El rompimiento con lo tradicional cobró ímpetu
en 1957, con el juicio del poema “Howl” (Aullido)
de Allen Ginsberg bajo cargos de obscenidad.
Cuando la oficina de aduanas de San Francisco
secuestró el libro, la editorial que lo publicó, City
Lights de Lawrence Ferlinghetti, interpuso una
demanda. Durante ese tristemente célebre proceso
judicial, varios críticos famosos defendieron la
apasionada crítica social de Howl, alegando que los
méritos literarios del poema lo redimían. El triunfo
de Howl sobre los censores ayudó a lanzar a la fama
a los rebeldes poetas beat, en particular a Ginsberg
y sus amigos Jack Kerouac y William Burroughs.
No es difícil encontrar las causas históricas de
esta disociación de la sensibilidad en Estados
Unidos: la Segunda Guerra Mundial misma influyó,
así como la irrupción del consumismo y el anonimato
en la sociedad urbana de masas, los movimientos
de protesta de la década de 1960, los 10
años del conflicto de Vietnam, la Guerra Fría, las
amenazas al medio ambiente... el catálogo de los
traumas sufridos por la cultura del país es largo y
variado. No obstante, el cambio que produjo mayor
transformación en la sociedad estadounidense fue
el auge de los medios de comunicación masiva y la
cultura de masas. Primero la radio, luego el cine y
por último la televisión con su presencia ubicua y
todopoderosa, transformaron la vida de la nación
desde su raíz. Después de haber sido una cultura
de élite, ilustrada y de carácter privado basada en el
libro y la lectura, Estados Unidos llegó a ser una
cultura en sintonía con la voz de la radio, la música
de los discos compactos y casetes, el cine y las imágenes
de la pantalla de televisión.
La poesía de Estados Unidos recibió la influencia
directa de los medios de comunicación masiva y la
tecnología electrónica. Se empezó a disponer de
películas, videocintas y grabaciones sonoras de lecturas
de poesía y entrevistas con poetas, y los nuevos
métodos fotográficos baratos para imprimir
libros alentaron a los poetas jóvenes a publicar por
su cuenta y a los editores jóvenes a fundar revistas
literarias, de las cuales había más de 2.000 en 1990.
Al mismo tiempo, los estadounidenses se dieron
cuenta con desazón de que la tecnología, tan útil
como herramienta, podía ser utilizada para manipular
la cultura. A los que buscaban otras opciones,
la poesía les pareció más relevante que antes
porque brindaba a la gente un medio para expresar
su vida subjetiva y describir el impacto de la sociedad
de masas y la tecnología sobre el individuo.
Multitud de estilos, algunos de tipo regional y
otros asociados a escuelas o poetas célebres, se
disputaban la atención; después de la Segunda
Guerra Mundial, la poesía estadounidense se
descentralizó, mostró gran diversidad y se tornó
difícil de resumir. Sin embargo, para los fines de
esta exposición se la puede ubicar en un espectro
con tres áreas que se superponen: la poesía tradicional
en un extremo, la experimental en el otro y la
idiosincrásica en el centro. Los poetas tradicionales
han mantenido las tradiciones poéticas o las
han revitalizado. Los poetas idiosincrásicos han
usado tanto las técnicas tradicionales como las
innovadoras para crear voces únicas. Los poetas
experimentales han buscado nuevos estilos culturales.
EL TRADICIONALISMO
Entre los escritores partidarios de la tradición
figuran los maestros reconocidos del discurso
y las formas ya establecidas que escribían
con una habilidad fácil de reconocer, recurriendo
a menudo a la rima o a un patrón métrico
fijo. Muchos provenían de la costa oriental o del
sur del país y eran profesores de escuelas superiores
y universidades. Tal es el caso de Richard
Eberhart y Richard Wilbur; los poetas fugitivos más
viejos, como John Crowe Ransom, Allen Tate y
Robert Penn Warren; poetas más jóvenes tan diestros
como John Hollander y Richard Howard; y
Robert Lowell en su primera época. Todos fueron
reconocidos en los años posteriores a la Segunda
Guerra Mundial y sus obras figuraban a menudo
en antologías.
En el capítulo anterior se habló del refinamiento,
el respeto a la naturaleza y los valores profundamente
conservadores de los poetas fugitivos.
Las mismas cualidades se perciben en gran parte
de la poesía orientada hacia formas tradicionales.
En general, los poetas tradicionalistas eran precisos,
realistas e ingeniosos; muchos de ellos, como
Richard Wilbur (1921- ), acusaron la influencia de
los poetas metafísicos ingleses tan alabados por
T.S. Eliot. El poema más famoso de Wilbur, “A
World Without Objects Is a Sensible Emptiness”
(“Un mundo sin objetos es un vacío sensato”,
1950), tomó su título de una idea del poeta metafísico
inglés del siglo XVII Thomas Traherne. En su
vivaz inicio ilustra la claridad que algunos poetas
han hallado en la rima y la regularidad formal:
Los altos camellos del espíritu
Cruzan ruidosos la última arboleda rumbo a
sus desiertos calcinantes,
Con el chirriar de sierra de la langosta,
hacia la miel rotunda del árido
Sol. Avanzan lentos, arrogantes...
A diferencia de muchos partidarios de la experimentación
que recelaban de los giros “demasiado
poéticos”, los poetas tradicionales se solazaban
con las líneas poéticas resonantes. Robert Penn
Warren (1905-1989) finalizó un poema con estas
palabras: “Amar al mundo de tal modo, que al fin
podamos creer en Dios”. El final de un poema de
Allen Tate (1899-1979) dice así: “¡Centinela de la
tumba que llevas la cuenta de todos!”. A veces los
poetas tradicionales usaron también giros un tanto
retóricos, con voces arcaicas o extrañas y muchos
adjetivos (por ejemplo, “el sepulcral búho”) e
inversiones en las que se altera artificialmente el
orden natural de las palabras en el habla inglesa. A
veces se logra con esto un efecto noble, como en
el verso de Warren, pero en otros casos el poema
parece ampuloso y carente de emoción auténtica,
como en este verso de Tate: “Con fatuidad, de los
hierofantes las orlas palpó”.
En ciertos casos, como en la obra de Hollander,
Howard y James Merrill (1926-1995), el discurso
deliberado se conjuga con ingenio, juegos de palabras
y alusiones literarias. Merrill, quien era innovador
en sus temas urbanos, sus versos sin rima,
sus temas personales y su ligero tono coloquial,
hizo gala del ingenio habitual de los tradicionalistas
en “The Broken Heart” (“El corazón roto”, 1966),
donde describe un matrimonio como si fuera un
cóctel:
Siempre es la vieja historia...
El Padre Tiempo y la Madre Tierra:
Un matrimonio “en las rocas”.
La evidente fluidez y la pirotecnia verbal de
algunos poetas, como Merrill y John
Ashbery, los llevaron al éxito en términos
tradicionales a pesar de que redefinieron la poesía
en formas radicalmente novedosas. La gracia estilística
hizo que algunos poetas parecieran más tradicionales
de lo que eran en realidad, como ocurrió
con Randall Jarrell (1914-1965) y A.R. Ammons
(1926-2001). Ammons creó intensos diálogos entre
la humanidad y la naturaleza; Jarrell incursionó en
la conciencia cautiva de los desposeídos: mujeres,
niños y soldados condenados, como en “The Death
of the Ball Turret Gunner” (“La muerte del artillero
de la torreta”, 1945):
Desde el sueño de mi madre caí dentro
del Estado
Y me acurruqué en su vientre hasta que mi
húmeda piel se congeló.
A seis millas de la tierra y libre ya de su sueño
de vida,
Desperté a la negrura de la defensa antiaérea y
los bombarderos de pesadilla.
