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Capítulo 1:
Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776
Capítulo 2:
El origen democrático y los escritores revolucionarios, 1776-1820
Capítulo 3:
El periodo romántico, 1820-1860: Ensayistas y poetas
Capítulo 4:
El periodo romántico, 1820-1860: Ficción
Capítulo 5:
El ascenso del realismo: 1860-1914
Capítulo 6:
El Modernismo y la experimentación: 1914-1945
Capítulo 7:
Poesía estadounidense, 1945-1990: La antitradición
Capítulo 8:
Prosa estadounidense, 1945-1990: Realismo y experimentación
Capítulo 9:
Poesía contemporánea de Estados Unidos
Capítulo 10:
Literatura contemporánea de Estados Unidos
Glosario
Bibliografía (en inglés)
Derechos de autor
PUBLICACIÓN RELACIONADA
La literatura de EE.UU. en síntesis

ACERCA DE LA AUTORA
 
Kathryn VanSpanckeren es profesora de letras inglesas en la Universidad de Tampa, ha dictado muchas conferencias en el exterior sobre literatura estadounidense y fue directora del Instituto de Verano sobre Literatura Estadounidense para académicos internacionales con patrocinio Fulbright. Entre sus publicaciones figuran libros de poesía y erudición. Recibió la licenciatura por la Universidad de California en Berkeley y el doctorado por la Universidad Harvard.
 
(Publicado en diciembre de 2006)

Los albores de Norteamérica y el periodo colonial hasta 1776

Secciones y autores:
La Literatura de la exploración

El periodo colonial en Nueva Inglaterra
   William Bradford
   Anne Bradstreet
   Edward Taylor
   Michael Wigglesworth
   Samuel Sewall
   Mary Rowlandson
   Cotton Mather
   Roger Williams
   John Woolman
   Jonathan Edwards
La literatura en las colonias del Sur y la Región Media
   William Byrd
   Robert Beverley
   Olaudah Equiano
   Jupiter Hammon
"El primer Día de Acción de Gracias", cuadro de J.L.G. Ferris que muestra a los primeros colonizadores de la Unión Americana festejando con norteamericanos nativos una abundante cosecha.
"El primer Día de Acción de Gracias", cuadro de J.L.G. Ferris que muestra a los primeros colonizadores de la Unión Americana festejando con norteamericanos nativos una abundante cosecha.

La literatura norteamericana comenzó con los mitos, leyendas, cuentos y poemas líricos (siempre en forma de canciones) de las culturas indígenas, que se trasmitían por tradición oral. En las más de 500 lenguas y culturas tribales indígenas que existieron en Norteamérica antes de la llegada de los primeros europeos no había literatura escrita. A causa de eso, la literatura oral nativa norteamericana es muy variada. La narrativa de las culturas cazadoras casi nómadas, como la de los navajos, es muy diferente de los relatos de las tribus agrícolas sedentarias, como la de los acomas que moraban en asentamientos conocidos como “pueblos”; así mismo, los relatos de los habitantes de las regiones lacustres del norte, como los ojibwas, difieren a menudo en forma radical de las narraciones de las tribus de zonas desérticas, como los hopis.

Las tribus cultivaban sus propias religiones, en las cuales rendían culto a sus dioses, animales, plantas o personas sagradas. Sus sistemas de gobierno abarcaban desde las democracias y los consejos de ancianos hasta las teocracias. Esas variantes tribales se reflejaron también en la literatura oral.

Como quiera que sea, es posible hacer unas cuantas generalizaciones. Por ejemplo, en todos los relatos indígenas resplandece una profunda veneración a la naturaleza, concebida como la madre material y espiritual. La naturaleza vive y está dotada de fuerzas espirituales; los protagonistas pueden ser animales o plantas y con frecuencia son las figuras totémicas de ciertas tribus, grupos o individuos. En la literatura estadounidense posterior, el autor que más se aproximó al sentido indígena de lo sagrado fue Ralph Waldo Emerson, cuyo concepto del “Alma Superior” trascendental permea todas las formas de vida.

Las tribus de México rendían culto al divino Quetzalcóatl, dios de los toltecas y los aztecas, y en todas partes se hablaba de una cultura o un dios superior. Sin embargo, no existían ciclos religiosos largos y sistemáticos en torno a una divinidad suprema. Los relatos que más se asemejan a las narraciones del Viejo Mundo acerca de la espiritualidad suelen ser los que describen los ritos de iniciación y los viajes de los chamanes. Además de esto, se conservan historias sobre los héroes de cada cultura, como Manabozho en la tribu ojibwa o Coyote entre los navajos. A esos hacedores de milagros se les presenta con mayor o menor respeto. En un relato pueden actuar como héroes, pero en otro pueden parecer tontos o egoístas. Algunas autoridades del pasado, como el psicólogo suizo Carl Jung, desdeñaron los cuentos sobre milagros como expresión del aspecto inferior y amoral de la psique, pero varios especialistas contemporáneos —entre ellos norteamericanos nativos— demuestran que los venerados héroes griegos Odiseo y Prometeo fueron también, en esencia, pícaros hacedores de milagros.

En la literatura de los indios norteamericanos encontramos ejemplos de casi cualquier género de tradición oral: poesía lírica, cantos, mitos, cuentos fantásticos, anécdotas humorísticas, encantamientos, adivinanzas, proverbios, epopeyas e historias legendarias. Abundan los relatos sobre migraciones y los antepasados, así como cantos visionarios, ensalmos curativos y crónicas de pícaros portentosos. Ciertas versiones de la creación son especialmente populares. Según una muy conocida, que repiten con ciertas variantes muchas tribus, el mundo está apoyado sobre una tortuga. La versión de los cheyenes narra que, en el universo acuoso primigenio, el creador Maheo tuvo cuatro oportunidades para crear el mundo. Para empezar, ordenó a cuatro aves acuáticas que se zambulleran en el océano y trataran de sacar tierra del fondo. El ganso blanco, el somorgujo y el pato silvestre se remontaron a lo alto del cielo y se dejaron caer en picada, pero no lograron tocar fondo; en cambio la pequeña negreta, que no puede volar, salió del agua con un poco de fango en el pico. Además sólo una criatura, la humilde Abuela Tortuga, tenía la forma apropiada para que Maheo moldeara al mundo con aquel barro, sobre su caparazón. Por eso los indígenas llamaron al mundo “la Isla de la Tortuga”.

