (Mark Twain)

El humorismo fronterizo y el regionalismo

Los coloristas locales
   Bret Harte

El realismo en el Medio Oeste

Los novelistas cosmopólitas
   Henry James
   Edith Wharton

El naturalismo y la literatura de denuncia
   Stephen Crane
   Jack London
   Theodore Dreiser
La "escuela de Chicago" en la poesía
   Edgar Lee Masters
   Carl Sandburg
   Vachel Lindsay
   Edwin Arlington Robinson

Dos novelistas regionales del sexo femenino
   Ellen Glasgow y Willa Cather

El ascenso de la literatura negra de los Estados Unidos
   Booker T. Washington
   W.E.B. Du Bois
   James Weldon Johnson
   Charles Waddell Chesnutt
Mark Twain
Mark Twain (Ilustración de Thaddeus A. Miksinski, Jr.)
Sarah Orne Jewett
Sarah Orne Jewett (Maine Women Writers Collection, Universidad de Nueva Inglaterra, Portland, Maine)
Henry James
Henry James (Fotograbado, por cortesía de National Portrait Gallery, Smithsonian Institution)
Stephen Crane
Stephen Crane (Foto, por cortesía de Library of Congress)
Theodore Dreiser
Theodore Dreiser (© AP Images)
Willa Cather
Willa Cather (Foto, por cortesía de OWI)
Booker T. Washington
Booker T. Washington (© AP Images)

La Guerra Civil de los Estados Unidos (1861- 1865), entre el Norte industrial y el Sur agrícola esclavista, fue un parteaguas en la historia de ese país. El optimismo inocente de la joven nación democrática le cedió el sitio, después de la guerra, a un periodo de agotamiento. El idealismo estadounidense siguió existiendo, pero empezó a fluir por nuevos cauces. Antes de la guerra, los idealistas defendían los derechos humanos y pugnaban ante todo por la abolición de la esclavitud; después de la contienda, los estadounidenses idealizaron cada día más el progreso y al hombre que labra su propio éxito. Esa fue la época del industrial millonario y el especulador, cuando la evolución darviniana y la “supervivencia del más apto” parecieron justificar los métodos, a veces poco éticos, de los exitosos magnates de la empresa.

Los negocios florecieron después de la guerra. La producción bélica fue un gran estímulo para la industria en el Norte y le dio prestigio e influencia política a esa región. Además, brindó a los líderes industriales oportunidad de adquirir experiencia valiosa en la administración de hombres y máquinas. Los enormes recursos naturales de la tierra en todo el país —hierro, carbón, petróleo, oro y plata— beneficiaron a las empresas. Con el nuevo sistema intercontinental de ferrocarriles, inaugurado en 1869, y el servicio de telégrafos de costa a costa (que empezó a funcionar en 1861), la industria tuvo acceso a los materiales, los mercados y las comunicaciones. Además, la continua afluencia de inmigrantes aportó una reserva de mano de obra barata y al parecer inagotable. Entre 1860 y 1910, llegaron a los Estados Unidos más de 23 millones de extranjeros: alemanes, escandinavos e irlandeses en los primeros años, y después un creciente número de emigrantes del centro y el sur de Europa. Jornaleros chinos, japoneses y filipinos fueron importados bajo contrato por los dueños de fincas agrícolas en Hawai, y de compañías ferroviarias y de otros intereses comerciales en la costa oeste de los Estados Unidos.

En 1860 la mayoría de los estadounidenses vivían en granjas o pequeños poblados; en cambio, hacia 1919, la mitad de la población se concentraba en una docena de ciudades. Entonces se presentaron los problemas de la urbanización y la industrialización: viviendas pobres y atestadas, ambientes antihigiénicos, paga insuficiente (lo que se conoce como “salarios de esclavos”), penosas condiciones de trabajo y falta de restricciones adecuadas para las empresas. Los sindicatos obreros crecieron y las huelgas hicieron que toda la nación se enterara de las penurias de los trabajadores. También los agricultores tuvieron que luchar contra los “intereses del dinero” del Este, es decir, los así llamados “capitalistas ladrones”, como J.P. Morgan y John D. Rockefeller. Sus bancos del Este ejercían un férreo control de las hipotecas y el crédito, factores vitales para el desarrollo y la agricultura del Oeste, al tiempo que las compañías ferroviarias cobraban altos precios por llevar los productos del campo a las ciudades. Poco a poco, el granjero llegó a ser objeto de burla y se le tildó de rústico “provinciano” o “payo”. En cambio, el millonario se convirtió en el ideal estadounidense del periodo siguiente a la Guerra Civil. En 1860 había menos de 100 millonarios; en 1875, su número ya rebasaba el millar.

Entre 1860 y 1914 los Estados Unidos se transformaron, de una pequeña y joven ex colonia agrícola, en un enorme país industrial moderno. Habiendo sido una nación deudora en 1860, era el estado más rico del mundo en 1914 y su población se había duplicado con creces, pasando de 31 millones de habitantes en 1860 a 76 millones en 1900. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos ya se habían convertido en una gran potencia mundial.

A medida que aumentó la industrialización, la alienación se acentuó también. Las novelas típicamente estadounidenses de esa época —Maggie: A Girl of the Streets (Maggie, una niña de la calle) de Stephen Crane, Martin Eden de Jack London y An American Tragedy (Una tragedia norteamericana) de Theodore Dreiser— describen los estragos que las fuerzas económicas y la alienación le causan al individuo débil o vulnerable. Los que sobreviven, como el Huck Finn de Twain, el Humphrey Vanderveyden de The Sea Wolf (El lobo de mar) de London o la oportunista Hermana Carrie de Dreiser, sólo lo logran mediante una fuerza interior que implica bondad, flexibilidad y, sobre todo, individualidad.