Me sacaron muerto de la torreta
con el chorro de una manguera.
Aunque muchos poetas tradicionales
usaron la rima, no todos los
poemas rimados eran tradicionales
en su tono o en su tema. La poeta
Gwendolyn Brooks (1917-2000) describió
la dificultad que implica vivir
–y no digamos escribir– en los barrios
bajos urbanos. En “Kitchenette
Building” (“Edificio con cocinetas”,
1945), nos pregunta cómo
es posible que se encumbre un
sueño entre efluvios de cebolla
Y sus tonos blanco y violeta
compitan con las papas fritas
Mientras la basura de ayer se
fermenta en el pasillo...
Muchos poetas, entre ellos
Brooks, Adrienne Rich, Richard
Wilbur, Robert Lowell y Robert Penn
Warren, escribían al principio en
forma tradicional con rima y métrica,
pero las desecharon en la década de
1960 bajo la presión de los acontecimientos
públicos y la tendencia gradual
que imponía formas abiertas.
Robert Lowell (1917-1977)
El poeta más importante de ese
periodo, Robert Lowell, comenzó en
el estilo tradicional, pero luego fue
influido por corrientes experimentales.
En virtud de que su vida y su obra
abarcaron el periodo entre los antiguos
maestros del modernismo
como T.S. Eliot y los escritores antitradicionales
recientes, su carrera
permite ubicar el experimentalismo
ulterior en un contexto más amplio.
Lowell encaja en el molde del
escritor académico: blanco, varón,
protestante de nacimiento con buena
educación y nexos con los círculos
políticos y sociales reconocidos.
Era descendiente de la respetable
familia de los brahmines de Boston
entre cuyos miembros figuraron el
célebre poeta del siglo XIX James
Russell Lowell y un rector de la Universidad
de Harvard en el siglo XX.
Sin embargo, Robert Lowell halló
su identidad fuera de la élite de la
cual provenía. Dejó Harvard y estudió
en la Escuela Superior Kenyon de
Ohio, donde rechazó su legado puritano
ancestral y se convirtió al catolicismo.
Pasó un año en la cárcel a
causa de su oposición a la Segunda
Guerra Mundial por motivos de conciencia
y más tarde protestó públicamente
contra el conflicto de
Vietnam.
Los primeros libros de Lowell,
Land of Unlikeness (La tierra de lo
improbable, 1944) y Lord Weary’s
Castle (El castillo de Lord Weary,
1946), con el que ganó el premio
Pulitzer, revelaron su gran dominio
de las formas y estilos tradicionales,
hondura de sentimientos y una visión
intensamente personal aunque histórica.
La violencia y especificidad de
sus primeras obras son irresistibles
en poemas como “Children of Light”
(“Hijos de la luz”, 1946), una severa
condena contra los puritanos que
asesinaban indígenas y cuyos descendientes
quemaban los excedentes
de cereal en lugar de donarlos a
pueblos hambrientos. Lowell escribe:
“Nuestros antepasados amasaron
su pan a partir de ruinas y despojos
/ Y cercaron sus huertos con los
huesos de los Hombres Rojos”.
El siguiente libro de Lowell, The
Mills of the Kavanaughs (Los molinos
de los Kavanaugh, 1951), presenta
conmovedores monólogos dramáticos
donde los miembros de su
familia revelan su ternura y sus debilidades.
Como siempre, su estilo
mezcla lo humano con lo majestuoso;
usa a menudo la rima tradicional,
pero su estilo coloquial la disfraza a
tal grado que acaba por parecer sólo
una melodía de fondo. Sin embargo,
la poesía experimental fue la que dio
a Lowell oportunidad de encontrar su
estilo creativo individual.
Lowell oyó por primera vez la nueva
poesía experimental en una gira de
lecturas que realizó a mediados de la
década de 1950. Los poemas aún inéditos
Howl de Allen Ginsberg y Myths
and Texts (Mitos y textos) de Gary
Snyder, todavía anónimos, eran leídos
y cantados en los cafés de un barrio
de San Francisco conocido como
North Beach, a veces con acompañamiento
de jazz. Lowell sintió que
junto a esas obras hasta sus mejores
poemas eran demasiado pomposos,
retóricos y atados a lo convencional.
Cuando los leyó en voz alta les hizo
correcciones espontáneas para darles
un tono más coloquial. “Mis poemas
me parecieron monstruos
prehistóricos que se arrastraban
hacia un pantano y se ahogaban bajo
su pesada armadura”, escribiría más
tarde. “Estaba recitando cosas que ya
no sentía”.
En ese momento, como lo harían
muchos otros poetas después,
Lowell aceptó el reto de aprender las
lecciones de la tradición rival en el
país: la escuela de William Carlos
Williams. “Es como si ningún poeta,
salvo Williams, hubiera visto en realidad
a Estados Unidos o hubiera oído
su lenguaje”, escribió Lowell en 1962.
A partir de entonces cambió drásticamente
su modo de escribir y empezó
a usar los “rápidos cambios de tono,
atmósfera y velocidad” que más
admiraba en Williams.
Lowell descartó muchas de sus
oscuras alusiones; sus rimas se tornaron
parte integral de la experiencia
interna del poema y dejaron de ser
algo superpuesto al mismo. También
la estructura estrófica se derrumbó y
surgieron nuevas formas de improvisación.
Con Life Studies (Estudios de
la vida, 1959) inauguró la poesía confesional,
una nueva modalidad donde
expuso al desnudo sus problemas
personales más acuciantes con gran
franqueza e intensidad. En esencia
no sólo descubrió su individualidad,
sino la exaltó en sus manifestaciones
más difíciles y privadas. Así se transformó
en un contemporáneo que
manejaba con soltura los conceptos
del yo, lo fragmentario y la forma
concebida como proceso.
La transformación de Lowell fue
un momento decisivo para la poesía
de la postguerra y abrió el camino a
muchos escritores más jóvenes. En
For the Union Dead (Para los muertos
de la Unión, 1964), Notebook
1967-68 (Cuaderno de apuntes 1967-
68, 1969) y sus libros posteriores
prosiguió sus exploraciones autobiográficas
y sus innovaciones técnicas
a partir de su experiencia con el psicoanálisis.
La poesía confesional de
Lowell ha ejercido una influencia
particular. Las obras de John Berryman,
Anne Sexton y Sylvia Plath (las
dos últimas fueron sus discípulas),
para citar sólo unas cuantas, serían
imposibles de imaginar sin Lowell.
Sylvia Plath (1932-1963)
La vida de Sylvia Plath fue ejemplar en su aspecto
externo: alumna becaria de la Escuela Superior
Smith, se graduó como la primera de su clase y
ganó una subvención Fulbright para estudiar en la
Universidad de Cambridge en Inglaterra. Allí conoció
al poeta Ted Hughes, un hombre carismático
con quien se casó, tuvo dos hijos y se estableció en
una casa de campo en aquel país.
Sin embargo, detrás de esos éxitos de cuento de
hadas bullían problemas psicológicos no resueltos
que la autora evocó en su muy amena novela The
Bell Jar (La campana de cristal, 1963). Algunos de
sus problemas eran de tipo personal, pero otros se
debían a su percepción de las actitudes represivas
de los años 50 contra las mujeres. Por ejemplo, la
creencia –que muchas mujeres compartían– de
que la mujer no debía manifestar sentimientos de
ira ni tener la ambición de hacer carrera, pues su
satisfacción la debía hallar atendiendo a su esposo
y sus hijos. Las mujeres de éxito en su profesión,
como Sylvia Plath, sentían que su vida era una contradicción.
