Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776

"El primer Día de Acción de Gracias", cuadro de J.L.G. Ferris que muestra a los primeros colonizadores de la Unión Americana
festejando con norteamericanos nativos una abundante cosecha. |
La literatura norteamericana comenzó con los
mitos, leyendas, cuentos y poemas líricos
(siempre en forma de canciones) de las
culturas indígenas, que se trasmitían por tradición
oral. En las más de 500 lenguas y culturas tribales
indígenas que existieron en Norteamérica antes de
la llegada de los primeros europeos no había literatura
escrita. A causa de eso, la literatura oral nativa
norteamericana es muy variada. La narrativa de
las culturas cazadoras casi nómadas, como la de los
navajos, es muy diferente de los relatos de las
tribus agrícolas sedentarias, como la de los acomas
que moraban en asentamientos conocidos como
“pueblos”; así mismo, los relatos de los habitantes
de las regiones lacustres del norte, como los ojibwas,
difieren a menudo en forma radical de las narraciones
de las tribus de zonas desérticas, como
los hopis.
Las tribus cultivaban sus propias religiones, en
las cuales rendían culto a sus dioses, animales,
plantas o personas sagradas. Sus sistemas de gobierno
abarcaban desde las democracias y los consejos
de ancianos hasta las teocracias. Esas variantes
tribales se reflejaron también en la literatura
oral.
Como quiera que sea, es posible hacer unas
cuantas generalizaciones. Por ejemplo, en todos los
relatos indígenas resplandece una profunda veneración
a la naturaleza, concebida como la madre
material y espiritual. La naturaleza vive y está dotada
de fuerzas espirituales; los protagonistas
pueden ser animales o plantas y con frecuencia son
las figuras totémicas de ciertas tribus, grupos o
individuos. En la literatura estadounidense posterior,
el autor que más se aproximó al sentido indígena
de lo sagrado fue Ralph Waldo Emerson, cuyo
concepto del “Alma Superior” trascendental permea
todas las formas de vida.
Las tribus de México rendían culto al divino
Quetzalcóatl, dios de los toltecas y los aztecas, y en
todas partes se hablaba de una cultura o un dios
superior. Sin embargo, no existían ciclos religiosos
largos y sistemáticos en torno a una divinidad
suprema. Los relatos que más se asemejan a las
narraciones del Viejo Mundo acerca de la espiritualidad
suelen ser los que describen los ritos de
iniciación y los viajes de los chamanes. Además
de esto, se conservan historias sobre los héroes de
cada cultura, como Manabozho en la tribu ojibwa o
Coyote entre los navajos. A esos hacedores de milagros
se les presenta con mayor o menor respeto.
En un relato pueden actuar como héroes, pero en
otro pueden parecer tontos o egoístas. Algunas
autoridades del pasado, como el psicólogo suizo
Carl Jung, desdeñaron los cuentos sobre milagros
como expresión del aspecto inferior y amoral de la
psique, pero varios especialistas contemporáneos
—entre ellos norteamericanos nativos— demuestran
que los venerados héroes griegos Odiseo y
Prometeo fueron también, en esencia, pícaros
hacedores de milagros.
En la literatura de los indios norteamericanos
encontramos ejemplos de casi cualquier género de
tradición oral: poesía lírica, cantos, mitos, cuentos
fantásticos, anécdotas humorísticas, encantamientos,
adivinanzas, proverbios, epopeyas e historias
legendarias. Abundan los relatos sobre migraciones
y los antepasados, así como cantos visionarios,
ensalmos curativos y crónicas de pícaros portentosos.
Ciertas versiones de la creación son
especialmente populares. Según una muy conocida,
que repiten con ciertas variantes muchas tribus, el
mundo está apoyado sobre una tortuga. La versión
de los cheyenes narra que, en el universo acuoso
primigenio, el creador Maheo tuvo cuatro oportunidades
para crear el mundo. Para empezar, ordenó
a cuatro aves acuáticas que se zambulleran en el
océano y trataran de sacar tierra del fondo. El
ganso blanco, el somorgujo y el pato silvestre se
remontaron a lo alto del cielo y se dejaron caer en
picada, pero no lograron tocar fondo; en cambio la
pequeña negreta, que no puede volar, salió del agua
con un poco de fango en el pico. Además sólo una
criatura, la humilde Abuela Tortuga, tenía la forma
apropiada para que Maheo moldeara al mundo con
aquel barro, sobre su caparazón. Por eso los indígenas
llamaron al mundo “la Isla de la Tortuga”.
Las canciones y poemas, como las narraciones,
van desde lo sagrado hasta lo ligero y humorístico:
hay canciones de cuna, aires marciales, cantos de
amor y cánticos especiales para acompañar rondas
infantiles, juegos de azar, diversas faenas, conjuros
mágicos y danzas rituales. En general, las canciones
son repetitivas. Los breves cantos-poema, que surgen
en sueños, poseen a veces la claridad de imágenes
y el ambiente sutil que se asocian con el
haikú japonés y la imaginería poética de influencia
oriental. Una canción de los chippewas dice:
Creí que era el somorgujo,
Pero aquel no era su arrullo:
Era el remo chapaleante
De mi amante.
Las canciones que describen una visión, a
menudo muy breves, son otra forma distintiva.
Surgidas en sueños o visiones, a veces sin previo
aviso, pueden ser ensalmos curativos, cantos de
caza o canciones de amor. Suelen ser de índole personal,
como esta canción de la tribu Modoc:
Yo,
la canción,
camino aquí.
La tradición oral indígena y su relación con la literatura
estadounidense en conjunto es uno de los
temas más ricos y menos explorados en los estudios
de la especialidad. La aportación de los indios
a los Estados Unidos es mayor de lo que se cree de
ordinario. Algunos de los centenares de vocablos
indígenas incorporados al inglés cotidiano de ese
país son: “canoa”, “tabaco”, “patata”, “mocasín”,
“moose” (alce), “persimmon” (níspero), “racoon”
(mapache), “tomahawk” (hacha) y “tótem”.
También hay textos de gran belleza en obras de
indios norteamericanos contemporáneos, como
veremos en el capítulo 8.

