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Í N D I C E
Capítulo 1:
Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776
Capítulo 2:
El origen democrático y los escritores revolucionarios, 1776-1820
Capítulo 3:
El periodo romántico, 1820-1860: Ensayistas y poetas
Capítulo 4:
El periodo romántico, 1820-1860: Ficción
Capítulo 5:
El ascenso del realismo: 1860-1914
Capítulo 6:
El Modernismo y la experimentación: 1914-1945
Capítulo 7:
Poesía estadounidense, 1945-1990: La antitradición
Capítulo 8:
Prosa estadounidense, 1945-1990: Realismo y experimentación
Capítulo 9:
Poesía contemporánea de Estados Unidos
Capítulo 10:
Literatura contemporánea de Estados Unidos
Glosario
Bibliografía (en inglés)
Derechos de autor
PUBLICACIÓN RELACIONADA
La literatura de EE.UU. en síntesis
 
(Publicado en diciembre de 2006)

Poesía estadounidense, 1945-1990:
La antitradición

Secciones y autores:
El tradicionalismo
   Robert Lowell

Los poetas idiosincrásicos
   Sylvia Plath
   Anne Sexton
   John Berryman
   Theodore Roethke
   Richard Hugo
   Philip Levine
   James Dickey
   Elizabeth Bishop y Adrienne Rich

La poesía experimental
   La Escuela de Black Mountain
   La Escuela de San Francisco
   Los poetas beats
   La Escuela de Nueva York
   Surrealismo y existencialismo

La poesía de mujeres y el feminismo

Poetas multiétnicos
   La poesía de chicanos y latinos
   La poesía de los norteamericanos nativos
   La poesía afro-estadounidense
   La poesía de los estadounidenses de origen asiático

La escuela del lenguaje, experimentación y nuevo formalismo
Robert Lowell
Robert Lowell (© AP Images)
Sylvia Plath
Sylvia Plath (© AP Images)
Elizabeth Bishop
Elizabeth Bishop (© AP Images)
Allen Ginsberg
Allen Ginsberg (© AP Images)
John Ashbery
John Ashbery (© AP Images)
Nikki Giovanni
Nikki Giovanni (© AP Images)
Maya Angelou
Maya Angelou (© AP Images)
Maxine Hong Kingston
Maxine Hong Kingston (© AP Images)

Las formas e ideas tradicionales parecieron perder su significado para muchos poetas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX. Los hechos ocurridos después de la Segunda Guerra Mundial produjeron en muchos escritores la sensación de que la historia es discontinua, es decir, que cada acto, emoción y momento debe considerarse como un evento único. El estilo y la forma se veían ahora como cosas provisionales y momentáneas, como un reflejo del proceso de composición y de la conciencia de sí mismo del propio autor. Las categorías de expresión habituales se volvieron sospechosas y la originalidad se fue convirtiendo en una nueva tradición.

El rompimiento con lo tradicional cobró ímpetu en 1957, con el juicio del poema “Howl” (Aullido) de Allen Ginsberg bajo cargos de obscenidad. Cuando la oficina de aduanas de San Francisco secuestró el libro, la editorial que lo publicó, City Lights de Lawrence Ferlinghetti, interpuso una demanda. Durante ese tristemente célebre proceso judicial, varios críticos famosos defendieron la apasionada crítica social de Howl, alegando que los méritos literarios del poema lo redimían. El triunfo de Howl sobre los censores ayudó a lanzar a la fama a los rebeldes poetas beat, en particular a Ginsberg y sus amigos Jack Kerouac y William Burroughs.

No es difícil encontrar las causas históricas de esta disociación de la sensibilidad en Estados Unidos: la Segunda Guerra Mundial misma influyó, así como la irrupción del consumismo y el anonimato en la sociedad urbana de masas, los movimientos de protesta de la década de 1960, los 10 años del conflicto de Vietnam, la Guerra Fría, las amenazas al medio ambiente... el catálogo de los traumas sufridos por la cultura del país es largo y variado. No obstante, el cambio que produjo mayor transformación en la sociedad estadounidense fue el auge de los medios de comunicación masiva y la cultura de masas. Primero la radio, luego el cine y por último la televisión con su presencia ubicua y todopoderosa, transformaron la vida de la nación desde su raíz. Después de haber sido una cultura de élite, ilustrada y de carácter privado basada en el libro y la lectura, Estados Unidos llegó a ser una cultura en sintonía con la voz de la radio, la música de los discos compactos y casetes, el cine y las imágenes de la pantalla de televisión.

La poesía de Estados Unidos recibió la influencia directa de los medios de comunicación masiva y la tecnología electrónica. Se empezó a disponer de películas, videocintas y grabaciones sonoras de lecturas de poesía y entrevistas con poetas, y los nuevos métodos fotográficos baratos para imprimir libros alentaron a los poetas jóvenes a publicar por su cuenta y a los editores jóvenes a fundar revistas literarias, de las cuales había más de 2.000 en 1990.

Al mismo tiempo, los estadounidenses se dieron cuenta con desazón de que la tecnología, tan útil como herramienta, podía ser utilizada para manipular la cultura. A los que buscaban otras opciones, la poesía les pareció más relevante que antes porque brindaba a la gente un medio para expresar su vida subjetiva y describir el impacto de la sociedad de masas y la tecnología sobre el individuo.

Multitud de estilos, algunos de tipo regional y otros asociados a escuelas o poetas célebres, se disputaban la atención; después de la Segunda Guerra Mundial, la poesía estadounidense se descentralizó, mostró gran diversidad y se tornó difícil de resumir. Sin embargo, para los fines de esta exposición se la puede ubicar en un espectro con tres áreas que se superponen: la poesía tradicional en un extremo, la experimental en el otro y la idiosincrásica en el centro. Los poetas tradicionales han mantenido las tradiciones poéticas o las han revitalizado. Los poetas idiosincrásicos han usado tanto las técnicas tradicionales como las innovadoras para crear voces únicas. Los poetas experimentales han buscado nuevos estilos culturales.

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EL TRADICIONALISMO

Entre los escritores partidarios de la tradición figuran los maestros reconocidos del discurso y las formas ya establecidas que escribían con una habilidad fácil de reconocer, recurriendo a menudo a la rima o a un patrón métrico fijo. Muchos provenían de la costa oriental o del sur del país y eran profesores de escuelas superiores y universidades. Tal es el caso de Richard Eberhart y Richard Wilbur; los poetas fugitivos más viejos, como John Crowe Ransom, Allen Tate y Robert Penn Warren; poetas más jóvenes tan diestros como John Hollander y Richard Howard; y Robert Lowell en su primera época. Todos fueron reconocidos en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y sus obras figuraban a menudo en antologías.

En el capítulo anterior se habló del refinamiento, el respeto a la naturaleza y los valores profundamente conservadores de los poetas fugitivos. Las mismas cualidades se perciben en gran parte de la poesía orientada hacia formas tradicionales. En general, los poetas tradicionalistas eran precisos, realistas e ingeniosos; muchos de ellos, como Richard Wilbur (1921- ), acusaron la influencia de los poetas metafísicos ingleses tan alabados por T.S. Eliot. El poema más famoso de Wilbur, “A World Without Objects Is a Sensible Emptiness” (“Un mundo sin objetos es un vacío sensato”, 1950), tomó su título de una idea del poeta metafísico inglés del siglo XVII Thomas Traherne. En su vivaz inicio ilustra la claridad que algunos poetas han hallado en la rima y la regularidad formal:

        Los altos camellos del espíritu
    Cruzan ruidosos la última arboleda rumbo a
    sus desiertos calcinantes,
Con el chirriar de sierra de la langosta,
    hacia la miel rotunda del árido
        Sol. Avanzan lentos, arrogantes...