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SAMUEL CLEMENS (MARK TWAIN) (1835-1910)

Samuel Clemens, mejor conocido por el seudónimo Mark Twain, creció en la ciudad fronteriza de Hannibal, Missouri, junto al río Mississippi. La famosa declaración de Ernest Hemingway al decir que toda la literatura estadounidense proviene de un gran libro, Adventures of Huckleberry Finn, de Twain, denota el altísimo lugar que ocupa este autor en la tradición. Los escritores de principios del siglo XIX en los Estados Unidos tendían a ser demasiado floridos, sentimentales u ostentosos, en parte porque aún deseaban demostrar que eran capaces de escribir con tanta elegancia como los ingleses. El estilo de Twain, basado en el lenguaje coloquial vigoroso y realista de su tierra, dio a los escritores estadounidenses oportunidad de revalorar su voz nacional. Twain fue el primer autor importante surgido del interior del país y captó sus modismos y su actitud iconoclasta distintiva y humorística.

Para Twain y otros escritores estadounidenses de fines del siglo XIX, el realismo no era sólo una técnica literaria, sino un medio para decir la verdad y acabar con los convencionalismos desgastados. Por lo tanto, su arte tenía un profundo poder liberador y podía entrar en conflicto con la sociedad. El ejemplo más conocido de esta situación es Huck Finn, un muchacho pobre que decide seguir la voz de su conciencia y ayuda a un esclavo negro a huir hacia la libertad, aun cuando piensa que él mismo se condenará e irá al infierno por infringir la ley.

La obra maestra de Twain, publicada en 1884, se desarrolla en la aldea de St. Petersburg, junto al río Mississippi. Hijo de un alcohólico holgazán, Huck acaba de ser adoptado por una familia respetable cuando su padre, en un delirio de embriaguez, amenaza matarlo. Temiendo por su vida, Huck logra escapar fingiéndose muerto. Se le une en la huida otro fugitivo, el esclavo negro Jim, cuya dueña —la señorita Watson— piensa venderlo río abajo a otros amos más crueles, en el extremo Sur. Los dos prófugos navegan en una balsa por el majestuoso Mississippi hasta que zozobran al chocar con un barco de vapor; se separan y luego se reúnen de nuevo. Ambos viven muchas aventuras cómicas y peligrosas que muestran la diversidad, la generosidad y, a veces, la cruel irracionalidad de la sociedad. Al final se aclara que la señorita Watson ya había liberado a Jim y una familia respetable se hace cargo de proteger al impetuoso Huck. Sin embargo éste se siente cada día más impaciente ante la sociedad civilizada y planea su huida a “los territorios”, es decir, a las comarcas de los indios. El desenlace muestra al lector el polo opuesto del mito clásico del éxito norteamericano: un camino abierto a la pureza de las tierras vírgenes, lejos de la influencia moralmente corruptora de la “civilización”. Las novelas de James Fenimore Cooper, los himnos de Walt Whitman al camino abierto, The Bear (El oso) de William Faulkner y On the Road (En el camino) de Jack Kerouac son otros ejemplos literarios de este tipo

Huckleberry Finn ha inspirado innumerables interpretaciones literarias. Está claro que la novela es un relato de muerte, renacimiento e iniciación. El esclavo que huye, Jim, se convierte en una figura paterna para Huck; al decidirse a salvar a Jim, Huck crece hasta un nivel moral muy por encima de los límites de su propia sociedad esclavista. Las aventuras de Jim son la iniciación de Huck en las complejidades de la naturaleza humana y le infunden una actitud moral valerosa.

La novela dramatiza también el ideal de la comunidad armoniosa que anhelaba Twain: “Cuando se navega en una balsa, lo que se desea sobre todas las cosas es que todos se sientan satisfechos y traten a los demás con justicia y bondad”. La balsa se hunde, como el barco Pequod de Melville, y con ella desaparece esa comunidad tan especial. El mundo puro y simple de la balsa es abrumado a la postre por el progreso —el barco de vapor—, pero la imagen mítica del río persiste, tan vasta y cambiante como la propia vida.

La inestable relación entre la realidad y la ilusión es el tema característico de Twain y la base de gran parte de su humorismo. El río magnífico y engañoso, que cambia sin cesar, también es el rasgo dominante de su paisaje imaginativo. En Life on the Mississippi (La vida en el Mississippi), Twain rememora los días de su juventud en que fue piloto de barcos de vapor, y escribe: “Me decidí por ese oficio para conocer la forma del río, y entre todas las cosas esquivas e inasibles que intenté abarcar con la mente o las manos, él fue la principal”.

El sentido moral de Twain como escritor es un eco de su responsabilidad de llevar a puerto seguro su nave, como todo buen piloto. El seudónimo de Samuel Clemens, “Mark Twain”, es una expresión que usaban los boteros del Mississippi para referirse a una profundidad de dos brazas (3,6 metros) de agua, es decir, la mínima necesaria para que un barco navegara con seguridad. La seriedad de propósito, aunada a un raro genio humorístico y de estilo, hacen que las obras de Twain no pierdan frescura y atractivo.

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EL HUMORISMO FRONTERIZO Y EL REGIONALISMO

En Mark Twain se fusionaron dos corrientes literarias importantes de los Estados Unidos en el siglo XIX: el humorismo popular de la frontera y el color local o “regionalismo”. Esas aproximaciones literarias, afines entre sí, nacieron en la década de 1830, pero tienen raíces mucho más antiguas en la tradición oral de esas tierras. La narración oral floreció en agrestes aldeas fronterizas, a bordo de barcos fluviales, en campamentos mineros y alrededor de las fogatas de los vaqueros, lejos de las comodidades de la ciudad. La exageración, los cuentos insólitos, una increíble fanfarronería y los héroes cómicos y emprendedores animan la literatura fronteriza. Estas formas de humorismo se cultivaron en muchas regiones de frontera: en el “viejo Sudoeste” (las zonas que hoy son el Sur continental y la parte baja del Medio Oeste), en los poblados mineros fronterizos y en la costa del Pacífico. Cada región tuvo sus personajes pintorescos y en torno a ellos se tejieron relatos: Mike Fink, el pendenciero navegante del Mississippi; el valiente ingeniero ferroviario Casey Jones; John Henry, el afro-estadounidense héroe del acero; Paul Bunyan, el gigante leñador del Noroeste cuya fama fue reforzada por la publicidad; y figuras del Oeste, como el combatiente de los indios Kit Carson y el explorador Davy Crockett. Sus hazañas fueron idealizadas y exaltadas hasta la exageración en baladas, periódicos y revistas. A veces esos relatos, como los de Kit Carson y Davy Crockett, se publicaron juntos en libros.