LA LITERATURA DE LA EXPLORACIÓN
Si la historia hubiera seguido un sesgo diferente,
los Estados Unidos habrían podido formar
parte de los grandes imperios de España
o Francia en ultramar. Sus habitantes actuales
hablarían español y serían un solo país con México,
o hablarían francés y estarían unidos a Quebec y
Montreal, las regiones canadienses de habla
francesa.
Sin embargo, los primeros exploradores de
América no fueron ni ingleses ni españoles ni
franceses. El primer registro europeo de exploraciones
en América fue escrito en una lengua
escandinava: Old Norse, Vinland Saga (La epopeya
de Vinland) relata en noruego antiguo cómo el
aventurero Leif Ericson y un puñado de escandinavos
errantes se asentaron brevemente en un
lugar de la costa nororiental de América —tal vez
Nueva Escocia, en Canadá— en la primera década
del siglo XI, casi 400 años antes del siguiente descubrimiento
europeo registrado del Nuevo Mundo.
Sin embargo, el primer contacto conocido y
sostenido entre el continente americano y el resto
del mundo comenzó con el famoso viaje de un
explorador italiano, Cristóbal Colón, auspiciado por
los reyes de España, Fernando e Isabel. En el diario
que Colón incluyó en su “Epístola”, la cual salió a la
luz en 1493, se relata el dramatismo del viaje: el terror
de los tripulantes que temían encontrarse con
monstruos y pensaban que podían caer a un abismo
al llegar al borde del mundo; el conato de motín a
bordo; las trampas que hacía Colón con la bitácora,
para que sus hombres no supieran cuánto más
lejos habían viajado ya que cualquier otro marino; y
el primer avistamiento de tierra cuando ya estaban
por llegar a América.
Bartolomé de las Casas es la fuente de información
más rica sobre los primeros contactos de los
indígenas de América y los europeos. Cuando era
todavía joven, este fraile ayudó a la conquista de
Cuba. Él transcribió el diario de Colón y, en una
etapa posterior de su vida, escribió su larga y emotiva
Historia de las Indias, en la que criticó a los
españoles por esclavizar a esos pueblos.
Los primeros intentos ingleses de colonización
fueron desastrosos. Establecieron su primera
colonia en 1585 en Roanoke, frente a la costa de
Carolina del Norte; según dice la leyenda, allí
encontraron indios croatanos de ojos azules. La
segunda colonia fue más durable: Jamestown, fundada
en 1607. Ese asentamiento soportó el hambre,
la brutalidad y el mal gobierno. A pesar de todo, la
literatura de la época describe a América, con
tonos luminosos, como la tierra de la riqueza y la
oportunidad. Los relatos acerca de las colonizaciones
adquirieron renombre mundial. La exploración
de Roanoke fue registrada con lujo de
detalle por Thomas Hariot en A Brief and True
Report of the New Found Land of Virginia (Informe
breve y veraz sobre la recién descubierta tierra de
Virginia) en 1588. El libro de Hariot pronto fue traducido
al latín, francés y alemán; sus textos e ilustraciones
fueron reproducidos en muchos grabados
y se han publicado con prolijidad por más de
200 años.
El registro principal de la colonia de Jamestown,
contenido en los escritos de uno de sus líderes, el
capitán John Smith, es el polo opuesto del relato
preciso y científico de Hariot. Smith era un romántico
incurable y, según parece, idealizó sus aventuras.
A él debemos la famosa historia de la doncella
india Pocahontas. Sea verdad o ficción, este relato
se ha arraigado en la imaginación histórica
norteamericana. En él se cuenta cómo la joven
Pocahontas, hija favorita del jefe Powhatan, le salvó
la vida al capitán Smith cuando fue capturado por el
jefe. Más tarde, cuando los ingleses convencieron a
Powhatan de que les entregara a su hija Pocahontas
como rehén, la dulzura, inteligencia y belleza de la
joven impresionaron a los europeos y en 1614 se
casó con el caballero inglés John Rolfe. Con los
esponsales se inauguró un periodo de paz de ocho
años entre los colonizadores y los indios, y así se
aseguró la supervivencia de la nueva y valerosa
colonia.
En el siglo XVII los piratas, aventureros y exploradores
le abrieron el camino a una segunda oleada
de colonizadores permanentes que trajeron a sus
esposas, sus hijos, sus aperos agrícolas y sus herramientas
de artesanos. La antigua literatura de
las exploraciones, formada por diarios, cartas,
relatos de viaje, bitácoras de navegación e informes
a los patrocinadores de los exploradores —gobernantes
europeos o compañías de acciones mancomunadas
en la Inglaterra y la Holanda mercantiles—
fue sustituida poco a poco por crónicas de
las colonias establecidas. En virtud de que, a la
postre, Inglaterra tomó posesión de las colonias
conocidas hoy como los Estados Unidos, la literatura
colonial más conocida y comentada está en
inglés. Sin embargo en el siglo XX, cuando floreció
la literatura de las minorías y la vida nacional se
tornó cada día más multicultural, los especialistas
descubrieron de nuevo la importancia de la herencia
étnica mixta del continente. Aun cuando la historia
de la literatura se basa hoy en crónicas
escritas en inglés, es importante reconocer la
riqueza cosmopolita de sus comienzos.