A diferencia de muchos partidarios de la experimentación que recelaban de los giros “demasiado poéticos”, los poetas tradicionales se solazaban con las líneas poéticas resonantes. Robert Penn Warren (1905-1989) finalizó un poema con estas palabras: “Amar al mundo de tal modo, que al fin podamos creer en Dios”. El final de un poema de Allen Tate (1899-1979) dice así: “¡Centinela de la tumba que llevas la cuenta de todos!”. A veces los poetas tradicionales usaron también giros un tanto retóricos, con voces arcaicas o extrañas y muchos adjetivos (por ejemplo, “el sepulcral búho”) e inversiones en las que se altera artificialmente el orden natural de las palabras en el habla inglesa. A veces se logra con esto un efecto noble, como en el verso de Warren, pero en otros casos el poema parece ampuloso y carente de emoción auténtica, como en este verso de Tate: “Con fatuidad, de los hierofantes las orlas palpó”.

En ciertos casos, como en la obra de Hollander, Howard y James Merrill (1926-1995), el discurso deliberado se conjuga con ingenio, juegos de palabras y alusiones literarias. Merrill, quien era innovador en sus temas urbanos, sus versos sin rima, sus temas personales y su ligero tono coloquial, hizo gala del ingenio habitual de los tradicionalistas en “The Broken Heart” (“El corazón roto”, 1966), donde describe un matrimonio como si fuera un cóctel:

Siempre es la vieja historia...
El Padre Tiempo y la Madre Tierra:
Un matrimonio “en las rocas”.

La evidente fluidez y la pirotecnia verbal de algunos poetas, como Merrill y John Ashbery, los llevaron al éxito en términos tradicionales a pesar de que redefinieron la poesía en formas radicalmente novedosas. La gracia estilística hizo que algunos poetas parecieran más tradicionales de lo que eran en realidad, como ocurrió con Randall Jarrell (1914-1965) y A.R. Ammons (1926-2001). Ammons creó intensos diálogos entre la humanidad y la naturaleza; Jarrell incursionó en la conciencia cautiva de los desposeídos: mujeres, niños y soldados condenados, como en “The Death of the Ball Turret Gunner” (“La muerte del artillero de la torreta”, 1945):

Desde el sueño de mi madre caí dentro
   del Estado
Y me acurruqué en su vientre hasta que mi
   húmeda piel se congeló.
A seis millas de la tierra y libre ya de su sueño
   de vida,
Desperté a la negrura de la defensa antiaérea y
   los bombarderos de pesadilla.
Me sacaron muerto de la torreta
   con el chorro de una manguera.

Aunque muchos poetas tradicionales usaron la rima, no todos los poemas rimados eran tradicionales en su tono o en su tema. La poeta Gwendolyn Brooks (1917-2000) describió la dificultad que implica vivir –y no digamos escribir– en los barrios bajos urbanos. En “Kitchenette Building” (“Edificio con cocinetas”, 1945), nos pregunta cómo

es posible que se encumbre un
   sueño entre efluvios de cebolla
Y sus tonos blanco y violeta
   compitan con las papas fritas
Mientras la basura de ayer se
   fermenta en el pasillo...

Muchos poetas, entre ellos Brooks, Adrienne Rich, Richard Wilbur, Robert Lowell y Robert Penn Warren, escribían al principio en forma tradicional con rima y métrica, pero las desecharon en la década de 1960 bajo la presión de los acontecimientos públicos y la tendencia gradual que imponía formas abiertas.

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Robert Lowell (1917-1977)

El poeta más importante de ese periodo, Robert Lowell, comenzó en el estilo tradicional, pero luego fue influido por corrientes experimentales. En virtud de que su vida y su obra abarcaron el periodo entre los antiguos maestros del modernismo como T.S. Eliot y los escritores antitradicionales recientes, su carrera permite ubicar el experimentalismo ulterior en un contexto más amplio.

Lowell encaja en el molde del escritor académico: blanco, varón, protestante de nacimiento con buena educación y nexos con los círculos políticos y sociales reconocidos. Era descendiente de la respetable familia de los brahmines de Boston entre cuyos miembros figuraron el célebre poeta del siglo XIX James Russell Lowell y un rector de la Universidad de Harvard en el siglo XX.

Sin embargo, Robert Lowell halló su identidad fuera de la élite de la cual provenía. Dejó Harvard y estudió en la Escuela Superior Kenyon de Ohio, donde rechazó su legado puritano ancestral y se convirtió al catolicismo. Pasó un año en la cárcel a causa de su oposición a la Segunda Guerra Mundial por motivos de conciencia y más tarde protestó públicamente contra el conflicto de Vietnam.

Los primeros libros de Lowell, Land of Unlikeness (La tierra de lo improbable, 1944) y Lord Weary’s Castle (El castillo de Lord Weary, 1946), con el que ganó el premio Pulitzer, revelaron su gran dominio de las formas y estilos tradicionales, hondura de sentimientos y una visión intensamente personal aunque histórica. La violencia y especificidad de sus primeras obras son irresistibles en poemas como “Children of Light” (“Hijos de la luz”, 1946), una severa condena contra los puritanos que asesinaban indígenas y cuyos descendientes quemaban los excedentes de cereal en lugar de donarlos a pueblos hambrientos. Lowell escribe: “Nuestros antepasados amasaron su pan a partir de ruinas y despojos / Y cercaron sus huertos con los huesos de los Hombres Rojos”.

El siguiente libro de Lowell, The Mills of the Kavanaughs (Los molinos de los Kavanaugh, 1951), presenta conmovedores monólogos dramáticos donde los miembros de su familia revelan su ternura y sus debilidades. Como siempre, su estilo mezcla lo humano con lo majestuoso; usa a menudo la rima tradicional, pero su estilo coloquial la disfraza a tal grado que acaba por parecer sólo una melodía de fondo. Sin embargo, la poesía experimental fue la que dio a Lowell oportunidad de encontrar su estilo creativo individual.

Lowell oyó por primera vez la nueva poesía experimental en una gira de lecturas que realizó a mediados de la década de 1950. Los poemas aún inéditos Howl de Allen Ginsberg y Myths and Texts (Mitos y textos) de Gary Snyder, todavía anónimos, eran leídos y cantados en los cafés de un barrio de San Francisco conocido como North Beach, a veces con acompañamiento de jazz. Lowell sintió que junto a esas obras hasta sus mejores poemas eran demasiado pomposos, retóricos y atados a lo convencional. Cuando los leyó en voz alta les hizo correcciones espontáneas para darles un tono más coloquial. “Mis poemas me parecieron monstruos prehistóricos que se arrastraban hacia un pantano y se ahogaban bajo su pesada armadura”, escribiría más tarde. “Estaba recitando cosas que ya no sentía”.

En ese momento, como lo harían muchos otros poetas después, Lowell aceptó el reto de aprender las lecciones de la tradición rival en el país: la escuela de William Carlos Williams. “Es como si ningún poeta, salvo Williams, hubiera visto en realidad a Estados Unidos o hubiera oído su lenguaje”, escribió Lowell en 1962. A partir de entonces cambió drásticamente su modo de escribir y empezó a usar los “rápidos cambios de tono, atmósfera y velocidad” que más admiraba en Williams.

Lowell descartó muchas de sus oscuras alusiones; sus rimas se tornaron parte integral de la experiencia interna del poema y dejaron de ser algo superpuesto al mismo. También la estructura estrófica se derrumbó y surgieron nuevas formas de improvisación. Con Life Studies (Estudios de la vida, 1959) inauguró la poesía confesional, una nueva modalidad donde expuso al desnudo sus problemas personales más acuciantes con gran franqueza e intensidad. En esencia no sólo descubrió su individualidad, sino la exaltó en sus manifestaciones más difíciles y privadas. Así se transformó en un contemporáneo que manejaba con soltura los conceptos del yo, lo fragmentario y la forma concebida como proceso.