Las canciones y poemas, como las narraciones, van desde lo sagrado hasta lo ligero y humorístico: hay canciones de cuna, aires marciales, cantos de amor y cánticos especiales para acompañar rondas infantiles, juegos de azar, diversas faenas, conjuros mágicos y danzas rituales. En general, las canciones son repetitivas. Los breves cantos-poema, que surgen en sueños, poseen a veces la claridad de imágenes y el ambiente sutil que se asocian con el haikú japonés y la imaginería poética de influencia oriental. Una canción de los chippewas dice:

Creí que era el somorgujo,
Pero aquel no era su arrullo:
Era el remo chapaleante
De mi amante.

Las canciones que describen una visión, a menudo muy breves, son otra forma distintiva. Surgidas en sueños o visiones, a veces sin previo aviso, pueden ser ensalmos curativos, cantos de caza o canciones de amor. Suelen ser de índole personal, como esta canción de la tribu Modoc:

Yo,
la canción,
camino aquí.

La tradición oral indígena y su relación con la literatura estadounidense en conjunto es uno de los temas más ricos y menos explorados en los estudios de la especialidad. La aportación de los indios a los Estados Unidos es mayor de lo que se cree de ordinario. Algunos de los centenares de vocablos indígenas incorporados al inglés cotidiano de ese país son: “canoa”, “tabaco”, “patata”, “mocasín”, “moose” (alce), “persimmon” (níspero), “racoon” (mapache), “tomahawk” (hacha) y “tótem”. También hay textos de gran belleza en obras de indios norteamericanos contemporáneos, como veremos en el capítulo 8.

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LA LITERATURA DE LA EXPLORACIÓN

Si la historia hubiera seguido un sesgo diferente, los Estados Unidos habrían podido formar parte de los grandes imperios de España o Francia en ultramar. Sus habitantes actuales hablarían español y serían un solo país con México, o hablarían francés y estarían unidos a Quebec y Montreal, las regiones canadienses de habla francesa.

Sin embargo, los primeros exploradores de América no fueron ni ingleses ni españoles ni franceses. El primer registro europeo de exploraciones en América fue escrito en una lengua escandinava: Old Norse, Vinland Saga (La epopeya de Vinland) relata en noruego antiguo cómo el aventurero Leif Ericson y un puñado de escandinavos errantes se asentaron brevemente en un lugar de la costa nororiental de América —tal vez Nueva Escocia, en Canadá— en la primera década del siglo XI, casi 400 años antes del siguiente descubrimiento europeo registrado del Nuevo Mundo.

Sin embargo, el primer contacto conocido y sostenido entre el continente americano y el resto del mundo comenzó con el famoso viaje de un explorador italiano, Cristóbal Colón, auspiciado por los reyes de España, Fernando e Isabel. En el diario que Colón incluyó en su “Epístola”, la cual salió a la luz en 1493, se relata el dramatismo del viaje: el terror de los tripulantes que temían encontrarse con monstruos y pensaban que podían caer a un abismo al llegar al borde del mundo; el conato de motín a bordo; las trampas que hacía Colón con la bitácora, para que sus hombres no supieran cuánto más lejos habían viajado ya que cualquier otro marino; y el primer avistamiento de tierra cuando ya estaban por llegar a América.

Bartolomé de las Casas es la fuente de información más rica sobre los primeros contactos de los indígenas de América y los europeos. Cuando era todavía joven, este fraile ayudó a la conquista de Cuba. Él transcribió el diario de Colón y, en una etapa posterior de su vida, escribió su larga y emotiva Historia de las Indias, en la que criticó a los españoles por esclavizar a esos pueblos.

Los primeros intentos ingleses de colonización fueron desastrosos. Establecieron su primera colonia en 1585 en Roanoke, frente a la costa de Carolina del Norte; según dice la leyenda, allí encontraron indios croatanos de ojos azules. La segunda colonia fue más durable: Jamestown, fundada en 1607. Ese asentamiento soportó el hambre, la brutalidad y el mal gobierno. A pesar de todo, la literatura de la época describe a América, con tonos luminosos, como la tierra de la riqueza y la oportunidad. Los relatos acerca de las colonizaciones adquirieron renombre mundial. La exploración de Roanoke fue registrada con lujo de detalle por Thomas Hariot en A Brief and True Report of the New Found Land of Virginia (Informe breve y veraz sobre la recién descubierta tierra de Virginia) en 1588. El libro de Hariot pronto fue traducido al latín, francés y alemán; sus textos e ilustraciones fueron reproducidos en muchos grabados y se han publicado con prolijidad por más de 200 años.

El registro principal de la colonia de Jamestown, contenido en los escritos de uno de sus líderes, el capitán John Smith, es el polo opuesto del relato preciso y científico de Hariot. Smith era un romántico incurable y, según parece, idealizó sus aventuras. A él debemos la famosa historia de la doncella india Pocahontas. Sea verdad o ficción, este relato se ha arraigado en la imaginación histórica norteamericana. En él se cuenta cómo la joven Pocahontas, hija favorita del jefe Powhatan, le salvó la vida al capitán Smith cuando fue capturado por el jefe. Más tarde, cuando los ingleses convencieron a Powhatan de que les entregara a su hija Pocahontas como rehén, la dulzura, inteligencia y belleza de la joven impresionaron a los europeos y en 1614 se casó con el caballero inglés John Rolfe. Con los esponsales se inauguró un periodo de paz de ocho años entre los colonizadores y los indios, y así se aseguró la supervivencia de la nueva y valerosa colonia.