La vida color de rosa de Plath se derrumbó cuando
se separó de Hughes y tuvo que atender sola a
sus hijos pequeños en un apartamento de Londres
durante un invierno sumamente frío. Enferma, aislada
y presa del desaliento, trabajó a marchas forzadas
en una serie de poemas notables y se suicidó
con el gas de su cocina. Esos poemas fueron
reunidos en el volumen Ariel (1965) dos años después
de la muerte de la autora. Robert Lowell,
quien escribió la introducción, comentó el rápido
desarrollo de la poesía de Plath desde la época en
que ella y Anne Sexton asistieron a las clases de
poesía que él impartió en 1958.
Los primeros poemas de Plath eran tradicionales
y de buena factura, pero en sus últimas obras
se percibe un brío desesperado y el grito de angustia
de un feminismo embrionario. En “The
Applicant” (“La solicitante”, 1966), Plath expone la
vacuidad del papel actual de una esposa (quien no
es más que un ente impersonal inanimado):
Una muñeca viviente por donde la mires.
Es algo que sabe coser, cocinar.
Y sabe hablar, hablar, hablar.
Y funciona, eso no está mal.
Si tienes antojo, es la cataplasma.
Para tus ojos, es una imagen.
Muchacho, es el último recurso.
Cásate con eso, cásate, cásate.
Plath se atreve a emplear el lenguaje de las
rimas infantiles en forma directa y brutal. Tiene
gran habilidad para usar imágenes audaces tomadas
de la cultura popular. Acerca de un recién nacido,
escribe: “El amor te puso en marcha como a un
regordete reloj de oro”. En “Daddy” (“Papaíto”)
imagina a su padre como el Drácula de las películas:
“Hay una estaca clavada en tu obeso y negro
corazón / Y los aldeanos nunca te quisieron”.
Anne Sexton (1928-1974)
Igual que Sylvia Plath, Anne Sexton era una mujer
apasionada que trató de ser esposa, madre y poeta
en vísperas del movimiento feminista en Estados
Unidos. Como Plath, padeció también una enfermedad
mental y al final se suicidó.
La poesía confesional de Sexton es más autobiográfica
que la de Plath y carece de la cuidadosa factura
que su colega mostró en sus primeras obras.
Sin embargo los poemas de Sexton apelan poderosamente
a las emociones y enfocan de cerca cuestiones
que eran tabú. En ellos presenta a menudo
con audacia los temas de su género como la maternidad,
el cuerpo femenino o el matrimonio desde
el punto de vista de la mujer. En poemas como
“Her Kind” (“Una de ellas”, 1960), Sexton se identifica
con una bruja que muere quemada en la
hoguera:
Yo he viajado en tu carro, carretero,
alcé los brazos frente a cada aldea,
aprendiendo la senda final reluciente,
donde aún muerde mi muslo la llama de
tu hoguera
y crujen mis costillas al girar de tus ruedas.
La muerte no avergüenza a una mujer
como esa.
Yo he sido una de ellas.
Los títulos de las obras de Sexton revelan su
interés por la locura y la muerte. Entre ellas figuran
To Bedlam and Part Way Back (Al
manicomio y parte del regreso,
1960), Live or Die (Vive o muere,
1966) y el libro póstumo The Awful
Rowing Toward God (El pavoroso
bogar hacia Dios, 1975).
John Berryman (1914-1972)
En varios aspectos, John Berryman
y Robert Lowell tuvieron vidas paralelas.
Nacido en Oklahoma, Berryman
estudió en el nordeste del país; fue a
la escuela preparatoria y a la Universidad
Columbia, y después fue
becario de la Universidad de Princeton.
Especialista en las formas y la
métrica tradicionales, se inspiró en
la historia antigua de Estados Unidos
y escribió poemas confesionales y
autocríticos en su Dream Songs
(Canciones de sueño, 1969). Allí presenta
un grotesco personaje autobiográfico
llamado Henry y reflexiona
sobre su propia rutina como
maestro, su alcoholismo crónico y
su ambición.
Como su contemporáneo Theodore
Roethke, Berryman adquirió un
estilo dúctil y travieso, pero profundo,
que se anima con expresiones
tomadas del folclor, rimas infantiles,
lugares comunes y modismos populares.
Berryman escribe que Henry
“Se quedó mirando a la ruina. Y la
ruina lo miró a su vez”. En otro pasaje
comenta con ingenio: “¡Ah, qué
diantre! / ¿Cuándo llegará la indiferencia?
Yo gimo y desespero”.
Richard Hugo (1923-1982)
Richard Hugo nació en Seattle,
Washington y estudió bajo la guía de
Theodore Roethke. Creció en la
pobreza, en ambientes urbanos muy
precarios, y fue magistral al expresar
las esperanzas, temores y frustraciones
de la clase trabajadora, usando
como telón de fondo el noroeste de
Estados Unidos.
Hugo escribió nostálgicos poemas
confesionales en audaces versos
yámbicos acerca de los pueblos
míseros y olvidados de esa región
del país. Supo describir la vergüenza,
el fracaso y los raros momentos de
aceptación que se logran a través de
las relaciones humanas. Él supo atraer
la atención del lector hacia detalles
minúsculos, al parecer sin
importancia, para así expresar otras
cosas más significativas. “What Thou
Lovest Well, Remains American”
(“Lo que tú tanto amas sigue siendo
estadounidense”, 1975) termina
cuando un personaje evoca recuerdos
de su viejo pueblo natal como si
fueran un manjar:
si un día estás varado
en un pueblo ajeno y vacío,
necesitas amantes hambrientos
que sean tus amigos y apeteces
sensaciones,
serás bienvenido al club
callejero que ellos formaron.
Philip Levine (1928- )
Nacido en Detroit, Michigan, Philip
Levine aborda sin rodeos las penurias
económicas de los trabajadores
por medio de agudas observaciones,
indignación y una dolorosa ironía.
Igual que Hugo, Levine surgió de un
medio urbano pobre y ha sido la voz
del individuo solitario atrapado en el
sector industrial del país. Gran parte
de sus poemas son sombríos y reflejan
su tendencia al anarquismo, aunque
comprende que los sistemas de
gobierno van a perdurar.
En un poema, Levine se compara
con un zorro que logra sobrevivir en
un peligroso mundo de cazadores
gracias a su valor y su astucia. En
cuanto a su patrón rítmico, él ha
recorrido un largo trecho desde la
métrica tradicional de sus obras
tempranas hasta el verso más libre y
abierto que cultiva en su poesía más
reciente, en la que expresa su protesta
solitaria contra los males del
mundo contemporáneo.
James Dickey (1923-1997)
El novelista y ensayista James
Dickey, nacido en Georgia, también
es poeta. En la Universidad Vanderbilt
recibió clases del poeta agrario y
crítico Donald Davidson, quien lo
alentó a orientar su sensibilidad
hacia su tradición sureña. Igual que
Randall Jarrell, Dickey fue piloto en
la Segunda Guerra Mundial y escribió
sobre la agonía que implica la guerra.
Como novelista y poeta, a Dickey lo
inquietó a menudo el esfuerzo extenuante:
rebasando sus propias fuerzas
con desesperación / haciendo
más de lo que se requiere”. Su anhelo
era dar nueva vitalidad al contacto
con el mundo; un contacto que buscó
en la naturaleza (los animales, el reino
salvaje), la sexualidad y el ejercicio
físico. La novela de Dickey Deliverance
(Liberación, 1970), que se desarrolla
en una agreste barranca fluvial del sur,
explora la lucha por la supervivencia y
el lado oscuro del sometimiento masculino.
Cuando el argumento fue filmado
y el poeta mismo representó el
papel de un alguacil del Sur, su fama
aumentó gracias a la novela y a la película.