La transformación de Lowell fue un momento decisivo para la poesía de la postguerra y abrió el camino a muchos escritores más jóvenes. En For the Union Dead (Para los muertos de la Unión, 1964), Notebook 1967-68 (Cuaderno de apuntes 1967- 68, 1969) y sus libros posteriores prosiguió sus exploraciones autobiográficas y sus innovaciones técnicas a partir de su experiencia con el psicoanálisis. La poesía confesional de Lowell ha ejercido una influencia particular. Las obras de John Berryman, Anne Sexton y Sylvia Plath (las dos últimas fueron sus discípulas), para citar sólo unas cuantas, serían imposibles de imaginar sin Lowell.

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LOS POETAS IDIOSINCRÁSICOS

Además de Plath y Sexton, otros poetas que desarrollaron un estilo único a partir de la tradición, pero llevaron ésta por nuevos rumbos con un sabor claramente contemporáneo son John Berryman, Theodore Roethke, Richard Hugo, Philip Levine, James Dickey, Elizabeth Bishop y Adrienne Rich.

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Sylvia Plath (1932-1963)

La vida de Sylvia Plath fue ejemplar en su aspecto externo: alumna becaria de la Escuela Superior Smith, se graduó como la primera de su clase y ganó una subvención Fulbright para estudiar en la Universidad de Cambridge en Inglaterra. Allí conoció al poeta Ted Hughes, un hombre carismático con quien se casó, tuvo dos hijos y se estableció en una casa de campo en aquel país.

Sin embargo, detrás de esos éxitos de cuento de hadas bullían problemas psicológicos no resueltos que la autora evocó en su muy amena novela The Bell Jar (La campana de cristal, 1963). Algunos de sus problemas eran de tipo personal, pero otros se debían a su percepción de las actitudes represivas de los años 50 contra las mujeres. Por ejemplo, la creencia –que muchas mujeres compartían– de que la mujer no debía manifestar sentimientos de ira ni tener la ambición de hacer carrera, pues su satisfacción la debía hallar atendiendo a su esposo y sus hijos. Las mujeres de éxito en su profesión, como Sylvia Plath, sentían que su vida era una contradicción.

La vida color de rosa de Plath se derrumbó cuando se separó de Hughes y tuvo que atender sola a sus hijos pequeños en un apartamento de Londres durante un invierno sumamente frío. Enferma, aislada y presa del desaliento, trabajó a marchas forzadas en una serie de poemas notables y se suicidó con el gas de su cocina. Esos poemas fueron reunidos en el volumen Ariel (1965) dos años después de la muerte de la autora. Robert Lowell, quien escribió la introducción, comentó el rápido desarrollo de la poesía de Plath desde la época en que ella y Anne Sexton asistieron a las clases de poesía que él impartió en 1958.

Los primeros poemas de Plath eran tradicionales y de buena factura, pero en sus últimas obras se percibe un brío desesperado y el grito de angustia de un feminismo embrionario. En “The Applicant” (“La solicitante”, 1966), Plath expone la vacuidad del papel actual de una esposa (quien no es más que un ente impersonal inanimado):

Una muñeca viviente por donde la mires.
Es algo que sabe coser, cocinar.
Y sabe hablar, hablar, hablar.
 
Y funciona, eso no está mal.
Si tienes antojo, es la cataplasma.
Para tus ojos, es una imagen.
Muchacho, es el último recurso.
Cásate con eso, cásate, cásate.

Plath se atreve a emplear el lenguaje de las rimas infantiles en forma directa y brutal. Tiene gran habilidad para usar imágenes audaces tomadas de la cultura popular. Acerca de un recién nacido, escribe: “El amor te puso en marcha como a un regordete reloj de oro”. En “Daddy” (“Papaíto”) imagina a su padre como el Drácula de las películas: “Hay una estaca clavada en tu obeso y negro corazón / Y los aldeanos nunca te quisieron”.

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Anne Sexton (1928-1974)

Igual que Sylvia Plath, Anne Sexton era una mujer apasionada que trató de ser esposa, madre y poeta en vísperas del movimiento feminista en Estados Unidos. Como Plath, padeció también una enfermedad mental y al final se suicidó.

La poesía confesional de Sexton es más autobiográfica que la de Plath y carece de la cuidadosa factura que su colega mostró en sus primeras obras. Sin embargo los poemas de Sexton apelan poderosamente a las emociones y enfocan de cerca cuestiones que eran tabú. En ellos presenta a menudo con audacia los temas de su género como la maternidad, el cuerpo femenino o el matrimonio desde el punto de vista de la mujer. En poemas como “Her Kind” (“Una de ellas”, 1960), Sexton se identifica con una bruja que muere quemada en la hoguera:

Yo he viajado en tu carro, carretero,
alcé los brazos frente a cada aldea,
aprendiendo la senda final reluciente,
donde aún muerde mi muslo la llama de
   tu hoguera
y crujen mis costillas al girar de tus ruedas.
La muerte no avergüenza a una mujer
   como esa.
Yo he sido una de ellas.

Los títulos de las obras de Sexton revelan su interés por la locura y la muerte. Entre ellas figuran To Bedlam and Part Way Back (Al manicomio y parte del regreso, 1960), Live or Die (Vive o muere, 1966) y el libro póstumo The Awful Rowing Toward God (El pavoroso bogar hacia Dios, 1975).

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John Berryman (1914-1972)

En varios aspectos, John Berryman y Robert Lowell tuvieron vidas paralelas. Nacido en Oklahoma, Berryman estudió en el nordeste del país; fue a la escuela preparatoria y a la Universidad Columbia, y después fue becario de la Universidad de Princeton. Especialista en las formas y la métrica tradicionales, se inspiró en la historia antigua de Estados Unidos y escribió poemas confesionales y autocríticos en su Dream Songs (Canciones de sueño, 1969). Allí presenta un grotesco personaje autobiográfico llamado Henry y reflexiona sobre su propia rutina como maestro, su alcoholismo crónico y su ambición.

Como su contemporáneo Theodore Roethke, Berryman adquirió un estilo dúctil y travieso, pero profundo, que se anima con expresiones tomadas del folclor, rimas infantiles, lugares comunes y modismos populares. Berryman escribe que Henry “Se quedó mirando a la ruina. Y la ruina lo miró a su vez”. En otro pasaje comenta con ingenio: “¡Ah, qué diantre! / ¿Cuándo llegará la indiferencia? Yo gimo y desespero”.

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Theodore Roethke (1908-1963)

Hijo del dueño de un vivero, Theodore Roethke creó un lenguaje especial para evocar el “mundo de invernadero” donde viven insectos diminutos y raíces nunca vistas: “Gusano, quédate conmigo. / Este es mi momento difícil”. En los poemas de amor que reunió en Words for the Wind (Palabras para el viento, 1958) exalta la belleza y el deseo con pasión inocente; uno de ellos empieza así: “Conocí a una mujer amorosa hasta los huesos; / Cuando un ave pequeña suspiraba, ella le devolvía el suspiro”. Sus poemas se asemejan a veces a una taquigrafía de la naturaleza o a antiguas adivinanzas: “¿Quién asombró al polvo hasta volverlo ruido? / Pregunten al topo, él sí lo sabe”.

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Richard Hugo (1923-1982)

Richard Hugo nació en Seattle, Washington y estudió bajo la guía de Theodore Roethke. Creció en la pobreza, en ambientes urbanos muy precarios, y fue magistral al expresar las esperanzas, temores y frustraciones de la clase trabajadora, usando como telón de fondo el noroeste de Estados Unidos.