EL PERIODO COLONIAL EN NUEVA INGLATERRA
No es probable que en toda la historia del
mundo haya existido otro grupo de colonizadores
de nivel intelectual tan alto como
los puritanos. Entre 1630 y 1690 hubo el mismo
número de graduados universitarios en Nueva
Inglaterra y en la madre patria (un hecho asombroso
si se toma en cuenta que la mayor parte de
las personas instruidas de la época eran aristócratas
no muy afectos a arriesgar la vida en un
ambiente agreste). Los puritanos que se superaron
con su propio esfuerzo y a menudo eran autodidactas
fueron notables excepciones a la regla. Su
deseo de adquirir una educación sólida surgía de la
necesidad de entender y cumplir la voluntad de
Dios, al tiempo que fundaban sus colonias en
Massachusetts y en toda la Nueva Inglaterra.
De acuerdo con la definición puritana, la buena
literatura encarnaba una conciencia cabal de la
importancia suprema de adorar a Dios y de los peligros
espirituales que acechan al alma en la Tierra.
El estilo puritano admitía enormes variantes: desde
poesía metafísica muy compleja, hasta diarios
domésticos e historia sagrada de aplastante pedantería.
Cualquiera que fuese el estilo o el género,
ciertos temas eran constantes. La vida se concebía
como una prueba en la que el fracaso se pagaba con
la condenación eterna y el fuego del infierno, mientras
que el éxito conducía a la beatitud celestial. El
mundo era la palestra donde luchaban sin cesar las
fuerzas de Dios y las huestes de Satanás, un enemigo
formidable que adoptaba múltiples apariencias.
Muchos puritanos esperaban con ansia el “milenio”
en el que Jesucristo volvería a la Tierra, la historia
humana llegaría a su fin y comenzarían mil años de
paz y prosperidad.
Por largo tiempo, los especialistas han señalado
el vínculo entre puritanismo y capitalismo: ambos
se basan en la ambición, el trabajo arduo y la firme
determinación de tener éxito. Aun cuando, en términos
estrictamente teológicos, los puritanos no
podían saber si serían “salvados” y estarían entre
los elegidos para entrar al cielo, tendían a suponer
que el éxito terrenal era un signo que distinguía a
los elegidos. No sólo se aspiraba a la riqueza y el
prestigio social por sí mismos, sino como la grata
confirmación de salud espiritual y la promesa de
vida eterna.
Además, el concepto de mayordomía fue un acicate
para el éxito. Los puritanos interpretaban
todas las cosas y situaciones como símbolos dotados
de un significado espiritual más profundo, y
sentían que al buscar su prosperidad y el bienestar
de su comunidad daban cumplimiento a los planes
de Dios. No establecían una línea divisoria entre la
esfera secular y la religiosa: todo en la vida era
expresión de la voluntad divina, según una creencia
que más tarde volvería a aflorar en el trascendentalismo.
Al interpretar el significado espiritual de los
sucesos ordinarios, los autores puritanos citaban la
Biblia, por capítulo y versículo. La historia era para
ellos un panorama religioso simbólico encaminado
al triunfo puritano sobre el Nuevo Mundo y al Reino
de Dios en la Tierra.
Los primeros colonizadores puritanos que se
asentaron en Nueva Inglaterra fueron un ejemplo
de la seriedad de los cristianos reformistas.
Conocidos como los “Peregrinos”, eran un
pequeño grupo de creyentes que emigraron de
Inglaterra a Holanda —país que ya entonces era
reconocido por su tolerancia religiosa— en 1608,
en una época de persecuciones.
Como la mayoría de los puritanos, ellos interpretaban
la Biblia en forma literal. Solían leer y
aplicar el mensaje de la Segunda Epístola a los
Corintios: “Salid de en medio de ellos y apartaos,
dice el Señor”. Desalentados de su intento de
purificar la Iglesia de Inglaterra desde adentro, los
“separatistas” fundaron las iglesias clandestinas
“del pacto” y juraron lealtad a su grupo, no al rey.
Condenados por el monarca como traidores y vistos
por todos como herejes camino al infierno,
sufrieron muchas persecuciones. Ese ostracismo
cada día mayor los llevó finalmente al Nuevo
Mundo.

William Bradford (1590-1657)
William Bradford fue electo gobernador de
Plymouth, allá en la Colonia de la Bahía de
Massachusetts, poco después de la llegada de los
separatistas. Él era autodidacta, muy piadoso y
aprendió varios idiomas, entre ellos el hebreo, para
“ver con sus propios ojos la belleza original de los
antiguos oráculos de Dios”. Su participación en la
migración a Holanda, el viaje a Plymouth en el
Mayflower y sus tareas como gobernador lo
hicieron idóneo para convertirse en el primer historiador
de su colonia. Su relato Of Plymouth
Plantation (Sobre la explotación agrícola de
Plymouth, 1651) es una crónica clara y convincente
de los albores de esa colonia. Su descripción de la
primera imagen que contempló al llegar a América
goza de justa fama:
Habiendo cruzado así el vasto océano y un mar
de problemas,... no tenían amigos que vinieran
a darles la bienvenida, ni había posadas donde
sus cuerpos, castigados por las inclemencias
del clima, pudieran hallar distracción o reposo;
no había casas, ni mucho menos ciudades, que
les dieran asilo o les brindaran refugio... [Por
otra parte,]... los bárbaros salvajes... estaban
más dispuestos a atravesarles los flancos con
sus flechas. Era invierno y los que conocen la
crudeza y violencia de la estación en esas latitudes
saben que son azotadas por tormentas
inclementes y feroces... [T]odos tenían el
semblante muy ajado por la intemperie, y la
comarca entera, llena de bosques y espesura,
tenía un aire inhóspito y salvaje.
Bradford redactó también el primer documento
de gobierno autónomo colonial en el
Nuevo Mundo de habla inglesa, el “Pacto del
Mayflower”, cuando los peregrinos iban todavía a
bordo del barco. El pacto fue el antecedente de la
Declaración de Independencia, que surgiría un
siglo y medio después.
Los puritanos no aprobaban ciertas diversiones
mundanas, como el baile o los juegos de naipes,
pues las asociaban con la aristocracia alejada de
Dios y con la vida inmoral. Leer o escribir libros
sobre temas “ligeros” caía también en esta categoría.
La mente puritana encauzaba su enorme
energía hacia los géneros piadosos y no de ficción:
poemas, sermones, tratados teológicos y relatos
históricos. La rica vida interior de este pueblo
intenso e introspectivo quedó registrada en sus
diarios íntimos y sus meditaciones.