Aun cuando Selected Poems
(Poemas selectos, 1998) incluye obras
posteriores, la celebridad de Dickey
se basa principalmente en su colección
anterior Poems 1957-1967
(Poemas 1957-1967, 1967).
Elizabeth Bishop (1911-1979) y Adrienne Rich (1929- )
En los últimos años, Elizabeth
Bishop y Adrienne Rich han sido las
más respetadas entre todas las mujeres
poetas del grupo idiosincrásico. La
diáfana inteligencia de Bishop y su
interés por los paisajes lejanos y las
metáforas de viaje atraen a los lectores
por su exactitud y sutileza. A semejanza
de su maestra Marianne Moore,
Bishop escribió poemas de excelente
calidad en un estilo frío y descriptivo
que encierra una oculta profundidad
filosófica. La descripción del gélido
norte del Atlántico que presenta en
“At the Fishhouses” (“En las casas de
los peces”) se podría aplicar a la poesía
de la propia Bishop: “Es como imaginamos
que debe ser el conocimiento:
/ oscuro, salino, transparente,
móvil y enteramente libre”.
Junto con Moore, Bishop puede ser
incluida en una tradición de poesía
femenina “fría” que se remonta a
Emily Dickinson, en contraste con los
poemas “cálidos” de Plath, Sexton y
Adrienne Rich. A pesar de que Rich
usó la forma y la métrica tradicionales
en sus primeros poemas, sus obras reflejan fuertes
emociones, sobre todo a partir de los años 80
cuando se convirtió en una ardiente feminista.
Rich tiene un genio especial para la metáfora,
como se aprecia en su extraordinario poema
“Diving Into the Wreck” (“La zambullida en el naufragio”,
1973), que evoca la búsqueda de identidad
de la mujer como el acto de bucear en busca de un
barco hundido. El poema “The Roofwalker” (“La
que camina por el techo”, 1961), que dedicó a la
poeta Denise Levertov, concibe el hecho de que
una mujer escriba poesía como un oficio peligroso.
Igual que los hombres cuando construyen un
techo, ella dice que se siente “expuesta, más grande
que el mundo real / y condenada a romperme
el cuello”.
LA POESÍA EXPERIMENTAL
La fuerza que se percibe detrás de los logros
maduros de Robert Lowell y en gran parte de
la poesía contemporánea se debe a la experimentación
iniciada por varios poetas en la década
de 1950. Todos pueden dividirse de modo informal
en las cinco escuelas que Donald Allen describe en
The New American Poetry 1945-60 (La nueva poesía
estadounidense 1945-60, 1960). Esa fue la primera
antología donde se presentó la obra de poetas que
antes no habían sido tomados en cuenta ni por la
crítica ni por la comunidad académica.
Inspirados por el jazz y la pintura expresionista
abstracta, la mayoría de los escritores de tipo
experimental pertenecen a la generación siguiente
a la de Lowell. Tienden a ser intelectuales bohemios,
partidarios de la contracultura, que se han
desligado de las universidades y critican francamente
a la sociedad “burguesa” de este país. Su
poesía es audaz, original y a veces impactante. En
su búsqueda de nuevos valores, declaran su afinidad
con el mundo arcaico del mito, la leyenda y las
sociedades tradicionales como las de los norteamericanos
nativos. Las formas son menos rígidas,
más espontáneas y orgánicas; surgen del tema
mismo y de los sentimientos del autor al escribir el
poema, con las pausas naturales del lenguaje
hablado. Como lo comentó Allen Ginsberg en
“Improvised Poetics” (“Poética improvisada”), “la
primera idea es siempre la mejor”.
La Escuela de Black Mountain
Este grupo surgió en torno de la Escuela
Superior Black Mountain, una institución experimental
de humanidades con sede en Asheville,
Carolina del Norte, de la cual fueron profesores los
poetas Charles Olson, Robert Duncan y Robert
Creeley a principios de los años 50. Ed Dorn, Joel
Oppenheimer y Jonathan Williams estudiaron allí; y
Paul Blackburn, Larry Eigner y Denise Levertov
publicaron sus obras en las revistas Origin y Black
Mountain Review de esa institución. La Escuela de
Black Mountain se asocia a la teoría del “verso proyectivo”
de Charles Olson, quien insistía en una
forma abierta, basada en la espontaneidad de las
pausas para respirar propias del lenguaje hablado
y los cambios de renglón de la máquina de escribir.
Robert Creeley (1926-2005), fue uno de los poetas
mayores de Black Mountain y escribió en un
estilo terso y minimalista. En “The Warning” (“La
advertencia”, 1955), él concibe así la imaginación
violenta y amorosa:
Por amor... te podría
partir la cabeza en dos y metería
una vela encendida
detrás de tus ojos.
El amor habrá muerto en los dos
si olvidamos el efecto
de virtud de un amuleto
y la ráfaga de una sorpresa.
La Escuela de San Francisco
Las obras de la Escuela de San Francisco tienen
una deuda considerable con las filosofías y religiones
de Oriente y con la poesía de China y Japón.
Esto no nos debe sorprender pues la influencia de
Oriente siempre ha sido intensa en el oeste de
Estados Unidos. Los alrededores de San Francisco
—las montañas de la Sierra Nevada y el escarpado
litoral— son bellos y majestuosos, y los poetas de
la región suelen tener un interés profundo en la
naturaleza. Muchos de sus poemas hablan de las
montañas o se desarrollan en excursiones mochila
al hombro. Esta poesía busca su fuente de inspiración
en la naturaleza, no en la tradición literaria.
Algunos poetas de la Escuela de
San Francisco son: Jack Spicer,
Lawrence Ferlinghetti, Robert
Duncan, Phil Whalen, Lew Welch,
Gary Snyder, Kenneth Rexroth,
Joanne Kyger y Diane diPrima.
Muchos de ellos se identifican con la
clase trabajadora. Con frecuencia
su poesía es sencilla, accesible y
optimista.
En su mejor expresión, como en la
obra de Gary Snyder (1930- ), la poesía
de la Escuela de San Francisco
evoca el delicado equilibrio entre el
individuo y el cosmos. En “Above
Pate Valley” (“Sobre el Valle de
Pate”, 1955) de Snyder, el poeta describe
la situación de una cuadrilla de
obreros que trabajan en la montaña y
encuentran puntas de flechas de
obsidiana fabricadas por tribus nativas
ya extinguidas:
En una colina siempre nevada,
salvo en verano,
Tierra de bien cebados ciervos
de estío,
Llegaron a acampar por sus
Propios senderos. Yo seguí el
mío
Hasta aquí. Recogí del suelo
el frío barreno,
El zapapico, la barreta y el saco
De dinamita.
Diez mil años.
Los poetas beats
La Escuela de San Francisco se
fusionó con el grupo siguiente, el de
los poetas “beats”, surgido en la
década de 1950. El término beat
sugiere indistintamente un compás
musical acentuado como en el jazz, la
beatitud angélica o la santidad, y
“abatimiento”, es decir un estado de
decaimiento o depresión. Los beats
(beatniks) se inspiraban en el jazz,
las religiones orientales y la vida
errabunda. Todo eso fue descrito en
la famosa novela de Jack Kerouac On
the Road (En el camino), que causó
sensación en 1957 cuando fue publicada.
La novela es el relato de un
viaje en automóvil a través del país
en 1947 y fue escrita en tres frenéticas
semanas, en un solo rollo de
papel según lo que Kerouac llamó
“prosa bop espontánea”. El estilo
salvaje e improvisatorio, personajes
hipermísticos y el rechazo a la autoridad
y los convencionalismos encendieron
la imaginación de los lectores
jóvenes y ayudaron a poner en
marcha la desenfadada contracultura
de los años 60.