Hugo escribió nostálgicos poemas confesionales en audaces versos yámbicos acerca de los pueblos míseros y olvidados de esa región del país. Supo describir la vergüenza, el fracaso y los raros momentos de aceptación que se logran a través de las relaciones humanas. Él supo atraer la atención del lector hacia detalles minúsculos, al parecer sin importancia, para así expresar otras cosas más significativas. “What Thou Lovest Well, Remains American” (“Lo que tú tanto amas sigue siendo estadounidense”, 1975) termina cuando un personaje evoca recuerdos de su viejo pueblo natal como si fueran un manjar:

si un día estás varado
     en un pueblo ajeno y vacío,
necesitas amantes hambrientos
     que sean tus amigos y apeteces
     sensaciones,
serás bienvenido al club
     callejero que ellos formaron.
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Philip Levine (1928- )

Nacido en Detroit, Michigan, Philip Levine aborda sin rodeos las penurias económicas de los trabajadores por medio de agudas observaciones, indignación y una dolorosa ironía. Igual que Hugo, Levine surgió de un medio urbano pobre y ha sido la voz del individuo solitario atrapado en el sector industrial del país. Gran parte de sus poemas son sombríos y reflejan su tendencia al anarquismo, aunque comprende que los sistemas de gobierno van a perdurar.

En un poema, Levine se compara con un zorro que logra sobrevivir en un peligroso mundo de cazadores gracias a su valor y su astucia. En cuanto a su patrón rítmico, él ha recorrido un largo trecho desde la métrica tradicional de sus obras tempranas hasta el verso más libre y abierto que cultiva en su poesía más reciente, en la que expresa su protesta solitaria contra los males del mundo contemporáneo.

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James Dickey (1923-1997)
El novelista y ensayista James Dickey, nacido en Georgia, también es poeta. En la Universidad Vanderbilt recibió clases del poeta agrario y crítico Donald Davidson, quien lo alentó a orientar su sensibilidad hacia su tradición sureña. Igual que Randall Jarrell, Dickey fue piloto en la Segunda Guerra Mundial y escribió sobre la agonía que implica la guerra.

Como novelista y poeta, a Dickey lo inquietó a menudo el esfuerzo extenuante: rebasando sus propias fuerzas con desesperación / haciendo más de lo que se requiere”. Su anhelo era dar nueva vitalidad al contacto con el mundo; un contacto que buscó en la naturaleza (los animales, el reino salvaje), la sexualidad y el ejercicio físico. La novela de Dickey Deliverance (Liberación, 1970), que se desarrolla en una agreste barranca fluvial del sur, explora la lucha por la supervivencia y el lado oscuro del sometimiento masculino. Cuando el argumento fue filmado y el poeta mismo representó el papel de un alguacil del Sur, su fama aumentó gracias a la novela y a la película. Aun cuando Selected Poems (Poemas selectos, 1998) incluye obras posteriores, la celebridad de Dickey se basa principalmente en su colección anterior Poems 1957-1967 (Poemas 1957-1967, 1967).

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Elizabeth Bishop (1911-1979) y Adrienne Rich (1929- )

En los últimos años, Elizabeth Bishop y Adrienne Rich han sido las más respetadas entre todas las mujeres poetas del grupo idiosincrásico. La diáfana inteligencia de Bishop y su interés por los paisajes lejanos y las metáforas de viaje atraen a los lectores por su exactitud y sutileza. A semejanza de su maestra Marianne Moore, Bishop escribió poemas de excelente calidad en un estilo frío y descriptivo que encierra una oculta profundidad filosófica. La descripción del gélido norte del Atlántico que presenta en “At the Fishhouses” (“En las casas de los peces”) se podría aplicar a la poesía de la propia Bishop: “Es como imaginamos que debe ser el conocimiento: / oscuro, salino, transparente, móvil y enteramente libre”.

Junto con Moore, Bishop puede ser incluida en una tradición de poesía femenina “fría” que se remonta a Emily Dickinson, en contraste con los poemas “cálidos” de Plath, Sexton y Adrienne Rich. A pesar de que Rich usó la forma y la métrica tradicionales en sus primeros poemas, sus obras reflejan fuertes emociones, sobre todo a partir de los años 80 cuando se convirtió en una ardiente feminista.

Rich tiene un genio especial para la metáfora, como se aprecia en su extraordinario poema “Diving Into the Wreck” (“La zambullida en el naufragio”, 1973), que evoca la búsqueda de identidad de la mujer como el acto de bucear en busca de un barco hundido. El poema “The Roofwalker” (“La que camina por el techo”, 1961), que dedicó a la poeta Denise Levertov, concibe el hecho de que una mujer escriba poesía como un oficio peligroso. Igual que los hombres cuando construyen un techo, ella dice que se siente “expuesta, más grande que el mundo real / y condenada a romperme el cuello”.

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LA POESÍA EXPERIMENTAL

La fuerza que se percibe detrás de los logros maduros de Robert Lowell y en gran parte de la poesía contemporánea se debe a la experimentación iniciada por varios poetas en la década de 1950. Todos pueden dividirse de modo informal en las cinco escuelas que Donald Allen describe en The New American Poetry 1945-60 (La nueva poesía estadounidense 1945-60, 1960). Esa fue la primera antología donde se presentó la obra de poetas que antes no habían sido tomados en cuenta ni por la crítica ni por la comunidad académica.

Inspirados por el jazz y la pintura expresionista abstracta, la mayoría de los escritores de tipo experimental pertenecen a la generación siguiente a la de Lowell. Tienden a ser intelectuales bohemios, partidarios de la contracultura, que se han desligado de las universidades y critican francamente a la sociedad “burguesa” de este país. Su poesía es audaz, original y a veces impactante. En su búsqueda de nuevos valores, declaran su afinidad con el mundo arcaico del mito, la leyenda y las sociedades tradicionales como las de los norteamericanos nativos. Las formas son menos rígidas, más espontáneas y orgánicas; surgen del tema mismo y de los sentimientos del autor al escribir el poema, con las pausas naturales del lenguaje hablado. Como lo comentó Allen Ginsberg en “Improvised Poetics” (“Poética improvisada”), “la primera idea es siempre la mejor”.

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La Escuela de Black Mountain

Este grupo surgió en torno de la Escuela Superior Black Mountain, una institución experimental de humanidades con sede en Asheville, Carolina del Norte, de la cual fueron profesores los poetas Charles Olson, Robert Duncan y Robert Creeley a principios de los años 50. Ed Dorn, Joel Oppenheimer y Jonathan Williams estudiaron allí; y Paul Blackburn, Larry Eigner y Denise Levertov publicaron sus obras en las revistas Origin y Black Mountain Review de esa institución. La Escuela de Black Mountain se asocia a la teoría del “verso proyectivo” de Charles Olson, quien insistía en una forma abierta, basada en la espontaneidad de las pausas para respirar propias del lenguaje hablado y los cambios de renglón de la máquina de escribir.

Robert Creeley (1926-2005), fue uno de los poetas mayores de Black Mountain y escribió en un estilo terso y minimalista. En “The Warning” (“La advertencia”, 1955), él concibe así la imaginación violenta y amorosa:

Por amor... te podría
partir la cabeza en dos y metería
una vela encendida
detrás de tus ojos.
 
El amor habrá muerto en los dos
si olvidamos el efecto
de virtud de un amuleto
y la ráfaga de una sorpresa.
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La Escuela de San Francisco

Las obras de la Escuela de San Francisco tienen una deuda considerable con las filosofías y religiones de Oriente y con la poesía de China y Japón. Esto no nos debe sorprender pues la influencia de Oriente siempre ha sido intensa en el oeste de Estados Unidos. Los alrededores de San Francisco —las montañas de la Sierra Nevada y el escarpado litoral— son bellos y majestuosos, y los poetas de la región suelen tener un interés profundo en la naturaleza. Muchos de sus poemas hablan de las montañas o se desarrollan en excursiones mochila al hombro. Esta poesía busca su fuente de inspiración en la naturaleza, no en la tradición literaria.