En el siglo XVII los piratas, aventureros y exploradores le abrieron el camino a una segunda oleada de colonizadores permanentes que trajeron a sus esposas, sus hijos, sus aperos agrícolas y sus herramientas de artesanos. La antigua literatura de las exploraciones, formada por diarios, cartas, relatos de viaje, bitácoras de navegación e informes a los patrocinadores de los exploradores —gobernantes europeos o compañías de acciones mancomunadas en la Inglaterra y la Holanda mercantiles— fue sustituida poco a poco por crónicas de las colonias establecidas. En virtud de que, a la postre, Inglaterra tomó posesión de las colonias conocidas hoy como los Estados Unidos, la literatura colonial más conocida y comentada está en inglés. Sin embargo en el siglo XX, cuando floreció la literatura de las minorías y la vida nacional se tornó cada día más multicultural, los especialistas descubrieron de nuevo la importancia de la herencia étnica mixta del continente. Aun cuando la historia de la literatura se basa hoy en crónicas escritas en inglés, es importante reconocer la riqueza cosmopolita de sus comienzos.

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EL PERIODO COLONIAL EN NUEVA INGLATERRA

No es probable que en toda la historia del mundo haya existido otro grupo de colonizadores de nivel intelectual tan alto como los puritanos. Entre 1630 y 1690 hubo el mismo número de graduados universitarios en Nueva Inglaterra y en la madre patria (un hecho asombroso si se toma en cuenta que la mayor parte de las personas instruidas de la época eran aristócratas no muy afectos a arriesgar la vida en un ambiente agreste). Los puritanos que se superaron con su propio esfuerzo y a menudo eran autodidactas fueron notables excepciones a la regla. Su deseo de adquirir una educación sólida surgía de la necesidad de entender y cumplir la voluntad de Dios, al tiempo que fundaban sus colonias en Massachusetts y en toda la Nueva Inglaterra.

De acuerdo con la definición puritana, la buena literatura encarnaba una conciencia cabal de la importancia suprema de adorar a Dios y de los peligros espirituales que acechan al alma en la Tierra. El estilo puritano admitía enormes variantes: desde poesía metafísica muy compleja, hasta diarios domésticos e historia sagrada de aplastante pedantería. Cualquiera que fuese el estilo o el género, ciertos temas eran constantes. La vida se concebía como una prueba en la que el fracaso se pagaba con la condenación eterna y el fuego del infierno, mientras que el éxito conducía a la beatitud celestial. El mundo era la palestra donde luchaban sin cesar las fuerzas de Dios y las huestes de Satanás, un enemigo formidable que adoptaba múltiples apariencias. Muchos puritanos esperaban con ansia el “milenio” en el que Jesucristo volvería a la Tierra, la historia humana llegaría a su fin y comenzarían mil años de paz y prosperidad.

Por largo tiempo, los especialistas han señalado el vínculo entre puritanismo y capitalismo: ambos se basan en la ambición, el trabajo arduo y la firme determinación de tener éxito. Aun cuando, en términos estrictamente teológicos, los puritanos no podían saber si serían “salvados” y estarían entre los elegidos para entrar al cielo, tendían a suponer que el éxito terrenal era un signo que distinguía a los elegidos. No sólo se aspiraba a la riqueza y el prestigio social por sí mismos, sino como la grata confirmación de salud espiritual y la promesa de vida eterna.

Además, el concepto de mayordomía fue un acicate para el éxito. Los puritanos interpretaban todas las cosas y situaciones como símbolos dotados de un significado espiritual más profundo, y sentían que al buscar su prosperidad y el bienestar de su comunidad daban cumplimiento a los planes de Dios. No establecían una línea divisoria entre la esfera secular y la religiosa: todo en la vida era expresión de la voluntad divina, según una creencia que más tarde volvería a aflorar en el trascendentalismo.

Al interpretar el significado espiritual de los sucesos ordinarios, los autores puritanos citaban la Biblia, por capítulo y versículo. La historia era para ellos un panorama religioso simbólico encaminado al triunfo puritano sobre el Nuevo Mundo y al Reino de Dios en la Tierra.

Los primeros colonizadores puritanos que se asentaron en Nueva Inglaterra fueron un ejemplo de la seriedad de los cristianos reformistas. Conocidos como los “Peregrinos”, eran un pequeño grupo de creyentes que emigraron de Inglaterra a Holanda —país que ya entonces era reconocido por su tolerancia religiosa— en 1608, en una época de persecuciones.

Como la mayoría de los puritanos, ellos interpretaban la Biblia en forma literal. Solían leer y aplicar el mensaje de la Segunda Epístola a los Corintios: “Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor”. Desalentados de su intento de purificar la Iglesia de Inglaterra desde adentro, los “separatistas” fundaron las iglesias clandestinas “del pacto” y juraron lealtad a su grupo, no al rey. Condenados por el monarca como traidores y vistos por todos como herejes camino al infierno, sufrieron muchas persecuciones. Ese ostracismo cada día mayor los llevó finalmente al Nuevo Mundo.