La mayoría de los beats importantes
emigraron de la Costa Este a San
Francisco y obtuvieron su primer
reconocimiento nacional en California.
El carismático Allen Ginsberg
(1926-1997) llegó a ser el principal
vocero del grupo. Hijo de un padre
poeta y de una madre excéntrica
comprometida con el comunismo,
Ginsberg estudió en la Universidad
Columbia, donde trabó amistad con
sus compañeros Kerouac (1922-
1969) y William Burroughs (1914-
1977), entre cuyas violentas novelas
de pesadilla sobre el submundo de
los adictos a la heroína figura The
Naked Lunch (El almuerzo desnudo,
1959). Estos tres personajes fueron
el núcleo del movimiento beat.
Otros de sus miembros fueron
el editor Lawrence Ferlinghetti
(1919- ), cuya librería City Lights,
establecida en la playa norte de San
Francisco en 1951 llegó a ser un
importante centro de reunión.
Siendo uno de los poetas con mayor
formación académica de mediados
del siglo XX (recibió un doctorado
por la Sorbona), la poesía meditativa,
humorística y política de Ferlinghetti
incluye A Coney Island of the Mind
(Una Coney Island de la mente,
1958); Endless Life (Vida interminable,
1981) es el título de su selección
de poemas.
Gregory Corso (1930-2001), un
delincuente menor cuyo talento fue
nutrido por los beats, es recordado
por sus libros de poemas humorísticos,
como “Marriage” (“Matrimonios”)
que aparece en muchas antologías.
Poeta dotado, traductor y
crítico original, como se advierte en
su atinada American Poetry in the
Twentieth Century (Poesía estadounidense
en el siglo XX, 1971),
Kenneth Rexroth (1905-1982) representó
el papel de estadista decano
de la antitradición. Organizador laboral
de Indiana, vio a los beats como
una alternativa de la costa occidental
frente al círculo literario establecido
de la costa este. Él alentó a los beats
con su ejemplo e influencia.
La poesía beat es oral, repetitiva e
inmensamente eficaz en las lecturas,
en gran parte porque surgió de las
lecturas de poesía que se realizaban
en los clubes underground. Algunos la
podrían ver con acierto como la bisabuela
de la música rap que se impuso
en la década de 1990. La poesía beat
fue la forma de literatura más contraria
a las normas establecidas de
Estados Unidos, pero detrás de sus
ásperas palabras se esconde el amor
a la patria. La poesía es un grito de
dolor y de rabia por lo que los poetas
interpretan como la pérdida de la
inocencia del país y el trágico desperdicio
de sus recursos humanos y
materiales.
Poemas como Howl (1956) de
Allen Ginsberg revolucionaron la
poesía tradicional:
Vi a las mejores mentes de mi
generación destruidas por la
locura, muertos de hambre,
desnudos e histéricos,
arrastrarse por las calles del negro
al amanecer, en busca
de un pinchazo iracundo,
inadaptados con cabeza de ángel
que ardían ansiando un arcaico
contacto celestial con la dínamo
estrellada en la maquinaria de la
noche...
La Escuela de Nueva York
A diferencia de los poetas beat y los
de San Francisco, a los de la Escuela
de Nueva York no les interesaban las
cuestiones expresamente morales y,
en general, se mantenían al margen de
los temas políticos. De todos los grupos,
ellos eran los que tenían mejor
educación formal.
Las principales figuras de la Escuela
de Nueva York —John Ashbery, Frank
O’Hara y Kenneth Koch— se conocieron
cuando estudiaban la licenciatura
en la Universidad de Harvard. Son la
quintaesencia del personaje urbano,
ecuánime y sin religión, ingenioso y
dotado de una sofisticación aguda y
suave. Sus poemas son muy ágiles, llenos
de detalles urbanos, incongruencias
y una sensación casi táctil de cancelación
de las creencias.
La ciudad de Nueva York es el centro
de las bellas artes en Estados Unidos y
cuna del expresionismo abstracto, que
fue una importante fuente de inspiración
para esta poesía. La mayoría de
los poetas trabajaban como críticos de
arte o curadores de museos, o bien,
colaboraban con pintores. Tal vez a
causa de su afición por el arte abstracto
que desconfía de la representación
figurativa y del significado obvio,
sus poemas suelen ser difíciles de
entender, como los del periodo tardío
de John Ashbery (1927- ), quien es tal
vez el poeta más apreciado por la crítica
en las postrimerías del siglo XX.
Los fluidos poemas de Ashbery
recogen pensamientos y emociones
que pasan tan fugaces por la mente,
que su expresión directa no es posible.
Su largo y profundo poema
“Self-Portrait in a Convex Mirror”
(“Autorretrato en un espejo convexo”,
1975), que ganó tres premios
importantes, se desliza de un pensamiento
a otro y a menudo contiene
reflexiones sobre sí mismo:
Un barco
Que vuela en colores
desconocidos ha entrado
al puerto.
Tú has permitido que asuntos
impertinentes
Te despedacen el día...
Surrealismo y existencialismo
En la antología donde define las
nuevas escuelas, Donald Allen incluye
un quinto grupo, pero sin adscripción
de origen ya que carece de sustento
geográfico claro. Este grupo
indefinido incluye movimientos y
experimentos recientes. Entre ellos
tiene un sitio especial el surrealismo,
el cual expresa el inconsciente
por medio de vívidas imágenes de
tipo onírico, y figura también gran
parte de la poesía que ha florecido
en los últimos años, escrita por
mujeres y por miembros de grupos
étnicos minoritarios. A pesar de sus
diferencias superficiales, parece
que los surrealistas, las feministas y
los autores miembros de minorías
tienen la misma sensación de estar
al margen de la corriente principal
de la literatura.
Si bien es cierto que T.S. Eliot,
Wallace Stevens y Ezra Pound
incorporaron las técnicas simbolistas
a la poesía estadounidense
en la década de 1920, el surrealismo
—esa potente fuerza que animó la
poesía y el pensamiento de Europa
en la Segunda Guerra Mundial y después
de ella— no se arraigó en
Estados Unidos. No fue sino hasta los
años 60 cuando el surrealismo (junto
con el existencialismo) adquirió carta
de naturalización en este país, sometido
entonces a las tensiones del conflicto
de Vietnam.
En la década de 1960 muchos escritores
estadounidenses —W.S. Merwin,
Robert Bly, Charles Simic,
Charles Wright y Mark Strand, entre
otros— volvieron la mirada al surrealismo
de Francia, y sobre todo al de
España, atraídos por su pureza emocional,
sus imágenes arquetípicas y
sus modelos de descontento existencial
y oposición al racionalismo.
Los surrealistas como Merwin tienden
a lo epigramático, como se aprecia
en las siguientes líneas: “Los dioses
son lo que nosotros no hemos
podido ser / Si descubres que ya no
tienes fe, agranda el templo”.
Con su surrealismo político, Bly criticó
los valores que a su juicio tuvieron
alguna influencia en la Guerra de
Vietnam, en poemas como “The Teeth
Mother Naked at Last” (“La madre
dientes desnuda por fin”):
Gracias a que tenemos nuevos
envases para las ostras
ahumadas,
hoy aparecen cráteres de bombas
en los arrozales.
La influencia surrealista predominante
ha sido de índole más tranquila
y contemplativa, como el poema que
describe Charles Wright en “The New
Poem” (“El nuevo poema”, 1973):
No se ocupará de nuestra tristeza.
No les dará consuelo a nuestros
hijos.
Ni será capaz de ayudarnos.