Twain, Faulkner y muchos otros autores, sobre todo del Sur, están en deuda con los humoristas fronterizos del periodo anterior a la Guerra Civil, como Johnson Hooper, George Washington Harris, Augustus Longstreet, Thomas Bangs Thorpe y Joseph Baldwin. De ellos y del folclor fronterizo de los Estados Unidos surgió una desaforada proliferación de nuevos vocablos cómicos en el país, como “absquatulate” (partir), “flabbergasted” (sorprendido) o “rampagious” (rebelde, indómito). Los fanfarrones locales o “milanos rugientes”, que se definían a sí mismos como seres mitad caballo y mitad lagarto, pusieron también de relieve la energía inagotable de la frontera. Ellos obtenían su fuerza al enfrentarse a peligros naturales que habrían aterrorizado a otros hombres de menor talla. “Soy todo un ciclón”, decía uno de ellos con jactancia, “recio como un nogal americano y rasposo como un trago de aguardiente. Mis golpes son como un árbol que cae, y cada manotazo abre una brecha en la multitud, formando un claro de un acre bajo la luz del Sol”.

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LOS COLORISTAS LOCALES

Como en el caso del humorismo de la frontera, la literatura de color local tiene antiguas raíces, pero sus mejores obras fueron escritas mucho después de la Guerra Civil. Por supuesto, muchos autores de la época anterior a esa contienda, desde Henry David Thoreau y Nathaniel Hawthorne hasta John Greenleaf Whittier y James Russell Lowell, hicieron admirables retratos de regiones específicas del país. Sin embargo, lo que distingue a los autores coloristas es su interés expreso y exclusivo por describir una región determinada, además de su técnica escrupulosamente realista y factual.

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A Bret Harte (1836-1902) se le recuerda por sus relatos de aventuras, como “The Luck of Roaring Camp” (“La suerte de Roaring Camp”) y “The Outcasts of Poker Flat” (“Los forajidos de Poker Flat”), que se desarrollan en la zona minera fronteriza del Oeste. Por haber sido el primer autor de éxito dentro de la escuela colorista local, Harte fue tal vez el escritor más conocido de los Estados Unidos por corto tiempo (tal fue el atractivo de su versión romántica de los pistoleros del Oeste). De estilo directo y realista, él fue uno de los primeros escritores que presentaron personajes del bajo mundo —astutos tahúres, prostitutas escandalosas y ladrones empedernidos— en obras literarias serias. Logró salirse con la suya (igual que Charles Dickens en Inglaterra, quien admiraba mucho la obra de Harte) y demostró al final que esos malvivientes tenían en realidad un corazón de oro.

A varias escritoras se les recuerda por sus espléndidas descripciones de Nueva Inglaterra: Mary Wilkins Freeman (1852-1930), Harriet Beecher Stowe (1811-1996) y sobre todo Sarah Orne Jewett (1849-1909). La originalidad de Jewett, su aguda observación al retratar los personajes y el ambiente de Maine, y su estilo sensitivo se perciben mejor en el excelente relato “The White Heron” (“La garza blanca”), incluido en Country of the Pointed Firs (La tierra de los abetos puntiagudos, 1896). El colorido local de las obras de Harriet Beecher Stowe, en especial The Pearl of Orr’s Island (La perla de la isla de Orr, 1862), donde describe las humildes comunidades de pescadores de Maine, influyó mucho en Jewett. Las escritoras del siglo XIX crearon su propia red de apoyo e influencia moral, como se percibe en sus cartas. Las mujeres formaban la mayoría de los lectores de obras de ficción y muchas escribieron novelas, poemas y obras humorísticas muy populares.

Todas las regiones del país fueron exaltadas en obras que acusan la influencia del color local. Algunas expresan la protesta social, sobre todo al final del siglo, cuando la desigualdad y la penuria económica se volvieron más apremiantes. La injusticia racial y la desigualdad entre los sexos son patentes en las obras de varios escritores del Sur, como George Washington Cable (1844- 1925) y Kate Chopin (1851-1904), cuyas vigorosas novelas se desarrollan en la Louisiana francesa y criolla, pero trascienden el marbete del pintoresquismo local. En The Grandissimes (1880), Cable denuncia con arte depurado la injusticia racial; esa obra se adelantó a su época, como la audaz novela The Awakening (El despertar, 1899), en la que Chopin relata el infortunado esfuerzo de una mujer por hallar su propia identidad a través de la pasión. En The Awakening, una joven casada con un hombre tolerante y próspero, con el cual procreó hijos hermosos, renuncia a la familia, el dinero, la respetabilidad y, a la postre, hasta la vida, en la búsqueda de su realización personal. Las evocaciones poéticas del mar, las aves (tanto en libertad como enjauladas) y la música, le confieren a esta novela corta una intensidad y complejidad insólitas.

A menudo se publica junto con The Awakening el excelente relato “The Yellow Wallpaper” (“El papel tapiz amarillo”, 1892) de Charlotte Perkins Gilman (1860-1935). Ambas obras cayeron en el olvido por un tiempo, pero fueron redescubiertas por autoras feministas de crítica literaria, ya muy avanzado el siglo XX. En la trama de Gilman, un médico paternalista orilla a su esposa a la locura cuando la encierra en una habitación con el pretexto de “curarla” de su postración nerviosa. La mujer cautiva proyecta las angustias de su reclusión sobre el papel tapiz, en cuyos diseños ve rostros de mujeres encarceladas que se arrastran tras las rejas.