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William Bradford (1590-1657)

William Bradford fue electo gobernador de Plymouth, allá en la Colonia de la Bahía de Massachusetts, poco después de la llegada de los separatistas. Él era autodidacta, muy piadoso y aprendió varios idiomas, entre ellos el hebreo, para “ver con sus propios ojos la belleza original de los antiguos oráculos de Dios”. Su participación en la migración a Holanda, el viaje a Plymouth en el Mayflower y sus tareas como gobernador lo hicieron idóneo para convertirse en el primer historiador de su colonia. Su relato Of Plymouth Plantation (Sobre la explotación agrícola de Plymouth, 1651) es una crónica clara y convincente de los albores de esa colonia. Su descripción de la primera imagen que contempló al llegar a América goza de justa fama:

Habiendo cruzado así el vasto océano y un mar de problemas,... no tenían amigos que vinieran a darles la bienvenida, ni había posadas donde sus cuerpos, castigados por las inclemencias del clima, pudieran hallar distracción o reposo; no había casas, ni mucho menos ciudades, que les dieran asilo o les brindaran refugio... [Por otra parte,]... los bárbaros salvajes... estaban más dispuestos a atravesarles los flancos con sus flechas. Era invierno y los que conocen la crudeza y violencia de la estación en esas latitudes saben que son azotadas por tormentas inclementes y feroces... [T]odos tenían el semblante muy ajado por la intemperie, y la comarca entera, llena de bosques y espesura, tenía un aire inhóspito y salvaje.

Bradford redactó también el primer documento de gobierno autónomo colonial en el Nuevo Mundo de habla inglesa, el “Pacto del Mayflower”, cuando los peregrinos iban todavía a bordo del barco. El pacto fue el antecedente de la Declaración de Independencia, que surgiría un siglo y medio después.

Los puritanos no aprobaban ciertas diversiones mundanas, como el baile o los juegos de naipes, pues las asociaban con la aristocracia alejada de Dios y con la vida inmoral. Leer o escribir libros sobre temas “ligeros” caía también en esta categoría. La mente puritana encauzaba su enorme energía hacia los géneros piadosos y no de ficción: poemas, sermones, tratados teológicos y relatos históricos. La rica vida interior de este pueblo intenso e introspectivo quedó registrada en sus diarios íntimos y sus meditaciones.

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Anne Bradstreet (c. 1612-1672)

El primer libro de poemas publicado por un estadounidense fue también el primero escrito en el país por una mujer: Anne Bradstreet. No debe sorprendernos que el libro haya sido producido en Inglaterra, en vista de la falta de recursos de imprenta que privaba en las colonias durante sus primeros años. Nacida y educada en Inglaterra, Anne Bradstreet era hija del administrador de bienes raíces de un conde. Ella emigró con su familia cuando tenía 18 años de edad. A la postre, su esposo llegó a ser gobernador de la Colonia de la Bahía de Massachusetts, que más tarde sería la gran ciudad de Boston. Anne sentía predilección por sus largos poemas religiosos sobre temas tan convencionales como las estaciones, pero los lectores de hoy gustan sobre todo de sus agudos versos sobre asuntos de la vida diaria, y de los cálidos y amorosos poemas que escribió para su esposo y sus hijos. Ella encontró inspiración en la poesía metafísica inglesa, y su libro The Tenth Muse Lately Sprung Up in America (La Décima Musa surgió a últimas fechas en Norteamérica, 1650), acusa la influencia de Edmund Spenser, Philip Sidney y otros poetas ingleses. La autora recurre con frecuencia a complejas fantasías o extensas metáforas. En “To my Dear and Loving Husband” (“A mi querido y amante esposo”, 1678), emplea la imaginería oriental, el tema del amor y el recurso del símil, muy popular en Europa en esa época, pero les infunde un significado piadoso al final del poema:

Si alguna vez dos seres fueron uno,
   esos somos tú y yo.
Si alguna vez un hombre fue amado por su
   esposa, ese eres tú, mi amor;
Si alguna vez halló una esposa en un hombre
   su alegría,
Comparaos conmigo, ¡oh mujeres!, si tenéis
   la osadía.
Tu amor me es más preciado que las
   minas de oro
Y toda la opulencia de un oriental tesoro.
Al caudal de mi amor ni los ríos caudalosos
   lo podrían igualar,
Y sólo tu amor lo podrá recompensar.
Tan grande es tu amor, que no lo podría
   comprar ni la mayor riqueza
Y espero que el cielo te lo premie con
   largueza.
Por eso, en esta vida, que sea tal nuestra
   constancia en el amar,
que después de la muerte sobrevivamos
   en la eternidad.
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Edward Taylor (c. 1644-1729)

Igual que Anne Bradstreet, y de hecho todos los primeros escritores de Nueva Inglaterra, el intenso y brillante poeta y ministro Edward Taylor nació en Inglaterra. Hijo de un rico hacendado —un agricultor independiente que cultivaba su propia tierra— Taylor fue maestro y zarpó rumbo a Nueva Inglaterra en 1668, en lugar de prestar juramento de lealtad a la Iglesia de Inglaterra. Estudió en Harvard y, como la mayoría de los ministros formados en esa universidad, aprendió griego, latín y hebreo. Piadoso y carente de egoísmo, actuó como misionero de los colonizadores al aceptar el cargo vitalicio de ministro religioso en el poblado fronterizo de Westfield, Massachusetts, adentrándose 160 kilómetros en los espesos bosques de la comarca. Taylor fue el hombre más ilustrado de la región y aplicó sus conocimientos en su papel de ministro, médico y dirigente civil de la aldea.

Modesto, devoto y trabajador, Taylor nunca publicó sus poemas, por lo cual no fueron descubiertos sino hasta la década de 1930. Sin duda, él mismo habría interpretado el descubrimiento de su obra como un favor de la Divina Providencia; los lectores de hoy debemos estar agradecidos de tener acceso a esos poemas: los mejores ejemplos de la poesía del siglo XVII en lo que hoy son los Estados Unidos.

Taylor escribió versos de muchos géneros: elegías fúnebres, poemas líricos, un “debate” medieval y el libro de 500 páginas Metrical History of Christianity (Historia versificada de la cristiandad), que es sobre todo un martirologio. Sus mejores obras, según la crítica moderna, son las series de breves meditaciones propedéuticas.