Anne Bradstreet (c. 1612-1672)
El primer libro de poemas publicado por un estadounidense
fue también el primero escrito en el
país por una mujer: Anne Bradstreet. No debe sorprendernos
que el libro haya sido producido en
Inglaterra, en vista de la falta de recursos de
imprenta que privaba en las colonias durante sus
primeros años. Nacida y educada en Inglaterra,
Anne Bradstreet era hija del administrador de
bienes raíces de un conde. Ella emigró con su
familia cuando tenía 18 años de edad. A la postre, su
esposo llegó a ser gobernador de la Colonia de la
Bahía de Massachusetts, que más tarde sería la
gran ciudad de Boston. Anne sentía predilección
por sus largos poemas religiosos sobre temas tan
convencionales como las estaciones, pero los lectores
de hoy gustan sobre todo de sus agudos versos
sobre asuntos de la vida diaria, y de los cálidos
y amorosos poemas que escribió para su esposo y
sus hijos. Ella encontró inspiración en la poesía
metafísica inglesa, y su libro The Tenth Muse Lately
Sprung Up in America (La Décima Musa surgió a
últimas fechas en Norteamérica, 1650), acusa la
influencia de Edmund Spenser, Philip Sidney y
otros poetas ingleses. La autora recurre con frecuencia
a complejas fantasías o extensas metáforas.
En “To my Dear and Loving Husband” (“A mi
querido y amante esposo”, 1678), emplea la imaginería
oriental, el tema del amor y el recurso del
símil, muy popular en Europa en esa época, pero
les infunde un significado piadoso al final del
poema:
Si alguna vez dos seres fueron uno,
esos somos tú y yo.
Si alguna vez un hombre fue amado por su
esposa, ese eres tú, mi amor;
Si alguna vez halló una esposa en un hombre
su alegría,
Comparaos conmigo, ¡oh mujeres!, si tenéis
la osadía.
Tu amor me es más preciado que las
minas de oro
Y toda la opulencia de un oriental tesoro.
Al caudal de mi amor ni los ríos caudalosos
lo podrían igualar,
Y sólo tu amor lo podrá recompensar.
Tan grande es tu amor, que no lo podría
comprar ni la mayor riqueza
Y espero que el cielo te lo premie con
largueza.
Por eso, en esta vida, que sea tal nuestra
constancia en el amar,
que después de la muerte sobrevivamos
en la eternidad.

Edward Taylor (c. 1644-1729)
Igual que Anne Bradstreet, y de hecho todos los
primeros escritores de Nueva Inglaterra, el intenso
y brillante poeta y ministro Edward Taylor nació en
Inglaterra. Hijo de un rico hacendado —un agricultor
independiente que cultivaba su propia tierra—
Taylor fue maestro y zarpó rumbo a Nueva
Inglaterra en 1668, en lugar de prestar juramento
de lealtad a la Iglesia de Inglaterra. Estudió en
Harvard y, como la mayoría de los ministros formados
en esa universidad, aprendió griego, latín y
hebreo. Piadoso y carente de egoísmo, actuó como
misionero de los colonizadores al aceptar el cargo
vitalicio de ministro religioso en el poblado fronterizo
de Westfield, Massachusetts, adentrándose
160 kilómetros en los espesos bosques de la
comarca. Taylor fue el hombre más ilustrado de la
región y aplicó sus conocimientos en su papel de
ministro, médico y dirigente civil de la aldea.
Modesto, devoto y trabajador, Taylor nunca publicó
sus poemas, por lo cual no fueron descubiertos
sino hasta la década de 1930. Sin duda, él
mismo habría interpretado el descubrimiento de
su obra como un favor de la Divina Providencia; los
lectores de hoy debemos estar agradecidos de
tener acceso a esos poemas: los mejores ejemplos
de la poesía del siglo XVII en lo que hoy son los
Estados Unidos.
Taylor escribió versos de muchos géneros:
elegías fúnebres, poemas líricos, un “debate”
medieval y el libro de 500 páginas Metrical History
of Christianity (Historia versificada de la cristiandad),
que es sobre todo un martirologio. Sus
mejores obras, según la crítica moderna, son las
series de breves meditaciones propedéuticas.