El surrealismo de Mark Strand,
como el de Merwin, tiene a menudo
un aire de desolación y habla de una
sensación extrema de pérdida.
Ahora que las tradiciones, los valores
y las creencias lo han defraudado,
el poeta ya sólo cuenta con
su propia alma, semejante a una
caverna:
Tengo una llave
abro la puerta y entro.
Todo está oscuro y entro.
Se oscurece más y entro.
LA POESÍA DE MUJERES Y EL FEMINISMO
En Estados Unidos, como en casi
todas las naciones, la literatura se
basó por largo tiempo en criterios
que a menudo pasaban por alto las
aportaciones de la mujer. Sin embargo,
en las letras de este país hay
muchas mujeres poetas dignas de
mención. No todas han sido feministas
ni expresan siempre el tema de
las inquietudes femeninas. Además,
las diferencias regionales, políticas y
raciales han configurado su obra.
Entre las mujeres poetas distinguidas
figuran Amy Clampitt, Rita Dove,
Louise Glück, Jorie Graham, Carolyn
Kizer, Maxine Kumin, Denise Levertov,
Audre Lorde, Gjertrud Schnackenberg,
May Swenson y Mona Van
Duyn.
Antes de la década de 1960, la
mayoría de las mujeres poetas se
apegaban a un ideal andrógino pues
pensaban que el género no tenía
influencia alguna en la excelencia
artística. Esta posición de ignorar el
género fue en realidad una forma
incipiente de feminismo que permitió
a las mujeres abogar por la igualdad
de derechos. A fines de los años
60, las estadounidenses –muchas de
ellas activas en la lucha por los derechos
civiles y en las protestas contra
el conflicto de Vietnam, o influidas
por la contracultura– habían empezado
a reconocer su propia marginación.
En The Feminine Mystique (La
mística femenina, 1963), publicada el
año que Sylvia Plath se suicidó, Betty
Friedan lamentó la triste condición
de la mujer. En otro libro que hizo
época, Sexual Politics (Política
sexual, 1969), Kate Millett argumentó
que en los escritos de varones se
revelaba una persistente actitud
misógina, es decir, de desprecio a la
mujer.
En la década de 1970 se produjo
una segunda oleada de crítica feminista
tras la fundación de la
Organización Nacional de la Mujer
(NOW) en 1966. En A Literature of
Their Own (Una literatura propia,
1977), Elaine Showalter identificó
una importante tradición de autoras
británicas y estadounidenses. Sandra
Gilbert y Susan Gubar, en The
Madwoman in the Attic (La loca del
ático, 1979) siguieron el rastro de la
misoginia hasta los autores clásicos
ingleses y exploraron su impacto en
la literatura de mujeres, como en
Jane Eyre de Charlotte Brontë. En
esa novela una esposa enloquece víctima
del maltrato de su esposo y es
encerrada en el ático; Gilbert y Gubar
comparan las voces amordazadas de
las mujeres en la literatura con ese
personaje femenino clausurado.
Las críticas feministas de la segunda
oleada impugnaron el canon aceptado
de grandes obras, argumentando
que las normas estéticas no son
intemporales y universales sino arbitrarias,
muy atadas a la cultura y
patriarcales. El feminismo llegó a ser
una fuerza impulsora de la igualdad
de derechos en los años 70, no sólo
en la literatura sino también en la
cultura en general. En The Norton
Anthology of Literature by Women
(Antología Norton de literatura
hecha por mujeres, 1985), Gilbert y
Gubar facilitaron el estudio de la literatura
femenina y así se apreció con
nitidez una tradición de escritoras.
Otras poetas influyentes, anteriores
a Sylvia Plath y Anne Sexton, fueron
Amy Lowell (1874-1925), cuyas
obras poseen una gran belleza sensual.
Ella compiló importantes antologías
imaginistas y presentó la poesía
moderna de Francia y de China en
traducciones para el mundo literario
de habla inglesa. En sus obras exaltó
el amor, el anhelo y el aspecto espiritual
de la belleza humana natural y
humana. H. D. (1886-1961), amiga de
Ezra Pound y de William Carlos
Williams que fue psicoanalizada por
Sigmund Freud, escribió poemas
cristalinos inspirados en la naturaleza,
los clásicos griegos y el teatro
experimental. Su poesía mística es
una exaltación de las diosas. Las
aportaciones de Lowell y H. D., así
como las de otras mujeres poetas de
los primeros años del siglo XX, como
Edna St. Vincent Millay, sólo ahora
empiezan a ser plenamente reconocidas
POETAS MULTIÉTNICOS
La segunda mitad del siglo XX fue
testigo de un renacimiento de la literatura
multiétnica, el cual continuó
hasta el siglo XXI. En los años 60,
siguiendo los pasos de los afro-estadounidenses,
los escritores étnicos
de Estados Unidos comenzaron a
atraer la atención del público. En los
años 70 las universidades empezaron
a impartir programas de estudios
étnicos.
En la década de 1980 surgieron
numerosos periódicos académicos,
organizaciones profesionales y revistas
literarias enfocadas en grupos
étnicos. Se empezó a convocar a congresos
dedicados al estudio de literaturas
étnicas específicas y el
canon de los “clásicos” se expandió
para incluir autores étnicos, en antologías
y listas de cursos. Entre los
temas importantes figuraban ahora
la raza y la etnia, la vida espiritual, los
roles familiares y de género, así
como el lenguaje.
La poesía de minorías ostenta la
misma diversidad y a veces
también la indignación de la
literatura de mujeres. Ha florecido
con autores estadounidenses de origen
latino y chicano, como Gary Soto,
Alberto Rios y Lorna Dee Cervantes;
escritores norteamericanos nativos
como Leslie Marmon Silko, Simon
Ortiz y Louise Erdrich; poetas afroestadounidenses
como Amiri Baraka
(LeRoi Jones), Michael S. Harper,
Rita Dove, Maya Angelou y Nikki
Giovanni; y poetas de origen asiático
como Cathy Song, Lawson Inada y
Janice Mirikitani.
La poesía de chicanos y latinos
La poesía de influencia española
abarca la obra de muchos grupos
diferentes. Algunos de ellos son los
estadounidenses de origen mexicano
conocidos desde los años 50
como “chicanos”, que viven desde
hace muchas generaciones en los
estados del Sudoeste ganados a
México y anexados a Estados Unidos
en la guerra que terminó en 1848.
Entre la población llegada del
Caribe de habla española, los cubano-
estadounidenses y los puertorriqueños
mantienen tradiciones literarias
vitales y distintivas. Por ejemplo,
el genio cubano-estadounidense
para la comedia distingue a esos
escritores frente al lirismo elegíaco
de autores chicanos como Rudolfo
Anaya. Este ámbito literario se nutre
y amplía sin cesar con la nueva inmigración
procedente de México, Centroamérica,
Sudamérica y España.
La poesía chicana o mexicano-estadounidense
tiene una rica tradición
oral en la forma del corrido o balada.
Las obras germinales ponen de relieve
la fuerza tradicional de la comunidad
mexicana y la discriminación de la
que a veces ha sido objeto entre los
blancos. Esos poetas mezclan en ocasiones
palabras en inglés y español
en una fusión poética, como se aprecia
en las obras de Alurista y Gloria
Anzaldúa. Sus poemas acusan la fuerte
influencia de la tradición oral y
su efecto es muy potente cuando son
leídos en voz alta.
Algunos poetas escriben sobre
todo en español, siguiendo una tradición
que se remonta a las antiguas
obras épicas creadas en territorios
que hoy pertenecen a Estados
Unidos, como la Historia de la Nueva
México, en la que Gaspar Pérez de
Villagra rememora la batalla que sostuvieron
en 1598 los invasores españoles
y los indígenas pueblos en
Acoma, Nuevo México.