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EL REALISMO EN EL MEDIO OESTE

Después de haber sido director de la importante publicación Atlantic Monthly por muchos años, William Dean Howells (1837- 1920) publicó obras realistas, con color local, de Bret Harte, Mark Twain, George Washington Cable y otros autores. Él fue adalid del realismo y en sus propias novelas, como A Modern Instance (Una ejemplo moderno, 1882), The Rise of Silas Lapham (El ascenso de Silas Lapham, 1885) y A Hazard of New Fortunes (Un azar de nuevos ricos, 1890), entretejió con gran esmero la situación local y las emociones de los estadounidenses ordinarios de clase media.

El amor, la ambición, el idealismo y la tentación son las motivaciones de sus personajes; Howells se percató de la corrupción moral de los magnates del mundo de la empresa en la Edad de Oro del decenio de 1870. En su obra The Rise of Silas Lapham, la ironía contenida en el título expresa esta opinión. Silas Lapham se enriquece defraudando a un viejo socio de su empresa; ese acto inmoral causa una gran perturbación en su propia familia, pero por varios años él mismo no se da cuenta de que actuó en forma indebida. Al final, Lapham logra su redención moral al preferir la bancarrota antes que aceptar un éxito contrario a la ética. Igual que Huckleberry Finn, Silas Lapham es un relato que niega el éxito: el fracaso en los negocios le permite iniciar su ascenso moral. Hacia el final de su vida, Howells, como Twain, participó cada día más activamente en las causas políticas, pues defendió los derechos de los organizadores de sindicatos obreros y deploró el colonialismo estadounidense en las Filipinas.

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LOS NOVELISTAS COSMOPOLITAS

Henry James (1843-1916)

En una ocasión, Henry James escribió que el arte, sobre todo la literatura, “da forma a la vida, genera interés y define lo importante”. De todas las obras de ficción y de crítica escritas en su época, las de James son las que alcanzan más alto grado de conciencia, refinamiento y dificultad. Al lado de Twain, a James se le suele considerar como el novelista más grande de la segunda mitad del siglo XIX en los Estados Unidos.

James es célebre por su “tema internacional”, es decir, la compleja relación que describe entre los ingenuos estadounidenses y los cosmopolitas europeos. Lo que su biógrafo Leon Edel ha llamado la primera etapa de James, o su fase “internacional”, abarca obras como Transatlantic Sketches (Bosquejos trasatlánticos, reflexiones de viaje escritas en 1875); The American (El estadounidense, 1877); Daisy Miller (1879); y una obra maestra, The Portrait of a Lady (El retrato de una dama, 1881). En The American, por ejemplo, un industrial millonario, inteligente e idealista llamado Christopher Newman, después de alcanzar el éxito por su propio esfuerzo, va a Europa en busca de una esposa. Después de ser rechazado por la familia de la joven porque él carece de linaje aristocrático, encuentra la oportunidad de vengarse; sin embargo, al final decide no hacerlo y así demuestra su superioridad moral.

El segundo periodo de James fue de tipo experimental. Exploró nuevos temas: el feminismo y la reforma social en The Bostonians (Gente de Boston, 1886) y la intriga política en The Princess Casamassima (La princesa Casamassima, 1885). También trató de escribir obras de teatro, pero tuvo un embarazoso fracaso cuando su drama Guy Domville (1895) fue abucheado la noche de su estreno.

En su tercera fase, la “principal”, James volvió a abordar temas internacionales, pero con un grado de refinamiento y penetración psicológica cada día mayor. La compleja y casi mítica The Wings of the Dove (Las alas de la paloma, 1902); The Ambassadors (Los embajadores, 1903), que a juicio de James era su mejor novela; y The Golden Bowl (El tazón de oro, 1904), pertenecen a ese periodo principal. Así como el tema fundamental de la obra de Twain es el contraste entre apariencia y realidad, el interés constante de James es la percepción. Para James, sólo la conciencia del yo y la clara percepción de los demás permiten alcanzar la sabiduría y el amor capaz de llegar al sacrificio. A medida que James evolucionó, sus novelas adquirieron un cariz más psicológico y se enfocaron cada vez menos en los hechos externos. En sus últimas obras, los acontecimientos más importantes son de índole psicológica; de ordinario, momentos de intensa iluminación en que el personaje comprende que ha vivido ciego a la realidad. En The Ambassadors, por ejemplo, el idealista y envejecido Lambert Strether descubre un amor secreto y, al hacerlo, encuentra nueva complejidad en su vida interior. Su estricta y rígida moralidad se humaniza y amplía cuando descubre la capacidad de aceptar a los seres que han pecado.

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Edith Wharton (1862-1937)

A semejanza de James, Edith Wharton pasó parte de su infancia en Europa y finalmente fijó su residencia allí. Miembro de una familia rica y prestigiosa de la sociedad de Nueva York, fue testigo de la decadencia de ese refinado círculo y del ascenso de familias de nuevos ricos, salidos del mundo de la empresa, que le resultaban muy tediosas. Esa transformación de la sociedad es el telón de fondo en muchas de sus novelas.

Como James, Wharton muestra el contraste entre norteamericanos y europeos. El meollo de su interés es el abismo que separa la realidad social y la vida interior. Con frecuencia los personajes más sensibles se sienten atrapados por las fuerzas sociales o por personas insensibles. Edith Wharton sintió en carne propia esa situación, pues cuando era una escritora joven sufrió una larga postración nerviosa, en parte por el conflicto entre sus papeles de artista y esposa.

Algunas de las mejores novelas de Wharton son: The House of Mirth (La casa de la alegría, 1905); The Custom of the Country (La costumbre del país, 1913); Summer (Verano, 1917); The Age of Innocence (La edad de la inocencia, 1920); y la novela corta de hermosa factura Ethan Frome (1911).