Michael Wigglesworth (1631-1705)
Como Taylor, Michael Wigglesworth nació en
Inglaterra, fue ministro puritano, estudió en
Harvard y ejerció la medicina; además, es el tercer
poeta colonial de Nueva Inglaterra digno de mención.
Cultivó la tradición de los temas puritanos en
su obra más conocida, The Day of Doom (El día del
juicio final, 1662). Esta aterradora divulgación de la
doctrina calvinista es una larga narración, cae a
menudo en el tono de aleluya y fue el poema más
popular de la época colonial. Fue el primer éxito de
librería en la Unión Americana y es un relato deprimente,
en métrica de balada, sobre la condenación
y el infierno.
Como poesía es fatal, pero a todos les gustó.
Fusionó la autoridad de Juan Calvino con la fascinación
de una historia de horror. Por más de dos
siglos, la gente recitó de memoria este largo y aterrador
monumento al pavor religioso; los niños lo
declamaban con orgullo y los mayores intercalaban
algunos de sus pasajes en el habla cotidiana. No hay
demasiada distancia entre los terribles castigos
que describe este poema y la espantosa herida que
se inflige a sí mismo el ministro puritano culpable,
Dimmesdale, en The Scarlet Letter (La letra escarlata,
1850) de Nathaniel Hawthorne, o la mutilación
que sufre el capitán Ahab de Herman Melville, ese
Fausto de Nueva Inglaterra cuya búsqueda del
conocimiento prohibido hace naufragar el navío de
la humanidad norteamericana en Moby Dick
(1851). (Moby Dick fue la novela favorita del autor
estadounidense del siglo XX William Faulkner, cuya
obra profunda y perturbadora induce a pensar que
la visión oscura y metafísica de la Norteamérica
protestante no se ha extinguido todavía.)
Como casi toda la literatura colonial, los poemas
de la antigua Nueva Inglaterra imitaron
la forma y la técnica de la Madre Patria, si
bien el nuevo entorno geográfico y la pasión religiosa
infundieron una identidad especial a las obras
escritas en esa región. En virtud de que los
escritores del Nuevo Mundo vivían aislados, antes
del advenimiento de los transportes rápidos y la
comunicación electrónica, los autores de la época
colonial imitaron a menudo estilos que ya habían
pasado de moda en Inglaterra. Edward Taylor, el
mejor poeta de su época en la Unión Americana,
escribió poesía metafísica cuando ésta ya no estaba
en boga entre los ingleses. A veces, como en los
poemas de Taylor, el aislamiento colonial produjo
obras excelentes de notable originalidad.
A menudo los escritores de las colonias parecían
no conocer a autores ingleses tan importantes
como Ben Johnson. Además, algunos rechazaban a
todos los poetas ingleses a quienes creían pertenecientes
a sectas religiosas distintas a la suya, con
lo cual se privaban de los mejores modelos líricos y
dramáticos producidos hasta entonces en lengua
inglesa. Por otra parte, muchos autores eran ignorantes
por falta de libros.
El gran modelo en que se inspiraban los textos,
las creencias y la conducta era la Biblia, en una traducción
autorizada al inglés que cuando salió a la
luz ya era anticuada. Por su antigüedad, mucho
mayor que la de Iglesia Católica Romana, la Biblia
gozaba de autoridad ante los ojos puritanos.
Los puritanos de Nueva Inglaterra se aferraron a
los relatos de los judíos del Antiguo Testamento y
pensaron que, como éstos, eran perseguidos a
causa de su fe, que el suyo era el único Dios y que
eran los elegidos para fundar la Nueva Jerusalén,
es decir, el cielo en la Tierra. Los puritanos estaban
muy conscientes de su semejanza con
los judíos de antaño descritos en el
Antiguo Testamento. Moisés guió a los
israelitas en su huida de Egipto, donde
estaban cautivos; separó las aguas del
Mar Rojo, con la intervención milagrosa
de Dios, para que su pueblo
escapara; y recibió la ley divina contenida
en los Diez Mandamientos.
Igual que Moisés, los líderes puritanos
sintieron que estaban rescatando a su
pueblo de la corrupción espiritual de
Inglaterra; que con la ayuda de Dios
habían cruzado milagrosamente un
proceloso mar; y que creaban nuevas
leyes y formas de gobierno de acuerdo
con la voluntad divina.
Los enclaves coloniales tendían a
ser arcaicos y Nueva Inglaterra no fue
en modo alguno la excepción. Los puritanos
de esta región fueron arcaicos
por propia elección, convicción y circunstancia.

Samuel Sewall (1652-1730)
De lectura más amena que la poesía
netamente religiosa llena de referencias
bíblicas, los relatos históricos y
seculares narran hechos reales con
detalles muy vívidos. En su obra
Journal (Diario) de 1790, el gobernador
John Winthrop aporta la mejor
información sobre la antigua Colonia
de la Bahía de Massachusetts y la
teoría política puritana.
El Diary (Diario) de Samuel Sewall
reseña los años 1674 a 1729 en tono
ameno y atractivo. Sewall encaja en la
pauta de los primeros escritores de
Nueva Inglaterra que comentamos en
el caso de Bradford y Taylor. Nacido en
Inglaterra, Sewall llegó a las colonias a
muy tierna edad. Tuvo su hogar en la
región de Boston, donde se graduó por
la Universidad de Harvard e hizo carrera
en los ámbitos jurídico, administrativo
y religioso.
Sewall nació en fecha bastante
tardía y pudo ver el cambio, de la
antigua vida estrictamente religiosa
de los puritanos, al periodo posterior
y más mundano de la riqueza
mercantil de los yanquis en las colonias
de Nueva Inglaterra; su Diary,
que se compara a menudo con el
diario inglés de Samuel Pepys de la
misma época, registra esa transición
sin advertirlo.
Como el diario de Pepys, el de
Sewall es un recuento minucioso de
su existencia cotidiana, donde refleja
su interés por la vida recta y piadosa.
En él acota las compras de
golosinas para una mujer a quien
cortejaba y sus altercados cuando
ella se oponía a su afán de combatir
las formas de vida aristocráticas y
ostentosas, simbolizadas en el uso
de pelucas y carruajes.

Mary Rowlandson (c.1635-c.1678)
La más antigua escritora de prosa
digna de mención es Mary Rowlandson,
esposa de un ministro, que
relató en forma clara y conmovedora
las 11 semanas que estuvo cautiva
de los indios tras una masacre en
1676. Es indudable que su libro avivó
el fuego de la fobia contra los
nativos, igual que The Redeemed
Captive (El cautivo redimido, 1707)
en el cual John Williams describió
sus 12 años de cautiverio en manos
de franceses e indios, al término de
otra matanza. Los escritos de las
mujeres se referían de ordinario a
temas domésticos y no requerían
una educación muy depurada. Se
puede argumentar que la literatura
femenina se enriquece con su realismo
doméstico y su ingenio tan
apegado al sentido común; desde
luego que algunas obras, como el
ameno Journal (Diario, edición póstuma
de 1825) donde Sarah Kemble
Knight relata su audaz y solitario
viaje de ida y vuelta entre Boston y
Nueva York en 1704, escapa a la complejidad barroca
de gran parte de los libros puritanos.