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Michael Wigglesworth (1631-1705)

Como Taylor, Michael Wigglesworth nació en Inglaterra, fue ministro puritano, estudió en Harvard y ejerció la medicina; además, es el tercer poeta colonial de Nueva Inglaterra digno de mención. Cultivó la tradición de los temas puritanos en su obra más conocida, The Day of Doom (El día del juicio final, 1662). Esta aterradora divulgación de la doctrina calvinista es una larga narración, cae a menudo en el tono de aleluya y fue el poema más popular de la época colonial. Fue el primer éxito de librería en la Unión Americana y es un relato deprimente, en métrica de balada, sobre la condenación y el infierno.

Como poesía es fatal, pero a todos les gustó. Fusionó la autoridad de Juan Calvino con la fascinación de una historia de horror. Por más de dos siglos, la gente recitó de memoria este largo y aterrador monumento al pavor religioso; los niños lo declamaban con orgullo y los mayores intercalaban algunos de sus pasajes en el habla cotidiana. No hay demasiada distancia entre los terribles castigos que describe este poema y la espantosa herida que se inflige a sí mismo el ministro puritano culpable, Dimmesdale, en The Scarlet Letter (La letra escarlata, 1850) de Nathaniel Hawthorne, o la mutilación que sufre el capitán Ahab de Herman Melville, ese Fausto de Nueva Inglaterra cuya búsqueda del conocimiento prohibido hace naufragar el navío de la humanidad norteamericana en Moby Dick (1851). (Moby Dick fue la novela favorita del autor estadounidense del siglo XX William Faulkner, cuya obra profunda y perturbadora induce a pensar que la visión oscura y metafísica de la Norteamérica protestante no se ha extinguido todavía.)

Como casi toda la literatura colonial, los poemas de la antigua Nueva Inglaterra imitaron la forma y la técnica de la Madre Patria, si bien el nuevo entorno geográfico y la pasión religiosa infundieron una identidad especial a las obras escritas en esa región. En virtud de que los escritores del Nuevo Mundo vivían aislados, antes del advenimiento de los transportes rápidos y la comunicación electrónica, los autores de la época colonial imitaron a menudo estilos que ya habían pasado de moda en Inglaterra. Edward Taylor, el mejor poeta de su época en la Unión Americana, escribió poesía metafísica cuando ésta ya no estaba en boga entre los ingleses. A veces, como en los poemas de Taylor, el aislamiento colonial produjo obras excelentes de notable originalidad.

A menudo los escritores de las colonias parecían no conocer a autores ingleses tan importantes como Ben Johnson. Además, algunos rechazaban a todos los poetas ingleses a quienes creían pertenecientes a sectas religiosas distintas a la suya, con lo cual se privaban de los mejores modelos líricos y dramáticos producidos hasta entonces en lengua inglesa. Por otra parte, muchos autores eran ignorantes por falta de libros.

El gran modelo en que se inspiraban los textos, las creencias y la conducta era la Biblia, en una traducción autorizada al inglés que cuando salió a la luz ya era anticuada. Por su antigüedad, mucho mayor que la de Iglesia Católica Romana, la Biblia gozaba de autoridad ante los ojos puritanos.

Los puritanos de Nueva Inglaterra se aferraron a los relatos de los judíos del Antiguo Testamento y pensaron que, como éstos, eran perseguidos a causa de su fe, que el suyo era el único Dios y que eran los elegidos para fundar la Nueva Jerusalén, es decir, el cielo en la Tierra. Los puritanos estaban muy conscientes de su semejanza con los judíos de antaño descritos en el Antiguo Testamento. Moisés guió a los israelitas en su huida de Egipto, donde estaban cautivos; separó las aguas del Mar Rojo, con la intervención milagrosa de Dios, para que su pueblo escapara; y recibió la ley divina contenida en los Diez Mandamientos. Igual que Moisés, los líderes puritanos sintieron que estaban rescatando a su pueblo de la corrupción espiritual de Inglaterra; que con la ayuda de Dios habían cruzado milagrosamente un proceloso mar; y que creaban nuevas leyes y formas de gobierno de acuerdo con la voluntad divina.

Los enclaves coloniales tendían a ser arcaicos y Nueva Inglaterra no fue en modo alguno la excepción. Los puritanos de esta región fueron arcaicos por propia elección, convicción y circunstancia.

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Samuel Sewall (1652-1730)

De lectura más amena que la poesía netamente religiosa llena de referencias bíblicas, los relatos históricos y seculares narran hechos reales con detalles muy vívidos. En su obra Journal (Diario) de 1790, el gobernador John Winthrop aporta la mejor información sobre la antigua Colonia de la Bahía de Massachusetts y la teoría política puritana.

El Diary (Diario) de Samuel Sewall reseña los años 1674 a 1729 en tono ameno y atractivo. Sewall encaja en la pauta de los primeros escritores de Nueva Inglaterra que comentamos en el caso de Bradford y Taylor. Nacido en Inglaterra, Sewall llegó a las colonias a muy tierna edad. Tuvo su hogar en la región de Boston, donde se graduó por la Universidad de Harvard e hizo carrera en los ámbitos jurídico, administrativo y religioso.

Sewall nació en fecha bastante tardía y pudo ver el cambio, de la antigua vida estrictamente religiosa de los puritanos, al periodo posterior y más mundano de la riqueza mercantil de los yanquis en las colonias de Nueva Inglaterra; su Diary, que se compara a menudo con el diario inglés de Samuel Pepys de la misma época, registra esa transición sin advertirlo.

Como el diario de Pepys, el de Sewall es un recuento minucioso de su existencia cotidiana, donde refleja su interés por la vida recta y piadosa. En él acota las compras de golosinas para una mujer a quien cortejaba y sus altercados cuando ella se oponía a su afán de combatir las formas de vida aristocráticas y ostentosas, simbolizadas en el uso de pelucas y carruajes.