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EL NATURALISMO Y LA LITERATURA DE DENUNCIA

Las disecciones de Wharton y James para encontrar las ocultas motivaciones sexuales y financieras que impulsan a la sociedad los vinculó con autores que, vistos de un modo superficial, podrían parecer muy diferentes: Stephen Crane, Jack London, Frank Norris, Theodore Dreiser y Upton Sinclair. Como los novelistas cosmopolitas, pero de modo mucho más explícito, todos esos naturalistas emplearon el realismo para establecer la relación entre el individuo y la sociedad. Denunciaron a menudo problemas sociales y se dejaron influir por el pensamiento darviniano y la doctrina filosófica del determinismo, que le es afín, según la cual el individuo es un simple peón a merced de fuerzas económicas y sociales ajenas a su control.

El naturalismo es, en esencia, una expresión literaria del determinismo. Asociado a las sombrías descripciones realistas de la vida de la clase baja, el determinismo niega que la religión sea una fuerza motivadora en el mundo y concibe al universo como una máquina. En el siglo XVIII, los pensadores de la Ilustración imaginaron también al mundo como una máquina, pero ésta era un mecanismo perfecto, inventado por Dios y encaminado siempre al progreso y la superación del ser humano. En cambio, los naturalistas conciben la sociedad como una máquina ciega, carente de Dios y fuera de control.

El historiador estadounidense del siglo XIX Henry Adams planteó una compleja teoría de la historia que se basa en la idea de la dínamo, es decir, la fuerza de la máquina, y el concepto de entropía, o sea, la degradación de esa fuerza. En lugar de progreso, Adams previó la inevitable decadencia de la sociedad humana.

Stephen Crane, quien era hijo de un clérigo, expresó en la forma más sucinta la pérdida de Dios:

Un hombre le dijo al universo:
“¡Señor, yo existo!”
“Aunque así sea”, repuso el
   universo,
“Ese hecho no ha creado en mí
Ningún sentido de obligación”.

Como en el caso del romanticismo, el naturalismo surgió primero en Europa. Su origen suele atribuirse a las obras de Honoré de Balzac, en la década de 1840, y se le considera como un movimiento literario francés asociado a Gustave Flaubert, Edmond y Jules Goncourt, Émile Zola y Guy de Maupassant. Esta tendencia expuso con audacia los aspectos peores y más ocultos de la sociedad, y temas tales como el divorcio, el sexo, el adulterio, la pobreza y el crimen.

El naturalismo floreció a medida que los estadounidenses se urbanizaron y comprendieron la importancia de las grandes fuerzas económicas y sociales. En 1890 se declaró oficialmente cerrada la frontera de la colonización. La mayoría de los estadounidenses vivían en ciudades y las empresas dominaban hasta las fincas agrícolas más remotas.

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Stephen Crane (1871-1900)

Las raíces de Stephen Crane, nacido en New Jersey, se remontaban a soldados de la Guerra de Independencia, clérigos, alguaciles, jueces y granjeros que vivieron un siglo antes. Era ante todo periodista —aunque también escribió obras de ficción, ensayos, poemas y piezas teatrales— y vio la vida en su forma más cruda, tanto en los barrios bajos como en el campo de batalla. Sus historias cortas —sobre todo “The Open Boat” (“La embarcación abierta”), “The Blue Hotel” (“El hotel azul”) y “The Bride Comes to Yellow Sky” (“La novia viene a Yellow Sky”)— son ejemplos de esa forma literaria. Su obsesionante novela sobre la Guerra Civil, The Red Badge of Courage (La roja insignia del coraje), fue publicada y muy aclamada en 1895, pero el autor apenas tuvo tiempo para gozar de la fama pues murió a los 29 años de edad por descuidar en extremo su salud. De hecho, Crane casi cayó en el olvido en los dos primeros decenios del siglo XX, pero la elogiosa biografía escrita por Thomas Beer en 1923 reavivó el interés por su obra. A partir de entonces Crane ha gozado de continuo éxito, como paladín del hombre común, como realista y como simbolista.

La obra de Crane titulada Maggie: A Girl of the Streets (Maggie: una niña de la calle, 1893), es una de las mejores novelas naturalistas de los Estados Unidos, aunque no fue la primera en su género. Es la conmovedora historia de una muchacha pobre y sensible que se ve defraudada en todo momento por sus ignorantes y alcohólicos padres. Enamorada y ansiosa de escapar de su violenta vida familiar, la heroína se deja seducir por un joven que la lleva a vivir con él, pero pronto la abandona. Al sufrir el rechazo de su inflexible madre, Maggie se convierte en prostituta para sobrevivir, pero al poco tiempo se suicida en medio de la desesperación. A causa de la temática tan mundana que aborda Crane en su novela y por su estilo objetivo y científico, despojado de todo afán moralista, se puede decir que Maggie es una obra naturalista.

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Jack London (1876-1916)

Después de haber sido un trabajador pobre y autodidacta en California, el autor naturalista Jack London se elevó desde la pobreza hasta la fama con la publicación de su primera colección de relatos, The Son of the Wolf (El hijo del lobo, 1900), que en gran parte se desarrolla en la región Klondike de Alaska y en el Yukón de Canadá. The Call of the Wild (El llamado de la selva, 1903), The Sea Wolf (El lobo de mar, 1904) y otros éxitos de librería lo convirtieron en el escritor mejor pagado de los Estados Unidos en su época.

En la novela autobiográfica Martin Eden (1909), London describe las tensiones internas del sueño estadounidense tal como él las vivió, en su ascenso meteórico de la más oscura pobreza a la riqueza y la fama. Eden, un marino y jornalero inteligente y trabajador, caído en la pobreza, está resuelto a ser escritor. A la larga sus obras lo hacen rico y popular, pero se convence de que a su amada sólo le interesan su dinero y su fama. Su desilusión al advertir la incapacidad de la joven para el amor lo hace perder la fe en el género humano. También sufre la alienación de clase, pues ya no pertenece a la clase de los trabajadores y rechaza los valores materialistas de los ricos a quienes tanto luchó por emular. Se embarca entonces rumbo al Pacífico del sur y se suicida arrojándose al mar. Como muchas de las mejores novelas de esa época, Martin Eden es un relato del falso éxito. Esta obra prefigura The Great Gatsby (El gran Gatsby) de F. Scott Fitzgerald, por sus revelaciones de la desesperación en medio de grandes riquezas.