Cotton Mather (1663-1728)
Ninguna reseña de la literatura colonial de Nueva
Inglaterra está completa si no se menciona a
Cotton Mather, el pedante magistral. Tercer miembro
de la dinastía familiar de cuatro generaciones
en la Bahía de Massachusetts, Mather escribió
mucho acerca de Nueva Inglaterra en más de 500
libros y panfletos. Su obra más ambiciosa, Magnalia
Christi Americana (Ecclesiastical History of New
England) (Historia eclesiástica de Nueva Inglaterra,
1702), es una crónica exhaustiva de la colonización
de Nueva Inglaterra, por medio de una
serie de biografías. Ese enorme tomo presenta la
sagrada marcha de los puritanos en las tierras vírgenes,
para instaurar el reino de Dios; su estructura
es una serie narrativa de “vidas de santos”
estadounidenses representativos. La pasión lo redime,
hasta cierto punto, de su pomposidad: “Yo
escribo los prodigios de la religión cristiana, que
huyó de las privaciones de Europa para caer en el
desamparo de Norteamérica”.

Roger Williams (c. 1603-1683)
Cuando el siglo XVII cedió su sitio al XVIII, el dogmatismo
religioso perdió fuerza en forma gradual, a
pesar de los severos y esporádicos esfuerzos de
los puritanos por contener la marea de la tolerancia.
El ministro Roger Williams sufrió mucho por
sus opiniones sobre religión. Nacido en Inglaterra
e hijo de un sastre, fue exiliado de Massachusetts
en el implacable invierno de Nueva Inglaterra en
1635. Asistido en secreto por el gobernador John
Winthrop, de Massachusetts, sobrevivió gracias a la
ayuda de los indios y en 1636 fundó una nueva colonia
en Rhode Island, donde fueron acogidas personas
de distintas religiones.
Graduado por la Universidad Cambridge (en
Inglaterra), siempre simpatizó con los obreros y
con la pluralidad de opiniones. Sus ideas se adelantaron
a su tiempo. Fue uno de los primeros críticos
del imperialismo y siempre dijo que los reyes de
Europa no tenían derecho de otorgar títulos de
propiedad sobre la tierra, pues América en toda su
extensión pertenecía a los indígenas. Williams
creía también en la separación de Iglesia y Estado,
que todavía hoy es un principio fundamental de los
Estados Unidos. Afirmaba que los tribunales de justicia
no debían tener facultades para castigar a las
personas por causas religiosas (esa posición debilitó
a las estrictas teocracias de Nueva Inglaterra).
Su fe en la igualdad y la democracia lo hizo ser
amigo de los indios toda su vida. Entre los muchos
libros de Williams figura uno de los primeros tratados
de fraseología de las lenguas autóctonas: A Key
Into the Languages of America (Una clave para las
lenguas de América, 1643). El libro contiene también
una etnografía embrionaria con audaces
descripciones de la vida de los indios, tomadas de
su experiencia en la época en que convivió con esas
tribus. Cada capítulo aborda un tema; p. ej., la alimentación
y sus horarios. Vocablos y expresiones
indígenas relacionadas con el tema se mezclan con
comentarios, anécdotas y un poema final. El primer
capítulo termina así:
Si los hijos de la naturaleza, salvajes o
domésticos,
Se comportan con decencia y cortesía,
¡Qué increíble es que los hijos de Dios
No tengan sentimientos humanos!
En su capítulo sobre vocablos alusivos a la
diversión, el autor comenta: “Es una verdad
extraña que, en general, el hombre encuentre
más esparcimiento y solaz gratuitos entre los
bárbaros, que con los miles de personas que se llaman
a sí mismas cristianas”.
La vida de Williams es una fuente de inspiración
en verdad única. Cuando visitó Inglaterra durante la
sangrienta Guerra Civil de ese país, supo usar las
habilidades de supervivencia que aprendió en las
zonas heladas de Nueva Inglaterra y organizó la
entrega de leña a los residentes más pobres de
Londres, en el invierno, a quienes se había privado
del suministro de carbón. Escribió vigorosas
apologías de la tolerancia religiosa, dirigidas no
sólo a las distintas sectas cristianas, sino también a
los no cristianos. “La voluntad y el mandato de Dios
es que... a todos los hombres, de todas las
naciones, se les permita abrazar los credos y los
cultos más paganos, ya sea turcos, judíos o anticristianos...”,
escribió en The Bloody Tenent of
Persecution for Cause of Conscience (El sangriento
precepto de la persecución por motivos de conciencia,
1644). Gran parte de su sabiduría se explica,
sin duda, por la experiencia intercultural que
obtuvo cuando vivió entre indígenas amables y
La influencia en las colonias se
produjo en ambos sentidos. Por
ejemplo, John Eliot tradujo la Biblia a
la lengua narragansett y varios indígenas
se convirtieron al cristianismo.
Todavía hoy, la Iglesia de los Norteamericanos
Nativos es una mezcla
de cristianismo y creencias tradicionales
de los indios.
El espíritu de tolerancia y libertad
religiosa, que se propagó poco a poco
a las colonias de Norteamérica, se
estableció primero en la antigua
Rhode Island y en Pennsylvania, sede
de los cuáqueros. Los humanistas y
tolerantes cuáqueros, “los Amigos”,
como se les conocía, creían que la
santidad de la conciencia individual
era la fuente misma del orden social y
la moral. La fe esencial de los cuáqueros
en el amor y la fraternidad
universales los hizo profundamente
democráticos y contrarios a la autoridad
religiosa dogmática. Expulsados
de la austera Massachusetts, que
temía caer bajo su posible influencia,
fundaron en 1681 la próspera colonia
de Pennsylvania, encabezados por
William Penn.