Un texto de importancia medular
para la poesía chicana es el poema de
Rodolfo Gonzales (1928-2005) I Am
Joaquin (Yo soy Joaquín), que evoca
la aculturación; el narrador está
“Perdido en un mundo de confusión /
Atrapado en el torbellino de la sociedad
gringa, / Confundido por los
reglamentos...”.
Muchos escritores chicanos han
encontrado una base de sustentación
en sus antiguas raíces mexicanas. Al
evocar la grandeza de México, Lorna
Dee Cervantes (1954- ) escribe que
“un corrido épico” canta en sus
venas, y Luis Omar Salinas (1937- ) se
ve a sí mismo como “un ángel azteca”.
Gran parte de la poesía chicana es
muy personal pues se refiere a los
sentimientos, a la familia o a los
miembros de la comunidad. Gary
Soto (1952- ) escribe sobre la antigua
tradición de honrar a los antepasados
muertos, pero este texto de
1981 describe el ambiente multicultural
en el que viven hoy los estadounidenses:
Hay una vela encendida por los
muertos
Dos mundos adelante de todos
nosotros.
La poesía chicana logró nueva preeminencia
en la década de 1980 y las
obras de Cervantes, Soto y Alberto
Rios figuraron en muchas antologías.
La poesía de los norteamericanos nativos
Los indios norteamericanos han
escrito poesía de excelente calidad,
sin duda porque la tradición de los
cantos de chamanes tiene un papel
vital en su legado cultural. Sus poemas
sobresalen por sus vívidas y
amenas evocaciones del mundo
natural, que a veces llegan a ser casi
místicas. Los poetas indígenas
expresan también el sentimiento
trágico de la pérdida irreparable de
su rica herencia tradicional.
Simon Ortiz (1941- ), perteneciente
a la etnia pueblo de Acoma, extrae
de la historia el tema de muchos de
sus estremecedores poemas, en los
que explora las contradicciones de
ser un indígena norteamericano en
Estados Unidos en la actualidad. Su
poesía impugna a los lectores anglosajones
pues les recuerda a menudo
la injusticia y la violencia que ejercieron
en una época contra la población
nativa. En sus poemas evoca la armonía
racial basada en una comprensión
más profunda.
En “Star Quilt” (“El edredón de
estrellas”), Roberta Hill Whiteman
(1947- ), miembro de la tribu Oneida,
imagina un futuro multicultural como
un “edredón de estrellas, bordado
con la luz del alba”; y Leslie Marmon
Silko (1948- ), cuyos antepasados
fueron indígenas pueblos de Laguna,
emplea un léxico coloquial y relatos
tradicionales para crear sus inquietantes
poemas líricos. En “In Cold
Storm Light” (“Bajo la fría luz de la
tormenta”, 1981), Silko logra la resonancia
de un haikú:
desde los gruesos hielos celestes
corre veloz,
retumbante,
se arremolina sobre la copa de
los árboles
Viene el alce de la nieve.
Y se mueve, se mueve
blanca canción
viento de tormenta en la
enramada.
Louise Erdrich (1954- ) también
es novelista como Silko y crea vigorosos
monólogos teatrales que son
verdaderos dramas comprimidos. En
ellos describe en detalle a las familias
que luchan contra el alcoholismo,
el desempleo y la pobreza, en la
reservación indígena Chippewa.
En “Family Reunion” (Reunión de
familia, 1984), Erdrich presenta a un
tío ebrio y abusivo que regresa de la
ciudad después de varios años, aquejado
de una enfermedad del corazón.
El sobrino, que fue víctima de su
abuso y es el narrador, recuerda
cómo mató su tío a una gran tortuga,
años atrás, introduciéndole un gran
cohete. Al final, el poema compara al
tío Ray con la tortuga que fue su víctima:
Hallamos de algún modo el
camino de regreso, tío Ray
le canta una vieja canción al
cuerpo que lo empuja
al hogar. Las grises aletas que son
ahora sus manos sujetan sus
huesos al vehículo.
Su rostro tiene la extraña
paciencia del niño que siempre
dejó sin cuidados sus heridas,
o de una criatura que vivió
mucho tiempo bajo el agua.
Y los ángeles vienen
a bajar sus desechos y basuras.
La poesía afro-estadounidense
Los estadounidenses negros de
nuestra época han creado muchos
poemas de gran belleza que abarcan
una amplia gama de temas y de tónicas.
La literatura étnica afro-estadounidense
es la más desarrollada
de Estados Unidos y su diversidad es
enorme. Amiri Baraka (1934- ), el
poeta más conocido de esa etnia en
las décadas de 1960 y 1970, también
es autor de obras teatrales y ha tenido
una participación activa en la política.
Maya Angelou (1928- ) ha cultivado
diversas formas literarias,
incluso poesía, drama y sus muy
conocidas memorias, I Know Why the
Caged Bird Sings (Yo sé por qué
canta el ave enjaulada, 1969).
Rita Dove (1952- ) fue nombrada
poeta laureada de Estados Unidos en
1993-1995. Dove escribe también ficción
y piezas teatrales, y en 1987 ganó
el Premio Pulitzer por Thomas and
Beulah (1986), una serie de poemas
líricos en honor de sus abuelos.
Según lo ha dicho, escribió esa obra
para revelar la rica vida interior de la
gente pobre.
También Michael S. Harper
(1938- ) es autor de poemas donde
se revela la compleja vida de los afroestadounidenses
que son víctimas de
la discriminación y la violencia. Sus
poemas, densos y alusivos, presentan
a menudo escenas dramáticas y
tumultuarias de la guerra o de la vida
urbana. En ellos utiliza imágenes quirúrgicas
con un fin curativo. Su “Clan
Meeting: Births and Nations: A Blood
Song” (“Reunión del clan: nacimientos
y naciones: una canción de sangre”,
1971), donde compara el arte
culinario con la cirugía (“se rebana la
carne y se añaden los fluidos”),
empieza así: “Reconstruimos vidas
en la unidad de cuidado / intensivo,
dispuestas como los platos de un
banquete”. El poema termina reuniendo,
como rebanadas, imágenes
del hospital, el racismo en el antiguo
filme estadounidense Birth of a
Nation (El nacimiento de una
nación), el Ku Klux Klan, la edición
cinematográfica y la tecnología de
rayos X:
Recargamos el cerebro como una
cámara,
con la película sobreexpuesta
a la luz de los rayos X,
encerrados tras de la doble
puerta de nuestros
exposímetros: raza y sexo
devanados y expuestos por
pasatiempo;
tomamos el paquete y nos
vamos a casa.
La historia, el jazz y la cultura popular
han inspirado a muchos afro-estadounidenses,
desde Harper (un catedrático
universitario) hasta el editor
y poeta de la Costa Oeste Ishmael
Reed (1938- ), conocido como precursor
de la literatura multicultural a
través de la Before Columbus
Foundation (Fundación Precolombina)
y en una serie de revistas como Yardbird, Quilt, y Konch.
Muchos poetas afro-estadounidenses
como Audre Lorde (1934-
1992) se han nutrido del afrocentrismo,
una idea según la cual África fue
un emporio de civilización desde la
antigüedad. En sus poemas sensuales
como “The Women of Dan Dance
with Swords in Their Hands to Mark
the Time When They Were Warriors”
(“Las mujeres de Dan bailan con
espadas en las manos para marcar el
ritmo de cuando eran guerreras”,
1978), esta autora habla como una
mujer combatiente de la antigua
Dahomey: “comunico mi calor a todo
lo que toco”, pero sólo se “consume”
“lo que ya estaba muerto”.