Algunos poetas de la Escuela de San Francisco son: Jack Spicer, Lawrence Ferlinghetti, Robert Duncan, Phil Whalen, Lew Welch, Gary Snyder, Kenneth Rexroth, Joanne Kyger y Diane diPrima. Muchos de ellos se identifican con la clase trabajadora. Con frecuencia su poesía es sencilla, accesible y optimista.

En su mejor expresión, como en la obra de Gary Snyder (1930- ), la poesía de la Escuela de San Francisco evoca el delicado equilibrio entre el individuo y el cosmos. En “Above Pate Valley” (“Sobre el Valle de Pate”, 1955) de Snyder, el poeta describe la situación de una cuadrilla de obreros que trabajan en la montaña y encuentran puntas de flechas de obsidiana fabricadas por tribus nativas ya extinguidas:

En una colina siempre nevada,
    salvo en verano,
Tierra de bien cebados ciervos
    de estío,
Llegaron a acampar por sus
Propios senderos. Yo seguí el
    mío
Hasta aquí. Recogí del suelo
    el frío barreno,
El zapapico, la barreta y el saco
De dinamita.
Diez mil años.
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Los poetas beats

La Escuela de San Francisco se fusionó con el grupo siguiente, el de los poetas “beats”, surgido en la década de 1950. El término beat sugiere indistintamente un compás musical acentuado como en el jazz, la beatitud angélica o la santidad, y “abatimiento”, es decir un estado de decaimiento o depresión. Los beats (beatniks) se inspiraban en el jazz, las religiones orientales y la vida errabunda. Todo eso fue descrito en la famosa novela de Jack Kerouac On the Road (En el camino), que causó sensación en 1957 cuando fue publicada. La novela es el relato de un viaje en automóvil a través del país en 1947 y fue escrita en tres frenéticas semanas, en un solo rollo de papel según lo que Kerouac llamó “prosa bop espontánea”. El estilo salvaje e improvisatorio, personajes hipermísticos y el rechazo a la autoridad y los convencionalismos encendieron la imaginación de los lectores jóvenes y ayudaron a poner en marcha la desenfadada contracultura de los años 60.

La mayoría de los beats importantes emigraron de la Costa Este a San Francisco y obtuvieron su primer reconocimiento nacional en California. El carismático Allen Ginsberg (1926-1997) llegó a ser el principal vocero del grupo. Hijo de un padre poeta y de una madre excéntrica comprometida con el comunismo, Ginsberg estudió en la Universidad Columbia, donde trabó amistad con sus compañeros Kerouac (1922- 1969) y William Burroughs (1914- 1977), entre cuyas violentas novelas de pesadilla sobre el submundo de los adictos a la heroína figura The Naked Lunch (El almuerzo desnudo, 1959). Estos tres personajes fueron el núcleo del movimiento beat.

Otros de sus miembros fueron el editor Lawrence Ferlinghetti (1919- ), cuya librería City Lights, establecida en la playa norte de San Francisco en 1951 llegó a ser un importante centro de reunión. Siendo uno de los poetas con mayor formación académica de mediados del siglo XX (recibió un doctorado por la Sorbona), la poesía meditativa, humorística y política de Ferlinghetti incluye A Coney Island of the Mind (Una Coney Island de la mente, 1958); Endless Life (Vida interminable, 1981) es el título de su selección de poemas.

Gregory Corso (1930-2001), un delincuente menor cuyo talento fue nutrido por los beats, es recordado por sus libros de poemas humorísticos, como “Marriage” (“Matrimonios”) que aparece en muchas antologías. Poeta dotado, traductor y crítico original, como se advierte en su atinada American Poetry in the Twentieth Century (Poesía estadounidense en el siglo XX, 1971), Kenneth Rexroth (1905-1982) representó el papel de estadista decano de la antitradición. Organizador laboral de Indiana, vio a los beats como una alternativa de la costa occidental frente al círculo literario establecido de la costa este. Él alentó a los beats con su ejemplo e influencia.

La poesía beat es oral, repetitiva e inmensamente eficaz en las lecturas, en gran parte porque surgió de las lecturas de poesía que se realizaban en los clubes underground. Algunos la podrían ver con acierto como la bisabuela de la música rap que se impuso en la década de 1990. La poesía beat fue la forma de literatura más contraria a las normas establecidas de Estados Unidos, pero detrás de sus ásperas palabras se esconde el amor a la patria. La poesía es un grito de dolor y de rabia por lo que los poetas interpretan como la pérdida de la inocencia del país y el trágico desperdicio de sus recursos humanos y materiales.

Poemas como Howl (1956) de Allen Ginsberg revolucionaron la poesía tradicional:

Vi a las mejores mentes de mi
    generación destruidas por la
    locura, muertos de hambre,
    desnudos e histéricos,
arrastrarse por las calles del negro
    al amanecer, en busca
    de un pinchazo iracundo,
inadaptados con cabeza de ángel
    que ardían ansiando un arcaico
    contacto celestial con la dínamo
    estrellada en la maquinaria de la
    noche...
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La Escuela de Nueva York

A diferencia de los poetas beat y los de San Francisco, a los de la Escuela de Nueva York no les interesaban las cuestiones expresamente morales y, en general, se mantenían al margen de los temas políticos. De todos los grupos, ellos eran los que tenían mejor educación formal.

Las principales figuras de la Escuela de Nueva York —John Ashbery, Frank O’Hara y Kenneth Koch— se conocieron cuando estudiaban la licenciatura en la Universidad de Harvard. Son la quintaesencia del personaje urbano, ecuánime y sin religión, ingenioso y dotado de una sofisticación aguda y suave. Sus poemas son muy ágiles, llenos de detalles urbanos, incongruencias y una sensación casi táctil de cancelación de las creencias.

La ciudad de Nueva York es el centro de las bellas artes en Estados Unidos y cuna del expresionismo abstracto, que fue una importante fuente de inspiración para esta poesía. La mayoría de los poetas trabajaban como críticos de arte o curadores de museos, o bien, colaboraban con pintores. Tal vez a causa de su afición por el arte abstracto que desconfía de la representación figurativa y del significado obvio, sus poemas suelen ser difíciles de entender, como los del periodo tardío de John Ashbery (1927- ), quien es tal vez el poeta más apreciado por la crítica en las postrimerías del siglo XX.

Los fluidos poemas de Ashbery recogen pensamientos y emociones que pasan tan fugaces por la mente, que su expresión directa no es posible. Su largo y profundo poema “Self-Portrait in a Convex Mirror” (“Autorretrato en un espejo convexo”, 1975), que ganó tres premios importantes, se desliza de un pensamiento a otro y a menudo contiene reflexiones sobre sí mismo:

       Un barco
Que vuela en colores
   desconocidos ha entrado
   al puerto.
Tú has permitido que asuntos
   impertinentes
Te despedacen el día...
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Surrealismo y existencialismo

En la antología donde define las nuevas escuelas, Donald Allen incluye un quinto grupo, pero sin adscripción de origen ya que carece de sustento geográfico claro. Este grupo indefinido incluye movimientos y experimentos recientes. Entre ellos tiene un sitio especial el surrealismo, el cual expresa el inconsciente por medio de vívidas imágenes de tipo onírico, y figura también gran parte de la poesía que ha florecido en los últimos años, escrita por mujeres y por miembros de grupos étnicos minoritarios. A pesar de sus diferencias superficiales, parece que los surrealistas, las feministas y los autores miembros de minorías tienen la misma sensación de estar al margen de la corriente principal de la literatura.

Si bien es cierto que T.S. Eliot, Wallace Stevens y Ezra Pound incorporaron las técnicas simbolistas a la poesía estadounidense en la década de 1920, el surrealismo —esa potente fuerza que animó la poesía y el pensamiento de Europa en la Segunda Guerra Mundial y después de ella— no se arraigó en Estados Unidos. No fue sino hasta los años 60 cuando el surrealismo (junto con el existencialismo) adquirió carta de naturalización en este país, sometido entonces a las tensiones del conflicto de Vietnam.