John Woolman (1720-1772)
La obra más conocida de los cuáqueros
es el largo Journal (Diario,
1774) de John Woolman, que describe
su vida interior en un estilo puro y
sincero cuya gran dulzura ha sido muy
elogiada por muchos autores estadounidenses
e ingleses. Ese hombre
extraordinario dejó su cómodo hogar
en la ciudad para convivir con los
indios en las zonas agrestes del interior,
pues sintió que podría aprender
mucho de ellos y quería compartir
sus ideas. Escribió con sencillez
sobre su deseo de “sentir y entender
la vida de esas personas y el Espíritu
en el que viven”. El espíritu del propio
Woolman, tan amante de la justicia,
se tornó naturalmente en crítica
social: “Me di cuenta de que muchos
blancos acostumbran vender ron a
los indios, y creo que eso es una gran
maldad”.
Woolman fue también uno de
los primeros autores antiesclavistas
y publicó dos ensayos
titulados “Some Considerations
on the Keeping of Negroes”
(Algunas consideraciones sobre la
posesión de negros), en 1754 y 1762.
Ardiente humanista, siguió el camino
de la “desobediencia pasiva” a las
autoridades y a las leyes que creyó
injustas, prefigurando varias generaciones
antes el célebre ensayo “Civil
Disobedience” (“La desobediencia
civil”, 1849) de Henry David Thoreau.

Jonathan Edwards (1703-1758)
La antítesis de John Woolman fue
Jonathan Edwards, nacido sólo 17
años después que aquel notable cuáquero.
Woolman recibió poca educación
formal; Edwards tenía un alto
grado de escolaridad. Woolman se
guiaba por su luz interior; Edwards
se consagró a exaltar la ley y la
autoridad. Ambos fueron buenos
escritores, pero mostraron los polos
opuestos de la experiencia religiosa
colonial.
Edwards fue moldeado por su escrupuloso
sentido del deber y su rígido
ambiente puritano, lo cual lo indujo
a defender el austero y sombrío
calvinismo contra las fuerzas del liberalismo
que brotaban a su alrededor.
Se le conoce sobre todo por
su terrorífico y potente sermón
“Sinners in the Hands of an Angry
God” (Los pecadores en las manos
de un Dios iracundo, 1741):
[S]i Dios te dejara de su Mano, te
hundirías de inmediato, rodarías
por la pendiente del pecado y te
precipitarías en el abismo sin
fondo.... El Dios que te sostiene
en el borde del precipicio del averno, como se
sostiene a una araña o un insecto repugnante
sobre las llamas de una hoguera, te aborrece y
se siente profundamente ofendido....te mira
como un ser indigno de cualquier destino,
salvo el de ser arrojado al piélago sin fondo.
Los sermones de Edwards producían enorme
impacto y hacían estallar en ataques de llanto
histérico a congregaciones enteras. Sin embargo, a
la postre, su grotesca severidad hizo que la gente
se alejara del calvinismo que él defendía con tanto
celo. Sus sermones, dogmáticos y medievales, ya no
encajaban en la experiencia de los colonizadores
prósperos y relativamente pacíficos del siglo XVIII.
Después de Edwards, las corrientes refrescantes y
liberales de la tolerancia cobraron más fuerza.

LA LITERATURA EN LAS COLONIAS DEL
SUR Y LA REGIÓN MEDIA
La literatura prerrevolucionaria del Sur era
aristocrática y secular, como reflejo de los
sistemas sociales y económicos de las fincas
agrícolas sureñas. Los primeros inmigrantes
ingleses se sintieron atraídos a las colonias del Sur
por las oportunidades económicas, no por la libertad
religiosa.
Aunque muchos sureños eran agricultores o
comerciantes pobres y no vivían mucho mejor que
los esclavos, las clases altas y letradas del Sur se
formaron con el ideal clásico del Viejo Mundo,
basado en una nobleza de terratenientes que sólo
podía sostenerse con la esclavitud. Esa institución
permitió que los blancos ricos del Sur se desentendieran
del trabajo manual y entregaran al ocio, e
hizo posible el sueño de una vida aristocrática en
las tierras vírgenes de América. Rara vez se
percibía allí la insistencia puritana en el trabajo
arduo, la educación y la honradez; más bien, se
hablaba de placeres tan aristocráticos como los
paseos a caballo y la caza. El templo era el centro de
una refinada vida social, no un foro para hacer un
minucioso examen de conciencia.