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Mary Rowlandson (c.1635-c.1678)

La más antigua escritora de prosa digna de mención es Mary Rowlandson, esposa de un ministro, que relató en forma clara y conmovedora las 11 semanas que estuvo cautiva de los indios tras una masacre en 1676. Es indudable que su libro avivó el fuego de la fobia contra los nativos, igual que The Redeemed Captive (El cautivo redimido, 1707) en el cual John Williams describió sus 12 años de cautiverio en manos de franceses e indios, al término de otra matanza. Los escritos de las mujeres se referían de ordinario a temas domésticos y no requerían una educación muy depurada. Se puede argumentar que la literatura femenina se enriquece con su realismo doméstico y su ingenio tan apegado al sentido común; desde luego que algunas obras, como el ameno Journal (Diario, edición póstuma de 1825) donde Sarah Kemble Knight relata su audaz y solitario viaje de ida y vuelta entre Boston y Nueva York en 1704, escapa a la complejidad barroca de gran parte de los libros puritanos.

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Cotton Mather (1663-1728)

Ninguna reseña de la literatura colonial de Nueva Inglaterra está completa si no se menciona a Cotton Mather, el pedante magistral. Tercer miembro de la dinastía familiar de cuatro generaciones en la Bahía de Massachusetts, Mather escribió mucho acerca de Nueva Inglaterra en más de 500 libros y panfletos. Su obra más ambiciosa, Magnalia Christi Americana (Ecclesiastical History of New England) (Historia eclesiástica de Nueva Inglaterra, 1702), es una crónica exhaustiva de la colonización de Nueva Inglaterra, por medio de una serie de biografías. Ese enorme tomo presenta la sagrada marcha de los puritanos en las tierras vírgenes, para instaurar el reino de Dios; su estructura es una serie narrativa de “vidas de santos” estadounidenses representativos. La pasión lo redime, hasta cierto punto, de su pomposidad: “Yo escribo los prodigios de la religión cristiana, que huyó de las privaciones de Europa para caer en el desamparo de Norteamérica”.

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Roger Williams (c. 1603-1683)

Cuando el siglo XVII cedió su sitio al XVIII, el dogmatismo religioso perdió fuerza en forma gradual, a pesar de los severos y esporádicos esfuerzos de los puritanos por contener la marea de la tolerancia. El ministro Roger Williams sufrió mucho por sus opiniones sobre religión. Nacido en Inglaterra e hijo de un sastre, fue exiliado de Massachusetts en el implacable invierno de Nueva Inglaterra en 1635. Asistido en secreto por el gobernador John Winthrop, de Massachusetts, sobrevivió gracias a la ayuda de los indios y en 1636 fundó una nueva colonia en Rhode Island, donde fueron acogidas personas de distintas religiones.

Graduado por la Universidad Cambridge (en Inglaterra), siempre simpatizó con los obreros y con la pluralidad de opiniones. Sus ideas se adelantaron a su tiempo. Fue uno de los primeros críticos del imperialismo y siempre dijo que los reyes de Europa no tenían derecho de otorgar títulos de propiedad sobre la tierra, pues América en toda su extensión pertenecía a los indígenas. Williams creía también en la separación de Iglesia y Estado, que todavía hoy es un principio fundamental de los Estados Unidos. Afirmaba que los tribunales de justicia no debían tener facultades para castigar a las personas por causas religiosas (esa posición debilitó a las estrictas teocracias de Nueva Inglaterra). Su fe en la igualdad y la democracia lo hizo ser amigo de los indios toda su vida. Entre los muchos libros de Williams figura uno de los primeros tratados de fraseología de las lenguas autóctonas: A Key Into the Languages of America (Una clave para las lenguas de América, 1643). El libro contiene también una etnografía embrionaria con audaces descripciones de la vida de los indios, tomadas de su experiencia en la época en que convivió con esas tribus. Cada capítulo aborda un tema; p. ej., la alimentación y sus horarios. Vocablos y expresiones indígenas relacionadas con el tema se mezclan con comentarios, anécdotas y un poema final. El primer capítulo termina así:

Si los hijos de la naturaleza, salvajes o
   domésticos,
Se comportan con decencia y cortesía,
¡Qué increíble es que los hijos de Dios
No tengan sentimientos humanos!

En su capítulo sobre vocablos alusivos a la diversión, el autor comenta: “Es una verdad extraña que, en general, el hombre encuentre más esparcimiento y solaz gratuitos entre los bárbaros, que con los miles de personas que se llaman a sí mismas cristianas”.

La vida de Williams es una fuente de inspiración en verdad única. Cuando visitó Inglaterra durante la sangrienta Guerra Civil de ese país, supo usar las habilidades de supervivencia que aprendió en las zonas heladas de Nueva Inglaterra y organizó la entrega de leña a los residentes más pobres de Londres, en el invierno, a quienes se había privado del suministro de carbón. Escribió vigorosas apologías de la tolerancia religiosa, dirigidas no sólo a las distintas sectas cristianas, sino también a los no cristianos. “La voluntad y el mandato de Dios es que... a todos los hombres, de todas las naciones, se les permita abrazar los credos y los cultos más paganos, ya sea turcos, judíos o anticristianos...”, escribió en The Bloody Tenent of Persecution for Cause of Conscience (El sangriento precepto de la persecución por motivos de conciencia, 1644). Gran parte de su sabiduría se explica, sin duda, por la experiencia intercultural que obtuvo cuando vivió entre indígenas amables y

La influencia en las colonias se produjo en ambos sentidos. Por ejemplo, John Eliot tradujo la Biblia a la lengua narragansett y varios indígenas se convirtieron al cristianismo. Todavía hoy, la Iglesia de los Norteamericanos Nativos es una mezcla de cristianismo y creencias tradicionales de los indios.