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Theodore Dreiser (1871-1945)

An American Tragedy (Una tragedia norteamericana), escrita por Theodore Dreiser en 1925, explora los peligros del sueño estadounidense, como Martin Eden de London. La novela relata en gran detalle la vida de Clyde Griffiths, un muchacho de voluntad débil y poca conciencia de sí mismo. Crece en la extrema pobreza, en una familia de evangelistas trashumantes, pero su sueño es hacer fortuna y ser amado por bellas mujeres. Un tío rico lo acepta como empleado en su fábrica. Cuando su novia Roberta queda embarazada le exige a Clyde que se case con ella. Por su parte, él se ha enamorado de una acaudalada dama de sociedad, que para él representa el éxito, el dinero y la aceptación social. Clyde idea un plan para ahogar a Roberta durante un paseo en el mar, pero en el último momento empieza a dudar; sin embargo, la joven cae al agua en forma accidental. Aunque él es un buen nadador, no auxilia a la muchacha y deja que se ahogue. Cuando Clyde es llevado ante la justicia, Dreiser narra en retrospectiva su historia y usa magistralmente los argumentos que presentan el fiscal y el abogado defensor, para analizar cada uno de los pasos y motivos que indujeron a Clyde, ese joven de modales amables, sólida formación religiosa y buenas relaciones familiares, a cometer el crimen.

A pesar de su estilo algo torpe, Dreiser hace gala de una aplastante autoridad en An American Tragedy. Su precisión en los detalles le permite crear en el lector la sensación irresistible de una tragedia inexorable. La novela es un crudo retrato de lo que pasa cuando el mito estadounidense del éxito se torna agrio, pero también es una historia universal de las tensiones de la urbanización, la modernización y la alienación. En su trama deambulan las fantasías románticas y peligrosas de los desposeídos.

An American Tragedy es una reflexión en torno a la insatisfacción, la envidia y el desaliento que afligían a muchas personas pobres y trabajadoras en la competitiva sociedad estadounidense impulsada por el éxito. A medida que el poderío industrial del país se agigantaba, la vida deslumbrante de los ricos reseñada en diarios y fotografías contrastaba fuertemente con la monótona existencia de los granjeros ordinarios y los obreros en la ciudad. Los medios de comunicación masiva los hacían alentar crecientes expectativas y deseos imposibles de realizar. Esos problemas, que se presentaban en todas las naciones en vías de modernización, dieron lugar al periodismo de denuncia, es decir, reportajes de investigación muy penetrantes que exponían los problemas sociales y daban un gran ímpetu a la reforma social.

La gran tradición del periodismo de investigación en los Estados Unidos dio sus primeros pasos en este periodo, pues fue entonces cuando varias revistas nacionales, como McClures y Collier’s, publicaron textos de denuncia muy eficaces, como History of the Standard Oil Company (Historia de la Standard Oil Company, 1904) de Ida M. Tarbell, The Shame of the Cities (La vergüenza de las ciudades, 1904) de Lincoln Steffens y otras obras. En las novelas de denuncia se usaron técnicas periodísticas muy llamativas para describir las penosas condiciones de trabajo y la opresión. The Octopus (El pulpo, 1901) del populista Frank Norris sacó a la luz las injusticias de las grandes compañías ferroviarias, y el socialista Upton Sinclair describió el ambiente sórdido de las plantas empacadoras de carne de Chicago, en The Jungle (La jungla, 1906). La utopía inversa de Jack London titulada The Iron Heel (El tacón de hierro, 1908) anuncia la novela 1984 de George Orwell, con sus augurios sobre la guerra de clases y el poder omnímodo del gobierno.

Otra respuesta más artística fue el retrato realista de personajes ordinarios, ya sea en forma individual o en grupo, y las frustraciones de su vida interior. La colección de relatos Main- Travelled Roads (Los caminos más trillados, 1891) del protegido de William Dean Howells, Hamlin Garland (1860-1940), es una galería de retratos de gente ordinaria. En ella se describe con terrible realismo la pobreza de los granjeros del Medio Oeste estadounidense que exigían una reforma agraria. El título alude a los numerosos senderos que recorrieron los tenaces pioneros en su marcha hacia el Oeste, y las polvorientas calles de las aldeas que ellos mismos fundaron.

Winesburg, Ohio, iniciada en 1916 por Sherwood Anderson (1876-1941), es una obra afín a Main-Travelled Roads de Garland. Es una colección dispersa de relatos sobre los residentes del pueblo imaginario de Winesburg, vistos a través de los ojos de un joven e ingenuo reportero de prensa, George Willard, quien al final se marcha a la ciudad en busca de fortuna. A semejanza de Main-Travelled Roads y otras obras naturalistas de la época, Winesburg, Ohio pone de relieve la callada pobreza, soledad y desaliento que prevalecían en los pequeños poblados de los Estados Unidos.

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LA “ESCUELA DE CHICAGO” EN LA POESÍA

Tres poetas del Medio Oeste que crecieron en Illinois y compartieron la preocupación de los escritores de su región por la gente ordinaria son Carl Sandburg, Vachel Lindsay y Edgar Lee Masters. Su poesía habla a menudo de personajes oscuros; las técnicas que crearon, a base de descripciones realistas y dramáticas, captaron el interés de un mayor número de lectores. Los tres forman parte de la Escuela de Chicago o del Medio Oeste, que nació antes de la Primera Guerra Mundial como un reto a las formas literarias reconocidas en la Costa Este. El “Renacimiento de Chicago” fue un parteaguas en la cultura de los Estados Unidos, pues demostró que el interior del país había madurado.

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Edgar Lee Masters (1868-1950)

En el cambio de siglo, Chicago se había convertido en una gran ciudad, con arquitectura novedosa y colecciones de arte muy cosmopolitas. En Chicago se publicaba también Poetry, de Harriet Monroe, la revista literaria más importante de la época.