William Byrd (1674-1744)
La cultura del Sur giraba naturalmente en torno
al ideal del caballero. Éste era un hombre del
Renacimiento, tan diestro para dirigir una finca
agrícola como para leer el griego clásico, y detentaba
el poder de un señor feudal.
William Byrd describió la forma de vida gentil que
imperaba en su finca, Westover, en la famosa carta
que remitió en 1726 a su amigo inglés Charles
Boyle, conde de Orrery:
Además de las ventajas del aire puro, gozamos
de gran abundancia de bastimentos de todo
tipo sin hacer gasto alguno (me refiero a los
que somos dueños de fincas). Soy jefe de una
familia numerosa y las puertas de mi casa
están abiertas para todo el mundo; sin embargo,
no tengo que pagar cuentas y la media
corona que guardo en el bolsillo puede permanecer
intacta durante muchas lunas.
Como los patriarcas, tengo mi rebaño y mi
ganado, mis siervos y siervas, y realizo todo
tipo de comercio con mis subordinados. Así,
vivo en un estado de independencia con
respecto a todos, excepto la Providencia.
William Byrd fue el prototipo del espíritu aristocrático
colonial del Sur. Heredero de 1040 hectáreas,
que más tarde expandiría a 7160, fue mercader,
comerciante y agricultor. Su biblioteca de 3600
volúmenes era la más grande en todo el Sur. Nació
con una inteligencia inquieta, que su padre cultivó
enviándolo a excelentes escuelas de Inglaterra y
Holanda. Visitó la corte de Francia, llegó a ser
miembro de la Real Sociedad y cultivó la amistad de
varios escritores ingleses de primera magnitud en
su época, especialmente William Wycherley y
William Congreve. Su diario de Londres es el polo
opuesto de los que solían escribir los puritanos de
Nueva Inglaterra; abundan en él los banquetes opíparos,
las fiestas deslumbrantes y el trato íntimo
con mujeres, y concede muy poco interés a la introspección
y la espiritualidad.
Byrd es hoy más conocido por su interesante
History of the Dividing Line (Historia de la línea
divisoria), el diario de un viaje de varias semanas,
en 1729, en el que recorrió 960 kilómetros en el
interior del país, explorando los linderos de las
colonias vecinas de Virginia y Carolina del Norte.
Las impresiones súbitas que los indios, los blancos
medio salvajes, las vastas extensiones vírgenes,
las bestias silvestres y las dificultades de
todo tipo produjeron en aquel caballero civilizado
se reflejan en un libro singularmente estadounidense
y muy sureño. El autor ridiculiza en
estos términos a los primeros colonizadores de
Virginia: “[Eran] cerca de un centenar de hombres,
en su mayoría hijos descarriados de buenas
familias”; y agrega en broma que en Jamestown,
“como todos los ingleses de verdad, decidieron
erigir un templo que no vale más de 50 libras y una
taberna que les costó 500”. Los libros de Byrd son
excelentes ejemplos del enorme interés que sentían
los sureños por el mundo material: la tierra,
los indios, las plantas, los animales y los propios
colonizadores.

Robert Beverley (c. 1673-1722)
Robert Beverley, otro acaudalado terrateniente,
autor de History and the Present State of
Virginia (La historia y la situación actual de
Virginia, 1705, 1722), relata la historia de la colonia
de Virginia en un estilo muy humano y vigoroso.
Como Byrd, él admiraba a los indios y ponía de
relieve las extrañas supersticiones fraguadas en
Europa acerca de Virginia (p. ej., la creencia de que
“por la naturaleza de la región, toda la gente que la
visita se vuelve negra”). Hizo énfasis en la hospitalidad
de los sureños, un rasgo característico que
han conservado hasta hoy.
La sátira humorística —una obra literaria que
hace escarnio de la necedad o de los vicios
humanos mediante la ironía, la burla o el ingenio—
se cultiva con frecuencia en el Sur colonial.
Un grupo de indignados colonizadores hizo una
sátira sobre el filántropo que fundó Georgia, el
general James Ogelthorpe, en un texto titulado A
True and Historical Narrative of the Colony of
Georgia (Una narración verídica e histórica de la
Colonia de Georgia, 1741). La obra es una fingida
alabanza al “prócer” por tenerlos en un estado de
pobreza y fatiga que los obligaba a cultivar “la
valiosa virtud de la humildad” y los sustraía de “las
angustias de la ambición”.
El subversivo poema satírico “The Sotweed Factor”
(El factor de la hierba zaque) es una crítica a
la colonia de Maryland, donde el autor —un inglés
llamado Ebenezer Cook— se esfuerza en vano por
establecerse como comerciante en tabaco. Con
muy buen humor, Cook puso de manifiesto la
crudeza de la vida en la colonia y acusó a sus fundadores
de haberlo engañado. El poema termina
con una maldición desmesurada: “Que la cólera
divina caiga, pues, sobre esa región nefasta / Donde
no hay ni hombre fiel ni mujer casta”.
En general, el Sur en la época colonial puede
asociarse atinadamente con una tradición literaria
ligera, mundana, informativa y realista. Imitadores
de las modas literarias de Inglaterra, los sureños
alcanzaron grandes alturas imaginativas en sus
ingeniosas y precisas observaciones de la peculiar
situación que existía en el Nuevo Mundo.

Olaudah Equiano (Gustavus Vassa) (c. 1745-c. 1797)
En la época colonial surgieron varios escritores
negros importantes, como Olaudah Equiano y
Jupiter Hammon. El primero de ellos, perteneciente
a la tribu Ibo de Níger (en África occidental),
fue el primer negro que escribió una autobiografía
en los Estados Unidos, The Interesting
Narrative of the Life of Olaudah Equiano, or
Gustavus Vassa, the African (El interesante relato
de la vida de Olaudah Equiano, o Gustavus Vassa, el
africano, 1789). En ese libro —uno de los primeros
ejemplos del género narrativo cultivado por un
esclavo— Equiano presenta una descripción de su
tierra natal y de los horrores y crueldades que vivió
en su cautiverio y esclavitud en las Antillas. El autor,
que se había convertido al cristianismo, se lamenta
con acentos conmovedores del trato tan “anticristiano”
y cruel que la dieron los cristianos (el mismo
sentimiento sería repetido por muchos afro-estadounidenses
en los siglos siguientes).

Jupiter Hammon (c. 1720-c. 1800)
Al poeta negro estadounidense Jupiter Hammon,
quien fue esclavo en Long Island, se le recuerda
sobre todo por sus poemas religiosos y por su libro
An Address to the Negroes of the State of New York
(Un discurso dirigido a los negros del estado de
Nueva York, 1787), una exhortación a que se concediera
la libertad a los hijos de esclavos en lugar
de condenarlos a la esclavitud hereditaria. Su
poema “An Evening Thought” (“Una reflexión vespertina”)
fue el primero publicado por un varón de
raza negra en los Estados Unidos.
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