En la década de 1960 muchos escritores estadounidenses —W.S. Merwin, Robert Bly, Charles Simic, Charles Wright y Mark Strand, entre otros— volvieron la mirada al surrealismo de Francia, y sobre todo al de España, atraídos por su pureza emocional, sus imágenes arquetípicas y sus modelos de descontento existencial y oposición al racionalismo.

Los surrealistas como Merwin tienden a lo epigramático, como se aprecia en las siguientes líneas: “Los dioses son lo que nosotros no hemos podido ser / Si descubres que ya no tienes fe, agranda el templo”.

Con su surrealismo político, Bly criticó los valores que a su juicio tuvieron alguna influencia en la Guerra de Vietnam, en poemas como “The Teeth Mother Naked at Last” (“La madre dientes desnuda por fin”):

Gracias a que tenemos nuevos
   envases para las ostras
   ahumadas,
hoy aparecen cráteres de bombas
   en los arrozales.

La influencia surrealista predominante ha sido de índole más tranquila y contemplativa, como el poema que describe Charles Wright en “The New Poem” (“El nuevo poema”, 1973):

No se ocupará de nuestra tristeza.
No les dará consuelo a nuestros
   hijos.
Ni será capaz de ayudarnos.

El surrealismo de Mark Strand, como el de Merwin, tiene a menudo un aire de desolación y habla de una sensación extrema de pérdida. Ahora que las tradiciones, los valores y las creencias lo han defraudado, el poeta ya sólo cuenta con su propia alma, semejante a una caverna:

Tengo una llave
abro la puerta y entro.
Todo está oscuro y entro.
Se oscurece más y entro.
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LA POESÍA DE MUJERES Y EL FEMINISMO

En Estados Unidos, como en casi todas las naciones, la literatura se basó por largo tiempo en criterios que a menudo pasaban por alto las aportaciones de la mujer. Sin embargo, en las letras de este país hay muchas mujeres poetas dignas de mención. No todas han sido feministas ni expresan siempre el tema de las inquietudes femeninas. Además, las diferencias regionales, políticas y raciales han configurado su obra. Entre las mujeres poetas distinguidas figuran Amy Clampitt, Rita Dove, Louise Glück, Jorie Graham, Carolyn Kizer, Maxine Kumin, Denise Levertov, Audre Lorde, Gjertrud Schnackenberg, May Swenson y Mona Van Duyn.

Antes de la década de 1960, la mayoría de las mujeres poetas se apegaban a un ideal andrógino pues pensaban que el género no tenía influencia alguna en la excelencia artística. Esta posición de ignorar el género fue en realidad una forma incipiente de feminismo que permitió a las mujeres abogar por la igualdad de derechos. A fines de los años 60, las estadounidenses –muchas de ellas activas en la lucha por los derechos civiles y en las protestas contra el conflicto de Vietnam, o influidas por la contracultura– habían empezado a reconocer su propia marginación. En The Feminine Mystique (La mística femenina, 1963), publicada el año que Sylvia Plath se suicidó, Betty Friedan lamentó la triste condición de la mujer. En otro libro que hizo época, Sexual Politics (Política sexual, 1969), Kate Millett argumentó que en los escritos de varones se revelaba una persistente actitud misógina, es decir, de desprecio a la mujer.

En la década de 1970 se produjo una segunda oleada de crítica feminista tras la fundación de la Organización Nacional de la Mujer (NOW) en 1966. En A Literature of Their Own (Una literatura propia, 1977), Elaine Showalter identificó una importante tradición de autoras británicas y estadounidenses. Sandra Gilbert y Susan Gubar, en The Madwoman in the Attic (La loca del ático, 1979) siguieron el rastro de la misoginia hasta los autores clásicos ingleses y exploraron su impacto en la literatura de mujeres, como en Jane Eyre de Charlotte Brontë. En esa novela una esposa enloquece víctima del maltrato de su esposo y es encerrada en el ático; Gilbert y Gubar comparan las voces amordazadas de las mujeres en la literatura con ese personaje femenino clausurado.

Las críticas feministas de la segunda oleada impugnaron el canon aceptado de grandes obras, argumentando que las normas estéticas no son intemporales y universales sino arbitrarias, muy atadas a la cultura y patriarcales. El feminismo llegó a ser una fuerza impulsora de la igualdad de derechos en los años 70, no sólo en la literatura sino también en la cultura en general. En The Norton Anthology of Literature by Women (Antología Norton de literatura hecha por mujeres, 1985), Gilbert y Gubar facilitaron el estudio de la literatura femenina y así se apreció con nitidez una tradición de escritoras.

Otras poetas influyentes, anteriores a Sylvia Plath y Anne Sexton, fueron Amy Lowell (1874-1925), cuyas obras poseen una gran belleza sensual. Ella compiló importantes antologías imaginistas y presentó la poesía moderna de Francia y de China en traducciones para el mundo literario de habla inglesa. En sus obras exaltó el amor, el anhelo y el aspecto espiritual de la belleza humana natural y humana. H. D. (1886-1961), amiga de Ezra Pound y de William Carlos Williams que fue psicoanalizada por Sigmund Freud, escribió poemas cristalinos inspirados en la naturaleza, los clásicos griegos y el teatro experimental. Su poesía mística es una exaltación de las diosas. Las aportaciones de Lowell y H. D., así como las de otras mujeres poetas de los primeros años del siglo XX, como Edna St. Vincent Millay, sólo ahora empiezan a ser plenamente reconocidas

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POETAS MULTIÉTNICOS

La segunda mitad del siglo XX fue testigo de un renacimiento de la literatura multiétnica, el cual continuó hasta el siglo XXI. En los años 60, siguiendo los pasos de los afro-estadounidenses, los escritores étnicos de Estados Unidos comenzaron a atraer la atención del público. En los años 70 las universidades empezaron a impartir programas de estudios étnicos.

En la década de 1980 surgieron numerosos periódicos académicos, organizaciones profesionales y revistas literarias enfocadas en grupos étnicos. Se empezó a convocar a congresos dedicados al estudio de literaturas étnicas específicas y el canon de los “clásicos” se expandió para incluir autores étnicos, en antologías y listas de cursos. Entre los temas importantes figuraban ahora la raza y la etnia, la vida espiritual, los roles familiares y de género, así como el lenguaje.

La poesía de minorías ostenta la misma diversidad y a veces también la indignación de la literatura de mujeres. Ha florecido con autores estadounidenses de origen latino y chicano, como Gary Soto, Alberto Rios y Lorna Dee Cervantes; escritores norteamericanos nativos como Leslie Marmon Silko, Simon Ortiz y Louise Erdrich; poetas afroestadounidenses como Amiri Baraka (LeRoi Jones), Michael S. Harper, Rita Dove, Maya Angelou y Nikki Giovanni; y poetas de origen asiático como Cathy Song, Lawson Inada y Janice Mirikitani.

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La poesía de chicanos y latinos

La poesía de influencia española abarca la obra de muchos grupos diferentes. Algunos de ellos son los estadounidenses de origen mexicano conocidos desde los años 50 como “chicanos”, que viven desde hace muchas generaciones en los estados del Sudoeste ganados a México y anexados a Estados Unidos en la guerra que terminó en 1848.

Entre la población llegada del Caribe de habla española, los cubano- estadounidenses y los puertorriqueños mantienen tradiciones literarias vitales y distintivas. Por ejemplo, el genio cubano-estadounidense para la comedia distingue a esos escritores frente al lirismo elegíaco de autores chicanos como Rudolfo Anaya. Este ámbito literario se nutre y amplía sin cesar con la nueva inmigración procedente de México, Centroamérica, Sudamérica y España.