Uno de los inquietantes poetas contemporáneos cuyas obras aparecieron en la revista fue Edgar Lee Masters, autor de la audaz Spoon River Anthology (Antología de Spoon River, 1915), con su nuevo estilo coloquial tan “ajeno a la poesía”, su franca alusión al tema del sexo, su visión crítica de la vida provinciana y su intensa e imaginativa percepción de la vida interior de la gente común.

Spoon River Anthology es una colección de retratos, escritos como epitafios de tipo coloquial (frases labradas en las lápidas de un cementerio), donde se resume la vida de los personajes de la aldea como si ellos la relataran con sus propias palabras. La obra presenta un panorama del pueblo de un condado, desde la óptica de su camposanto: las 250 personas allí sepultadas hablan y revelan sus secretos más profundos. Muchos de ellos eran parientes; así pues, los miembros de unas 20 familias nos relatan sus sueños y fracasos, en sendos monólogos escritos en verso libre de sorprendente modernidad.

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Carl Sandburg (1878-1967)

Un amigo de este autor dijo una vez: “El intento de escribir una descripción breve de Carl Sandburg es como tratar de retratar el Gran Cañón en una foto instantánea en blanco y negro”. Sandburg era hijo de un herrero ferroviario y fue poeta, historiador, biógrafo, novelista, músico, ensayista y muchas cosas más. Periodista de profesión, escribió una vastísima biografía de Abraham Lincoln que es una de las obras clásicas del siglo XX.

Para muchos, Sandburg fue el Walt Whitman de su época, pues escribió poemas urbanos y patrióticos expansivos y evocadores, además de rimas y baladas de simplicidad infantil. Viajó mucho para dar a conocer su poesía mediante lecturas y grabaciones, con su propia voz de tono melifluo y alegre, que era una especie de canturreo. A pesar de su fama nacional, en el fondo no era un hombre pretencioso. Según dijo en una ocasión, lo que esperaba de la vida era “no estar encerrado en la cárcel,... comer con regularidad... lograr que se publique lo que escribo... hallar un poco de amor en mi hogar y sentir que me tienen cierto afecto aquí y allá, en el vasto paisaje de los Estados Unidos... [y] cantar todos los días”.

En el poema “Chicago” (1914) vemos un buen ejemplo de su temática y de su estilo a la Whitman:

Carnicera de cerdos para el mundo entero,
Fabricante de herramientas, proveedora de
   trigo;
Player with Railroads and the
Agente de ferrocarriles y el
Transporte de carga de toda la nación;
Tormentosa, bronca y pendenciera,
Es la Ciudad de los Hombros Anchos...
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Vachel Lindsay (1879-1931)

Vachel Lindsay exaltó el populismo de las pequeñas ciudades del Medio Oeste y fue el creador de una poesía vigorosa y rítmica, hecha para declamarse en voz alta. Su obra es un curioso eslabón entre las formas de poesía popular o folclórica, como los cantos evangélicos cristianos y el vodevil (teatro popular) por una parte, y la poética modernista más avanzada, por la otra. Con la extraordinaria popularidad que alcanzó en su época como lector público, Lindsay se anticipó a las lecturas de poesía “Beat” que se organizaron después de la Segunda Guerra Mundial y se acompañaban con música de jazz.

En su afán de divulgar la poesía, Lindsay creó un género que él mismo llamó “alto vodevil” e incluía música y un ritmo vigoroso. Aunque con el criterio de hoy se le tacharía de racista, su célebre poema “The Congo” (El Congo, 1914), exalta la historia de los africanos con una mezcla de jazz, poesía, música y cantos tribales. Al mismo tiempo, inmortalizó a diversas figuras del panorama de los Estados Unidos, como Abraham Lincoln (“Abraham Lincoln Walks at Midnight” [“Abraham Lincoln camina a media noche”]) y John Chapman (“Johnny Appleseed”), mezclando a menudo los hechos reales y el mito.

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Edwin Arlington Robinson (1869-1935)

Edwin Arlington Robinson fue el mejor poeta de las postrimerías del siglo XIX en los Estados Unidos. Igual que a Edgar Lee Masters, se le conoce sobre todo por sus breves e irónicos estudios del carácter de individuos ordinarios. Sin embargo, a diferencia de Masters, Robinson usa una métrica tradicional. Como en el poblado de Spoon River evocado por Masters, en el pueblo imaginario de Tilbury, creado por Robinson, las vidas transcurren con silenciosa desesperación.

Algunos de los monólogos dramáticos de Robinson más conocidos son: “Luke Havergal” (1896), donde relata el caso de un amante abandonado; “Miniver Cheevy” (1910), que es el retrato de un soñador romántico; y “Richard Cory” (1896), la semblanza sombría de un hombre rico que finalmente se suicida:

Cada vez que Richard Cory iba a
   la ciudad,
Lo mirábamos los transeúntes al
   pasar:
De pies a cabeza lucía su
   caballerosidad,
Pulcro, distinguido y de esbeltez
   imperial.
 
Su porte era siempre tranquilo y
   sereno,
Y tenía un tono humanitario al
   hablar;
Sus “buenos días” eran como un
   gorjeo ameno,
Y todo su ser resplandecía al
   caminar.
 
Además era rico —sí, aún más
   rico que un rey—
De admirable educación
   y refinada gracia:
Todo en él se asemejaba al
   metal de buena ley
Y deseábamos ser como él con
   ambiciosa audacia.
 
Trabajábamos, esperando
   la luz en vano;
Sin carne que comer,
   maldecíamos el pan
   con tristeza;
Y Richard Cory, una noche
   tranquila de verano,
se fue a su casa y se pegó un
   tiro en la cabeza.

El poema “Richard Cory” ocupa un lugar destacado, al lado de Martin Eden, An American Tragedy y The Great Gatsby, como una vigorosa advertencia contra el mito del éxito, tan inflado a fin de cuentas, que se propagó como una verdadera plaga entre la población de los Estados Unidos durante la época de los millonarios.