El espíritu de tolerancia y libertad religiosa, que se propagó poco a poco a las colonias de Norteamérica, se estableció primero en la antigua Rhode Island y en Pennsylvania, sede de los cuáqueros. Los humanistas y tolerantes cuáqueros, “los Amigos”, como se les conocía, creían que la santidad de la conciencia individual era la fuente misma del orden social y la moral. La fe esencial de los cuáqueros en el amor y la fraternidad universales los hizo profundamente democráticos y contrarios a la autoridad religiosa dogmática. Expulsados de la austera Massachusetts, que temía caer bajo su posible influencia, fundaron en 1681 la próspera colonia de Pennsylvania, encabezados por William Penn.

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John Woolman (1720-1772)

La obra más conocida de los cuáqueros es el largo Journal (Diario, 1774) de John Woolman, que describe su vida interior en un estilo puro y sincero cuya gran dulzura ha sido muy elogiada por muchos autores estadounidenses e ingleses. Ese hombre extraordinario dejó su cómodo hogar en la ciudad para convivir con los indios en las zonas agrestes del interior, pues sintió que podría aprender mucho de ellos y quería compartir sus ideas. Escribió con sencillez sobre su deseo de “sentir y entender la vida de esas personas y el Espíritu en el que viven”. El espíritu del propio Woolman, tan amante de la justicia, se tornó naturalmente en crítica social: “Me di cuenta de que muchos blancos acostumbran vender ron a los indios, y creo que eso es una gran maldad”.

Woolman fue también uno de los primeros autores antiesclavistas y publicó dos ensayos titulados “Some Considerations on the Keeping of Negroes” (Algunas consideraciones sobre la posesión de negros), en 1754 y 1762. Ardiente humanista, siguió el camino de la “desobediencia pasiva” a las autoridades y a las leyes que creyó injustas, prefigurando varias generaciones antes el célebre ensayo “Civil Disobedience” (“La desobediencia civil”, 1849) de Henry David Thoreau.

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Jonathan Edwards (1703-1758)

La antítesis de John Woolman fue Jonathan Edwards, nacido sólo 17 años después que aquel notable cuáquero. Woolman recibió poca educación formal; Edwards tenía un alto grado de escolaridad. Woolman se guiaba por su luz interior; Edwards se consagró a exaltar la ley y la autoridad. Ambos fueron buenos escritores, pero mostraron los polos opuestos de la experiencia religiosa colonial.

Edwards fue moldeado por su escrupuloso sentido del deber y su rígido ambiente puritano, lo cual lo indujo a defender el austero y sombrío calvinismo contra las fuerzas del liberalismo que brotaban a su alrededor. Se le conoce sobre todo por su terrorífico y potente sermón “Sinners in the Hands of an Angry God” (Los pecadores en las manos de un Dios iracundo, 1741):

[S]i Dios te dejara de su Mano, te hundirías de inmediato, rodarías por la pendiente del pecado y te precipitarías en el abismo sin fondo.... El Dios que te sostiene en el borde del precipicio del averno, como se sostiene a una araña o un insecto repugnante sobre las llamas de una hoguera, te aborrece y se siente profundamente ofendido....te mira como un ser indigno de cualquier destino, salvo el de ser arrojado al piélago sin fondo.

Los sermones de Edwards producían enorme impacto y hacían estallar en ataques de llanto histérico a congregaciones enteras. Sin embargo, a la postre, su grotesca severidad hizo que la gente se alejara del calvinismo que él defendía con tanto celo. Sus sermones, dogmáticos y medievales, ya no encajaban en la experiencia de los colonizadores prósperos y relativamente pacíficos del siglo XVIII. Después de Edwards, las corrientes refrescantes y liberales de la tolerancia cobraron más fuerza.

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LA LITERATURA EN LAS COLONIAS DEL SUR Y LA REGIÓN MEDIA

La literatura prerrevolucionaria del Sur era aristocrática y secular, como reflejo de los sistemas sociales y económicos de las fincas agrícolas sureñas. Los primeros inmigrantes ingleses se sintieron atraídos a las colonias del Sur por las oportunidades económicas, no por la libertad religiosa.

Aunque muchos sureños eran agricultores o comerciantes pobres y no vivían mucho mejor que los esclavos, las clases altas y letradas del Sur se formaron con el ideal clásico del Viejo Mundo, basado en una nobleza de terratenientes que sólo podía sostenerse con la esclavitud. Esa institución permitió que los blancos ricos del Sur se desentendieran del trabajo manual y entregaran al ocio, e hizo posible el sueño de una vida aristocrática en las tierras vírgenes de América. Rara vez se percibía allí la insistencia puritana en el trabajo arduo, la educación y la honradez; más bien, se hablaba de placeres tan aristocráticos como los paseos a caballo y la caza. El templo era el centro de una refinada vida social, no un foro para hacer un minucioso examen de conciencia.

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William Byrd (1674-1744)

La cultura del Sur giraba naturalmente en torno al ideal del caballero. Éste era un hombre del Renacimiento, tan diestro para dirigir una finca agrícola como para leer el griego clásico, y detentaba el poder de un señor feudal.

William Byrd describió la forma de vida gentil que imperaba en su finca, Westover, en la famosa carta que remitió en 1726 a su amigo inglés Charles Boyle, conde de Orrery:

Además de las ventajas del aire puro, gozamos de gran abundancia de bastimentos de todo tipo sin hacer gasto alguno (me refiero a los que somos dueños de fincas). Soy jefe de una familia numerosa y las puertas de mi casa están abiertas para todo el mundo; sin embargo, no tengo que pagar cuentas y la media corona que guardo en el bolsillo puede permanecer intacta durante muchas lunas.
 