La poesía chicana o mexicano-estadounidense tiene una rica tradición oral en la forma del corrido o balada. Las obras germinales ponen de relieve la fuerza tradicional de la comunidad mexicana y la discriminación de la que a veces ha sido objeto entre los blancos. Esos poetas mezclan en ocasiones palabras en inglés y español en una fusión poética, como se aprecia en las obras de Alurista y Gloria Anzaldúa. Sus poemas acusan la fuerte influencia de la tradición oral y su efecto es muy potente cuando son leídos en voz alta.

Algunos poetas escriben sobre todo en español, siguiendo una tradición que se remonta a las antiguas obras épicas creadas en territorios que hoy pertenecen a Estados Unidos, como la Historia de la Nueva México, en la que Gaspar Pérez de Villagra rememora la batalla que sostuvieron en 1598 los invasores españoles y los indígenas pueblos en Acoma, Nuevo México.

Un texto de importancia medular para la poesía chicana es el poema de Rodolfo Gonzales (1928-2005) I Am Joaquin (Yo soy Joaquín), que evoca la aculturación; el narrador está “Perdido en un mundo de confusión / Atrapado en el torbellino de la sociedad gringa, / Confundido por los reglamentos...”.

Muchos escritores chicanos han encontrado una base de sustentación en sus antiguas raíces mexicanas. Al evocar la grandeza de México, Lorna Dee Cervantes (1954- ) escribe que “un corrido épico” canta en sus venas, y Luis Omar Salinas (1937- ) se ve a sí mismo como “un ángel azteca”.

Gran parte de la poesía chicana es muy personal pues se refiere a los sentimientos, a la familia o a los miembros de la comunidad. Gary Soto (1952- ) escribe sobre la antigua tradición de honrar a los antepasados muertos, pero este texto de 1981 describe el ambiente multicultural en el que viven hoy los estadounidenses:

Hay una vela encendida por los
   muertos
Dos mundos adelante de todos
   nosotros.

La poesía chicana logró nueva preeminencia en la década de 1980 y las obras de Cervantes, Soto y Alberto Rios figuraron en muchas antologías.

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La poesía de los norteamericanos nativos

Los indios norteamericanos han escrito poesía de excelente calidad, sin duda porque la tradición de los cantos de chamanes tiene un papel vital en su legado cultural. Sus poemas sobresalen por sus vívidas y amenas evocaciones del mundo natural, que a veces llegan a ser casi místicas. Los poetas indígenas expresan también el sentimiento trágico de la pérdida irreparable de su rica herencia tradicional.

Simon Ortiz (1941- ), perteneciente a la etnia pueblo de Acoma, extrae de la historia el tema de muchos de sus estremecedores poemas, en los que explora las contradicciones de ser un indígena norteamericano en Estados Unidos en la actualidad. Su poesía impugna a los lectores anglosajones pues les recuerda a menudo la injusticia y la violencia que ejercieron en una época contra la población nativa. En sus poemas evoca la armonía racial basada en una comprensión más profunda.

En “Star Quilt” (“El edredón de estrellas”), Roberta Hill Whiteman (1947- ), miembro de la tribu Oneida, imagina un futuro multicultural como un “edredón de estrellas, bordado con la luz del alba”; y Leslie Marmon Silko (1948- ), cuyos antepasados fueron indígenas pueblos de Laguna, emplea un léxico coloquial y relatos tradicionales para crear sus inquietantes poemas líricos. En “In Cold Storm Light” (“Bajo la fría luz de la tormenta”, 1981), Silko logra la resonancia de un haikú:

desde los gruesos hielos celestes
   corre veloz,
   retumbante,
   se arremolina sobre la copa de
   los árboles
Viene el alce de la nieve.
Y se mueve, se mueve
    blanca canción
    viento de tormenta en la
    enramada.

Louise Erdrich (1954- ) también es novelista como Silko y crea vigorosos monólogos teatrales que son verdaderos dramas comprimidos. En ellos describe en detalle a las familias que luchan contra el alcoholismo, el desempleo y la pobreza, en la reservación indígena Chippewa.

En “Family Reunion” (Reunión de familia, 1984), Erdrich presenta a un tío ebrio y abusivo que regresa de la ciudad después de varios años, aquejado de una enfermedad del corazón. El sobrino, que fue víctima de su abuso y es el narrador, recuerda cómo mató su tío a una gran tortuga, años atrás, introduciéndole un gran cohete. Al final, el poema compara al tío Ray con la tortuga que fue su víctima:

Hallamos de algún modo el
   camino de regreso, tío Ray
le canta una vieja canción al
   cuerpo que lo empuja
al hogar. Las grises aletas que son
   ahora sus manos sujetan sus
huesos al vehículo.
   Su rostro tiene la extraña
paciencia del niño que siempre
   dejó sin cuidados sus heridas,
o de una criatura que vivió
mucho tiempo bajo el agua.
   Y los ángeles vienen
a bajar sus desechos y basuras.
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La poesía afro-estadounidense

Los estadounidenses negros de nuestra época han creado muchos poemas de gran belleza que abarcan una amplia gama de temas y de tónicas. La literatura étnica afro-estadounidense es la más desarrollada de Estados Unidos y su diversidad es enorme. Amiri Baraka (1934- ), el poeta más conocido de esa etnia en las décadas de 1960 y 1970, también es autor de obras teatrales y ha tenido una participación activa en la política. Maya Angelou (1928- ) ha cultivado diversas formas literarias, incluso poesía, drama y sus muy conocidas memorias, I Know Why the Caged Bird Sings (Yo sé por qué canta el ave enjaulada, 1969).

Rita Dove (1952- ) fue nombrada poeta laureada de Estados Unidos en 1993-1995. Dove escribe también ficción y piezas teatrales, y en 1987 ganó el Premio Pulitzer por Thomas and Beulah (1986), una serie de poemas líricos en honor de sus abuelos. Según lo ha dicho, escribió esa obra para revelar la rica vida interior de la gente pobre.

También Michael S. Harper (1938- ) es autor de poemas donde se revela la compleja vida de los afroestadounidenses que son víctimas de la discriminación y la violencia. Sus poemas, densos y alusivos, presentan a menudo escenas dramáticas y tumultuarias de la guerra o de la vida urbana. En ellos utiliza imágenes quirúrgicas con un fin curativo. Su “Clan Meeting: Births and Nations: A Blood Song” (“Reunión del clan: nacimientos y naciones: una canción de sangre”, 1971), donde compara el arte culinario con la cirugía (“se rebana la carne y se añaden los fluidos”), empieza así: “Reconstruimos vidas en la unidad de cuidado / intensivo, dispuestas como los platos de un banquete”. El poema termina reuniendo, como rebanadas, imágenes del hospital, el racismo en el antiguo filme estadounidense Birth of a Nation (El nacimiento de una nación), el Ku Klux Klan, la edición cinematográfica y la tecnología de rayos X:

Recargamos el cerebro como una
   cámara,
con la película sobreexpuesta
a la luz de los rayos X,
encerrados tras de la doble
puerta de nuestros
exposímetros: raza y sexo
devanados y expuestos por
pasatiempo;
tomamos el paquete y nos
   vamos a casa.

La historia, el jazz y la cultura popular han inspirado a muchos afro-estadounidenses, desde Harper (un catedrático universitario) hasta el editor y poeta de la Costa Oeste Ishmael Reed (1938- ), conocido como precursor de la literatura multicultural a través de la Before Columbus Foundation (Fundación Precolombina) y en una serie de revistas como Yardbird, Quilt, y Konch.