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DOS NOVELISTAS REGIONALES DEL SEXO FEMENINO

Las novelistas Ellen Glasgow (1873-1945) y Willa Cather (1873-1947) exploraron la vida de las mujeres y la presentaron en entornos regionales evocados con brillantez. Ninguna de ellas se propuso abordar de un modo específico los temas de la mujer; en sus primeras obras casi siempre presentaron protagonistas masculinos y no fue sino hasta que adquirieron confianza artística y madurez cuando se decidieron a describir vidas de mujeres. Sólo se las puede calificar como “escritoras femeninas” en un sentido descriptivo, ya que sus obras resisten todo intento de clasificación.

Glasgow nació en Richmond, Virginia, la antigua capital de la Confederación del Sur. En sus novelas realistas examina la transformación de esa región del país, cuando su economía rural se convirtió en industrial. Sus obras maduras, como Virginia (1912), se centran en la experiencia del Sur, pero en otras novelas posteriores, como Barren Ground (Terreno yermo, 1925) —reconocida como su mejor obra— presenta con tintes dramáticos la historia de mujeres dotadas de talento que luchan por superar el claustrofóbico código tradicional de la región, que le imponía a la mujer la domesticidad, la vida devota y la dependencia.

Cather, también nacida en Virginia, creció en las praderas de Nebraska en medio de inmigrantes pioneros a los que más tarde inmortalizaría en O Pioneers! (¡Oh pioneros!, 1913), My Antonia (Mi Antonia, 1918) y en su muy conocido relato “Neighbour Rosicky” (“El vecino Rosicky”, 1928). A través del tiempo se apartó cada día más del materialismo de la vida moderna y escribió sobre una visión alternativa en el Sudoeste de los Estados Unidos y en el pasado. En Death Comes for the Archbishop (La muerte viene por el arzobispo, 1927), evoca el idealismo de dos sacerdotes del siglo XVI que propagaron la fe católica en el desierto de Nuevo México. Cather exalta en sus obras varios aspectos importantes de la experiencia de los Estados Unidos ajenos a la corriente principal de la literatura: la labor de los pioneros, la instauración de la religión y la vida independiente de las mujeres.

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EL ASCENSO DE LA LITERATURA NEGRA DE LOS ESTADOS UNIDOS

Los logros literarios de los estadounidenses de origen africano figuraron entre los acontecimientos más sorprendentes de la literatura posterior a la Guerra Civil. En los escritos de Booker T. Washington, W.E.B. DuBois, James Weldon Johnson, Charles Waddell Chesnutt, Paul Laurence Dunbar y otros, se afianzan las raíces de la literatura negra de los Estados Unidos, sobre todo en los géneros de autobiografía, literatura de protesta, sermones, poesía y canción.

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Booker T. Washington (1856-1915)

Booker T. Washington, pedagogo y el más eminente de los líderes negros de su época, era hijo de una esclava negra y un hombre blanco esclavista y creció como esclavo en el condado de Franklin, Virginia. En su excelente y sencilla autobiografía, Up From Slavery (El ascenso desde la esclavitud, 1901), relata el éxito de su lucha por la superación personal. Gozó de renombre por sus esfuerzos para mejorar las condiciones de vida de los afro-estadounidenses; su política de acomodo con los blancos —un intento de incorporar a la corriente principal de la sociedad del país a los estadounidenses negros recién liberados— quedó plasmada en su famoso Discurso en la Exposición de Atlanta (1895).

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W.E.B. Du Bois (1868-1963)

Nacido en Nueva Inglaterra y educado en la Universidad Harvard y la Universidad de Berlín (Alemania), W.E.B. DuBois fue autor de “Of Mr. Booker T. Washington and Others” (“Sobre el Sr. Booker T. Washington y otros”), un ensayo que después fue incluido en la colección reunida en su memorable libro The Souls of Black Folk (Las almas de la gente negra, 1903). DuBois demostró con lujo de detalles que Washington, a pesar de sus muchos logros positivos, aceptó en realidad la segregación —es decir, el trato desigual y por separado para los estadounidenses negros— y que, de un modo inevitable, la segregación colocaría a éstos en un plano de inferioridad, sobre todo en educación. DuBois, uno de los fundadores de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP por sus siglas en inglés), también escribió textos donde valora con sensibilidad las tradiciones y la cultura de los estadounidenses de origen africano; su labor ayudó a que los intelectuales de su raza descubrieran de nuevo la riqueza de su literatura y su música folclórica.

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James Weldon Johnson (1871-1938)

Como en el caso de DuBois, el poeta James Weldon Johnson encontró inspiración en los cantos espirituales afro-estadounidenses. En su poema “O Black and Unknown Bards” (“¡Oh bardos negros y desconocidos!”, de 1917), nos pregunta:

¿Qué esclavo desbordó su corazón en una
   melodía
Como “El rapto hacia Jesús”? En sus notas
   serenas,
Su espíritu flotaba libre en la noche, aunque
   él sentía
Atadas las manos con el rigor de las cadenas.

De origen mixto, de blancos y negros, Johnson exploró el complejo tema de la raza en su obra novelada, Autobiography of an Ex-Colored Man (Autobiografía de un hombre que era de color, 1912), cuyo protagonista es un hombre de raza mestiza que logra hacerse “pasar” por blanco (ser aceptado como tal). El libro transmite con eficacia la preocupación de los estadounidenses negros por los problemas de su identidad en los Estados Unidos.

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Charles Waddell Chesnutt (1858-1932)

Autor de dos colecciones de relatos —The Conjure Woman (Las mujeres de la conjura, 1899) y The Wife of His Youth (La esposa de su juventud, 1899)— además de varias novelas, entre ellas The Marrow of Tradition (La médula de la tradición, 1901), y una biografía de Frederick Douglass, Charles Waddell Chesnutt se adelantó a su época. En sus narraciones sondeó el tema de la raza, pero supo evitar los finales previsibles y el sentimentalismo en general; sus personajes son individuos definidos que adoptan actitudes complejas frente a muchas cosas, entre ellas la raza. Chesnutt muestra a menudo la fortaleza de la comunidad negra y afirma los valores éticos y la solidaridad racial.
 

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