La poesía de los estadounidenses de origen asiático
Como la poesía de autores chicanos
y latinos, la obra poética de los
asiático-estadounidenses es pródiga
en su diversidad. Muchas de las familias
del país que descienden de japoneses,
chinos y filipinos han vivido en
Estados Unidos desde hace siete
generaciones, pero los estadounidenses
de origen coreano, tailandés y
vietnamita suelen ser inmigrantes
bastante recientes. Cada uno de esos
grupos proviene de una tradición lingüística,
histórica y cultural distintiva.
Uno de los adelantos recientes en
el ámbito de la literatura asiáticoestadounidense
es su énfasis en los
textos escritos por autores provenientes
de la Cuenca del Pacífico y
por mujeres. En general, los miembros
de ese grupo étnico se resisten
al estereotipo tan común que los
presenta como una minoría “exótica”
o “buena”. Los estudiosos de la
estética se han propuesto comparar
las tradiciones literarias de Asia y de
Occidente (por ejemplo, la relación
entre los conceptos del Tao y el Logos.
Los poetas estadounidenses de
origen asiático han abrevado en
muchas fuentes, desde la ópera
china hasta el budismo Zen, y las tradiciones
literarias de Asia, sobre
todo el Zen, han inspirado a muchos
poetas de otras latitudes, como se
puede apreciar en la antología
Beneath a Single Moon: Buddhism in
Contemporary American Poetry (Bajo
la misma luna: el budismo en la poesía
contemporánea de Estados
Unidos), de 1991. Los poetas asiático-
estadounidenses cubren un
amplio espectro, desde la actitud
iconoclasta adoptada por Frank Chin
(1940- ), uno de los compiladores de
Aiiieeeee! (una de las primeras antologías
de literatura estadounidense
de origen asiático), hasta el uso
generoso de la tradición por escritores
como Maxine Hong Kingston
(1940- ). Janice Mirikitani (1942- ) es
una autora sansei (miembro de una
tercera generación de estadounidenses
llegados de Japón) que evoca la
historia de su grupo étnico y ha compilado
varias antologías como Third
World Women (Mujeres del Tercer
Mundo, 1973), Time to Greez! Incantations
From the Third World (Ensalmos
del Tercer Mundo, 1975) y
Ayumi: A Japanese American Anthology
(Una antología japonés-estadounidense,
1980).
La lírica Picture Bride (Novia de
retrato, 1983) de la chino-estadounidense
Cathy Song (1955- ) narra también
la historia en forma dramática a
través de la vida de los miembros de
su familia. Muchos poetas estadounidenses
de origen asiático exploran la
diversidad cultural. En “The Vegetable
Air” (“El aire vegetal”, 1988),
Song describe un pueblo desaliñado
en cuya plaza hay vacas y un restaurante
chino, y un anuncio de Coca-
Cola mal colocado se convierte en el
emblema de la vida multicultural de
hoy, carente de raíces, que sólo el
arte puede hacer soportable (en
este caso, una ópera grabada en
casete):
entonces el aria familiar
que asciende como la luna,
te saca de ti mismo, te eleva,
y te transporta a otro país
donde, por un momento, viajas
ligero.
LA ESCUELA DEL LENGUAJE, EXPERIMENTACIÓN Y NUEVO FORMALISMO
Al final del siglo XX, uno de los rumbos
de la poesía estadounidense era
el de los “poetas del lenguaje”,
informalmente asociados a la revista
Temblor y a Douglas Messerli, compilador
de “Language” Poetries: An
Anthology (Los poemas del “lenguaje”:
una antología, 1987). Algunos de
ellos son: Bruce Andrews, Lyn
Hejinian, Bob Perelman y Barret
Watten, autor de la colección de
ensayos Total Syntax (Sintaxis total,
1985). Estos poetas someten el lenguaje
a grandes tensiones que revelan
el potencial del mismo para la
ambigüedad, la fragmentación y la
autoafirmación en medio del caos.
En tono irónico y postmoderno,
estos autores rechazan la “metanarrativa”
—ideologías, dogmas y convenciones—
y dudan que exista una
realidad trascendente. Michael
Palmer escribe:
Este es el Paraíso, un libro
mohoso
guardado demasiado tiempo en
la casa.
El poema “Chronic Meanings”
(“Significados crónicos”, 1993) de
Bob Perelman empieza así:
Sólo la materia es verdadera.
Se dice en sólo cinco palabras.
El negro cielo de la noche es razonable.
Yo soy el residuo irracional...
Convencidos de que la crítica literaria y de artes
plásticas es ideológica por naturaleza, ellos se oponen
a las formas cerradas del modernismo, a las
jerarquías, las ideas de epifanía y trascendencia,
las categorías de género y los textos canónicos, es
decir, a las obras literarias aceptadas. Proponen
que esto sea sustituido por formas abiertas y textos
multiculturales. Para eso se apropian de imágenes
de la cultura popular y de los medios de
comunicación, y las remodelan. Igual que la poesía
escénica, los poemas del lenguaje suelen ser
refractarios a la interpretación e incitan a la participación.
La poesía orientada a la representación escénica
(a base de operaciones aleatorias como las del
compositor John Cage, la improvisación del jazz, el
trabajo con medios mixtos y el surrealismo europeo)
han influido en muchos poetas estadounidenses.
Una de sus figuras más conocidas es Laurie
Anderson (1947- ), autora del éxito internacional
United States (Estados Unidos, 1984), obra en la
que incluye cine, vídeo, música y efectos acústicos,
coreografía y tecnología de la era espacial. La poesía
del sonido, que hace énfasis en la voz y en instrumentos
musicales, está representada por los
poetas David Antin (quien da un aire extemporáneo
a sus representaciones) y los neoyorquinos
George Quasha (editor de Station Hill Press), el
finado Armand Schwerner y Jackson MacLow. Este
último ha escrito también poesía concreta o visual,
que hace declaraciones visuales mediante la distribución
de la página impresa y la tipografía.
Con música de rap, la poesía escénica de tipo
étnico se incorporó a la corriente artística
principal, y los poetry slams o “torneos de poesía”
—concursos abiertos de lectura poética en galerías
de arte y librerías literarias de tipo alternativo—
han llegado a ser formas de entretenimiento
baratas, animadas y participativas.
En el extremo opuesto del espectro de la teoría
están los autonombrados Nuevos Formalistas que
pugnan por el retorno a la forma, la rima y la métrica.
Todos los grupos tratan de resolver el mismo
problema: la actitud de complacencia que se percibe
en la gente de mediana cultura ante el statu quo,
un tono cauto y demasiado pulido que a menudo es
fruto de talleres de poesía, y un énfasis mayor en
el lirismo personal, en oposición a la gestualidad
pública.
La Escuela Formal se asocia a la Story Line
Press; Dana Gioia, el poeta que llegó a la presidencia
del Fondo Nacional para el Fomento de las
Artes en 2003; Philip Dacey y David Jauss, poetas y
compiladores de Strong Measures: Contemporary
American Poetry in Traditional Forms (Medidas
enérgicas: la poesía contemporánea de Estados
Unidos en formas tradicionales, 1986); Brad
Leithauser; y Gjertrud Schnakenberg. The
Direction of Poetry: An Anthology of Rhymed and
Metered Verse Written in the English Language
Since 1975 (El rumbo de la poesía: el verso escrito
en inglés con rima y métrica desde 1975) de Robert
Richman es una antología fechada en 1988. Aun
cuando a estos poetas se les ha acusado de retroceder
a los temas del siglo XIX, a menudo adoptan
en sus obras posiciones e imágenes contemporáneas
junto con un lenguaje musical y formas cerradas
tradicionales.