Muchos poetas afro-estadounidenses como Audre Lorde (1934- 1992) se han nutrido del afrocentrismo, una idea según la cual África fue un emporio de civilización desde la antigüedad. En sus poemas sensuales como “The Women of Dan Dance with Swords in Their Hands to Mark the Time When They Were Warriors” (“Las mujeres de Dan bailan con espadas en las manos para marcar el ritmo de cuando eran guerreras”, 1978), esta autora habla como una mujer combatiente de la antigua Dahomey: “comunico mi calor a todo lo que toco”, pero sólo se “consume” “lo que ya estaba muerto”.

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La poesía de los estadounidenses de origen asiático
Como la poesía de autores chicanos y latinos, la obra poética de los asiático-estadounidenses es pródiga en su diversidad. Muchas de las familias del país que descienden de japoneses, chinos y filipinos han vivido en Estados Unidos desde hace siete generaciones, pero los estadounidenses de origen coreano, tailandés y vietnamita suelen ser inmigrantes bastante recientes. Cada uno de esos grupos proviene de una tradición lingüística, histórica y cultural distintiva.

Uno de los adelantos recientes en el ámbito de la literatura asiáticoestadounidense es su énfasis en los textos escritos por autores provenientes de la Cuenca del Pacífico y por mujeres. En general, los miembros de ese grupo étnico se resisten al estereotipo tan común que los presenta como una minoría “exótica” o “buena”. Los estudiosos de la estética se han propuesto comparar las tradiciones literarias de Asia y de Occidente (por ejemplo, la relación entre los conceptos del Tao y el Logos.

Los poetas estadounidenses de origen asiático han abrevado en muchas fuentes, desde la ópera china hasta el budismo Zen, y las tradiciones literarias de Asia, sobre todo el Zen, han inspirado a muchos poetas de otras latitudes, como se puede apreciar en la antología Beneath a Single Moon: Buddhism in Contemporary American Poetry (Bajo la misma luna: el budismo en la poesía contemporánea de Estados Unidos), de 1991. Los poetas asiático- estadounidenses cubren un amplio espectro, desde la actitud iconoclasta adoptada por Frank Chin (1940- ), uno de los compiladores de Aiiieeeee! (una de las primeras antologías de literatura estadounidense de origen asiático), hasta el uso generoso de la tradición por escritores como Maxine Hong Kingston (1940- ). Janice Mirikitani (1942- ) es una autora sansei (miembro de una tercera generación de estadounidenses llegados de Japón) que evoca la historia de su grupo étnico y ha compilado varias antologías como Third World Women (Mujeres del Tercer Mundo, 1973), Time to Greez! Incantations From the Third World (Ensalmos del Tercer Mundo, 1975) y Ayumi: A Japanese American Anthology (Una antología japonés-estadounidense, 1980).

La lírica Picture Bride (Novia de retrato, 1983) de la chino-estadounidense Cathy Song (1955- ) narra también la historia en forma dramática a través de la vida de los miembros de su familia. Muchos poetas estadounidenses de origen asiático exploran la diversidad cultural. En “The Vegetable Air” (“El aire vegetal”, 1988), Song describe un pueblo desaliñado en cuya plaza hay vacas y un restaurante chino, y un anuncio de Coca- Cola mal colocado se convierte en el emblema de la vida multicultural de hoy, carente de raíces, que sólo el arte puede hacer soportable (en este caso, una ópera grabada en casete):

entonces el aria familiar
que asciende como la luna,
te saca de ti mismo, te eleva,
y te transporta a otro país
donde, por un momento, viajas
   ligero.
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LA ESCUELA DEL LENGUAJE, EXPERIMENTACIÓN Y NUEVO FORMALISMO

Al final del siglo XX, uno de los rumbos de la poesía estadounidense era el de los “poetas del lenguaje”, informalmente asociados a la revista Temblor y a Douglas Messerli, compilador de “Language” Poetries: An Anthology (Los poemas del “lenguaje”: una antología, 1987). Algunos de ellos son: Bruce Andrews, Lyn Hejinian, Bob Perelman y Barret Watten, autor de la colección de ensayos Total Syntax (Sintaxis total, 1985). Estos poetas someten el lenguaje a grandes tensiones que revelan el potencial del mismo para la ambigüedad, la fragmentación y la autoafirmación en medio del caos. En tono irónico y postmoderno, estos autores rechazan la “metanarrativa” —ideologías, dogmas y convenciones— y dudan que exista una realidad trascendente. Michael Palmer escribe:

Este es el Paraíso, un libro
   mohoso
guardado demasiado tiempo en
   la casa.

El poema “Chronic Meanings” (“Significados crónicos”, 1993) de Bob Perelman empieza así:

Sólo la materia es verdadera.
Se dice en sólo cinco palabras.
El negro cielo de la noche es razonable.
Yo soy el residuo irracional...

Convencidos de que la crítica literaria y de artes plásticas es ideológica por naturaleza, ellos se oponen a las formas cerradas del modernismo, a las jerarquías, las ideas de epifanía y trascendencia, las categorías de género y los textos canónicos, es decir, a las obras literarias aceptadas. Proponen que esto sea sustituido por formas abiertas y textos multiculturales. Para eso se apropian de imágenes de la cultura popular y de los medios de comunicación, y las remodelan. Igual que la poesía escénica, los poemas del lenguaje suelen ser refractarios a la interpretación e incitan a la participación.

La poesía orientada a la representación escénica (a base de operaciones aleatorias como las del compositor John Cage, la improvisación del jazz, el trabajo con medios mixtos y el surrealismo europeo) han influido en muchos poetas estadounidenses. Una de sus figuras más conocidas es Laurie Anderson (1947- ), autora del éxito internacional United States (Estados Unidos, 1984), obra en la que incluye cine, vídeo, música y efectos acústicos, coreografía y tecnología de la era espacial. La poesía del sonido, que hace énfasis en la voz y en instrumentos musicales, está representada por los poetas David Antin (quien da un aire extemporáneo a sus representaciones) y los neoyorquinos George Quasha (editor de Station Hill Press), el finado Armand Schwerner y Jackson MacLow. Este último ha escrito también poesía concreta o visual, que hace declaraciones visuales mediante la distribución de la página impresa y la tipografía.

Con música de rap, la poesía escénica de tipo étnico se incorporó a la corriente artística principal, y los poetry slams o “torneos de poesía” —concursos abiertos de lectura poética en galerías de arte y librerías literarias de tipo alternativo— han llegado a ser formas de entretenimiento baratas, animadas y participativas.

En el extremo opuesto del espectro de la teoría están los autonombrados Nuevos Formalistas que pugnan por el retorno a la forma, la rima y la métrica. Todos los grupos tratan de resolver el mismo problema: la actitud de complacencia que se percibe en la gente de mediana cultura ante el statu quo, un tono cauto y demasiado pulido que a menudo es fruto de talleres de poesía, y un énfasis mayor en el lirismo personal, en oposición a la gestualidad pública.

La Escuela Formal se asocia a la Story Line Press; Dana Gioia, el poeta que llegó a la presidencia del Fondo Nacional para el Fomento de las Artes en 2003; Philip Dacey y David Jauss, poetas y compiladores de Strong Measures: Contemporary American Poetry in Traditional Forms (Medidas enérgicas: la poesía contemporánea de Estados Unidos en formas tradicionales, 1986); Brad Leithauser; y Gjertrud Schnakenberg. The Direction of Poetry: An Anthology of Rhymed and Metered Verse Written in the English Language Since 1975 (El rumbo de la poesía: el verso escrito en inglés con rima y métrica desde 1975) de Robert Richman es una antología fechada en 1988. Aun cuando a estos poetas se les ha acusado de retroceder a los temas del siglo XIX, a menudo adoptan en sus obras posiciones e imágenes contemporáneas junto con un lenguaje musical y formas cerradas tradicionales.
 

Prosa estadounidense, 1945-1990: Realismo y experimentación >>>>
 
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