Como los patriarcas, tengo mi rebaño y mi ganado, mis siervos y siervas, y realizo todo tipo de comercio con mis subordinados. Así, vivo en un estado de independencia con respecto a todos, excepto la Providencia.

William Byrd fue el prototipo del espíritu aristocrático colonial del Sur. Heredero de 1040 hectáreas, que más tarde expandiría a 7160, fue mercader, comerciante y agricultor. Su biblioteca de 3600 volúmenes era la más grande en todo el Sur. Nació con una inteligencia inquieta, que su padre cultivó enviándolo a excelentes escuelas de Inglaterra y Holanda. Visitó la corte de Francia, llegó a ser miembro de la Real Sociedad y cultivó la amistad de varios escritores ingleses de primera magnitud en su época, especialmente William Wycherley y William Congreve. Su diario de Londres es el polo opuesto de los que solían escribir los puritanos de Nueva Inglaterra; abundan en él los banquetes opíparos, las fiestas deslumbrantes y el trato íntimo con mujeres, y concede muy poco interés a la introspección y la espiritualidad.

Byrd es hoy más conocido por su interesante History of the Dividing Line (Historia de la línea divisoria), el diario de un viaje de varias semanas, en 1729, en el que recorrió 960 kilómetros en el interior del país, explorando los linderos de las colonias vecinas de Virginia y Carolina del Norte. Las impresiones súbitas que los indios, los blancos medio salvajes, las vastas extensiones vírgenes, las bestias silvestres y las dificultades de todo tipo produjeron en aquel caballero civilizado se reflejan en un libro singularmente estadounidense y muy sureño. El autor ridiculiza en estos términos a los primeros colonizadores de Virginia: “[Eran] cerca de un centenar de hombres, en su mayoría hijos descarriados de buenas familias”; y agrega en broma que en Jamestown, “como todos los ingleses de verdad, decidieron erigir un templo que no vale más de 50 libras y una taberna que les costó 500”. Los libros de Byrd son excelentes ejemplos del enorme interés que sentían los sureños por el mundo material: la tierra, los indios, las plantas, los animales y los propios colonizadores.

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Robert Beverley (c. 1673-1722)

Robert Beverley, otro acaudalado terrateniente, autor de History and the Present State of Virginia (La historia y la situación actual de Virginia, 1705, 1722), relata la historia de la colonia de Virginia en un estilo muy humano y vigoroso. Como Byrd, él admiraba a los indios y ponía de relieve las extrañas supersticiones fraguadas en Europa acerca de Virginia (p. ej., la creencia de que “por la naturaleza de la región, toda la gente que la visita se vuelve negra”). Hizo énfasis en la hospitalidad de los sureños, un rasgo característico que han conservado hasta hoy.

La sátira humorística —una obra literaria que hace escarnio de la necedad o de los vicios humanos mediante la ironía, la burla o el ingenio— se cultiva con frecuencia en el Sur colonial. Un grupo de indignados colonizadores hizo una sátira sobre el filántropo que fundó Georgia, el general James Ogelthorpe, en un texto titulado A True and Historical Narrative of the Colony of Georgia (Una narración verídica e histórica de la Colonia de Georgia, 1741). La obra es una fingida alabanza al “prócer” por tenerlos en un estado de pobreza y fatiga que los obligaba a cultivar “la valiosa virtud de la humildad” y los sustraía de “las angustias de la ambición”.

El subversivo poema satírico “The Sotweed Factor” (El factor de la hierba zaque) es una crítica a la colonia de Maryland, donde el autor —un inglés llamado Ebenezer Cook— se esfuerza en vano por establecerse como comerciante en tabaco. Con muy buen humor, Cook puso de manifiesto la crudeza de la vida en la colonia y acusó a sus fundadores de haberlo engañado. El poema termina con una maldición desmesurada: “Que la cólera divina caiga, pues, sobre esa región nefasta / Donde no hay ni hombre fiel ni mujer casta”.

En general, el Sur en la época colonial puede asociarse atinadamente con una tradición literaria ligera, mundana, informativa y realista. Imitadores de las modas literarias de Inglaterra, los sureños alcanzaron grandes alturas imaginativas en sus ingeniosas y precisas observaciones de la peculiar situación que existía en el Nuevo Mundo.

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Olaudah Equiano (Gustavus Vassa) (c. 1745-c. 1797)

En la época colonial surgieron varios escritores negros importantes, como Olaudah Equiano y Jupiter Hammon. El primero de ellos, perteneciente a la tribu Ibo de Níger (en África occidental), fue el primer negro que escribió una autobiografía en los Estados Unidos, The Interesting Narrative of the Life of Olaudah Equiano, or Gustavus Vassa, the African (El interesante relato de la vida de Olaudah Equiano, o Gustavus Vassa, el africano, 1789). En ese libro —uno de los primeros ejemplos del género narrativo cultivado por un esclavo— Equiano presenta una descripción de su tierra natal y de los horrores y crueldades que vivió en su cautiverio y esclavitud en las Antillas. El autor, que se había convertido al cristianismo, se lamenta con acentos conmovedores del trato tan “anticristiano” y cruel que la dieron los cristianos (el mismo sentimiento sería repetido por muchos afro-estadounidenses en los siglos siguientes).

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Jupiter Hammon (c. 1720-c. 1800)

Al poeta negro estadounidense Jupiter Hammon, quien fue esclavo en Long Island, se le recuerda sobre todo por sus poemas religiosos y por su libro An Address to the Negroes of the State of New York (Un discurso dirigido a los negros del estado de Nueva York, 1787), una exhortación a que se concediera la libertad a los hijos de esclavos en lugar de condenarlos a la esclavitud hereditaria. Su poema “An Evening Thought” (“Una reflexión vespertina”) fue el primero publicado por un varón de raza negra en los Estados Unidos.
 

El origen democrático y los escritores revolucionarios, 1776-1820 >>>>
 
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